Vizcacha

El «viejo Vizcacha» es, en la segunda parte del poema gauchesco Mar­tin Fierro (v.), del autor argentino José Hernández (1834-1886), la contrafigura del protagonista (v.).

Las virtudes de Fierro, todo cuanto hay en él de viril protesta contra las injusticias de la sociedad y de auténtica fibra moral, se convierte en Viz­cacha en capacidad de adaptación a aquel mismo ambiente social, para poder sacar partido de sus imperfecciones, y en cinismo, astucia, holgazanería y burla de todos los valores excepto los utilitarios. Conocemos a Vizcacha a través de las impresiones del segundo hijo de Fierro, que relata los he­chos de su vida después de que su padre marchó. La tía que había recogido al mu­chacho abandonado muere, y éste hereda sus bienes. Pero el juez, que se presenta en cuanto husmea la posibilidad de un negocio, confía la tutela del joven al viejo Vizcacha, que deberá encargarse de educar­le y enseñarle a trabajar; el propio juez, mientras tanto, busca el modo de sacar también tajada de la fortuna del anciano.

En la presentación de Vizcacha, Hernández no ahorra adjetivos: disoluto, renegado, hol­gazán, comilón y amigo de lo ajeno; vive rodeado de perros que constituyen «todo su placer» y para alimentarlos mata, pro­tegido por las sombras de la noche, las vacas ajenas, las despelleja y trueca sus pieles por hierba mate, tabaco y aguar­diente. Todos sus bienes se reducen apa­rentemente a una mala yacija y a los cua­tro muros de la cabaña sin techo donde acumula los frutos de sus latrocinios.

Des­confiado, impide que el muchacho entre en su^ guarida y le deja fuera incluso en las más crudas noches de invierno. Se dice que dio muerte a palos a su mujer porque «le había servido el mate frío». ¿Por qué maravillarse entonces si en el delirio de su última enfermedad grita que la mujer le llama desde el infierno? Sólo cuando se emborracha se acuerda de «educar» al jo­ven Fierro con sus consejos llenos de ma­licia popular, de socarrona experiencia y de ciencia folklórica: en ellos se expresa una cruda filosofía inspirada en la escueta ley del Talión, una filosofía de oportunista y de chanchullero sin escrúpulos, que pa­rece derivar de la tradición picaresca española (v. el Lazarillo y el Buscón), pero que sin duda había sido ampliamente asi­milada por la mentalidad popular argenti­na.

«La primera preocupación del hombre — dice el viejo Vizcacha — debe ser procu­rar por su pellejo; y sólo hay que acordarse de una cosa: del comedero; donde veas que los perros están flacos, no te detengas, y haz como las hormigas, que nunca van al granero vacío; hazte amigo del juez e in­clínate si se enfurece; no llames jamás la atención del prójimo; quédate en el rincón donde empezaste a vivir, sin meter la nariz en asuntos que no te importen dejando que ‘se queme los dedos quien amasó la hari­na, y vive solo sin fiarte de las mujeres o si te casas, cásate al menos con una mu­jer fea, pues te costaría demasiado guardar a una que encandilara a los demás…».

L. A. Castellanos

Viviana

[Vivienl. Personaje de Los idi­lios del rey (v.), del poeta inglés Alfred Tennyson (1809-1892). Viviana es una figu­ra alegórica: representa la lujuria, la cual, en la interpretación que Tennyson da de la leyenda artúrica, es una de las dos cau­sas que arruinan la Orden de la Tabla Redonda.

Según la cronología de la redac­ción de aquellos poemas, Viviana aparece por primera vez en el idilio Vivien (más tarde Vivien and Merlin), cuya trama está tomada de un episodio de La muerte de Artús (v.), de Malory, apenas alegorizado. En este poema Viviana se finge una joven ingenua enamorada del anciano Merlín (v.) y su ficción es un juego de caprichos casi pueriles, según la psicología amorosa con­vencional de mediados del siglo XIX. Mer­lín, por su parte, cede sin drama, y al fal­tar éste, también la figura de Viviana se disuelve en empalagosas dulzuras. En los demás idilios, si bien Viviana no tiene el papel predominante, su sentido es total­mente alegórico y se funda en rasgos no artúricos, que a menudo hacen pensar en las primeras obras de Milton.

Puramente alegóricos son en efecto su nacimiento, su encuentro con el rey Marco (v.) y su odio por Artús (v.). Viviana resulta por lo mis­mo falsa, engañadora y escurridiza: sólo una vez, en el idilio Balin and Balan, que es el último de la serie, cronológicamente hablando, hallamos en sus labios un canto de abierto y franco paganismo.

S. Baldi

La Viuda Reposada

Personaje de la novela catalana Tirante el Blanco (v.), de Johanot Martorell (siglo XV). Es la no­driza de la princesa Carmesina (v.), la hija del emperador de Constantinopla y enamorada de Tirante (v.).

