El Gobernador Cristiano, P. Juan Márquez

Ejem­plar escrito del anti maquiavelismo español, debido al P. Juan Márquez (1564-1621). Pu­blicada en 1612, esta obra se dedica a com­batir los puntos de vista de los llamados «políticos», es decir, de los «ateístas polí­ticos», gentes que quieren ocuparse del Es­tado prescindiendo de Dios. El gobernador cristiano, redactado a instancias del duque de Feria, gobernador de Sicilia, se defiende de que pueda ser considerado como répli­ca a la obra de Maquiavelo, que es cosa —  dice su autor — que en esta edad han he­cho tantos; tampoco fue su objeto tratar materias y razones de Estado, materia aje­na a su profesión; sino explicar la vida del gobernante cristiano sobre el modelo de Moisés, de Josué, de David, de Ezequías, de Josías y, en fin, de cuantos señala como ejemplares las Sagradas Escrituras. En ese sentido, la obra del P. Márquez utiliza los elementos bíblicos para apoyar la reacción española frente a la autonomía de la polí­tica propugnada por el famoso florentino. Entra, por consiguiente, Márquez en la línea del ejemplarismo o de la imitación, proponiendo príncipes-modelo. Precisamen­te, esa modelación monárquica le hace to­mar cuenta de las consecuencias de la falta de teorización del derecho de resistencia, falta que deriva de la condenación del De rege del P. Mariana. Está, pues, el P. Már­quez también en una línea experimental, teniendo buena cuenta de la situación de su tiempo y combatiendo cuanto puede de­bilitar la posición de la política cristiana.

La Gloria de Don Ramiro, Enrique Larreta

Cele­brada novela de ambiente histórico — el subtítulo es «Una vida en tiempo de Felipe Segundo» — del escritor argentino Enrique Larreta (n. 1875), publicada en 1908. El principal escenario de la acción es la ciu­dad de Ávila.

Ramiro es hijo natural de doña Guiomar, mujer de alto linaje, y de un morisco que la sedujo, sin conocer ella su religión. La vergüenza es reparada con un matrimonio con un hombre de edad, se­guido por la muerte casi inmediata del es­poso. El alma de don Ramiro, ser sin vo­luntad, es combatida sin tregua entre la sensualidad y el misticismo. El niño, des­preciado por el abuelo, es criado en un ambiente de tristeza y encierro, junto a la madre, exageradamente devota, que lo destina a la carrera eclesiástica. El man­cebo entra en la intimidad de una niña, Beatriz, hija del caballero Alonso Blázquez Serrano. El amor nace entre ambos ado­lescentes, pero Beatriz, frívola y sensual, también ha puesto los ojos en otro doncel, Gonzalo. Con la acción principal se enlaza la secundaria del odio y los celos que Pe­dro, hermano de Gonzalo, asimismo ena­morado de Beatriz, siente contra el mayo­razgo. Van despertando en Ramiro los ins­tintos y las ambiciones. Una misión le es confiada por su preceptor, el canónigo Lo­renzo Vargas Orozco. Deberá introducirse en la morería y husmear cuanto pueda so­bre una sospechada conspiración de los mo­riscos.

Durante sus pesquisas traba rela­ción con Aixa, hermosa morisca, que le hace conocer las dulzuras del amor sensual. Aixa, que practica el éxtasis místico de su religión, inicia en él a Ramiro. Para esca­par al sortilegio del demonio, por consejo de su preceptor, él se resuelve a espiar los conciliábulos de los moriscos que se reúnen en casa de Aixa; pero es sorprendido y acu­chillado, y sería ultimado si no lo prote­giera un misterioso caballero, de quien sa­bemos, hacia el final de la novela, que es su propio padre. A pesar del juramento hecho a su salvador, apremiado en punto de muerte por el canónigo, Ramiro denuncia a Aixa y a sus cómplices. Convaleciente, vuelve a rondar a Beatriz y a enfrentar a Gonzalo. Ella parece consentir en ser la esposa de Ramiro pero dos desgracias se abaten sobre él: la muerte del abuelo, que deja a madre e hijo arruinados, y el haber sabido el padre de Beatriz, de labios del abuelo de Ramiro, moribundo, que el man­cebo lleva sangre de moros en las venas. Rechazado por la inconstante Beatriz y, ya sin hacienda, pues ha entregado todo lo suyo a prestamistas y perdido su dinero en el juego, Ramiro, al saberse traicionado por su amada, que ha concedido una cita noc­turna a Gonzalo, mata a éste en duelo se­creto, le quita al muerto la gorra, la capa y la máscara con que había acudido a la cita, se substituye a él, y después de haber conseguido de Beatriz, bajo las ropas fin­gidas, ardientes besos de amor, poseído de furor homicida la estrangula con un rosa­rio.

