Protagonista de la novela de su nombre (v.), de Walter Scott (1771- 1832). Apuesto muchacho, de una belleza más bien convencional que se resume en unos cuantos datos superficiales — «cabello castaño claro», «talle esbelto, más elegante que robusto» y lánguidos ojos azules—, Waverley es el último retoño de una antigua familia inglesa.
Educado por sus tíos bajo la guía demasiado indulgente de un viejo preceptor, es el prototipo del «hidalgo dilettante» de su época. Ama las artes y las cultiva todas sin conocer a fondo ninguna («sabe admirar la luna y citar una estrofa de Tasso, pero las altas y nobles empresas no son su fuerte»). Cuando, a los veintiún años, siguiendo las tradiciones familiares, se halla con un nombramiento de capitán de dragones y una bolsa bien provista, al frente de su compañía, de guarnición en el sur de Escocia — saliendo así por primera vez del castillo de sus antepasados en el sur de Inglaterra—, Waverley entra en una nueva vida en la que todo le es extraño y, naturalmente, no tarda en verse envuelto en innumerables enredos. «¡Oh indolencia e indecisión! ¡Tal vez no sois un vicio, pero cuán refinadas desdichas y males vienen por vuestra causa!», así dice él mismo; pero durante las doscientas páginas siguientes continúa dejándose arrastrar, en parte por sus propias piernas, en parte a caballo y muy a menudo en brazos de robustos y semisalvajes «highlanders», desde una punta a otra de Escocia meridional en vísperas y durante la romántica rebelión de 1745 que, según esperaban los conjurados, debía devolver el trono a Jacobo III Estuardo.
Ello brinda ocasión al autor para describir, a menudo magistralmente y siempre con minuciosa fidelidad, paisajes, usos, costumbres y personajes del país y de la época. Waverley no sabe lo que quiere, hasta tal punto que, de capitán de dragones que era, al servicio de Su Majestad Jorge II de Hannover, se halla de pronto, sin apenas comprender por qué, llevando el «kilt» o faldellín del clan Mac Ivor, entre los cortesanos del Pretendiente (Bonnie Prince Charles). Fruto de su indecisión son una serie de quebraderos de cabeza para sus amigos, con duelos, pleitos, emboscadas, muertes y desolaciones, de las que Waverley sale siempre sin un rasguño, pero cada Vez más asqueado del oficio de las armas y, finalmente, dispuesto a casarse — no sin que sus más influyentes protectores hayan tenido que mover cielos y tierra para obtener su rehabilitación — con la ingenua y graciosa joven escocesa Rose Bradwardine, que se había enamorado de él desde el principio de la novela (amores de los que él, naturalmente, no se había dado cuenta, prefiriendo dejarse llevar por una arrebatada pasión por la altiva y exaltada Flora Mac Ivor).
El libro puede así terminar con la tranquilizadora escena de un alegre banquete nupcial en un país en el que vuelve a reinar la paz. Pero del hombre Edward Waverley no queda nada, ya que en definitiva no ha llegado a existir jamás, sino que era un simple maniquí de cera y tela para el cual es incluso indulgente la cáustica descripción que su propio creador dio de él cuando le definió «a sneaking bit of imbecility» (un entrometido imbécil).
L. Krasnik

