Rivière

Personaje de la novela Vuelo de noche (v.) de Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944). Rivière es el hombre que des­de tierra dirige los vuelos de noche de sus pilotos. Desde lo alto es el más invisible y el más presente; es la conciencia de to­dos ellos. Aquel viaje por el cielo sería lo que mejor se corresponde con el acto poético (creación pura, verdadera locura finalmente consagrada y que ha descubierto sus propios instrumentos), si aquel hombre que mantiene alejado el sueño no estuviera allá abajo, sentado ante la mesa de su ofi­cina. «Admirable figura de jefe», dice de él André Gide en su prólogo a la obra.

Es difícil suscribir esta apreciación. ¿Cómo podría aparentemente justificarse? Rivière se halla en la situación de un hombre que tiene un proyecto que realizar, o mejor, que hacer realizar a otros hombres: con­servar gracias al vuelo nocturno la ventaja que los aviones obtienen de día sobre los demás medios de transporte. Semejante proyecto es para Rivière lo absoluto. No se caracteriza por una finalidad que deba alcanzarse una vez por todas; no puede consumarse en un éxito. En realidad, es una verdadera institución que se está fun­dando, un nuevo modo de vida que se está preparando para los hombres. Si su valor no se mide por el éxito, es en cambio el balance de éxitos y derrotas de sus hom­bres el que decide en última instancia si el hombre ha logrado o no extender su dominio sobre la Naturaleza. Y Rivière lo espera todo de un hombre, sólo de un hom­bre: del piloto.

Y en la pareja Riviére- piloto se habrá de desarrollar toda la dia­léctica del «jefe» propia de este personaje. Y hemos dicho adrede «pareja», porque para Rivière se trata de poseer, de agotar a ese hombre con su astucia, su frialdad, su ternura y su orgullo. En las manos de Rivière el piloto es una especie de niño prodigio a quien, por medio de un oscuro hechizo, pretende revelar el hombre que lleva encerrado en sí, que él mismo ignora y que el propio Rivière apenas pre­siente. Ese Rivière completamente dueño de sí mismo, de una voluntad y de una paciencia inalterables, ese jefe admirable de quien habla Gide, se nos aparece obs­tinado en una aventura solitaria que sólo puede intentar a través de un «medium» ge­nial, el piloto, y cuyo objetivo es la am­pliación de los medios ofrecidos a todos los hombres gracias al solo valor y a la única inspiración de unos cuantos inicia­dos.

Si es posible considerarla como una aventura solitaria, es ante todo porque Rivière no habla, porque no cree que todos los hombres, aquellos que trabajan con él, puedan comprender lo que él quiere ni, menos que nada, el sentido que en ello se encierra. No lo cree ni siquiera del pi­loto, al cual no explica todas las signifi­caciones de su proyecto, cuya realización prosigue, pues, dentro de un clima de frial­dad inspirada, verdaderamente semilitúrgica. De modo que un proyecto que debería no sólo ser útil a todos los hombres, sino apasionarles a todos, y en el que están empeñados incluso los más anónimos em­pleados del aeródromo, un proyecto que es nada menos que una de aquellas auda­cias de la razón humana que sólo ésta puede asimilar en toda su amplitud, algo para ser ofrecido y distribuido a todos, parece ser el objeto de una posesión soli­taria, el alimento y la pasión de un aris­tócrata, esto es, de una especie de privi­legiado de la verdad.

Por ello es difícil no regatear a ese admirable jefe su calidad de tal. También se ha querido ver en él, ante todo, una especie de contrapunto a la aventura en el cielo, ya que para él y a través de él aquélla nos concierne a todos. Además, él es quien asume más totalmente el «viaje» y la misión del piloto; es, a la vez, quien está más unido al destino del piloto y más irremediablemente separado de él. Esta poderosa imagen del hombre que jamás deja de ser «el otro» es uno de los aspectos esenciales de la situación de este personaje (y es precisamente esta si­tuación común a todos los hombres, pero aquí íntima y objetivamente asumida, la que, en una interpretación abusiva, ha sido considerada como propia de un jefe ad­mirable). Finalmente y por encima de todo, Rivière es, como el piloto, un personaje poético. Es quien habrá, de decir la última palabra en ese coloquio plásticamente ad­mirable, solemne y musicalmente ritmado: uno, el piloto, se halla en medio de la no­che, perdido, solo, más bello y más ex­traordinario que todo cuanto Rivière haya podido jamás imaginar; el otro está sentado frente a su mesa, también solo, y su mirada no se aparta de nosotros, mientras el tiem­po le anuncia el fin del piloto. R. Antelme

Rip Van Winkle

Héroe del popular relato de su nombre (v.) del escritor ame­ricano Washington Irving (1783-1859). Su historia, «encontrada entre las páginas del difunto Dietrich Knickerbocker» (v. Knic­kerbocker), es la adaptación americana de una antigua leyenda alemana, que a su vez pertenece a un conocido grupo de leyendas europeas, entre las que figuran la de La bella durmiente del bosque (v.), la del despertar de Epiménides y la de los Siete durmientes de Éfeso.