Huye Ramiro a Toledo, ciudad en don­de, después de diversas aventuras, presencia el auto de fe en que es quemada Aixa, ante cuyo suplicio se siente purificado y redi­mido del hechizo diabólico que entendía haber padecido por culpa de ella, inclinándolo a la lascivia. Pero tuerce su des­tino de penitente un encuentro fortuito, en Córdoba, con su padre, quien le hace co­nocer su linaje. Desesperado, Ramiro se em­barca en Cádiz para América como soldado. El epílogo de la novela tiene lugar en Lima el año 1605. Aparece en él Santa Rosa. La doncella entra al amanecer en una iglesia. Están velando a un muerto, amortajado en amarillo sayal. De boca del novicio que lo vela, Rosa se entera de la vida criminal y de escándalo que llevó el difunto en el Perú y cómo, habiéndose propuesto una ma­drugada seducir y robar a la misma santa, renegó todos sus pecados después de haber saltado las tapias de la huerta, e hizo has­ta su muerte vida de penitencia. Rosa, re­cordando al desconocido a quien con su dulce palabra había convertido aquella ma­drugada, deja caer flores sobre su pecho y, arrodillada ante él, reza por su alma. «…Y ésta fue la gloria de Don Ramiro», concluye la novela.

Vivido tapiz del tiempo de Felipe II — en la cual se junta también la protesta, ahogada en el cadalso, de los nobles castellanos contra el monarca, en de­fensa de sus fueros —, audazmente realista por momentos, iluminada en otros por poé­ticas descripciones, se mezclan en esta no­vela diversos ingredientes de la literatura del siglo de oro: lances del teatro clásico con elementos de la novela de aventuras, los arrobos de la mística con tipos y es­cenas de la picaresca. La prosa, suntuosa y rica, es una combinación artística de cas­ticismo y, en los diálogos, de arcaísmo, con procedimientos estilísticos en que el autor muestra haber recogido en el campo de las imágenes, todas las experiencias del modernismo. La gloria de Don Ramiro ha sido numerosas veces reeditada y traducida: al francés por R. de Gourmont.

R. F. Giusti

Glosa, Francisco Accursio

[Glossa]. Francisco Accursio (1182-1260) fue el más grande jurista de la escuela boloñesa, gloriosísima expresión de la civilización ita­liana en la Edad Media, que, dignamente enlazada con la tradición jurídica romana, no sólo llevó a cabo una obra apasionada de investigación y reconstrucción, sino que hizo surgir aquel derecho común que fue el derecho romano de la Edad Media, del cual luego descendieron los pandectistas del si­glo XIX para fundar la moderna ciencia del Derecho (v. Compendio de las Pandectas, de Windscheid).

Los investigadores de esta escuela fueron llamados «Glosadores», de «glosa», rectificación literal de carácter in­terpretativo y a menudo también comenta­rio de pasajes de controversia, mediante un estudio comparado de ellos, o también me­diante una reconstrucción original. La Glo­sa de Accursio fue también llamada «Mag­na» porque, además de ser la última ver­daderamente notable, fue la más completa, por contener una revisión de todas las pre­cedentes, que en ésta encuentran una más alta sistematización crítica. Las glosas tra­tadas por Accursio son aproximadamente cien mil — 62.577 para el Digesto, 21.933 pa­ra el Código, 4.737 para las Instituciones, 7.013 para el Auténtico (para esta nomen­clatura, v. Corpus Juris), y algunos cen­tenares para los libros feudales —. Fue tan grande la fama de la obra de Accursio que dio lugar al famoso adagio: «Quod non agnoscit Glossa non agnoscit Curia».

