Tony Lumpkin

Personaje de la come­dia Se humilla para conquistar (v.), de Oliver Goldsmith (1728-1774), creado sobre el tipo del joven holgazán, mimado y sim­páticamente primitivo que, a decir verdad, no es ninguna novedad en los escenarios ingleses.

Pero el prototipo directo de Tony es el Humphry Gubbin de la comedia El tierno marido [The Tender Husband], de Richard Steele (1705), muchacho campesi­no a quien su padre quiere a toda costa hacer casar con una sentimental heredera londinense, con la que Humphry se pone rápidamente de acuerdo para engañar a aquél y liberarse de uno y de otra. Goldsmith caracteriza mucho más el tipo de Tony, evitando el menor matiz sentimental: borracho, amante de las alegres canciones de taberna, mimado por su madre que ve en él la promesa del genio y que le tolera las más atroces jugarretas, Tony sólo per­manece en su casa en cuanto puede sacar dinero de ella; es ignorante e indolente, pero no le faltan ni astucias ni burlonas malicias.

La burla es su pasión, y la liber­tad le enciende aún más, hasta convencer­le de que debe prodigarse en una buena acción. En esta instintiva necesidad de li­bertad y de alegres escapadas, o dicho de otro modo, de sana vida animal, consiste su novedad y el motivo que le hace tan simpático. Tony es la expresión de un pro­fundo instinto de la raza y hasta cierto punto posee la misma esencia de los ale­gres vagabundos shakespearianos, como Autólico (v.) o tantos otros. Gracias a él, penetra en la comedia un hálito de fanta­sía que la aleja de la cotidiana vulgaridad y la hace mucho más poética.

N. D’Agostino

Tom Tulliver

Personaje de El molino junto al Floss (v.), novela de George Eliot (1819-1880). Es un muchacho cualquiera, aficionado a los aparejos de pesca y a las trampas de caza, desdeñoso de toda moli­cie, animado por una instintiva admiración de la fuerza y por el afán de llegar a ser un hombre vigoroso, capaz de montar sin.

perder los estribos el sombrío caballo de la existencia, despreciador de las inquie­tudes y rarezas intelectuales y sentimenta­les de la tontuela de Maggie (v.), su hermanita, y dotado de un precoz sentido de propiedad y de jefatura que sólo naufra­ga ante las incomprensibles elegancias de la construcción latina y las demostracio­nes de la geometría euclidiana, con que se intenta en vano amueblar su espíritu. Pero bajo la apariencia descuidada de Tom duermen un firme carácter y una voluntad indomable, prontos a cobrar vida consciente y a formar una personalidad moral de cualidades netas y viriles y ca­paz de severa abnegación y austero sacri­ficio.

Cuando la mano de hierro de la des­dicha llama inexorablemente a la puerta de su brillante casita junto al Floss, parece que, de improviso, en la maduración interior de Tom, la lenta rueda del tiempo empiece a girar precipitadamente y que en el transcurso de los días el carácter de aquel muchacho vulgar se transforme en el de un hombre dispuesto a arrostrar las amar­gas responsabilidades de la vida. Pero el mismo esfuerzo supremo que debe hacer su juventud para doblegarse bajo el áspero yugo de la necesidad, y la tensión en que debe poner sus fuerzas internas, construyen en torno a su corazón una armadura de he­lada y orgullosa soledad, que le hará toda­vía más ajeno al carácter femeninamente vibrante e inquieto de Maggie: para ella, Tom representará precisamente un inexorable obstáculo al amor y a la vida, fun­dado en una tradición de odios inextin­guibles y en el arraigado poder de aquellos prejuicios que en las almas severas, domi­nadas por fuertes voluntades*, y en lo li­mitado de la imaginación y del intelecto, asumen la apariencia misma de la verdad y usurpan sus divinas facciones.

Y así Maggie respetará en silencio el obstáculo y aceptará después la condena, pronta a cualquier callado sacrificio: y cuando in­cluso el de su propia vida será necesaria para salvar a Tom, la ofrecerá sin vacilar. Sólo entonces, en aquella hora suprema, el pobre Tom, en un instante de ilumina­ción interna, tendrá la fulgurante visión de la ignorada y misteriosa grandeza y de las insondables profundidades de la vida; y mientras abrazado al corazón de Maggie.. está a punto de abandonarse a la obscura oleada de la muerte, su pequeño orgulloso mundo íntimo se disolverá en un ámbito sin confines sobre el cual se extiende el estrellado cielo de las almas.

Y. A. Scrosati

Tom Swift

Imaginario joven inventor americano, héroe de una larga serie de no­velas para muchachos: Tom Swift y su submarino, Fortaleza volante, Surtidor de petróleo, Fototeléfono, etc. [Tom Swift and His Submarine Boat, Aerial Warship, Oil Gusher, Photo Telephone], de Víctor Apple- ton (Arthur M. Winfield, 1862-1930).