Las únicas diferencias importantes entre la versión germánica y la americana son el nombre y la figura del héroe que en la primera es un pastor lla­mado Peter Klaus, mientras en la segunda es uno de los colonos holandeses que antes de la Revolución se habían establecido en el valle del Hudson. Rip van Winkle es un pobre campesino, bondadoso, indolente, amable, generoso y muy amigo de los ni­ños del pueblo, para quienes es a la vez un narrador de interesantes historias y un estupendo blanco a sus infantiles bur­las. Tiranizado por una mujer gruñona e intratable, procura escapar de ella hacien­do excursiones con su perro y su escopeta por los bosques de las cercanas montañas del Catskill.

Durante una de ellas se en­cuentra con una extraña compañía de hom­brecitos silenciosos, vestidos a la holan­desa según la antigua moda de la región y dedicados a jugar a los bolos; invitado a beber con ellos, el vino le deja dormido. Cuando despierta, su escopeta está cubierta de orín, el perro ha desaparecido y él lleva una luenga barba. Después de haber intentado en vano localizar el teatro de la partida de bolos, decide regresar a su casa. Pero, al llegar al pueblo, todo le parece nuevo y desconocido. No ha dormi­do una noche, sino veinte años, durante los cuales su esposa ha muerto, su hija se ha casado y América, gracias a una guerra, ha conquistado su independencia.

Al principio nadie le reconoce; pero un viejo erudito, finalmente, confirma y ex­plica su relato. Y Rip van Winkle puede reanudar en paz su tranquila vida ociosa y convertirse, en virtud de su excepcional aventura, en una de las autoridades de la población. La intención de la historia era dar idea de la riqueza del folklore «nativo» que los americanos pueden encontrar en su propio país; y logró su propósito en cuanto «naturalizó» e hizo accesible a la imagina­ción americana una leyenda tomada en préstamo a Europa. Su éxito fue enorme y todavía hoy puede decirse que no hay americano que la ignore; escritores ulte­riores la han refundido diversas veces adap­tando lo esencial del relato a diversos usos, que van desde la pasión por las antigüe­dades hasta el simbolismo. (Una ópera po­pular, el Rip van Winkle, se representó en 1920).

Detrás de la armazón narrativa, el héroe tiende a desaparecer, pero a pesar de todo, uno y otro pertenecen a un período de la historia espiritual de América ahora ya arcaico, y sobreviven como puras con­venciones, fluctuando sueltos en medio de un contexto cultural al que son totalmente ajenos: dos más entre los numerosos mu­ñecos culturales con que los sentimentales enamorados de la patria intentan ocultar la estructura de la moderna vida americana.

S. Geist

Rinconete y Cortadillo

Pareja de picaros protagonistas de la «novela ejem­plar» de su nombre (v.), de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), que mere­cen figurar entre las más vivas creaciones de la literatura española de todas las épo­cas.

Rinconete y Cortadillo se encuentran en un mesón junto al camino de Castilla a Andalucía. Les basta una mirada para pesarse y medirse mutuamente; pero el establecimiento de sus relaciones no deja por ello de acomodarse al acompasado ce­remonial común a picaros e hidalgos, que no en vano son frecuentemente ambas cosas a la vez. El mayor de los dos, que no tiene más allá de dieciséis años, se llama Pedro del Rincón y ejerce el honorable oficio de fullero; el menor, Diego Cortado, es espe­cialista en cortar bolsas y visitar faltrique­ras. Uno y otro van «muy descosidos, rotos y maltratados» con calzones de tela y me­dias de carne, si bien a esto último ponen remedio los zapatos, que el uno lleva de cuerda, raídos y gastados, y el otro hora­dados y sin suela, de modo que le sirven más bien de estorbo que de calzado.