A. Repací

La Gloria de Niquea, Juan de Tassis y Peralta

Al frente de las obras de Don Juan de Tassis y Peralta, Conde de Villamediana (1582-1622), aparece la Comedia de la gloria de Niquea y des­cripción de Aranjuez, representada en su real sitio por la reina nuestra señora, la señora infanta María y sus damas, a los felicísimos años que cumplió el rey nuestro señor don Filipo quarto, a los 9 de abril de 1622.

La comedia consta de tres partes: 1) Un prólogo alegórico; 2) Una loa se­guida de un coro de ninfas, y 3) Un epi­sodio que le da nombre, y que representa «la gloria de Niquea, libre de los encantos de Anaxtárax, su hermano, por Amadís de Grecia», en dos actos.

Los versos están mez­clados con trozos de prosa gongorina en que se describe la fiesta de Aranjuez. Todo ello con el acompañamiento de la música de la capilla real. En esta pieza parece ha­ber intervenido más de una mano. Es du­doso que el mismo Villamediana redactase las acotaciones en prosa. El prólogo alegórico de La gloria de Niquea forma una pequeña pieza separable de la comedia, y consta de 24 octavas interrumpidas por tro­zos de prosa. Aparece atribuido a Góngora en libros del gongorista andaluz del si­glo XVII Martín de Angulo y Pulgar.

Du­rante la fiesta de Aranjuez (15 de mayo de 1622), y a continuación de La gloria de Niquea se representó El vellocino de oro (v.), de Lope; al terminar el primer acto de esta última obra se incendió el teatro, y Villamediana sacó en brazos a la reina, Doña Isabel de Borbón. Pocos meses des­pués murió Villamediana acuchillado, se­gún las coplas de la época, por impulso soberano.

J. M.a Pandolfi

La Gloria, Gabriele D’Annunzio

Tragedia en cinco actos, en prosa, de Gabriele D’Annunzio (1863- 1938), representada en 1899 por Eleonora Duse y Ermete Zacconi y publicada en el mismo año. La obra quería ser otra glori­ficación del Superhombre, pero aquí tam­bién, como en la Gioconda (v.), si algo hay, es precisamente la glorificación de la Supermujer: amplificación turbia y enfática del invencible poder de la mujer sobre el hombre subyugado, como una nueva Hipó­lita del Triunfo de la muerte (v.) y la Pantea del Sueño de un ocaso de otoño (v.) [Sogno d’un tramonto d’autunno]; sólo que aún más turbia, porque representa el sexo, y junto a él la Gloria, el delirio de Poder.

La tragedia lleva a la escena a un héroe, Ruggero Flamma, que combate por la Señoría de Roma contra un dominador ya viejo, Cesar Bronte, al cual arrebata finalmente el poder y a su espléndida aman­te, la Comnena; pero así como en ella reside su incentivo y su fuerza, y así en ella se siente como perdido sin ni siquiera la po­sibilidad de librarse matándola, así también ella es insaciable de voluptuosidad dominadora, dispuesta a favorecer la muerte del primer amante cuando su astro decli­na, y luego a matar ella misma a Ruggero Flamma y entregar su cadáver a la vora­cidad de la muchedumbre rebelde cuando, en la misma situación, tan sólo sabe ofrecerle el amor y el destierro.

Otras confu­siones se añaden a la obra gracias a las «veleidades políticas» de las que la tragedia rebosa, no menos absurdas que en las Vír­genes de las Rocas (v.) [Vergini delle Roece], pero substituyendo la estilización por la grandilocuencia; de tal manera que la obra puede ser considerada sin lugar a du­das como una de las peores de D’Annunzio. La tragedia fue editada junto con La ciu­dad muerta (v.) [La cittá morta] y La Gio­conda, en la traducción francesa del 1903, bajo el título Las victorias mutiladas [Les victoires mutilées].

E. De Michelis