Gereint, Anónimo

Cuento galés del siglo XIII contenido en el manuscrito de los Mabinogion (v.). Narra la misma historia contada por Chrétien de Troyes (siglo XII) en la novela Erec y Enide (v.) y, como el Owein (v.) y el Peredur (v.), presupone, por el ambiente, las costumbres de la caballería, las ideas y la técnica, una fuente francesa que es, muy probablemente, la novela de Chrétien. La narración es parecida a la del Erec y se desarrolla en ella la misma con­cepción del amor perfecto, que se realiza en el matrimonio. Gereint, por amor de Enide, descuida los deberes de la caballe­ría, duda del amor de ella, ya que ella ha dudado de su valor, y, seguido por su mu­jer de aventura en aventura, se rehabilita y, al mismo tiempo, pone a prueba la fide­lidad de su esposa. Gereint es recordado también en las Tríadas (v.) galesas como uno de los tres jefes del ejército bretón, junto a March (v. Rey Marco) y Gwenwynnwyn. En la Edad Media fue venerado como un santo y se le dedicó una iglesia en Hereford.

C. Cremonesi

Germinal, Émile Zola

Novela del escritor francés Émile Zola (1840-1902), publicada en 1885, que ocupa el lugar décimotercero del ciclo del Rougon-Macquart (v.). Es uno de los libros más famosos del autor, porque par­ticipa de su aspiración a una renovación social y siembra el «germen» de las reivin­dicaciones del pueblo.

El joven Étienne Lantier, hijo de Gervasia Macquart, se tras­lada a Montsou a buscar trabajo en las minas, y ve todo un mundo de sufrimientos y de iniquidad que quiere abolir con una pro­paganda revolucionaria. Diez mil mineros gimen oprimidos por los turnos de trabajo, por los escasos salarios, sin casa o en ho­rrible promiscuidad; abundan los vicios y la corrupción, y entre alcohol y mujeres transcurre la existencia de tantos deshere­dados, a los que una chispa podría hacer volver a su estado de hombres. Étienne en­cuentra compañeros honrados y llenos de fe, especialmente el obrero Maheu y su fa­milia; pero un minero vulgar y malvado, Chaval, llevado por su odio hacia el recién llegado, seduce a la joven Catherine Maheu por la que su rival siente piedad y simpa­tía. Étienne se encuentra con un mecánico ruso, Suvarin, que se ha hecho peón por amor al pueblo; sombrío y soñador, des­deña las pequeñas soluciones: quiere des­truir la humanidad y preparar el camino para una renovación universal; el recuerdo de su mujer, muerta ante sus propios ojos en su patria, no le permite sentir piedad por nadie, y ve en la nueva revolución, re­presentada por Bakunin, la idea que abatirá a la hidra burguesa. Étienne, en cambio, se inspira en un socialismo evolucionista y, en nombre de Marx, sueña en lograr la adhe­sión de los mineros a la Internacional, fun­dada poco antes en Londres.

Una equivoca­da política financiera, obra del megalómano gobierno del Segundo Imperio, pone en apuros a la Compañía minera, que trata de ba­jar nuevamente, con manifiesto abuso, los salarios, y empuja a Étienne y a su clase social a organizar la resistencia. Estalla en­tonces una gran huelga que dura más de seis meses y el invierno acaba entre mise­rias y luchas. Una rebelión cada vez más clara se deja sentir entre los obreros: Étien­ne se convierte en el jefe del nuevo movi­miento, guía las reivindicaciones de sus compañeros, les incita a una acción inflexi­ble, pero, al estallar una nueva sublevación, a la que se oponen fuerzas militares, mu­chos caen muertos y él mismo se ve obli­gado a esconderse en un túnel abandonado. Dirige todavía la rebelión, pero es mal visto por su intransigencia; al fin, los mineros acaban por ceder, ante la espantosa miseria de sus familias. Entonces Suvarin pone en práctica sus proyectos nihilistas: cuando los mineros van reintegrándose poco a poco a su trabajo, los pozos se hunden y el agua invade las distintas plantas. Étienne, que había vuelto al trabajo para seguir a Catherine, abandonada por Chaval, encuentra a éste entre los pocos supervivientes; en un arrebato de odio, que antepone a sus buenos propósitos la fuerza de sus instintos atávicos, mata a su enemigo y se refugia con la joven en la galería más alta.

