Timón

Personaje central del Timón de Atenas (v. Timón el misántropo), drama de William Shakespeare (1564-1616). En la pri­mera parte de la obra nos hace ver la li­beralidad en sus más ingenuas y extrava­gantes manifestaciones; más que un hom­bre a quien pueda juzgarse según normas humanas — que le harían aparecer ni más ni menos que como un loco—, Timón es la liberalidad personificada, alegoría no exenta de cierta exuberancia retórica.

Tal exageración pasa al exceso opuesto cuando Timón descubre el verdadero carácter de los amigos que le rodeaban: ninguna in­vectiva le parece bastante enérgica para vituperar a los pérfidos, y las diatribas que el improvisado misántropo inventa compiten con las de Tersites (v.) y de Alceste (v.); pero, en realidad, Tersites y Timón no parecen más que pretextos para desahogar una vena de atrabiliaria in­dignación contra las costumbres humanas, que tal vez recoge el sentimiento del poeta (mucho más trágicamente expresado en el Rey Lear, v.), pero que responde también a una moda satírica muy difundida en la Inglaterra isabelina: los espectadores de­bían gozar extremadamente con las feroces invectivas de Tersites y escuchar con gran complacencia un diálogo como el de Timón y Apemanto (acto IV, escena 3), donde los dos rivalizan en cubrirse de insultos.

Ca­rácter, si tal puede llamarse, falto de su­tileza, diríase que Timón podría haber na­cido mejor de la fantasía de un Calderón de la Barca que de la de un Shakespeare, y en efecto, su drama, más que a una obra shakespeariana, se parece a un auto sa­cramental.

M. Praz

Timeo

Personaje principal del diálogo platónico de su nombre (v.), el cual constituye el único testimonio acer­ca de su personalidad. Los antiguos le con­sideraban filósofo pitagórico y le atribuían una obra sobre la Naturaleza, de la cual Platón había tomado algunas ideas, pero es evidente que fue precisamente el diálogo platónico el que justificó la catalogación de Timeo entre los pitagóricos (Platón na­da dice de tal pitagorismo, pero éste pudo tal vez deducirse del nombre de su ciudad natal, Locris, importante ciudadela de aque­lla secta filosoficorreligiosa) y que su pre­tendido tratado sobre la Naturaleza no era en realidad más que un resumen del Timeo.

El intento de Platón al presentarnos a este personaje obedece probablemente al hecho de que Timeo había ocupado en Lócris «ciudad bien ordenada según óptimas le­yes», los más altos cargos políticos, alcan­zando a la vez las cumbres de la sabiduría filosófica. Timeo es, pues, como Critias (v.) y Hermócrates, cuyo elogio le hace Sócrates (v.), uno de los políticos en quienes Platón encarna la figura del legislador filósofo den­tro del mítico halo del Timeo y del Critias (v.). A él está confiada la larga exposición de la cosmogonía platónica que ocupa el diálogo casi por entero.

A. Pasquínelo

Till Eulenspiegel

[en bajo alemán, Dyl Ulenspiegel]. Personaje popular alemán cuyo modelo histórico fue un bufón pro­fesional, hijo de campesinos de la región de Brunswick, muerto durante la peste de 1350.

Sobre el recuerdo de sus bromas, bur­las y aventuras, a las que se añadieron otras, se compuso hacia 1480, en el norte de alemania, un libro popular, actualmente perdido. Una refundición austroalemana de hacia 1500 alcanzó gran popularidad; fue versificada por J. Fischart y se tradujo a diversos idiomas. Grueso y tardo, pero as­tuto y socarrón, Till revela desde su niñez su desenfrenada afición a la bufonería y a las befas, hasta tal punto que sus padres le arrojan fuera de su casa, cansados de su pereza y de sus bribonadas. Abandonan­do el pueblo, se dirige a la ciudad, donde ejerce su astucia en todos los oficios que emprende y que sucesivamente va dejando. Su malicia consiste principalmente en eje­cutar al pie de la letra las órdenes que le dan sus dueños.

