Dante dice de este pecador: «Yo le vi, hombre de sangre y de dolor»; por lo tanto, le conoció. Por entonces eran frecuentes los contactos entre Florencia y Pistoya: Pistoya dependía de Florencia, y las vicisitudes de la lucha entre Blancos y Negros fueron comunes a ambas ciudades; además, Vanni Fucci, en 1292, combatió por Florencia en la guerra contra Pisa.
Feroz y revoltoso, Vanni Fucci es también recordado por haber robado, junto con otros, el tesoro de San Jacopo, rica capilla de la catedral de Pistoya, delito del que fue injustamente acusado, entre 1292 y 1293, Rampino Foresi. Hasta aquí los datos biográficos facilitados por la crónica; pero muy distinta es la poesía que Dante edificó sobre ellos. El poeta traza una figura de empuje miguelangelesco, fulminantemente plantada en la escena con un solo ademán: «Le mani alzó con amendue le fiche», y un grande e impío grito: «¡Tómalos, Señor, que son para ti!» Pero la obscena furia de Vanni Fucci, tan gigantesca aunque. impotente, sólo representa un aspecto de su compleja aventura poética y no es más que el último sello de su personalidad.
En aquella «tristissima» jungla que es el círculo de los ladrones, en medio de un paisaje mudo y sin vida, Vanni Fucci es el único personaje en quien aparece, ni indistinta ni anónima, la fisonomía concreta del hombre. Su entrada -inaugura aquel contrapunto de rápidos movimientos y arcanos silencios que ritma todo el episodio. La escena se hace de pronto tempestuosa: «Y he aquí que junto a nuestra proa surgió una serpiente». Vanni Fucci se enciende, arde, se convierte en cenizas; su polvo se recoge y reconstituye la primitiva figura, y el réprobo, recobrada su forma, mira a su alrededor como quien vuelve en sí tras una obsesión diabólica: «Y mirando suspira». Palpita sobre este principio un hálito de prodigio, preludio del terrible motivo religioso que preside toda la representación.
El réprobo traza de sí mismo una cínica y violenta biografía: «Soy Vanni Fucci bestia», y esta biografía es como el pedestal sobre el cual se erguirá la figura del ladrón que intenta ofender a Dios en un obsceno y titánico ademán de befa y de blasfemia. Sorprendido en la miseria por un enemigo Blanco, se venga arrojándole a la cara la predicción del triunfo de los Negros; con la garganta oprimida por la justicia divina, insulta a Dios; es el más brutal y el más grosero de los condenados. Es mulo, como bastardo de los Lazzari, y esta condición suya le inspira un odio que halla su mayor expansión arrojándola a la cara de quien le pregunta: «Gustóme la vida bestial… como mulo que fui». Y «bestia» repite para añadir un atributo a su nombre, y llama «madriguera» a su patria para hacerla digna de la bestia.
En sus puntos más salientes su historia se acentúa con excepcional vehemencia: la serpiente se le arroja al cuello; estalla como un rayo la desigual y trágica lucha entre el condenado y Dios, y finalmente la justicia divina cae sobre Vanni Fucci. De este modo, el lector asiste a una operación de sutura poética, desarrollada con una prodigiosa facilidad y densidad: Dante, en la fase central, lleva su personaje hasta la cumbre de una titánica maldad, que le hace resplandecer con luz satánica en virtud de su gigantesco poder blasfemo, para pintarle luego de pronto caído en la impotencia más muda e irrevocable: es Vanni Fucci que, estrechado en el nudo de dos serpientes, no podía dar ni una sacudida.
P. Baldelli

