Sardanápalo

[Sardanapalus]. Prota­gonista del drama de su nombre (v.) de George Gordon Lord Byron (1788-1824). Muy alejado de la figura histórica del dés­pota oriental y dotado del hechizo juvenil de un Alcibíades (v.) y de una fe en la fortuna comparable a la de Sila, Sardanápalo tiene muchos rasgos en común con su creador.

De él posee el refinado gusto por la belleza, el generoso abandono a las emociones más que a los torpes placeres de los sentidos, y la fantasía que plasma la vida como si fuera una obra de arte. Como Byron, Sardanápalo es escéptico y fatalista, optimista y tristemente soñador a la vez. Cuando las estrellas brillen sobre su tumba él nada sabrá de su esplendor: por ello hay que gozarlo desde ahora. Y lo goza con la magnificencia de un aris­tócrata, pues no en vano está dotado de todas las cualidades de un rey. Sabe apu­rar el cáliz de la alegría y, si es necesario, arrojar, como si nada fuera, la copa de la vida.

Subyugado por el hechizo de las mu­jeres, sabe también fascinarlas: su ser se perfecciona en el amor. «Mi vida es amor», como él dice. Se sienta al festín de la vida coronado por la belleza: por medio de su favorita jonia, Mirra, participa de la cul­tura helénica. Como Byron, Sardanápalo está dominado por los nervios y los impul­sos, se deja llevar por la ira, se abandona a las orgías, se acusa luego a sí mismo y a sus propias culpas. Pero su soberbia regia le permite una sonriente superioridad: desdeñando la bajeza de la venganza, vive y deja vivir y concede a los demás la li­bertad que para sí toma; su ambición es no abrumar a quienes dependen de él y convertir su reino en un oasis de paz en el desierto de los siglos.

En ello su figura re­sulta anacrónica, pues hace pensar en la Ilustración (v.) y en los derechos del hom­bre proclamados por Tom Paine. Pero Sardanápalo desdeña al vulgo, a la manera de Byron, y esta incomprensión del «pue­blo esclavo» menoscaba su magnánima y amable humanidad y le convierte en un político caprichoso y equivocado, incapaz de ver más allá del velo de sus errores.

M. Praz