Él es el primero que pagó con el sonido de unas monedas el olor del asado, o al menos el primero que dió ras­gos precisos a esta astucia ya conocida de la antigua literatura narrativa. También fue él quien rompió los espejos del bar­bero porque éste le había dicho que en­trara donde estaban, indicándole su tienda; que arrojó al puchero el perro Lúpulo en lugar de echarle lúpulo, etc. Generalmente, los hallazgos de su fingida necedad se dirigen contra príncipes, sacerdotes, ciuda­danos y artesanos. Till representa el des­quite de la zafia salud campesina contra los refinamientos urbanos; su estupidez, rí­gidamente coherente, es la natural defensa del ignorante frente al civilizado y la re­sistencia pasiva del primitivo frente al hombre más culto que fatalmente tiende a abusar de él.

Pero también equivale a una reacción de todo cuanto en el hombre hay de elemental contra los progresos de la razón. Till odia lo abstracto y le opone la fuerza primaria de las imágenes concre­tas, decidido a llevar la lucha hasta sus últimas consecuencias: es el inmortal de­fensor de la estupidez como valor moral. Respeta los grandes ideales, pero es feroz contra la media cultura; demuestra «ad absurdum» la ineficacia de la lógica, pero cuando se enfrenta directamente con ella, la supera llevándola hasta sus últimas abs­tracciones y convirtiéndola en poesía. Es a la vez tonto y genial, palurdo y poeta, logrando así juntar dos extremos y demos­trar que lo que entre ellos se encuentra no es más que mediocridad. La literatura intentó varias veces hacerle consciente, y consciente, paradójico y severo juez es el Till que encontramos en la Maravillosa y verdadera historia de Filandro de Sittewald (v.), de Johann Michael Moscherosch (1601-1669).

Pero la verdadera epopeya de Till es la Leyenda de Ulenspiegel y de Lamme Goedzack (v.), de Charles De Coster (1827-1879), en la que Thyl Ulenspiegel se convierte en el símbolo de la rebelión popular flamenca contra la dominación es­pañola de Felipe II. Hijo de un carbonero y de una campesina, es el héroe popular y el alma de la reacción. Astuto pero ge­neroso, sencillo pero cáustico, a veces bu­fonesco, pero con íntima y desgarrada amargura, Thyl encarna las aspiraciones morales y políticas de su gente, su fantasía y su heroica humanidad. Cuando su padre muere quemado en la hoguera y su madre perece de pena, el travieso bufón se con­vierte en hombre y en vengador. Y pronto su misión adquiere rasgos simbólicos, de impulso hacia el ideal humano, en el que consiste su más auténtica significación. Las últimas reapariciones de Till Eulenspiegel son las obras tituladas con su nombre de Frank Wedekind y de Gerhart Hauptmann, y el poema sinfónico Las travesuras de Till Eulenspiegel, de Richard Strauss.

U. Dèttore

Thornike

Héroe del poema histórico El duque Thornike (v.), de Akaki Tseretheli (1841-1915). Célebre general del rey David I Curopalate y fundador del famoso monasterio georgiano de Iviron, en el mon­te Athos, en Grecia, la figura de Thornike es una de las mayores que se hallan en los anales georgianos del siglo X.

Valeroso sol­dado, tras haber fielmente servido a su soberano y combatido en encarnizadas ba­tallas por consolidar las fronteras de su patria, Thornike se retira, viejo y fatiga­do, al monte Athos, donde vive tranquila­mente como sencillo y humilde monje. Pero su soberano vuelve a llamarle: el empera­dor bizantino Basilio II ha solicitado la ayuda de Georgia contra un usurpador, y él piensa que nadie mejor que Thornike puede guiar a los intrépidos jinetes georgianos. Entonces el héroe deja sus hábitos de monje para revestir de nuevo sus in­signias de general. La fortuna, una vez más, se le muestra propicia, pero la gloria no le seduce: después de haber sido re­compensado con grandes honores y rique­zas, Thornike vuelve a abandonar la patria para reanudar la austera vida monacal.

Así surge por obra suya y de Eutimio el athonita el nuevo monasterio georgiano de Nuestra Señora de Iviron, destinado a con­vertirse en cuna de la cultura georgiana. En la obra de Tseretheli, la figura de Thor­nike está dotada de extraordinario relieve poético, y revive a través de dramáticas figuraciones que la convierten en verdadero personaje típico de la literatura de su país. En el monasterio de Iviron se hallan frag­mentos de la biografía de este héroe na­cional georgiano, debidos a autores contem­poráneos o posteriores a él: cantos popu­lares de las montañas en los que se cele­bran las hazañas de los heroicos hijos de la tierra iberogeorgiana, en los que Tse­retheli se inspiró para erigir al gran hijo de su patria un imperecedero monumento.

