Rinconete y Cortadillo

Pareja de picaros protagonistas de la «novela ejem­plar» de su nombre (v.), de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), que mere­cen figurar entre las más vivas creaciones de la literatura española de todas las épo­cas.

Rinconete y Cortadillo se encuentran en un mesón junto al camino de Castilla a Andalucía. Les basta una mirada para pesarse y medirse mutuamente; pero el establecimiento de sus relaciones no deja por ello de acomodarse al acompasado ce­remonial común a picaros e hidalgos, que no en vano son frecuentemente ambas cosas a la vez. El mayor de los dos, que no tiene más allá de dieciséis años, se llama Pedro del Rincón y ejerce el honorable oficio de fullero; el menor, Diego Cortado, es espe­cialista en cortar bolsas y visitar faltrique­ras. Uno y otro van «muy descosidos, rotos y maltratados» con calzones de tela y me­dias de carne, si bien a esto último ponen remedio los zapatos, que el uno lleva de cuerda, raídos y gastados, y el otro hora­dados y sin suela, de modo que le sirven más bien de estorbo que de calzado.

Tales nos los describe el autor del Quijote (v.): jóvenes, vivos y sin más arma ante la vida ni más protección y tutela que las tijeras de Cortado y los naipes de Rincón. Pero no parece que recurran a ellos únicamente por necesidad, sino en atención a un cere­monial que casi parece un rito. En efecto, inmediatamente después del abrazo con que consagran su amistad, se apresuran a ali­gerar los bolsillos de un incauto arriero que se ha brindado a jugar con ellos una partida de veintiuno. Acogidos a una tropa de gente que sigue su mismo camino, para mantenerse en ejercicio practican una lige­ra sangría en la maleta de un francés. En Sevilla se ponen de mandaderos, y Cortado inaugura el oficio sustrayendo la bolsa a un sacristán.

Pero en la Sevilla del XVII, la profesión de ladrón estaba regulada por un rígido estatuto que no toleraba intru­siones, y los dos picaros se ven obligados a inscribirse en la matrícula del señor Mo­nipodio (v.), maestro y jefe de ladrones y rufianes. Monipodio los examina paternal­mente y, de acuerdo con su sanedrín, los acepta inmediatamente en su cofradía, dis­pensándoles del reglamentario año de no­viciado. Pero, a la vez que ventajas, aque­lla honorable sociedad impone también obligaciones, y Rinconete tiene que soltar la bolsa de oro del sacristán, porque éste es sobrino de un alguacil amigo de los la­drones. Su sacrificio, sin embargo, es abun­dantemente compensado: no sólo puede sa­car la tripa de mal año en un ambiente simpático e interesantísimo, sino que se le concede un sector en el que pueda trabajar en perfecta colaboración y con pleno respeto a los intereses de sus compañeros.

Y finalmente viene la calificación oficial: Rinconete, «floreo», y Cortadillo, «bajón», con las bendiciones del señor Monipodio y el saludable consejo de no permanecer jamás en un mismo sitio. Pero Rinconete y Cortadillo, aun trabajando en colabora­ción con los demás, no renuncian a su propia personalidad, por lo que todo hace creer que grandes empresas les aguardan. Nada más sabemos de ellos, pero quizá lo esencial fue dicho ya en las breves páginas de la estupenda novela cervantina.

R. Richard