El Hada Galante, Giovanni Meli

[La Fata Galanti]. Poemita jocoso en dialecto siciliano de Giovanni Meli (1740-1815), publicado en 1762, cuando el poeta tenía apenas veintidós años. Es una fantasía al estilo de Ariosto o, me­jor dicho, una visión en octavas (ocho can­tos en total). El poeta, solo en su tranquilo y solitario cuartito, está fantaseando. Le parece ir sobre un caballo alado y que lleva a su lado un hada hermosa, complaciente, cortés, gentil, que tales y otros infinitos significados parecidos tuvo el adjetivo «ga­lante» en pleno siglo XVIII siciliano. Vo­lando por el aire en compañía del hada, que resulta ser finalmente su propia Fanta­sía, imagina ver ciudades populosas, mares desiertos, lugares solitarios, montañas fan­tásticas, ríos fabulosos, playas resonantes por el dulce rumor de las olas; castillos obscu­ros y severos, horridos abismos y, en lo más alto, un girar vertiginoso de estrellas en el cielo infinito. Y todos aquellos lugares los ve ora poblados de seres fantásticos (la Do­blez, el Amor platónico, la Política, la Bribonería), ora de venerandas, extrañas o grotescas figuras de poetas, hombres de cien­cia, filósofos, ora de una turba tumultuosa de dioses mitológicos. Abandonado por la Fantasía, el poeta queda durante largo rato inmóvil y sin vida. Después, apenas el hada lo anima de nuevo, se encuentra otra vez en su cuartito, delante de su mesa, se frota los ojos y se queda un rato con el corazón sumido en triste nostalgia de su sueño des­vanecido. A pesar de las muchas derivacio­nes e imitaciones, y sus inevitables inexpe­riencias, este poemita queda en su conjunto como una de las cosas más inmediatas y más frescas de Meli, quien revela en él una in­agotable vena humorística y satírica, agu­dizada y movida por un fraseo netamente indígena, no contaminado por rancios ama­neramientos literarios.

A. Di Giovanni

Hacia la Tierra Fría, Eduard Wilde

[Külmale Maale]. Novela del escritor estoniano Eduard Wilde (1865-1933), publicada en 1896. Esta obra señaló el fin del gusto romántico to­davía dominante en Estonia, para acercarse a la manera de la novela naturalista fran­cesa. El protagonista Jaan Vapper, nacido de gente humilde, pasa su juventud en la mayor miseria. Halla finalmente trabajo en una rica hacienda, pero pronto es ex­pulsado de ella, porque la hija del dueño, Anni, se ha enamorado de él. Jaan, obligado a padecer hambre y a luchar desesperada­mente con tentaciones de todo género, no puede resistir más y se asocia con un grupo de delincuentes junto con los cuales es de­tenido. Anni, creyendo en la inocencia de Jaan, presta un falso juramento para salvarlo y es desterrada con él a Siberia, don­de, a pesar de todo, los dos jóvenes hallan consuelo y redención en su recíproco amor. Aunque los elementos realistas y sociales predominan en esta obra, que intenta adaptarse a los modelos de Zola, Wilde, espíritu inquieto e inconstante, se evade a pesar suyo del naturalismo gracias sobre todo a la influencia de la literatura rusa contem­poránea. De aquí una confusión de motivos por entre los cuales se abre camino fatigo­samente una ansiosa aspiración moral.

J. Leppik

La Hacienda, Luigi Tansillo

[Il podere]. Poema en tres capítulos de Luigi Tansillo (1510-1568), escrito seguramente en 1560, impreso en Turín en 1769: Es un pequeño poema di­dáctico o, mejor dicho, una serie de con­sejos dados en tono familiar por el poeta a Giambattista Venere, mayordomo de la familia d’Avalos Piccolomini, sobre la adquisición de una propiedad. El comprador juicioso debe, una vez elegida la localidad, indagar por medio de gentes que sean de fiar, cuáles son las buenas tierras; procurar que haya caminos cómodos que unan la propiedad con algún centro urbano y qué el trayecto sea corto; tratar después con un vendedor poco experto, preferiblemente con un joven dedicado a las fiestas y al amor, tanto mejor si anda apurado de di­nero. El terreno debe ser graso, negro y de grato olor; pero todo esto de nada sirve si no se le trabaja mucho, según nos enseña el padre que al morir dice a los hijos: «Entre los terrones he escondido un tesoro, buscadlo»; los hijos, araron, cavaron y no encontraron nada; pero en la cosecha abun­dante comprendieron de qué tesoro había hablado el padre. El poeta, después de otros consejos particulares, se detiene a tratar minuciosamente de las propiedades de la casa, pensando con nostalgia en la vida del campo; pero al llegar aquí se interrum­pe de súbito porque su interruptor palidece: recuerda entonces que está enamorado, y exhortándole al amor termina el poema. En La hacienda el autor se sirve de la preceptiva clásica sobre el tema: Catón, Virgilio, Plinio y Columela; pero la obra está llena de desenvoltura graciosa que apa­rece desde los comienzos, se mantiene a través de todo el poema y culmina lírica­mente en la serena y amorosa melancolía del capítulo final.