La Viuda sien­te nacer en ella una secreta pasión por el caballero Tirante y empieza a tramar una serie de artilugios para desavenir a los dos enamorados. Así principia por decir a la princesa que Tirante habla mal de ella y que lo único que pretende con su fingido amor son las riquezas y el Imperio y que quiere matarla a ella y a sus padres. Car­mesina cree cuanto le dice la Viuda y hace patente su desprecio al enamorado. Los esfuerzos de Placerdemivida (v.) y de Es­tefanía no consiguen al principio hacer el contrapeso a la nefasta influencia de la nodriza. Es ella el genio maléfico de los amores entre Carmesina y Tirante durante la estancia de éste en Constantinopla.

En sus celos llega a decir a Tirante que Car­mesina tiene relaciones deshonestas con Lauseta, un servidor negro de la corte, e inventa un ardid para hacérselo creer al caballero, ardid que apenas tiene tiempo de deshacer Placerdemivida y que le cues­ta quedarse a bordo de la nave en la que parte Tirante e ir a parar al norte de Áfri­ca.

Cuando se entera de que Tirante y Pla­cerdemivida vuelven a Constantinopla, la Viuda Reposada se da muerte. Como Pla­cerdemivida, es una figura llena de vida, cuya ridiculez y cuyos amores extemporá­neos por Tirante quedan bien manifiestos en la obra. En la novela no se desaprove­cha oportunidad para ridiculizarla; así cuan­do Tirante, escondido en el baúl, presencia cómo se baña junto con Carmesina, se dice: «La Viuda se despulla tota nua e resta ab calces vermelles e al cap un capell de lli. E encara que tenia molt bella persona e ben disposta, empero les calces verme­lles e lo capell al cap la desfavoria tant que paria que fos un diable, e certament qualsevulla dona o donzella qui en tal so la mireú vos parra molt lie ja per gentil que sia» [«La Viuda se desnudó y quedó con calzas bermejas y con una toca de lino en la cabeza.

Y aunque tenía muy buena presencia y era bien proporcionada, sin embargo las calzas bermejas y la toca de lino no la favorecían en nada, hasta el punto que parecía un diablo, pues cierta­mente cualquier mujer o doncella que en semejante situación la contempléis, por gen­til que sea, os parecerá muy fea»]. La Viu­da Reposada es el prototipo de la mujer alterada por el amor senil.

Vīs y Rāmīn

Personajes del poema ti­tulado con su nombre (v.), del escritor persa Fakhr ad-dīn As’ad al Giurgiānī (siglo XI). Este interminable poema, que tiene más de 9.000 dísticos, parece escrito más bien para dispersar que para recoger los elementos de la personalidad de ambos protagonistas, los cuales aparecen llevados por la incolora pero férrea voluntad del destino, más como autómatas que como criaturas vivientes.

Y aunque sus caracte­res distan mucho de tener profundidad y originalidad, la voluntad que los conduce (la cual substituye aquí al no menos irre­sistible y tiránico filtro amoroso de las leyendas celtas) confiere a quienes la sufren, aunque sus rostros sean apenas discernibles, un perdurable sello de severa nobleza.

F. Gabrieli

Viśvāmitra

Personaje legendario hin­dú, famoso sabio mencionado ya en el Rig- Veda (v.), donde se narran sus rivalidades con Vasiṣṭha (v.) que habrán de dar pie a amplias narraciones en la literatura ul­terior.

Viśvāmitra, que pertenecía por su nacimiento a la casta guerrera, fue, según la tradición, rey de Kanyākubja (Kanauj). Pero después de su encuentro con Vasiṣṭha, se entregó a severísimas penitencias con objeto de alcanzar la dignidad brahmánica. Durante aquel largo período el rey Triśanku, que aspiraba, mediante un solemne sacrificio, a ascender en vida a los cielos, se dirigió en vano a Vasiṣṭha y a sus hijos, los cuales, enterados de que Triśanku, ante su negativa, recurriría a otros, le maldi­jeron reduciéndole a la mísera condición de paria. Bajo tan triste apariencia Triśanku solicitó de Viśvāmitra la celebración del sacrificio, y Viśvāmitra consintió, lo­grando, gracias a su poder, la asunción de Triśanku al cielo. Este relato, expuesto con diversas variantes en otros textos, se halla también en el Rāmāyana (v.), en cuyo primer libro Viśvāmitra desempeña un pa­pel capital.

Después de haber solicitado al rey Dasaratha que le conceda a su joven hijo Rāma (v.) para exterminar a los ma­los demonios seguidores de Rāvaṇa (v.) que obstaculizan un solemne sacrificio que se propone celebrar, Viśvāmitra se con­vierte en maestro y preceptor del héroe del poema, y favorece las bodas de éste con Sītā (v.). Las interminables prácticas ascéticas a través de las cuales Viśvāmitra sube los distintos grados de la jerarquía brahmánica se interrumpieron momentánea­mente por causa de su amor por la ninfa Menakā, que había bajado a la tierra a seducirle por instigación de Indra (v.). Al lado de Menakā, Viśvāmitra pasó diez años que le parecieron sólo un día, y tuvo una hija, Śakuntalā (v.). Este episodio, que sir­ve para poner de relieve el extraordinario poder del ascetismo, hasta el punto de que alarma al propio rey de los dioses, Indra, recuerda la bella historia de Kaṇḑu (v.).

M. Vallauri