Personaje de La Jerusalén libertada (v.)» de Torquato Tasso (1544-1595), que nos lo presenta como antepasado de la familia de Este. A diferencia de otros personajes del poema, Rinaldo es un ente de pura invención, a pesar de que el poeta intente demostrar el fundamento histórico de su creación.
Incluso su nombre parece aportar al ambiente histórico de la Cruzada el espíritu del poema caballeresco (en La Jerusalén conquistada, v., trocará aquel nombre por el de Ricardo), y por sus aventuras y particularmente por el amor de Ar- mida (v.), recuerda hasta cierto punto al Ruggiero (v.) de Ariosto, el cual es también a su vez celebrado como fundador de la dinastía de Este. Más evidente es el propósito que el poeta tuvo de hacer de él un Aquiles (v.) cristiano, un héroe de quien, como del homérico, depende la suerte de los suyos y que, a semejanza de aquél, se retira del campamento a consecuencia de una disputa con su jefe, para después volver y hacer posible la victoria; pero su alejamiento no es sólo el efecto de una legítima irritación, sino una desviación pecaminosa, y su regreso es a la vez arrepentimiento y purificación.
Fugitivo de su patria a los quince años, seducido por el hechizo de la gran empresa, Rinaldo es el elegido, el predestinado, aquel a quien se presenta, en el albor de la vida, un sueño noble y grande, aquel a quien todos miran con simpatía. Es natural que con el ardor de las nobles empresas se confundan el orgullo y una gran ambición [«D’onor brame immoderate ardenti» («Inmoderadas ansias ardientes de honor»)]. Están dispuestos a excusarle, al mismo tiempo que pretenden poner freno a sus excesos, su tío Güelfo, que paternalmente le asiste; el caballeresco Tancredo (v.), que le aconseja y defiende, y aun el mismo Godofredo (v.). Pero cuando arrebatado en ira por las calumnias de Gernando, que compite con él para ser elegido jefe de los Aventureros, le da muerte en duelo y se niega a presentarse a Godofredo para ser juzgado, la armonía se rompe y el joven empieza a conocer la oposición del mundo y aun el combate consigo mismo: entonces se le ocurre la idea de penetrar entre los enemigos, luchar solo y descubrir tierras desconocidas.
Godofredo, inspirado por una visión y exhortado por Pedro el Ermitaño, decide volver a llamarle, pero el joven, que al principio se había mostrado sordo a las seducciones de Armida, ahora ha sido raptado por ella y vive junto a la maga en un jardín encantado en las Islas Afortunadas. Allí le encuentran los emisarios de los cruzados y, obligándole a mirarse en un espejo mágico, le hacen avergonzarse de su vida y le inducen a partir con ellos. En todo este episodio, por otra parte, Rinaldo es más bien el amado que el amante, a partir del momento en que, fascinado por el canto de la sirena y dormido, Armida, que había ido a darle muerte, se enamora /de él. Y ahora, cuando aquélla se esfuerza en detenerle, sin comprender su lenguaje, él le habla gravemente de la misión que le espera y se muestra arrepentido de sus pasadas culpas. La misma gravedad informa sus actos y sus palabras en los últimos cantos, en los cuales aparece, como en los primeros, como el joven elegido, iluminado por una alta esperanza, pero a la vez diferenciado de su misión por la experiencia del pecado y por el afán de purificarse.
Tal le vemos frente al mago de Ascalón, que severamente le amonesta [«Signor, non sotto l’ombra in piaggia molle, / Tra fonti e fior, tra Ninfe e tra Sirene…» («Señor, no a la sombra en mullido suelo, / entre fuentes y flores, ninfas y sirenas…»)! o delante de Godofredo, a quien declara en breves y humildes palabras que está pronto a arrostrar los encantos de la selva, que ningún cruzado hasta entonces ha logrado vencer; tal, sobre todo, en aquella silenciosa meditación matutina y en su plegaria en el Monte de los Olivos, tras la cual, a través de la naturaleza misma, encendida a su alrededor en luces deslumbradoras, habrá de cumplirse el milagro de su purificación. La selva, en la que todo guerrero ha visto una proyección de su íntimo sentir, no presenta a sus ojos ningún espectáculo pavoroso, sino una deleitosa visión, que culmina en la aparición de una falsa imagen de Armida; pero incluso esta última seducción de los sentidos es superada y Rinaldo puede volver al campamento y anunciar que ha vencido el encanto y que la selva está ya abierta a los cruzados.
En este punto, puede decirse que se cumple la figuración de Tasso: las proezas de Rinaldo en la batalla por la conquista de Jerusalén o en el combate contra los egipcios, en el cual da muerte, entre otros, a Solimán (v.), vengando la muerte de Sveno, pertenecen más bien a los tópicos de la poesía épica; y su último encuentro con Armida, a la que sigue después de la batalla, para disuadirla de darse muerte, vale, más que para trazar el carácter del joven, para caracterizar a la mujer enamorada, devota y enteramente entregada al amado.
M. Fubini