Su padre, Barton Swift, fue también inventor, pero en un período arcaico, anterior a los coches sin caballos, cuando los americanos llevaban despreocupadamente nombres co­mo «Barton», al igual que llevaban barba o creían en la existencia del alma; el hijo, cuyo nombre, rostro y carácter carecen por igual de aquella pintoresca vegetación humana, nace con la Edad de la Técnica, de la cual se convierte en el héroe por exce­lencia. Dentro de un envoltorio de puras convenciones que se asemeja a una perso­na poco más de lo que el caballo de Ulises en Troya se parecía a un caballo de veras, Tom Swift, técnico, atraviesa las puertas de la literatura y se granjea una clamo­rosa popularidad.

Crece en los «salubres alrededores» de una pequeña ciudad pro­vinciana; se desarrolla convirtiéndose en «un atlético joven bien constituido… fran­co… valeroso… modesto… y de excelente carácter»; y protagoniza un convencional repertorio dramático tomado de relatos de aventuras, novelas de dos centavos y obras de Scott, Cooper y Julio Verne. De Hora­cio Alger (v.), a quien sucede como héroe favorito de los jóvenes, hereda una colec­ción mixta de virtudes y sentimientos vir­tuosos (honradez, castidad, caballerosidad, patriotismo, etc.) que posee la misma ínti­ma coherencia y el mismo peso moral que una red para el juego de ping-pong. Pero no por ser puras convenciones, sus virtudes son menos «reales»: funcionando como au­tómatas espirituales (v. Pocahontas y Evangelina), brindan a Tom Swift, como a otros héroes de la moderna América, un conve­niente sucedáneo de la moral, eximiéndole de responsabilidades de este tipo y prote­giéndolo contra la conciencia ética, con lo cual le permiten crear, en absoluta liber­tad y «sublime seguridad», para un nuevo universo en el que la moral antigua nada tiene que hacer, unas formas de excelencia características y adecuadas a aquél, pero ya no «humanas».

Sus amigos le llaman «brujo»; su «maravillosa aptitud para todo lo mecánico y científico», que hace pensar en un reflejo fisiológico, en nada se dis­tingue del genio creador. Trabajando con la «técnica» como los creadores anteriores a él trabajaban con conceptos, palabras, pinceles y piedra, obtiene objetos metálicos que acaban por convertirse en formas in­ternas de toda la civilización. Su intimidad con tales objetos — combinaciones diversas de energía y metal — es semejante a la de un campesino con su tierra y con sus bes­tias: su ritmo es el mismo, su vida me­cánica es la de él, el motor de su avión exhala para él un calor más que bovino y contesta con sus ronroneos a sus afectuosas caricias.

La necesidad, en el sentido co­rriente de la palabra, no es la madre de las invenciones de Tom Swift: ésta es el principal motivo de aquellos otros traba­jos de Hércules de la técnica con que los compatriotas de Tom Swift transformaron la primitiva «landa salvaje» de James Fenimore Cooper en la «pesadilla de aire acondicionado» de Henry Miller. Semejan­tes inventos, o sea los progresos técnicos que han llegado a ser sinónimo del voca­blo «americano», no satisfacen tanto una necesidad existente cuanto la crean por sí mismos. Serían gratuitos accesorios en el juego gratuito de un muchacho, si no fue­ran más bien los resultados, sin motivo racional y objetivo interesado, de un ciego e irresistible impulso creador; impulso, pa­ra ese héroe, de inventar objetos que no existen todavía y de «perfeccionar» o ela­borar los que existen ya.

Tom es de aque­llos «que hacen las cosas porque no pueden dejar de hacerlas, y ni ellos ni los demás comprenden por qué las cosas suceden» (Gertrude Stein). Si bien emplea la ma­teria física y aunque la convención litera­ria exige que el éxito recompense sus es­fuerzos, éstos no son ni remotamente «ma­teriales»; mejor podría definírseles como místicos. Los objetos que Tom crea o me­jora— avión, submarino, locomotora, per­foradora de petróleo, televisión, etc. — no son más que indiferentes pretextos para el ejercicio del genio (v. Augusto Dupin). La urgencia de la creación como fin en sí mis­ma es en Tom una especie de «vocación» religiosa (v. Cowperwood). Posee una ex­traordinaria «capacidad de perderse en su trabajo», y esa pérdida de sí mismo, esa extensión de persona y personalidad en un triunfante éxtasis, impersonal y sin amor, del poder, es de hecho, para un país en el que la «persona» humana ya no es más que una arcaica convención literaria (v. Her­mana Carrie) y donde la noción de la in­timidad por la «vida humana» es una exó­tica fantasía cantada por los poetas (v. Isabel Archer y Eugenio Gant), la peculiar bienaventuranza de una nueva religión na­cional.

