Werther

Héroe de la novela Las cui­tas del joven Werther (v.), obra juvenil (1774) de Goethe (1749-1832), que alcanzó inmediatamente — ejemplo hasta entonces nunca visto — una enorme difusión en todo el mundo, incluso fuera de Europa, y que influyó profundamente en la vida y aun en la moda de la época, hasta el punto de que se creó un «traje a lo Werther»: botas y pantalones amarillos y frac azul, que los jóvenes llevaron con preferencia a cual­quier otro.

Werther es, según las teorías del «Sturm und Drang» (v.), el titán de la sensibilidad, del mismo modo que Prometeo (v.) y Mahoma, héroes de otras obras o, mejor dicho, fragmentos de obras, del propio Goethe en su juventud, son los titanes, el uno de la fuerza creadora y el otro de la actividad heroica. En Werther, la vehemencia de la tragedia — que hábil­mente se inicia con colores idílicos, con alabanzas de la belleza de los espectáculos naturales e incluso con la condenación del malhumor — se complica por el hecho de que la sensibilidad de Werther no sólo choca contra leyes sociales codificadas, co­mo las que definen el matrimonio, sino contra el vínculo que, a los ojos de los alemanes, por muy «Stürmer und Dränger» que fueran, era el más sagrado entre los que libremente unen a los hombres: el vínculo de la amistad. Werther, en efecto, se enamora de la novia de su más íntimo amigo (v. Carlota) y por ello se suicida.

Pero su suicidio, más que la trágica solu­ción de un caso personal, expresa el con­flicto eterno entre la exuberancia sentimen­tal e incontrolada del «yo» y la existencia de los demás, es decir, del «todo». Por ello Werther se convirtió en el prototipo de todos los héroes del «sentimiento pasivo» (v. Renato, Jacobo Ortis, Childe Ha­rold, etc.). La fuerza plástica de su figu­ra deriva no sólo de la elemental profun­didad de que nació, sino de la casi fulminante y milagrosa facultad que Goethe poseía de sentir a fondo una pasión, absor­biéndola en sí pero juzgándola al mismo tiempo, en tal forma que podía retratarla artísticamente con la debida objetividad. «La suerte del desdichado está descrita co­mo la órbita de un cometa, como el error de una voluntad, en medio de las estrellas fijas» (Borgese). De ello no se dieron cuen­ta los contemporáneos, los cuales vieron en el Werther, más que la fuerza plástica de la fantasía y la salvación espiritual del autor, la expresión de una enfermedad que — como el propio Goethe declaró aguda­mente más tarde, en 1822, en algunas pá­ginas de su Campaña de Francia (v.) — su libro no había inventado, sino que, en los años que precedieron a la Revolu­ción francesa, corría sutilmente por las venas inquietas de casi todos los jóvenes.

Ya anteriormente, Goethe había intentado intervenir contra la manía del suicidio que la publicación de Werther había parecido fomentar; y es sabido que el jefe de la Ilustración de aquella época, Friedrich Ni­colai, escribió, para contrapesar el influjo del Werther goethiano, la novela satírica Las alegrías del joven Werther. Pero esta obra alcanzó escaso éxito, y en cambio Las cuitas se siguieron leyendo. Entre los admiradores del Werther hay que recordar a Napoleón, que, enamorado de Josefina de Beauhamais, durante la campaña de Egipto llevaba en la silla de su caballo un ejemplar del Werther y lo leyó siete veces, y en más de una ocasión habló de ella y la discutió con calor. Años más tarde, la música de Massenet (1842-1912) revistió de dulzura y de sugestivo senti­mentalismo — según el carácter del com­positor — esa figura que, al lado de sus exageraciones, ofrece indiscutibles elemen­tos de fuerza y de realidad.

B. Tecchi