[Tartarin]. Protagonista de una trilogía de A. Daudet (1840-1897) (v. Tartarin de Tarascón), se ha convertido en el representante proverbial del heroísmo en zapatillas y del espíritu de aventura que vive en sueños porque se siente incapaz de trasladarse a la realidad.
Como su mismo creador afirma, en él don Quijote (v.) y Sancho Panza (v.) se funden en una sola persona. En ello consisten su novedad y su poesía. La mentalidad de Tartarin es infantil: como a los niños, le basta, para crear la aventura, un simple elemento simbólico que dé pie a su fantasía; le basta tener en el jardín un baobab de un metro de altura para creer que ha trasplantado allí un pedazo de la selva africana, y le basta haber tenido una vez una oferta de representaciones en Sanghai para imaginarse haber estado allí y haber corrido las más heroicas aventuras. Su honradez no le permitiría inventar sobre la nada: su imaginación necesita apoyarse en un fragmento de realidad para transfigurarlo después, del mismo modo que un niño, para imaginar desenfrenadas cabalgatas, debe al menos montar en el mango de una escoba.
En ello reside su humanidad. Sólo cuando la casualidad le obliga a contrariar su naturaleza y a buscar realmente en el desierto africano aquellas aventuras que en sueños había tan perfectamente imaginado, Tartarin pierde el contacto consigo mismo: apenas el fragmento de vida será demasiado grande para servir de símbolo y sugestión, pero aun así permanecerá demasiado pequeño para ser realidad victoriosa, y Tartarin no sabrá cómo servirse de él. En Tarascón, el espectáculo del león enjaulado le hace imaginar fantásticas cacerías; en África, el encuentro con un león en libertad, aunque sea domesticado y sin fuerza, no le sugiere nada, e incluso el hecho de haberle dado muerte queda limitado a su pobre insuficiencia. Cuando Tartarin envía a su pueblo la piel del pobre animal, no tiene la menor idea de remitir ningún documento que atestigüe su gloria.
Quienes pensarán en ello serán los tarasconenses, que, precisamente porque no estuvieron en África, pueden todavía soñar sobre aquella raída piel y, a su regreso, Tartarin volverá a encontrarse en pleno clima de leyenda y se entregará de nuevo a él. Al igual que había acontecido con tantos héroes de orden superior, para Tartarin el mundo de la fantasía se revelará así infinitamente más excelso que el de la realidad, y, para él como para aquéllos, las aventuras más bellas y más verdaderas seguirán siendo las soñadas.
U. Dèttore