El virtuosismo técnico de Tom — el derecho de nacimiento que heredó del pri­mordial antepasado del Muchacho Ameri­cano, Tom Sawyer (v.) —, juntamente con su estupenda aptitud para la locomoción que comparte con su contemporánea colega cinematográfica Paulina, le permiten reca­pitular a su antojo las aventuras de uno y otra, sus fugas por un pelo, sus flir­teos con los representantes de una u otra de las ya caducas condiciones humanas, y su benévola interferencia con las vidas de semejantes desdichados. Gracias a sus inventos, Tom Swift viaja hasta los extre­mos límites de la Tierra: hasta las «cuevas del hielo», hasta la «ciudad del oro», hasta el «país de las maravillas». Su sucesor, Buck Rogers, héroe del «tebeo» de su nombre, se desprende totalmente de la tierra, y renueva en el espacio interplanetario las aventuras de Tom Swift; el sucesor de Buck Rogers ha nacido ya en otro planeta y vuelve a la tierra para poner en orden su marcha.

S. Geist

Tom Sawyer

Protagonista de las cua­tro novelas Aventuras de Tom Sawyer (v.), Aventuras de Huckleberry Finn (v.), Tom Sawyer policía y Tom Sawyer en el extran­jero, del escritor americano Mark Twain (Samuel Langhorne Clemens, 1835-1910).

La figura de este brillante y malicioso escolar del Middlewest, cuyas bribonadas animan la somnolencia de un pueblo a orillas del Mississippi, se ha convertido en prototipo convencional — o «modelo clásico» — del Muchacho Americano. Su falsedad psico­lógica como interpretación de la infancia (que hace absoluta la fijeza y la pureza de la convención) no perjudica su estupenda exactitud simbólica como interpretación de ciertos irresistibles, movimientos espiritua­les propios de los americanos de todas las edades y de uno y otro sexo. Tom es el incorregible bufón del pueblo; sus compa­triotas le quieren por ello, sabiendo que es uno de los suyos, aunque un poco más há­bil. Como no puede separarse del código de las convenciones burguesas americanas — morales, sentimentales e intelectuales — representadas por el pueblo, para él no hay peligro en hacer «excursiones a los pintorescos alrededores», o sea en el mun­do de lo no-respetable, no-convencional, primitivo, imaginativo y poético.

Tom Sawyer se encuentra siempre en su casa: no hay el menor riesgo de que tales expedi­ciones le alejen demasiado de su cómoda seguridad. Su estado de turista no se verá comprometido por ningún duradero apego a aquellas bárbaras regiones inexploradas del espíritu ni por ninguna íntima relación con sus habitantes. Sus excursiones son meras «partidas» que él «juega» en la se­guridad de que, cuando se haya divertido suficientemente, podrá retirarse sin dificul­tad; y cuando regrese junto a sus amigos del pueblo, cargado de «souvenirs», aquéllos aclamarán al héroe victorioso con «un des­file de antorchas a los sones de la charan­ga». En sus expediciones lleva consigo una completa colección de Baedekers: un bagaje de convenciones literarias rígidamente estilizadas — desde las historias de aventuras a las novelas de dos centavos, desde Las mil y una noches (v.) a las obras de Scott y Cooper — que prescriben qué movi­mientos hay que hacer, qué «vistas» hay que contemplar, qué «ruinas» hay que vi­sitar, qué significado debe atribuirse a cuanto se ve, y qué sentimientos deben experimentarse ante tal o cual espectáculo.

Tom Sawyer sólo se aleja de ese protocolo cuando por accidente se equivoca de ca­mino; y en tal contingencia recurre al in­genio y a la astucia a que tiene derecho en su condición de Muchacho Americano. Huck Finn (v.), indígena de las regiones inexploradas que toma equivocadamente el conocimiento que Tom tiene del «estilo» por la autoridad de un gran hechicero so­bre su natural mundo salvaje, ofrece hu­mildemente a Tom sus servicios como guía, compañero y factótum. Tom se muestra ge­neroso en sus propinas, porque, gracias a Huck, puede «disponer plenamente de su vida»: satisface su ilimitada y perniciosa curiosidad, exhibe su dominio de sí mismo, demuestra su habilidad en determinados «puntos concretos» convenientes al proto­colo de la fuga, se deja mecer por la gra­titud de obtusos leñadores y, como un «virtuoso», ejecuta uno tras otros brillantes y gratuitos «números». En realidad, sus aventuras son puros ejercicios, inventados por él y siempre bajo el dominio de su vo­luntad: figuras ornamentales para embellecer la insípida superficie de su aburrimien­to: partidas.

