Tomás Sutpen

[Thomas Sutpen]. Es el héroe de la novela de William Faulkner (1897-1962) ¡Absalón, Absalón! Este perso­naje surge en la novela mediante una técni­ca muy complicada, de los relatos aducidos por Quentin Compson, perteneciente a una de las grandes familias del Sur.

Ya este narrador, por sí mismo representa esta ob­sesión por el pasado histórico de aquella tierra, que Faulkner ha convertido en ma­teria épica de sus novelas. Sutpen es un aventurero que llega a las tierras de Jef­ferson, en el condado imaginario de Yorknapatawpha, y empieza la difícil conquista de la tierra. Es un hombre enérgico y fe­roz que se impone en aquel ambiente, llega a ser coronel en la guerra de Secesión y funda una estirpe que durará varias gene­raciones. A lo largo de la novela, nos en­teramos que Sutpen es oriundo de Haití, llegado a Jefferson tras haber abandonado a su esposa y a su hijo a causa de tener aquélla sangre negra en sus venas. Funda aquí una nueva familia, de la que nacen un hijo y una hija. Con el tiempo, el hijo del primer matrimonio traba amistad, en la universidad, con su hermanastro y quiere casarse con su hermanastra.

Pero aquél, al enterarse de la verdad, le mata. El linaje de Sutpen, a causa de su mancha, se va perdiendo en una serie continuada de vio­lencias que culminan con el incendio de su finca por el último descendiente de la rama bastarda. En Tomás Sutpen ha que­rido representar Faulkner al fundador de una estirpe sobre la que se cierne la man­cha de la culpa.

Tomas Buddenbrook

[Thomas Buddenbrook]. Uno de los personales de Los Buddenbrook (v.), de Thomas Mann (1875- 1955). El autor prestó a esta figura su pro­pio nombre de pila, como indicando que es la que más se le parece.

Tomás Budden­brook ocupa un lugar central entre Jean, el abuelo lleno de ardor por los negocios, dominador de todas las crisis y de todas las dificultades, y Hanno, nieto de aquél e hijo de Tomás, el último descendiente de la familia, en quien parece haberse extin­guido incluso el afán de vivir. Tomás qui­siera tener fuerza de voluntad, pero carece totalmente de ella, y se esfuerza en fingir que la posee para no arruinar el crédito de su casa, ya en vías de disolución. En el fondo, Mann participa de los tres caracteres a la vez. Su genio consiste en mostrarse ora como el abuelo, totalmente burgués, ora como el nieto, mero artista, ora — y sobre todo — como Tomás, figura ambigua y anfibia, en continua metamorfosis, mitad bur­gués y mitad artista.

Exteriormente Tomás Buddenbrook es una persona perfectamen­te correcta que tiene muy en cuenta las apariencias y que se muestra siempre im­pecable en su modo de vestir, en sus ac­tos y en sus palabras. Pero tras esa fa­chada se esconde un ser ultrasensible, dé­bil y muy poco conformista, lleno de cu­riosidades que no se atreve a confesar ni siquiera a sí mismo. Así, Tomás Bud­denbrook descubre un libro, El mundo co­mo voluntad y representación (v.), de Schopenhauer, que lee a escondidas y en el cual halla una base filosófica para su pesimismo hasta entonces sólo ingenuo y enfermizo.

Thomas Mann, que sufrió a su vez la influencia de Schopenhauer, se dio así el placer de antedatar su descubrimien­to haciendo leer a su sosias aquello que en 1900 todo el mundo conocía. ¡Qué frescor en esa casi primera lectura de Schopen­hauer! Del mismo modo, la esposa de To­más, apasionadamente aficionada a la mú­sica, toca la obertura de Los maestros can­tores de Nuremberg (v.) cuando la ópera apenas acababa de ser estrenada. De la unión de estos dos seres nace Hanno, el más doloroso y fascinador autorretrato de Thomas Mann. Pero Hanno muere prematuramente y, en cambio, por fortuna nues­tra, su creador le sobrevivió largos años. Así quedó demostrado que un poeta puede poner fin a su propia vida «en efigie».

F. Lion

Toldi Miklrós

Protagonista de varias poesías y dramas húngaros, no es una figura meramente legendaria, sino muy probable­mente un personaje histórico, que debió de vivir en el siglo XIV, en tiempos del rey Luis de Anjou.

Debe su popularidad prin­cipalmente a la trilogía Toldi (v.) de János Arany (1817-1882) que le erige en símbolo del carácter húngaro. El joven Toldi es un sencillo campesino, pese a su noble origen, porque su hermano mayor, que vive en la corte del rey, no le permite que abandone su aldea. Sin embargo, una oscura con­ciencia de su dignidad le hace rehuir la compañía de los sirvientes y su suscepti­bilidad se siente grandemente herida cada vez que le toman por un aldeano. Es muy afectuoso para con su madre, pero está su­jeto a repentinos ataques de cólera, y este defecto le arrastrará a cometer toda clase de violencias. Al mismo tiempo, Toldi tiene un buen corazón y es instintivamente ca­balleroso, defensor de los débiles y opri­midos; pero, aunque piense largamente en las mujeres y adore a su madre, está muy lejos de ser el clásico enamorado que se derrite en suspiros.