Cuan­do ya están a punto de salvarlos, comienza a desesperar y, en una trágica escena, en el agujero de la cueva y cerca del cadáver de Chaval, que las aguas han llevado hasta allí, se une a Catherine, que por primera vez siente florecer su amor; pero la muerte se la arrebata después de tantas fatigas y de tantos dolores. Étienne, salvado por la brigada de socorro, viendo la miserable con­dición en la que han caído de nuevo los obreros, se dirige a París con la ilusión de una próxima redención del pueblo, hacia un mundo al que también se había dirigido el místico Suvarin después de la matanza de las minas. La obra, a pesar de su continua actitud polémica en favor de un nuevo ideal social, tiene páginas muy fuertes so­bre la dolorosa y mezquina vida de los obreros, surgiendo a veces cuadros épicos, en los que aparecen las mejores cualidades del escritor. La obra está también conside­rada como un importante documento his­tórico por la caracterización que se hace en Étienne Lantier y en el ruso Suvarin del movimiento socialista evolucionista y de las extremas actitudes de los anarquistas.

C. Cordié

Zola no carece de cierta potencia; a ve­ces, como en Germinal, hay en su obra un algo casi épico. (Wilde)

Germania, Cornelio Tácito

[De origine et situ Germaniae]. Monografía publicada por Cornelio Tácito (hacia 55-primer cuarto del siglo II d. de C.) en el año 98 d. de C. Tácito había ya concebido el plan de su obra historiográfica (v. Historias), y puesto que las guerras con los pueblos germánicos cons­tituían una parte importante de los hechos que se proponía narrar, anticipó en esta breve obra de carácter etnográfico los datos necesarios acerca de los germanos. Precisa­mente entonces, al reforzar Trajano la fron­tera del Rin, se agudizaba el interés de los romanos por aquellas regiones y pueblos mal conocidos. Tácito tomó su información principalmente de fuentes escritas, como, por ejemplo, César y Plinio el Viejo; pero utilizó también ampliamente informaciones orales recogidas entre los militares, los co­merciantes, etc. Las investigaciones de la ciencia moderna, a través del estudio de los monumentos, han confirmado su cautela crítica y la seriedad de sus afirmaciones.

Esta obrita, única en su género que ha llegado de la antigüedad hasta nosotros, tiene, pues, un valor inestimable para el historiador, el sociólogo, el economista, tan­to como para el filólogo, el cual encuentra en ella ya formado el estilo personal de las obras más importantes de Tácito (v. Histo­rias y Anales). Después de la determinación geográfica de la Germania, Tácito se ocupa del origen de sus habitantes, describe en general sus características físicas y mora­les, sus instituciones militares, políticas, re­ligiosas, sus ocupaciones cotidianas, sus me­dios de vida, trajes y costumbres. La se­gunda parte de la obra pasa a enumerar las distintas tribus, relata su historia y expone las instituciones y costumbres peculiares de cada una: la variedad de los asuntos de que Tácito se ocupa aleja de esta enumeración toda monotonía y aridez. Admirables por su potencia evocadora son las sobrias des­cripciones de países, bosques y mares, que para los romanos constituían visiones fabu­losas. En cuanto a los hombres, Tácito no demuestra una particular simpatía por los germanos, pero no oculta su admiración por su salud física y moral y por la sinceridad primitiva y la honradez de su vida. Si bien no es preciso creer, como se ha hecho has­ta ahora, que el propósito de la obra fuera precisamente advertir a los romanos del peligro que representaban para ellos estos fuertes pueblos, exhortándolos a corregir sus propias costumbres, es cierto que constante­mente está sobreentendida la comparación de la Germania con la civilización romana, formalmente tan superior, pero íntimamente corrompida y débil.

A veces la comparación está expresamente subrayada, especialmente en las sentenciosas observaciones con que Tácito se complace en terminar los capítu­los. Y sobre todo es significativa la excla­mación a propósito de las guerras intestinas entre bructerios y teucterios: «dure y per­manezca, así lo suplico, en tales pueblos, si no el amor por nosotros, por lo menos el odio entre sí, ya que, ahora que los hados empujan el imperio, la fortuna no puede ofrecernos nada mejor que la discordia en­tre los enemigos». Este destino, que pro­yecta aquí su sombra siniestra, es el mis­mo que se cierne vengador sobre toda la obra de Tácito: su evocación da a la Ger­mania cierto tono profético. [La primera traducción castellana es la versión clásica de don Baltasar Alamos de Barrientos en el Tácito español (Madrid, 1614) del que se hicieron numerosas reediciones, reimpresa modernamente (Madrid, 1919). En el si­glo XVIII es preciso mencionar la traduc­ción de José Mor de Fuentes y Diego Clemencín (Madrid, 1798)]. A. Passerini

Caracterizar naciones y épocas, dibujar grandiosamente lo que es grande: he aquí el verdadero talento del Tácito poético. En los retratos históricos el crítico Suetonio es mayor. (F. Schlegel)

