Gertrudis, Hialmar Sóderberg

[Gertrud]. Comedia del es­critor sueco Hialmar Sóderberg (1869-1941), publicada en 1907. Como en la Señorita Julia (v.) de Strindberg, la acción de la comedia surge de una exaltación de los sentidos que termina en una triste soledad del alma. Pero mientras Strindberg inten­ta dar a su comedia una solución moral, llevando a la protagonista al suicidio, Só­derberg no tiene otro fin que el de retratar fielmente uno de tantos aspectos de la vida. Como Julia, Gertrudis, casada con un hom­bre rico que la rodea de comodidades y cuidados, acaba por ser la amante de un músico, muy inferior a ella en clase y cul­tura; pero cuando, después de haber lucha­do con su marido para obtener la libertad, anuncia a su amante que ha obtenido la separación, éste desaprueba su conducta y le declara que está a punto de casarse con otra mujer. El vacío más absoluto y frío se apodera entonces del alma de Gertrudis, y en esta desesperada desilusión termina la obra, cuyo éxito se debe, sobre todo, a la habilidad técnica del autor, revelada en la densidad del diálogo y en la distribución de las escenas.

A. Ahnfelt

Gesta de Federico I en Italia, Anónimo

El título genuino de este poema, compuesto por un anónimo entre 1162 y 1166, es el que se da en el «explicit» (fin) colocado des­pués del último verso: Gestas del empera­dor Federico Barbarroja en diversos lugares de Lombardía e Italia [Gesta per impera- torem Federichum Barbam rubeam in partibus Lombardie et Italie]. El autor es un gibelino culto que a lo largo de los 3343 hexámetros de su cantar mantiene un es­píritu de serena ecuanimidad y de una amplia visión de las fuerzas en pugna. Mientras que, los otros dos relatos más co­nocidos de las empresas de Federico I en Italia llegan, la del anónimo milanés que se supone fuese sire Raúl, hasta 1167, y la de Otón Morena de Lodi hasta 1168, esta ter­cera las precede en cierto modo y se de­tiene ante la narración de los aconteci­mientos de agosto de 1160, aun cuando se hable de Milán como de una ciudad que fue. Pero a diferencia de aquéllas, no se limita a los acontecimientos lombardos, sino que abraza horizontes más dilatados y sigue la trama de los acontecimientos en toda la Italia superior, ofreciéndonos una visión completa de la lucha de los municipios ita­lianos contra el emperador suebo. La obra, muy curiosa desde muchos puntos de vista, nos ha sido conservada por los códices Va­ticano Ottoboniano 1463 y Tribulciano 1436; basándose en el primero y más autorizado, Ernesto Monaci, en 1887, publicó la obra entre las «Fuentes para la Historia de Ita­lia», editadas por el Instituto Histórico Ita­liano.

G. Franceschini

Gerona (Un libro de recuerdos), Josep Pla

[Girona (Un llibre de records)]. Obra del escritor catalán Josep Pla (n. 1897), publicada en 1952. Se trata de una semblanza o visión literaria de la monumental y levítica Ge­rona. Pla, en el prólogo, recurre al proce­dimiento de simular que el libro es un manuscrito que dejó un fallecido compañero de estudios. El autor no se limita a narrar fielmente los recuerdos de la ciudad de su adolescencia y describírnosla en su aspecto material, sino que nos ofrece, además, un vivo retrato de su fisonomía espiritual, ahon­da en la interpretación de su carácter. Toda la obra de Pla, que en estos momentos se está convirtiendo en una de las grandes creaciones de la literatura catalana actual, a través de sus variados temas, obedece a este impulso de ser una impronta de la vida y del espíritu de la Cataluña que ha cono­cido y vivido el autor, y se eleva, por tan­to, a una alta categoría literaria que la convierte en imprescindible documento de la época.

Gerona, por su contenido, por sus anécdotas, figura como uno de los li­bros cimeros de nuestro autor, en el que sus dotes de psicólogo y su sentido de la ironía se nos aparecen manifiestamente. En un capítulo inicial nos habla de su pueblo natal, Palafrugell, y de su examen de ingre­so en el Instituto de Figueras. La llegada a Gerona, para entrar en el internado del colegio de los Hermanos Maristas, da oca­sión a Pla para ofrecernos una sabrosa des­cripción de la vida. La vida del internado y del colegio, de los alumnos y de los reli­giosos, nos la refiere a través de numerosas y chocantes anécdotas y descripciones, así como la vida del Instituto y la de la ciudad misma. La galería de profesores de aquel Instituto, con sus ideas y sus procedimientos pedagógicos, es un capítulo antológico. Fi­nalmente atiende el autor a la Gerona de los monumentos históricos (especialmente la Catedral), a su espíritu y al sentido del recuerdo que de ella guarda el autor. En cuanto al estilo lo define el mismo Pla: «… estilo vivo que contiene aquello que sostiene un estilo: frase clara y con relieve; la adjetivación, precisa, arriesgada y diver­tida».