Hay en él algo de los sentimientos de sus antepasados orientales, para quienes el amor sentimental no exis­tía. Ayuda a un amigo a conquistar el co­razón de Piroska (v.), la muchacha que le había sido destinada, y cuando se da cuen­ta del amor de ésta, es demasiado tarde. En su vejez conserva su carácter caballe­resco: es indulgente ante las debilidades, pero no vacila en declarar netamente la verdad incluso al rey; sus antiguas iras si­guen asaltándole de vez en cuando. Ene­migo de los tiempos nuevos y de los refi­namientos de la civilización italiana que priva en la corte del rey Luis, es el último representante de la fuerza personal. Las leyendas que se formaron alrededor de su figura fueron recogidas por primera vez por Péter Ilosvay Selymes (siglo XVI), en una recopilación poética titulada Nicolás Toldi (1574).

En ella nada se dice de los amores de Toldi, que constituyen en cam­bio el tema de la segunda parte de la tri­logía de Arany; y faltan también los rasgos simpáticos, característicos de aquel héroe nacional. Sólo se subraya su fuerza física, y Toldi es pintado como un hombre impe­tuoso y beodo. Entre los distintos rasgos de su figura, recientes investigaciones han identificado alusiones a ciertas hazañas de Tristán (v.), y huellas de un relato de Boccaccio. La historia de Toldi circuló en­tre el pueblo, incluso bajo la forma de co­plas ilustradas. En el siglo XIX la trató por primera vez Károly Kisfaludy (1788- 1830) en su Pluma de águila [A sastoll] y luego Mihály Vorosmarty (1800-1855) en los breves relatos poéticos El viejo guerrero [As ósz bajnok] y Toldi. Ede Szigligeti (1814-1878), en su comedia La rosa (1840), nos presenta a Toldi en la edad madura, y es indudable que de esta obra tomó Arany la idea del duelo en el que Toldi toma par­te disfrazado, según se narra en el Amor de Toldi. Pero como ya hemos dicho, son generalmente las obras de este último autor las que sirven de base a la imagen que de Toldi tiene el público húngaro.

M. Benedek

Todero

Protagonista de la comedia Sior Todero brontolon [Maese Todero el gru­ñón], de Cario Goldoni (1707-1793). Todero «… es uno de aquellos viejos que no quie­ren a nadie más que a sí mismos…».

La serie de tales ancianos en la obra goldoniana es muy larga, y en ella Todero representa una imagen particularmente des­agradable de la vejez, reducida esquemáti­camente a sus defectos y a aquellas nudosi­dades en que a menudo se convierte una larga vida. «Un carácter inquieto, fastidio­so, indiscreto…», dice de él el propio Gol­doni, y comenta: «Nada tan fastidioso ni tan molesto para la sociedad como un hom­bre que gruñe constantemente, que nunca está contento de nada, que trata con as­pereza, que habla con arrogancia… Todero no es sólo gruñón, sino avaro y soberbio… y sin embargo no es un tipo imaginario. Sus pares abundan más de lo que quisiéra­mos…».

En él hay algo del Avaro (v.) de Molière: velan su rostro las mismas som­bras que obscurecen el de quienes, como Harpagon (v.), sólo viven en la enemis­tad de los demás y en el cálculo del juego y del provecho que pueden sacar de otros más sencillos y honrados que ellos. Pero la vida, por despecho, parece complacerse en perturbar con toda su ironía a quienes la quieren desangrar: ésta es una «mora­leja» fundamental de la comedia de todas las épocas, y constituye la oculta urdimbre de las aventuras en que la figura de Tode­ro adquiere su relieve y se convierte en el grotesco retrato de un decrépito espanta­pájaros burlado y escarnecido. «…Soy el amo… en esta casa no hay más amo que yo… quiero que se me trate como amo… el amo soy yo, os digo… mando yo, el amo soy yo…».

Las torpes palabras de su senil pretensión reaparecen como un estribillo para sugerir la befa en que será vencida, aunque no domada, su despótica pretensión. Es un tipo claro pero sumario y monocor­de; no hay que buscar en él las huellas de un carácter, como pueden hallarse en Los rústicos (v.), sino las más vulgares pe­culiaridades de la «commedia», de las que se desprende la clara moraleja expresada por la humana verosimilitud de los prota­gonistas, sátira en acción, más eficaz que en palabras.

G. Veronesi

Tobías Belch

[Sir Toby Belch]. Per­sonaje de La noche de Epifanía (v.), de William Shakespeare (1564-1616). Algunos críticos han dicho que es una especie de Falstaff (v.) azucarado, en el que el vicio pierde la mitad de su violencia al perder toda su enormidad.

Belch, como Falstaff, es un fenómeno social. Un residuo del feu­dalismo en decadencia, un gentilhombre a quien los tiempos han reducido a una si­tuación de dependencia, pero que a pesar de ello no ha perdido sus antiguas mane­ras ni su jovialidad. Otros han hecho ob­servar que ningún parangón cabe estable­cer entre Falstaff, personalidad robusta que domina a cuantos entran en contacto con ella, y Tobías, tipo vulgar de vividor, uno de los innumerables epicúreos que en la vida no ven otro atractivo que el bien comer, el beber mejor, el dejarse llevar por fáciles amoríos y el juerguear por las tabernas. Sea como fuere, la vitalidad de este personaje, que pasa su vida entre un chiste y un vaso de vino de Canarias, entre el estribillo de una canción y la prepara­ción de una burla, nos hace sonreír y atrae nuestra simpatía, como la atraen también ciertos personajes picarescos de Henry Fielding y de Tobías Smollett.

M. Praz