George Barnwell o El Mercader de Londres, George Lillo

[The History of George Barnwell, or the London Merchant]. Tragedia en cin­co actos del comediógrafo inglés George Lillo (1693-1739), representada en 1731. Por primera vez, con esta comedia, la vida comercial se toma como argumento de una tragedia. Es la historia, sacada de una anti­gua balada, de George Barnwell, aprendiz del rico mercader Thorowgood, al que roba, por amor a la cortesana Sarah Millwood. George roba más tarde a su mismo tío, y lo mata. Después de derrochar todo el di­nero, Sarah Millwood denuncia a Barnwell, y los dos son condenados a muerte y ajus­ticiados. Aunque no se puede decir que esta tragedia inaugure el drama familiar, ya ini­ciado con Arden de Feversham (v.), Lillo da muestras en ella de una independencia que hace de su obra una verdadera novedad teatral. El mismo uso de la prosa, aunque muy alejada de la del teatro moderno,, sig­nifica un progreso y señala nuevos modos a la libertad de expresión.

Hay en Barn­well una capacidad insistente y eficaz para convertir la vida común en materia dra­mática y en dar importancia a los hechos, aunque no sean excepcionales. Los ideales ya no son los de la tragedia anterior, sino los de la clase de los mercaderes. El am­biente es observado con la vista de quien, por nacimiento y larga práctica, conocía bien el medio que describía. Al mismo tiem­po hay en Lillo un cierto no sé qué de pe­rennemente sentimental y un saber dar sentido moral a los pequeños hechos co­rrientes que se entrelazan con el argumen­to principal. Los caracteres no están dibu­jados todos con habilidad. Hay ingenuida­des a menudo palmarias, incluso en el mis­mo retrato del protagonista, y que a veces lo hacen inconsistente. Traducida pronto a otros idiomas, la tragedia fue muy apre­ciada por Diderot y Voltaire (parece vero­símil que ayudara al desarrollo, ya inicia­do en Francia, de la «comédie larmoyante») y por T. E. Lessing que modeló sobre ella su Sara Simpson (v.). Parodiada por Ja­mes y Horace Smith en las Rejected Addresses (1812), fue caricaturizada por William Makepeace Thackeray.

A. Camerino

Geórgicas Cristianas, Francis Jammes

[Géorgiques Chrétiennes]. Poema lírico de Francis Jammes (1868-1938), publicado en 1911. Em­pieza con una especie de arte poética, en que el autor enuncia su programa literario y estilístico, que luego se desarrolla a tra­vés de una serie variada de cuadros en los que.es resumida y representada la vida de los campos.

Al principio, una visión bíblica; una bandada de ángeles vuela sobre una modesta choza, donde, alrededor de la mesa, está sentada la familia. Cada uno de los miembros de ésta expresa, en su sencillo lenguaje, sus secretas aspiraciones, revelan­do un propio y distinto mundo interior. Luego la escena cambia: bajo la canícula, durante la siesta, un campesino se aban­dona a sueños de prosperidad y bienestar. Al caer la noche, los labradores regresan a su modesta casa, donde, cerca del hogar, mientras se cuece el pan, escuchan llenos de estupor el cuento de un marinero que ha abandonado la inquieta vida del mar por la humilde y tranquila de los campos. Un noviazgo sella el dulce amor de dos jóve­nes y más tarde, en el alto cielo nocturno, los signos del zodíaco parecen velar sobre el tranquilo sueño de los cuerpos cansados. Sigue una serie de escenas: una vendimia, alegrada, como la antigua, por cantos que celebran no el dios de la fugaz embriaguez, sino el que vela cariñosamente sobre todos sus hijos; la visión de un rebaño que emi­gra, bajo un cielo inmóvil, hacia nuevos pastos; una procesión religiosa que invoca a la Virgen de Lourdes; el dueño de la finca sorprendido mientras medita sobre el destino del hombre que, al igual que el árbol, ha de tener fuertes raíces en la tie­rra, pero levantar su copa hacia el cielo; llega su hija, una jovencita que solicita el consentimiento de su padre para seguir su vocación religiosa: un mendigo, símbolo de Cristo, interviene y bendice a la muchacha, mientras, con el brazo extendido, indica en el cielo los campos eternos del hombre.

Ta­les son, en pocas palabras, los momentos más importantes del poema en que figuras paisajes y aventuras son concebidos en vis­ta de la glorificación del Creador y como exaltación de su perpetua presencia en lo creado. Pero, como siempre ocurre cuando el poeta vincula su inspiración, la intención moral y conmemorativa ahoga el puro y es­pontáneo brotar del canto, que parece volverse árido y pobre en el didactismo, a me­nudo insistente, y en el monótono sucederse de los alejandrinos pareados. No faltan fragmentos en los que brilla una auténtica poesía, pero el conjunto resulta agobiado por una ambición que supera las posibili­dades del poeta que, sin embargo, en obras menores, ha dado muestras de exquisita sensibilidad y clara expresión.

D. Zerboni

Jammes es un gran poeta; tiene la más noble audacia: la de la sencillez. (A. Gide)