Tales nos los describe el autor del Quijote (v.): jóvenes, vivos y sin más arma ante la vida ni más protección y tutela que las tijeras de Cortado y los naipes de Rincón. Pero no parece que recurran a ellos únicamente por necesidad, sino en atención a un cere­monial que casi parece un rito. En efecto, inmediatamente después del abrazo con que consagran su amistad, se apresuran a ali­gerar los bolsillos de un incauto arriero que se ha brindado a jugar con ellos una partida de veintiuno. Acogidos a una tropa de gente que sigue su mismo camino, para mantenerse en ejercicio practican una lige­ra sangría en la maleta de un francés. En Sevilla se ponen de mandaderos, y Cortado inaugura el oficio sustrayendo la bolsa a un sacristán.

Pero en la Sevilla del XVII, la profesión de ladrón estaba regulada por un rígido estatuto que no toleraba intru­siones, y los dos picaros se ven obligados a inscribirse en la matrícula del señor Mo­nipodio (v.), maestro y jefe de ladrones y rufianes. Monipodio los examina paternal­mente y, de acuerdo con su sanedrín, los acepta inmediatamente en su cofradía, dis­pensándoles del reglamentario año de no­viciado. Pero, a la vez que ventajas, aque­lla honorable sociedad impone también obligaciones, y Rinconete tiene que soltar la bolsa de oro del sacristán, porque éste es sobrino de un alguacil amigo de los la­drones. Su sacrificio, sin embargo, es abun­dantemente compensado: no sólo puede sa­car la tripa de mal año en un ambiente simpático e interesantísimo, sino que se le concede un sector en el que pueda trabajar en perfecta colaboración y con pleno respeto a los intereses de sus compañeros.

Y finalmente viene la calificación oficial: Rinconete, «floreo», y Cortadillo, «bajón», con las bendiciones del señor Monipodio y el saludable consejo de no permanecer jamás en un mismo sitio. Pero Rinconete y Cortadillo, aun trabajando en colabora­ción con los demás, no renuncian a su propia personalidad, por lo que todo hace creer que grandes empresas les aguardan. Nada más sabemos de ellos, pero quizá lo esencial fue dicho ya en las breves páginas de la estupenda novela cervantina.

R. Richard

Rinaldo

Personaje de La Jerusalén li­bertada (v.)» de Torquato Tasso (1544-1595), que nos lo presenta como antepasado de la familia de Este. A diferencia de otros per­sonajes del poema, Rinaldo es un ente de pura invención, a pesar de que el poeta intente demostrar el fundamento histórico de su creación.

Incluso su nombre parece aportar al ambiente histórico de la Cruzada el espíritu del poema caballeresco (en La Jerusalén conquistada, v., trocará aquel nombre por el de Ricardo), y por sus aven­turas y particularmente por el amor de Ar- mida (v.), recuerda hasta cierto punto al Ruggiero (v.) de Ariosto, el cual es tam­bién a su vez celebrado como fundador de la dinastía de Este. Más evidente es el propósito que el poeta tuvo de hacer de él un Aquiles (v.) cristiano, un héroe de quien, como del homérico, depende la suer­te de los suyos y que, a semejanza de aquél, se retira del campamento a conse­cuencia de una disputa con su jefe, para después volver y hacer posible la victoria; pero su alejamiento no es sólo el efecto de una legítima irritación, sino una des­viación pecaminosa, y su regreso es a la vez arrepentimiento y purificación.

Fugi­tivo de su patria a los quince años, sedu­cido por el hechizo de la gran empresa, Rinaldo es el elegido, el predestinado, aquel a quien se presenta, en el albor de la vida, un sueño noble y grande, aquel a quien todos miran con simpatía. Es natural que con el ardor de las nobles empresas se confundan el orgullo y una gran ambición [«D’onor brame immoderate ardenti» («In­moderadas ansias ardientes de honor»)]. Es­tán dispuestos a excusarle, al mismo tiem­po que pretenden poner freno a sus exce­sos, su tío Güelfo, que paternalmente le asiste; el caballeresco Tancredo (v.), que le aconseja y defiende, y aun el mismo Godofredo (v.). Pero cuando arrebatado en ira por las calumnias de Gernando, que com­pite con él para ser elegido jefe de los Aventureros, le da muerte en duelo y se niega a presentarse a Godofredo para ser juzgado, la armonía se rompe y el joven empieza a conocer la oposición del mundo y aun el combate consigo mismo: entonces se le ocurre la idea de penetrar entre los enemigos, luchar solo y descubrir tierras desconocidas.

