[Thomas Buddenbrook]. Uno de los personales de Los Buddenbrook (v.), de Thomas Mann (1875- 1955). El autor prestó a esta figura su propio nombre de pila, como indicando que es la que más se le parece.
Tomás Buddenbrook ocupa un lugar central entre Jean, el abuelo lleno de ardor por los negocios, dominador de todas las crisis y de todas las dificultades, y Hanno, nieto de aquél e hijo de Tomás, el último descendiente de la familia, en quien parece haberse extinguido incluso el afán de vivir. Tomás quisiera tener fuerza de voluntad, pero carece totalmente de ella, y se esfuerza en fingir que la posee para no arruinar el crédito de su casa, ya en vías de disolución. En el fondo, Mann participa de los tres caracteres a la vez. Su genio consiste en mostrarse ora como el abuelo, totalmente burgués, ora como el nieto, mero artista, ora — y sobre todo — como Tomás, figura ambigua y anfibia, en continua metamorfosis, mitad burgués y mitad artista.
Exteriormente Tomás Buddenbrook es una persona perfectamente correcta que tiene muy en cuenta las apariencias y que se muestra siempre impecable en su modo de vestir, en sus actos y en sus palabras. Pero tras esa fachada se esconde un ser ultrasensible, débil y muy poco conformista, lleno de curiosidades que no se atreve a confesar ni siquiera a sí mismo. Así, Tomás Buddenbrook descubre un libro, El mundo como voluntad y representación (v.), de Schopenhauer, que lee a escondidas y en el cual halla una base filosófica para su pesimismo hasta entonces sólo ingenuo y enfermizo.
Thomas Mann, que sufrió a su vez la influencia de Schopenhauer, se dio así el placer de antedatar su descubrimiento haciendo leer a su sosias aquello que en 1900 todo el mundo conocía. ¡Qué frescor en esa casi primera lectura de Schopenhauer! Del mismo modo, la esposa de Tomás, apasionadamente aficionada a la música, toca la obertura de Los maestros cantores de Nuremberg (v.) cuando la ópera apenas acababa de ser estrenada. De la unión de estos dos seres nace Hanno, el más doloroso y fascinador autorretrato de Thomas Mann. Pero Hanno muere prematuramente y, en cambio, por fortuna nuestra, su creador le sobrevivió largos años. Así quedó demostrado que un poeta puede poner fin a su propia vida «en efigie».
F. Lion