Si una «aventura» hubiera de terminar mal, de tal modo que la partida, arrastrando en exceso al jugador, pudiera convertirse en una situación humana con consecuencias reales, este ultraje, antes de que él logre lavarlo, sólo se tolera en el grado necesario para conferir un picante sabor de peligro a las partidas sucesivas: Tom es el más perfecto maestro en el arte americano indígena conocido por el nombre de «strip-tease» (v. Zenobia). El fenómeno natural o el espíritu (por ejemplo la ca­verna obscura donde Tom «se pierde») a cuyo escandaloso crimen de «lesa majes­tad» con respecto a la Voluntad de Tom debe imputarse el ultraje, es prontamente destruido o convertido por Tom en un sim^ pie campo de juego para muchachos como él. Todo cuanto los dos grandes volúmenes de las Aventuras permiten simplemente sobrentender, se hace explícito en sus dos continuaciones, manifiestamente inferiores. Tom Sawyer, jugador de partidas, se con­vierte en Tom Sawyer turista, emprendedor joven aficionado a la divulgación científica, que libremente fluctúa de acá para allá por la tierra, en un globo, a lo Julio Verne.

Manteniéndose a segura distancia de la vida humana, mira por encima de ella como un superior y desinteresado espectador, «echando un vistazo», como el moderno viajero aéreo, donde y cuando le place, para «flirtear» brevemente con una de sus Maravillas — pigmeos, caníbales, Dolor, Muerte, Hambre, Amor o la Esfinge—, o para poder, gracias a cualquier acto de sen­timental y complaciente humanitarismo, desempeñar el papel de noble bienhechor. Como Tom Sawyer policía, éste es un fi­lantrópico dilettante de la vida humana que, a semejanza de «Supermán», pone sus fuerzas superiores «a disposición del dere­cho y de la justicia», y que, como Pocahontas (v.), ejecuta un ritual «ballet» de la intervención con sacrificio propio, en el cual, en realidad, no se sacrifica nada.

S. Geist

Tom Jones

Protagonista de la novela Historia de Tom Jones, expósito (v.), de Henry Fielding (1707-1754), así como de diversas obras teatrales derivadas de ella, entre las cuales la más importante es la comedia homónima (v.), de Simeone Antonio Sografi (1759-1818).

Tom Jones es un excelente muchacho sin malicia, y toda su carrera es la demostración, no exenta de sabor didáctico, de un principio que gozó de gran favor en el siglo XVIII: el de que la espontánea generosidad de corazón, la sencilla franqueza y la sincera bondad son los gérmenes preciosos de todas las virtu­des auténticas. La bondad instintiva de Tom puede a veces parecer ofuscada por la exuberancia de su gallardo carácter, pero la verdadera moralidad es siempre la que resulta del desarrollo de aquellos gérme­nes. Todo lo demás, reglas fundadas en la razón, austeridad puritana, mentirosos esfuerzos de una conciencia agriada para revestirse de candor, es puro engaño.

Lo malo es que Tom no se contenta con ser «naturalmente» bueno y necesita declamar­lo a los cuatro vientos: «¿Qué es el mez­quino orgullo de poseer una magnífica casa, numerosa servidumbre, una mesa espléndida y todas las demás ventajas y apariencias de la fortuna, en comparación con el cálido y sólido contento, con la plena satisfacción, con los delirantes transportes y con los exultantes triunfos de que goza un alma recta contemplando un acto generoso, virtuoso, noble y bienhechor?» Y también: «Las cálidas y estáticas sensaciones que nos produce la conciencia de un acto honrado, noble, generoso y bienhechor deleitan más el alma que el inmerecido elogio de millo­nes de personas». El lector no puede dejar de pensar en la retórica sentimental de las escenas de familia del pintor francés J. B. Greuze (1725-1805).

Pero detrás de su etiqueta, Tom Jones no es precisamente un santo: la moral burguesa en los tiempos de Fielding, como en los de De Foe, era en gran parte una mera apariencia; y un Victo­riano del calibre de Thackeray tendrá ra­zón al afirmar de Tom Jones: «Este ruidoso y petulante joven disoluto saca demasiada tajada y excesivo provecho de la vida». ¿Qué clase de héroe es en realidad Tom Jones? Tiene una intriga amorosa con Molly Seagrim, hija del guardabosque, aunque su papel en ella, más que el de seductor, es el de seducido; está a punto de ser sorpren­dido por Sofía en brazos de la aventurera mistress Waters; tiene otro enredo con lady Bellaston— la mujer qué tiende a Sofía una pérfida emboscada para obligarla a casar­se con el disoluto y equívoco lord Fellamar—, y una vez más Sofía da con él pre­cisamente una noche en que se dirigía a una cita con lady Bellaston; y es, en una palabra, el héroe de otras muchas compli­cadas y poco edificantes aventuras muy tí­picas de su siglo.

M. Praz