Godofredo, inspirado por una visión y exhortado por Pedro el Ermitaño, decide volver a llamarle, pero el joven, que al principio se había mostrado sordo a las seducciones de Armida, ahora ha sido raptado por ella y vive junto a la maga en un jardín encantado en las Islas Afortunadas. Allí le encuentran los emisa­rios de los cruzados y, obligándole a mi­rarse en un espejo mágico, le hacen aver­gonzarse de su vida y le inducen a partir con ellos. En todo este episodio, por otra parte, Rinaldo es más bien el amado que el amante, a partir del momento en que, fascinado por el canto de la sirena y dor­mido, Armida, que había ido a darle muer­te, se enamora /de él. Y ahora, cuando aquélla se esfuerza en detenerle, sin com­prender su lenguaje, él le habla gravemen­te de la misión que le espera y se muestra arrepentido de sus pasadas culpas. La mis­ma gravedad informa sus actos y sus pa­labras en los últimos cantos, en los cuales aparece, como en los primeros, como el joven elegido, iluminado por una alta es­peranza, pero a la vez diferenciado de su misión por la experiencia del pecado y por el afán de purificarse.

Tal le vemos frente al mago de Ascalón, que severa­mente le amonesta [«Signor, non sotto l’ombra in piaggia molle, / Tra fonti e fior, tra Ninfe e tra Sirene…» («Señor, no a la sombra en mullido suelo, / entre fuentes y flores, ninfas y sirenas…»)! o delante de Godofredo, a quien declara en breves y humildes palabras que está pronto a arrostrar los encantos de la selva, que ningún cruzado hasta entonces ha logrado vencer; tal, sobre todo, en aquella silen­ciosa meditación matutina y en su plegaria en el Monte de los Olivos, tras la cual, a través de la naturaleza misma, encendida a su alrededor en luces deslumbradoras, habrá de cumplirse el milagro de su puri­ficación. La selva, en la que todo guerrero ha visto una proyección de su íntimo sen­tir, no presenta a sus ojos ningún espec­táculo pavoroso, sino una deleitosa visión, que culmina en la aparición de una falsa imagen de Armida; pero incluso esta últi­ma seducción de los sentidos es superada y Rinaldo puede volver al campamento y anunciar que ha vencido el encanto y que la selva está ya abierta a los cruzados.

En este punto, puede decirse que se cumple la figuración de Tasso: las proezas de Rinaldo en la batalla por la conquista de Jerusalén o en el combate contra los egipcios, en el cual da muerte, entre otros, a Solimán (v.), vengando la muerte de Sveno, pertenecen más bien a los tópicos de la poesía épica; y su último encuentro con Armida, a la que sigue después de la batalla, para di­suadirla de darse muerte, vale, más que para trazar el carácter del joven, para caracterizar a la mujer enamorada, devota y enteramente entregada al amado.

M. Fubini

Rigou

[Grégoire Rigou]. Personaje de la novela Los aldeanos (v.), de Honoré de Balzac (1799-1850). Es uno de aquellos tipos que interesaban profundamente la fan­tasía del gran escritor, dotados del espíritu calculador y maquiavélico de un Richelieu, de un Talleyrand o de un Fouché y capaces de aplicarlo a los más oscuros actos de la vida burguesa.

Rigou, que era monje be­nedictino, abandona los hábitos cuando lle­ga la Revolución, se casa, se enriquece, llega a ser una de las autoridades de su pueblo y, cuando el general de Montcornet adquiere allí una gran finca, él constituye el centro de una traicionera y poderosa conspiración del elemento local, que acaba por derrotar al recién llegado. Como es fácil imaginar, Rigou tiene una importante parte en el botín. Es por lo tanto el hom­bre que, en el complejo período de tran­sición en que vive, siente despertar y afir­marse en él una vitalidad y una codicia que en otro tiempo permanecieron dormi­das y tal vez insospechadas: su vida no sigue un programa ideológico, sino que se desarrolla necesariamente, como aparte de su voluntad misma, según otra voluntad más secreta y poderosa que reside en el fondo de su ser.

En ello, Rigou es un au­téntico representante de los tiempos nue­vos, o sea el hombre que no hace a su época sino que es hecho por ella, un ca­rácter mixto de instinto y de cálculo, de­cidido a explotar la situación sea como fuere y favorecido por los nuevos aconte­cimientos que le permiten dar suelta a ins­tintos que de otro modo hubieran debido permanecer sometidos a un juego más pa­ciente y más hondo.

F. Neri