Girone el Cortés, Luigi Alamanni

[Girone il córtese]. Poema caballeresco, en 24 libros, en octavas, del escritor florentino Luigi Alamanni (1495- 1556), publicado en 1548 y dedicado a En­rique II de Francia.

Girone (v.) se dirige hacia Maloalto para encontrarse con su amigo Danaino il Rosso, donde resiste a las seducciones de la mujer de Danaino, y la sustrae a las insidias del rey Laco, que había participado en el torneo del castillo de las Due Sorelle, en el que Girone se había cubierto de gloria. Sin embargo, al quedarse a solas con la dama, está a punto de caer a sus tentaciones, pero le salva el lema grabado en su espada: «Lealtad trae honor, victoria y fama, / falsedad, deshonra y dolor da a cada uno». Se dirige nueva­mente hacia el castillo de su amigo, y se entera de que Danaino, al que había con­fiado el encargo de traerle una doncella, no ha sabido ser fiel como él y ha abu­sado de la joven. Girone, indignado, busca a su amigo, le encuentra y le vence en un duelo, aunque sin quitarle la vida. Conti­núa su viaje; en un bosque mata a un feroz gigante, y más tarde se entera de que mu­chos de los más nobles caballeros son presa del rey Nabone el Negro, en la llanura del Selvaggio. Se encamina a ayudar a los pri­sioneros; capturado a traición, durante el sueño, y atado a un árbol, es salvado por Danaino, con el que hace las paces. Siguen juntos contra Nabone que, traidoramente, los apresa. Nabone, ensoberbecido, pide al rey Artús (v.) que se reconozca tributario suyo, pero el rey marcha contra él con la flor de sus héroes, le derrota, libera a los prisioneros y concede el reino de Nabone a Tristán (v.), después de rehusarlo Girone.

A este núcleo se adhieren numerosos epi­sodios secundarios que se refieren a las aventuras de otros héroes: Galealto (v. Galehaut), Ettore el Moreno, Abdalone, Estrangorre, etc., y a las hazañas y al linaje de Girone. En el Girone, Alamanni quiso dar cierta disciplina clásica al género caballe­resco, procurando armonizar la variedad tradicional de las narraciones arturianas con la unidad de los poemas antiguos; la obra, según el modelo de la Odisea (v.) y de la Eneida (v.), excluye el elemento maravi­lloso, y nos presenta a unos héroes corteses y generosos. Sin embargo, el Girone, des­provisto de verdadera inspiración, fracasa también en su intención literaria; ni siquie­ra las aventuras del héroe resultan unita­rias, ya que el poeta las toma y las deja cuando quiere, mezclándolas con otras na­rraciones. Obra floja, a la que perjudicaron los prejuicios literarios, con un estilo lento y monótono, el Girone no tiene otra im­portancia que la de constituir una tentativa para levantar las narraciones tradicionales a la perfección de los modelos clásicos, en que — en éste como en cualquier otro cam­po — estriba la soberana idealidad literaria del siglo XVI.

M. Sansone

Gismirante, Antonio Pucci

Poema en dos cantos del florentino Antonio Pucci (13099-1388); pue­de incluirse entre los más seguros, por lo que se refiere a la atribución, y es uno de los más interesantes «cantares» (o poe­mas recitativos para el pueblo encaminados a divulgar las hazañas de los héroes de los distintos ciclos caballerescos).

Gismirante (v.) es un caballero de la Tabla Redonda, de la Corte del célebre rey Artús (v.): va de aventura en aventura, para merecer el amor de una dama. En este punto, el ar­gumento se mezcla con otras narraciones de tipo popular. Basta con decir que, al llegar a un país se entera de que la princesa del lugar es una mujer muy rara que, todas las vísperas de San Martín, va a la iglesia completamente desnuda: quien la vea será condenado a muerte. Sin embargo, el ca­ballero, por amor de la princesa, se atreve a asistir a la escena; de esta manera con­quista su corazón y huye con ella, mientras les persiguen los ejércitos del rey, padre de la doncella. En el claro de un bosque el joven se duerme junto a ella con un sueño tan pesado, que no se da cuenta de que un hombre salvaje (el Hombre Salvaje) la rapta y se la lleva a su castillo. Aquí entran en juego motivos muy sentidos por el alma popular: nuestro Gismirante había salvado de varios peligros a un grifo, a un águila y a un gavilán, y estos animales, llegado el momento, le ayudan con varios sagaces procedimientos, que pueden encontrarse en las narraciones fabulosas de muchos países, y dan un brío efectivamente notable a la narración.