A. Comas

El espíritu del autor hace acto de pre­sencia en cada párrafo. (Josep Pía)

Germinia Lacerteux, Edmond y Jules de Goncourt

[Germinie Lacerteux]. Novela de Edmond (1822-1896) y Jules (1830-1870) de Goncourt, publicada en 1865. Buscando un arte que fuese viva representación de la realidad, y al mismo tiempo documento preciso y conmovedor de las anomalías de la sociedad moderna, los dos hermanos afirmaron en su obra un nue­vo método literario.

Las tristes vicisitudes de una criada, son seguidas crudamente, aunque no sin piedad, en las diversas fases de un embrutecimiento que la conduce a la muerte. Mentira, embriaguez, sueños de amor, hurto: todo ello envenena la vida de la protagonista, Germinia (v.). Su amor ha­cia un ser indigno, Jupillon, la conduce, de mal en peor, hasta la prostitución y la vida más abyecta. El libro, iniciado con la na­rración de la infancia de Germinia, expues­ta por ella misma a su anciana ama, se cierra con la visión de un rincón de ce­menterio donde está sin que nada la dis­tinga de las demás tumbas, la que encierra la triste y desolada existencia de una pros­tituta. Esta obra, notable por la pintura de la vida de las clases humildes, se propone ser también el sutil juicio histórico de una sociedad y de unas costumbres.

Partiendo de un caso real conocido e indagado como documento típico de la época contemporá­nea, los Goncourt realizaron un cuadro «ver­dadero» en que el arte y la ciencia inten­taban fundirse en una creación magistral. El canon de esta fórmula de arte, de poe­sía y de pensamiento — son evidentes sus contactos con las concepciones de Flaubert y de Taine — obtendrá después la sanción de una escuela literaria auténtica con Zola (v. Naturalismo). Pero la diversa y sutil descripción de ambientes y de pasiones fue perseguida por los Goncourt con la meticu­losidad propia de una miniatura, mientras que en Zola y en los autores naturalistas, la representación de la vida social y de sus males está, en general, hecha a grandes pinceladas, fuertes vibraciones y hasta con actitudes polémicas. Germinia fue llevada al teatro — en 1888, por Edmond — en una obra rica de color, pero de escasa vida es­cénica.

C. Cordié

Es implacable como la miseria. Tiene esa gran belleza: la Verdad. Vosotros ahondáis; es vuestro deber, y hasta vuestro derecho. (Hugo)

Para juzgar bien esta obra y hablar de ella, sería menester una poética diferente de la antigua, una poética apropiada a las producciones de un arte nervioso, de una nueva búsqueda. (Sainte-Beuve)

Esta obra me exalta. Es fuerte, ruda, dra­mática, patética y fascinadora. Lo que más admirable me parece en ella es la gradación de los efectos, su progresión psicológica. Es atroz desde el principio hasta el fin, y a veces sencillamente sublime. (Flaubert)

Como en Murger y Champfleury, la no­vela realista de los Goncourt podría llamarse en justicia la realidad novelada. (Thibaudet)

El Gerotricamerón, Alessandro Maria Bandiera

[Il gerotricamerone]. Con un nombre «proceloso y sesqui­pedal», como dice Giuseppe Parini, el pa­dre sienés Alessandro Maria Bandiera, de los Siervos de María (1699-1770) publicó en 1745 una obra mediante la cual se proponía presentar una colección de narracio­nes sacras «a modo de conferencias espi­rituales». Tales narraciones son recitadas por diez jóvenes cultos, en tres jornadas, de forma que la obra completa resulta com­puesta por treinta cuentos.

Aparece mani­fiesta la intención del autor de redactar una obra, imitando el Decamerón (v.) de Boccacio, que se contraponga al contenido pro­fano de las novelas boccaccianas y, al mis­mo tiempo, ofrezca la manera de «aprender la prosa toscana en un argumento honesto y piadoso». Así, en las diez novelas de la primera jornada, bajo la dirección de Eu­genio, «joven de elevada cuna», se habla de José en Egipto, del sacrificio de Isaac, de Judit y Holofernes, de David y Goliat, de Josué en la toma de Jericó, de la destruc­ción de Sodoma y Gomorra, de Elias ven­ciendo al idólatra Acab, de Acab y Josafat en el asedio de Ranat y de los milagros lle­vados a cabo por Elias entre los sidonios. En la segunda jornada, bajo la dirección de Entasso, las narraciones sagradas exponen y comentan las diversas virtudes correspondientes a la observancia de «algún divino precepto». Los diez jóvenes habitantes de la apartada villa, a la que se habían reti­rado para mejor cumplir sus actos de pie­dad, reanudan sus relatos sobre la casta Susana, los siete Macabeos, Eleazar, el suplicio de Ananias, Misael y Azarías; se detienen en los detalles de la leyenda de Daniel en la cueva de los leones, de Jonás en el vien­tre de la ballena, de la fidelidad de David hacia Saúl, y repiten las admirables y bien conocidas pruebas de piedad y paciencia de Job, el encuentro de la Magdalena con Je­sús y la pasión de Cristo. En la tercera jornada los argumentos procuran servir de estímulo para rehuir el vicio y abrazar la virtud.

El autor va guiado por el propósito de «hacer una obra en la pura lengua ita­liana, es decir, toscana», para poner de ma­yor relieve «las riquezas del lenguaje flo­rentino», pero su estilo, con la fría mo­notonía del conjunto, resulta un tanto pedantesco.

G. Fantuzzi