Vronski

[Aleksei Vronskij]. Personaje de la novela Ana Karénina (v.), de León Tolstoi (Lev Nikolaevič Tolstoj, 1828-1910). Según la intención del autor, que en esta novela retrata minuciosamente la psicología de la aristocracia rusa de su época, Vronski es el principal representante de los elemen­tos más típicos de esa psicología. «¿Quién es Vronski?», pregunta Levin (v.) en un de­terminado momento.

Y Oblonskr, hermano de Ana Karénina (v.), le da la respuesta: «Vronski es uno de los hijos del conde Ci­rilo Ivanovich Vronski y uno de los más distinguidos representantes de la juventud dorada de San Petersburgo… Extraordina­riamente rico, apuesto, bien relacionado, es ayudante de campo, a la vez que un exce­lente y amable muchacho… Incluso es algo más que un buen muchacho… es instruido y muy inteligente; es un hombre que llegará lejos». A pesar de esta presentación, Aleksei Vronski es, como tantos otros» jó­venes de su clase, un ser espiritualmente vacío. Este vacío queda oculto por su «im­perturbable tranquilidad», que, según pa­labras de Tolstoi, sorprendía e inquietaba a todos cuantos entraban en relación con él, porque le veían considerar a los hom­bres como si fueran meras cosas.

De pronto, el amor de Ana llena aquel vacío espiritual con innumerables problemas, con normas de vida extrañas al código de existencia habitual y, sobre todo, con una actitud crí­tica, hasta entonces desconocida, frente a la propia personalidad. Si Vronski inicia su «aventura» con cierta ligereza, sin pen­sar en sus consecuencias, en cuanto se da cuenta de los sentimientos de Ana y de los suyos, hace todo lo posible para resolver la situación uniendo para siempre sus dos vidas. Aquí empieza su drama: en esta generosidad que se injerta en la culpa y que por lo mismo tiene que sufrir las con­secuencias de ésta, sin poder superarlas ni redimirlas, hasta el punto de que el amor de Ana, tras haber llenado, como ya se ha dicho, el vacío espiritual de Vronski, acaba por ser un impedimento a su impulso ha­cia una actividad más alta, consiguiente a aquel mismo amor.

Vronski es el amante sin prejuicios de fines de siglo, como Ro­berto Lovelace (v.) lo había sido para la época de la Ilustración, y ello emparenta, por lo menos inicialmente, ambas figuras. Pero Lovelace no ha tomado de la vida de la sociedad civil otra cosa que el vicio, mientras que Vronski, a través de su culpa, llega a una insospechada humanidad. Así, Vronski está destinado a superar netamente su primer tipo, trasladándolo a una esfera más cálida y más completa, en la que se purifica: dramática humanidad, a pesar de todo, que, nacida de la culpa, no tiene otro fin que el de hacerse sensible a los sufri­mientos que constituyen la expiación de aquélla. Ante todo, Vronski carece de la innata perversión que lleva a los conquis­tadores de su especie a complacerse en su triunfo sobre criaturas indefensas: la mu­jer en quien él pone los ojos es una figura consciente y de difícil acceso, y el juego en que Vronski intenta medir sus fuerzas está lleno de peligros.

Por otra parte, Vron­ski, a semejanza de Ana, considera su co­mún aventura como una especie de deber mundano y una contribución -a la vida es­piritual de una sociedad refinada que sólo busca la intensidad de las experiencias: Vronski, por lo tanto, es, a su manera, leal y, dentro de sus límites, da pruebas de buena fe. Su drama empieza cuando, de esta buena fe inicial, regida por las cos­tumbres de una vida mundana, pasa a otra buena fe que le viene impuesta por las exigencias de su corazón y de su concien­cia. Todo cuanto, en él, es dilettantismo formal choca entonces cruelmente contra una humanidad insospechada que late en su corazón, pero que él es incapaz de expresar. Vronski experimenta la misma an­gustia que, al par que él, siente Ana Karénina; pero, mientras ésta sucumbe moral y materialmente a ella, y se da muerte, Vronski, al fracasar su suicidio, halla el valor de contemplarse y seguir impasible su propia ruina.