La vivacidad de algunas octavas, la gentileza y la bondad del poeta se ma­nifiestan en todas partes, y dan al conjunto una gracia que no se puede desconocer frente a otras obras más famosas. Después de la historia de la muerte de un fabuloso cerdo, que tenía dentro de sí una liebre y un gorrioncito, todo se arregla de la me­jor manera. El gorrión conduce al castillo al valiente caballero, el Hombre Salvaje es derrotado y la muchacha conducida a la Corte del rey Artús, donde se casa triun­falmente con su salvador. Este cantar de­muestra el interés con que los cuentos ame­nos eran seguidos por el pueblo de todos los países, y al mismo tiempo demuestra el éxito de antiguas historias que, pasando de Oriente a Occidente, forman el substrato de una novelística y de una epopeya ca­balleresca de nuevo estilo.

C. Cordié

Gītagovinda, Jayadeva

[Govinda celebrado líri­camente]. Título de una obra poética in­dia compuesta por Jayadeva en el siglo XII. Es una obra de tema eroticorreligioso defi­nida de modo diverso por la crítica occi­dental. En efecto, mientras que para el pue­blo indio es sencillamente una «kāvya», es decir, una composición epicoartística del tipo del Rāmāyana (v.), en Europa fue in­terpretada o como un drama lírico, o como un poema liricodramático, o como un me­lodrama, o como un idilio.

Govinda es un nombre de Krisna (divinidad pastoral, en­carnación de Visnú). En el Gītagovinda se canta el amor de este dios por Rādhā, los celos y el alejamiento de ésta de su amado, la dolorosa separación nostálgica y palpi­tante de amor y, por fin, la alegre recon­ciliación. En la singular estructura de esta original composición, dividida en «sarga» (cantos) a la manera de los «kāvya», alter­nan los versos hablados que trazan la acción semidramática con las estrofas na­rrativas que ilustran las distintas situacio­nes, mientras que el núcleo principal de la obra está constituido por himnos que deben ser cantados uno tras otro con precisas me­lodías y acompañados por danzas de deter­minado compás. Estos himnos que tienen un contenido eroticorreligioso, figuran can­tados ora por Krisna, ora por Rādhā, ora por la amiga de ella. Su interpretación mística los ha hecho populares en las fiestas reli­giosas del pueblo indio, y ciertos comenta­dores han puesto de relieve el misticismo del Gītagovinda, reconociendo bajo el velo exterior de este «kāvya» el amor devoto del alma humana (Rādhā) por la divinidad (Krisna). El poema de Jayadeva — por algu­nas evidentes afinidades conceptuales y for­males — fué llamado justamente el Cantar de los cantares de la India. El tono senti­mental y afectivo es vibrante y profundo, artística y muy eficaz la expresión.

El Gītagovinda tuvo en la India muchas imitacio­nes. En Europa despertó la admiración de Goethe, que pudo leerlo en una poco afor­tunada versión alemana (de F. H. von Dalberg, en 1802) de la inglesa de W. Jones. [Trad. italiana de Pinna (II canto del pastore o Il Cántico del Cantici dell’India, Flo­rencia, 1913)].

M. Vallauri

M. Vallauri

Un Giro Decisivo de la Política Europea, 1904-1906, Maurice Paléologue

[Un gran tournant de la politique Européenne, 1904-1906]. Dia­rio, publicado en 1934, del diplomático fran­cés Maurice Paléologue (1859-1941), escrito en los años en que la oposición franco alemana por la posesión de Marruecos llegó a su punto crítico, amenazando con hacer es­tallar la guerra entre ambos países, mien­tras las grandes potencias europeas se ali­neaban en dos grupos antagónicos: Francia, Inglaterra y Rusia, por una parte; alemania y Austria-Hungría, por otra.

