Todero

Protagonista de la comedia Sior Todero brontolon [Maese Todero el gru­ñón], de Cario Goldoni (1707-1793). Todero «… es uno de aquellos viejos que no quie­ren a nadie más que a sí mismos…».

La serie de tales ancianos en la obra goldoniana es muy larga, y en ella Todero representa una imagen particularmente des­agradable de la vejez, reducida esquemáti­camente a sus defectos y a aquellas nudosi­dades en que a menudo se convierte una larga vida. «Un carácter inquieto, fastidio­so, indiscreto…», dice de él el propio Gol­doni, y comenta: «Nada tan fastidioso ni tan molesto para la sociedad como un hom­bre que gruñe constantemente, que nunca está contento de nada, que trata con as­pereza, que habla con arrogancia… Todero no es sólo gruñón, sino avaro y soberbio… y sin embargo no es un tipo imaginario. Sus pares abundan más de lo que quisiéra­mos…».

En él hay algo del Avaro (v.) de Molière: velan su rostro las mismas som­bras que obscurecen el de quienes, como Harpagon (v.), sólo viven en la enemis­tad de los demás y en el cálculo del juego y del provecho que pueden sacar de otros más sencillos y honrados que ellos. Pero la vida, por despecho, parece complacerse en perturbar con toda su ironía a quienes la quieren desangrar: ésta es una «mora­leja» fundamental de la comedia de todas las épocas, y constituye la oculta urdimbre de las aventuras en que la figura de Tode­ro adquiere su relieve y se convierte en el grotesco retrato de un decrépito espanta­pájaros burlado y escarnecido. «…Soy el amo… en esta casa no hay más amo que yo… quiero que se me trate como amo… el amo soy yo, os digo… mando yo, el amo soy yo…».

Las torpes palabras de su senil pretensión reaparecen como un estribillo para sugerir la befa en que será vencida, aunque no domada, su despótica pretensión. Es un tipo claro pero sumario y monocor­de; no hay que buscar en él las huellas de un carácter, como pueden hallarse en Los rústicos (v.), sino las más vulgares pe­culiaridades de la «commedia», de las que se desprende la clara moraleja expresada por la humana verosimilitud de los prota­gonistas, sátira en acción, más eficaz que en palabras.

G. Veronesi