La fuerza de Vronski, como personaje, consiste en su misma debilidad de hombre. Vronski no puede transformarse, pero logra comprender que su situación sólo podría ser superada por medio de una renovación redentora; como hombre de mundo que es, deberá seguirlo siendo in­cluso en su desdicha, y todo su esfuerzo habrá de empeñarse en mantener su derro­ta dentro de las formas de una digna aris­tocracia social. Y así, después de la muerte de Ana, le vemos organizar una columna de voluntarios para acudir en socorro de los serbios, equiparla a sus expensas y po­nerse personalmente a su cabeza. Todo ello no es una renovación resolutiva sino una fórmula: la misma que al principio de la novela le impulsa a ofrecer una fuerte suma a la familia de un desdichado ferro­viario, y la misma que, en su mundo, está siempre a mano para brindar una solución impecable a todas las contingencias de la vida. Una vez más, Vronski se limita a obedecer a los rigurosos cánones del am­biente en que naciera y del que viene a convertirse en el último representante, por cuanto ha llegado a sus extremos límites y ha conocido experimentalmente su insufi­ciencia.

Taciturno, torturado por un tre­mendo dolor de muelas, consciente de que su existencia está siempre caducada, le ve­mos, en las últimas páginas de la novela, en el momento en que se dispone a arro­jarse en la elementalidad de una guerra; pero no podemos seguirle hasta ella, por­que su vida de personaje termina en cuanto desaparece de nuestra vista el tren que le transporta. En realidad, Vronski no se ha evadido de su clima, porque su gesto es propio de éste: se seguirá hablando de él en los salones de San Petersburgo como de un apuesto capitán que, tras un escándalo considerable,( marchó aristocráticamente a hacerse matar por los turcos; y todo re­sultará perfectamente comprensible y acce­sible incluso en la esfera de las más frí­volas murmuraciones. El personaje de Vron­ski sigue perteneciendo a aquel mundo y sólo terminará con él; pero su sufrimiento de hombre quedará encerrado dentro de su alma, sin que él pueda sobrevivirle, por lo mismo que ha. debido ocultarlo incluso a sus propios ojos. Vronski constituye, pues, un círculo cerrado en sí, que se agota pero no termina: en él el dolor se com­pensa con el pecado, pero no da paso a la luz; su vida moral acaba, por así de­cirlo, «en tablas»; pero por ello mismo, re­sulta inútil.

E. Lo Gatto

Volumnia

En el Coriolano (v.), de William Shakespeare (1564-1616), es el tipo de la austera matrona romana, orgullosa de su nombre, valerosa, pero cuya vida se en­cierra totalmente en su amor por su hijo Coriolano (v.), a quien ha educado en los más magnánimos sentimientos, y que ha sa­tisfecho su ambición llegando a ser el más valeroso de los romanos.

A semejanza de su madre, Coriolano es también altanero; pero Volumnia posee una inteligencia su­perior, un mayor dominio de sus pasiones y la capacidad de doblegar su orgullo a las concesiones exigidas por las circuns­tancias. Ama a Coriolano como a la flor de su estirpe; pero en ella, madre, la voz de la estirpe es más fuerte; de modo que cuando Coriolano se revela como fuerza enemiga de Roma, en el alma de su madre estalla una heroica lucha. Y cuando Ro­ma se dirige a ella, como a su última espe­ranza, suplicándole que interceda ante su hijo para que no arruine la ciudad, Vo­lumnia acepta esa misión, a pesar de que sabe que la salvación de Roma será la perdición de su hijo. Y la última y más eficaz de sus súplicas al obstinado Corio­lano identifica la maternidad con la patria: «Este hombre tuvo por madre a una volsca».

M. Praz

Volpone

Protagonista de la comedia de su nombre (v.) del escritor inglés Ben Jonson (1573-1637). Su tipo deriva de la antigua tradición teatral y narrativa grie­ga, en la que era habitual el tópico del ansioso corro de los cazadores de herencias alrededor de los ancianos ricos.

Volpone, en efecto, es el rico sin herederos, rodeado de fingidos amigos que intentan congraciar­se con él en espera de que llegue el día de su muerte. Pero, más consciente que otros personajes semejantes, como los que aparecen en los Diálogos de los muertos (v.) de Luciano, Volpone lleva su posición hasta el virtuosismo y logra convertirla en una forma de ganarse el sustento. Práctica­mente, Volpone vive de los dones de quie­nes aspiran a heredarle y se enriquece a expensas de aquellos mismos que esperan de él la riqueza; y lo absurdo de semejante situación le produce un pérfido goce y casi le impulsa a amar su muerte, gracias a la cual — y mientras la espera — su vida se hace cada vez más próspera.