El autor par­ticipó en la historia de aquellos años, como alto funcionario del ministerio del Exterior de Francia, y como colaborador de confian­za del ministro Teófilo Delcassé, que fué el más tenaz adversario de alemania en la cuestión marroquí y el artífice principal de la inteligencia franco británica. En fe­brero de 1904 estalló la guerra entre Rusia y el Japón en el Extremo Oriente: Rusia, aliada de Francia, quedó así apartada de los asuntos europeos. Se ultimaba, en cam­bio, en aquellos años el acuerdo entre Fran­cia e Inglaterra, que, en tanto que recono­cía la preeminencia inglesa en Egipto, dejaba las manos libres a Francia para Ma­rruecos. Amistosas relaciones se habían es­tablecido desde hacía algunos años entre Francia e Italia: de una parte se reconocían los intereses franceses en Marruecos, de otra, las aspiraciones italianas sobre Libia. Pero a las miras de Francia sobre Marrue­cos se oponía alemania, que no quería de­jar caer toda aquella parte de África sep­tentrional en posesión exclusiva de otra potencia, o por lo menos trataba de obtener compensaciones adecuadas.

Fue una larga competición diplomática entre Berlín y Pa­rís, interrumpida por algún golpe teatral, como el imprevisto desembarco del empe­rador Guillermo II en Tánger (marzo, 1905), y la dimisión del ministro Delcassé bajo la amenaza de la guerra (junio, 1905), a las que puso término la conferencia interna­cional de Algeciras (enero-abril, 1906), en la que, gracias a los buenos oficios de otras potencias, se llevó a término por lo menos un compromiso provisional. Tal es el tema dominante del diario: a él se mezclan, co­mo motivos secundarios, muchos de los acontecimientos más significativos de la his­toria internacional de aquellos años, en tanto que desfilan, retratados con trazos rápidos y vivos, los personajes que inter­vinieron en esta historia, como protagonis­tas o como figuras secundarias: Guillermo II con sus discursos belicosos, y Eduardo VII con sus prudentes conversaciones; el débil zar Nicolás y el joven rey Alfonso de Es­paña; los hábiles y emprendedores diplo­máticos franceses, Paul y Jules Cambon, Camile Barrére, y los francófilos ministros de Inglaterra, Lansdowne y Grey; el can­ciller alemán Bülow y su eminencia gris Holstein.

No falta la nota mundana de los salones parisinos, en los que se mezcla la sociedad elegante y la alta cultura, los grandes negocios y la política secreta. De vez en cuando se perfila la amenaza de la guerra, especialmente en la tempestuosa primavera de 1905. El autor mismo, ascen­dido paso a paso a director de los asuntos políticos del Quai d’Orsay y enviado a San Petersburgo como embajador de Francia, se hallará, al estallar la guerra mundial, entre los personajes de la tragedia. Son, por tan­to, sus páginas las de un hombre de acción y de batalla; y, sin embargo, el diario, es­crito durante la batalla, se ha convertido, a través de la selección, la coordinación y los retoques hechos treinta años después, en una obra de historia; con visión y repre­sentación de los hechos un tanto partidista, pero siempre neta y coherente. Les da re­lieve el arte del escritor, que posee renom­bre no sólo entre los políticos, sino también entre los literatos.

G. Mira

Girard de Vienne, Anónimo

Cantar de gesta de fines del siglo XII en series de decasílabos asonantados. Los cuatro hijos de Garin de Monglame — uno de los tres jefes, con Carlomagno (v.) y con Doon de Mayence (v.) de las gestas francesas — fueron duran­te largo tiempo fieles vasallos de Carlomag­no; pero un día la esposa del emperador ofendió a uno de ellos, Girard de Vienne, y éste, para vengarse, desafió a Carlomagno, ayudado por su padre y sus hermanos. En­cerrados todos en la ciudad de Vienne, quedan sujetos a un asedio que dura siete años, con muchos episodios de violencia y de cortesía, entre ellos un duelo entre Roldán (v.) y Oliveros (v.), al que sigue la reconciliación. La guerra continúa, y el más encarnizado contra Carlomagno resulta el joven Aimerí (v. Aimerí de Narbona), ape­nas armado caballero. Pero, de pronto, Gi­rard se humilla a su adversario; no quiere matar al rey de Francia, del cual se reco­noce vasallo. Seguido de los suyos se arro­dilla ante Carlomagno. Sólo Aimerí es in­transigente; y sólo se doblega con la con­dición de obrar, en adelante, para con el rey, como el rey se comporta para con él. Es un bello cantar lleno de ímpetu, anima­do por la figura del joven Aimerí, recto, orgulloso pero leal, que tanta simpatía me­recerá más tarde. Se supone por lo gene­ral que es autor de este poema Bertrand de Bar-sur-Aube, a quien se debe también el Aymery de Narbona (v.). De un episodio del Girard de Vienne, extrajo Víctor Hugo «Le mariage de Roland», de Leyenda de los siglos (v.).

C. Cremonesi