B. Sadathierashivi

Teseo

[TheseusJ. Hijo de Egeo o de Poseidón, era el héroe nacional del Ática. Por ello desempeñaba un papel pre­eminente en las leyendas y en la literatura atenienses, aunque para nosotros sea más bien una figura mitológica que un personaje poético. Uno de los más prolijos re­latos de su historia es la Vida de Teseo, por Plutarco, que, juntamente con las no­ticias de Apolodoro, constituye nuestra fuente principal.

Bienhechor de los hom­bres y héroe de célebres hazañas, a menu­do se le relacionó con Hércules (v.), de quien se creía que había sido contemporá­neo y amigo. En su infancia Teseo fue criado y educado por su abuelo en Trecena. Al llegar a la adolescencia, decidió diri­girse a Atenas en busca de su padre, pero se propuso realizar el viaje a través de los caminos más peligrosos. Encontró diversos monstruos y salteadores, y los venció a to­dos. El número de estas empresas, que re­cuerdan los trabajos de Hércules, variaba en los relatos antiguos. Las más famosas eran la muerte de Sinis, salteador del Istmo que agredía a los viandantes y los ataba a dos pinos encorvados que luego, al dejarlos libres, los descuartizaban, y la vic­toria sobre Escirón, otro bandido que, apos­tado en un estrecho sendero rocoso junto al mar, obligaba a los viajeros a lavarle los pies, para luego arrojarlos al agua de una patada.

Teseo dio a Sinis y a Escirón la misma muerte que ellos daban a sus víctimas, y lo mismo hizo con Procusto, célebre por la crueldad con que trataba a las suyas, a las que torturaba hasta adap­tar la longitud de sus cuerpos a sus dos lechos, uno corto y otro largo. Recién lle­gado a Atenas, Teseo tuvo que partir para una nueva aventura: la caza del toro sal­vaje de Maratón, al que venció y sacri­ficó. A este viaje se refería la graciosa his­toria que formaba el argumento de la He- cale de Calimaco, epilio en el que Teseo, antes de su combate contra el toro, era acogido hospitalariamente por la anciana Hecale; a su regreso victorioso, Teseo en­contraba a Hecale muerta y le tributaba los honores fúnebres. De nuevo en Atenas, Teseo corrió el riesgo de ser envenenado por su padre,, a inspiración de Medea (v.), y poco después, a petición propia, fue in­cluido en el número de los catorce jóvenes y doncellas que todos los años debían ser enviados a Creta, como tributo al Mino- tauro.

Durante el viaje demostró su origen divino arrojándose al mar y regresando sano y salvo tras haber sido acogido amigablemente por Anfítrite (esta historia es también referida por Baquínides), y ya llegado a Creta, con ayuda de Ariadna, hija de Minos, logró dar muerte al Minotauro y salir del Laberinto. Tras huir de Creta con Ariadna, la abandonó en Naxos e hizo rumbo hacia Délos, y luego de nuevo hacia Atenas. Pero al acercarse a la ciudad se olvidó de izar las velas blancas, que eran la señal convenida para advertir que re­gresaba sano y salvo, y Egeo, al ver las negras de luto con que el navío había par­tido, se arrojó al mar creyéndole muerto. Así Teseo sucedió a su padre en el reino y, según la leyenda, ordenó la unión de los distintos burgos de Ática bajo la direc­ción de Atenas.

Otra de sus hazañas fue la guerra contra las amazonas, en compa­ñía de Hércules, en la que capturó a Antíope (o Hipólita) y la hizo su esposa. También era famosa su amistad con Pirítoo, en cuyas bodas estuvo presente y en las que hubo de combatir contra los cen­tauros. Más tarde Teseo ayudó a su amigo en su intento de forzar el mundo subte­rráneo y raptar a Perséfone. Al fracasar la empresa, Teseo fue libertado por Hér­cules. Ocasionalmente, Teseo fue puesto en relación con otras leyendas famosas por los escritores griegos, y asimismo las artes figu­rativas de Grecia celebraron a menudo sus empresas, que pertenecían a las más glo­riosas leyendas de la Hélade.

F. Codino