Por un lado se siente justiciero: sabe que explota la codicia ajena en provecho propio y se com­place diabólicamente en la perversidad hu­mana que le concede la doble ventaja de vengarse de ella y sacarle partido. Pero por otra parte, él también se deja arrastrar por aquella perversidad y necesita sentirla a su vera: sus criados, enanos, hermafroditas o eunucos son monstruos de natu­raleza, ya que Volpone disfruta por en­cima de todo contemplando el espectáculo de la degeneración humana. El mal que lleva en sí le produce una secreta pena: hombre físicamente sano y lleno de exu­berante carnalidad, se ve obligado a fingir hallarse cada vez más próximo al fin de su vida; por lo mismo, Volpone siente con­tinuamente la necesidad de evadirse a aquella agonía larvada y vivir, bajo di­versos disfraces, vidas distintas de la suya.

La idea de la muerte le fascina: quisiera poder contemplarse muerto para gozar de la desilusión de sus presuntos herederos. Y toda su vitalidad se agita inconscientemente bajo el peso de esta sombra; llega­rá el día en que no podrá resistir más, y ni su astucia podrá salvarle de la locura de fingirse muerto. En esta impaciencia, en esta incapacidad de llevar hasta el fin su ficción, Volpone muere de veras como personaje pero, al mismo tiempo, recobra su humanidad. Al perecer su supraestructura demoníaca, lo único que queda de él es un pobre hombre pecador e indefenso cuyo único consuelo es la expiación.

U. Dèttore

Volochov

Marco Ivanovich Volochov es uno de los personajes de la novela El declive (v.), de Iván Goncharov (Ivan Aleksandrovic Goncarov, 1812-1891).

No aparece hasta la segunda parte de la no­vela, cuyo héroe debiera ser Raiski (v.), y su presencia desplaza el centro de la na­rración, dando a la intriga el doble carácter de historia amorosa y aventura ideológica. Volochov es el tipo del revolucionario nihi­lista, para quien toda la organización social está fundada en injusticias y prejuicios. Su actitud despreocupada y grosera — que él quisiera sencilla y natural — suscita repul­sión y desprecio, pero al mismo tiempo no deja de interesar. Ulteriormente, el propio Goncharov explica el carácter enigmático de Volochov y dice que no pretendió re­presentar a un aventurero, que se arroja a la lucha por mero afán de pescar en aguas turbias, sino a un hombre, desde su punto de vista, honrado, o sea sincero, no total­mente estúpido, y dotado de cierta fuerza de carácter.

Sea como fuere, la crítica y la opinión pública vieron en Volochov una caricatura de la nueva generación, del mismo modo que la habían visto en el Baza­rov (v.) de Padres e hijos (v.), de Turguenev. La culpa de semejante error debe buscarse probablemente en el hecho de que, al crear a su héroe, Goncharov había to­mado por modelos a dos tipos distintos: el del bohemio radical de los años cuarenta, adornado con algunos rasgos del byronismo de los decenios anteriores, y el tipo del revolucionario nihilista que en el curso de la creación de su novela había tenido oca­sión de observar y estudiar. La superpo­sición de los dos tipos perjudicó a la crea­ción artística, pero Volochov sigue siendo una figura característica de su tiempo, como lo son el Eugenio Onieguin (v.) puskiniano, el Pechorin (v.) de Lermontov, el Rudin (v.) y el Bazarov (v.) de Turguenev, etc.

E. Lo Gatto

Volga Vseslavich

Héroe legendario ruso que, juntamente con Sviatogor (v.) y Mikula Selianinovich (v.), forma el ciclo más antiguo de las bilinas o cantares épicos rusos. A diferencia de Sviatogor, Volga Vseslavich guarda mayor contacto con la historia de Rusia, a pesar del ca­rácter fabuloso y evidentemente alegórico de sus aventuras.

Cuando nació, de una serpiente y de una princesa, se produjeron trastornos en la Naturaleza. Su crecimiento fue rapidísimo: a los diez años conocía toda clase de astucias y sabía transformarse en lobo, en halcón y en hormiga; para ocupar a Zargrad (Constantinopla), trans­forma también en hormigas a sus compa­ñeros. Muchos de los episodios fantásticos de la vida de Volga, empero, corresponden a acontecimientos históricos: para empezar, su nombre se relaciona con el de Oleg, príncipe varego de quien se habla en la Crónica de Néstor (v.), y con el de Vseslav, que aparece en el Canto de Igor (v.).

En cuanto a los elementos míticos, y espe­cialmente a la aptitud que Volga posee de transformarse en animales, no hay que ex­cluir, sino todo lo contrario, la influencia del mito de Proteo, por lo menos la del mito del dios escandinavo Proti. Y también el mito griego dé los Mirmidones guarda relación con él, justificando la teoría de la interdependencia y de los mutuos influjos entre las distintas mitologías.

E. Lo Gatto