C. Lelj

La Hacienda de Sternstein, Ludwig Anzengruber

[Der Sternsteinhof]. Es una de las dos «novelas aldeanas» del dramaturgo Ludwig Anzengruber (1839-1889), publicada en 1884.

La acción transcurre en los Alpes de Stiria, y la protagonista es una figura femenina: Elena Zinshofer, que pertenece a una de las más miserables familias de la aldea de Zwischenbühe, pero que es muy bella. Inclina­da al mal, sólo su orgullo y la conciencia de sí misma la liberan de hundirse en él. Desde su humilde tugurio, Elena levanta ansiosamente los ojos hacia la gran hacien­da de Sternstein, que domina la aldea. Su aspiración es instalarse en ella como dueña legítima (Bäuerin), sin que le remuerda la conciencia por aceptar entretanto los ama­bles subsidios y los cortejos de un escultor de imágenes sagradas, Muckeri, una de las víctimas exigidas por la fulgurante belleza de Elena. Pronto también Toni, el hijo del rico campesino de la hacienda de Sternstein, se siente atraído por la mujer fatal, y en el impulso de su pasión, resiste a la dura voluntad paterna, pronto a cualquier sacrificio con tal de obtener la mano de la muchacha, que se deja seducir. Finalmente, tanto él, todavía menor de edad, como Ele­na, han de someterse a la firmeza del vie­jo campesino de Sternstein. Toni se marcha a cumplir el servicio militar, mientras el cándido y amable Muckeri se casa con la muchacha, a la que perdona lo ocurrido, prometiendo dar su nombre al hijo que está a punto de dar a luz.

Vuelto del servicio, Toni condesciende, sin entusiasmo, a unirse en matrimonio con Sali, una rica campesina de Schwenkdorf. Pero en ambos ma­trimonios falta, naturalmente, la íntima concordia que nace de una simpatía recí­proca. Toni siente pronto el peso de la ca­dena a que se ha ligado, sobre todo desde que un parto difícil compromete irremedia­blemente la salud de Sali. Obligado a vivir junto a una insignificante mujercilla en­ferma, siente todavía la atracción de Ele­na, a la que ni quiere ni puede renunciar, y ahora menos que nunca. Ésta, fría y so­berbia, y además resentida, resiste durante cierto tiempo, hasta que concibe una pe­caminosa esperanza. ¿No está enfermo tam­bién Muckeri? ¿Y si muriese? ¿Si muriese también él, como parece que va a hacer Sali? La perspectiva de un tardío desquite contra el viejo de Sternstein la induce por fin a vencer todos los escrúpulos. Sali, que conoce ambos adulterios, se los revela a Muckeri, que siente una gran angustia. Pero los acontecimientos siguen inexora­blemente su curso, con toda su iniquidad; la suerte secunda los deseos más o menos confesables de los dos adúlteros; muere Muckeri, muere Sali; Toni es mayor de edad; ningún obstáculo se opone al sueño de Elena. Se casa con Toni, y es ya, por fin, dueña de Sternstein. El propio viejo campesino, que ya había renunciado antes a muchos de sus derechos, debe sufrir ahora la fiera voluntad de la legítima «Bäuerin».

Una sorda inquina contra la intrusa induce al desesperado anciano a realizar la tenta­tiva de destruir la hacienda, minando du­rante la noche, desde el interior, los ci­mientos de la casa, para sumir en la ruina a Elena y a Toni. Pero ella lo sorprende, y frustra sus planes. En este momento, Ele­na vuelve sobre sí misma, sacrificando su resentimiento a la necesidad de que la riqueza de Sternstein prospere y se acreciente, para poder ser transmitida íntegra y aumentada al hijo de Toni, al nieto del rencoroso campesino. «Yo no tengo más pensamiento — le dice ella — que el de conservarlo todo, de modo que el futuro propietario encuentre todo el terreno, todas las cabezas de ganado, todas las tejas, todo cuanto tú has transmitido a tu hijo, padre de tu nieto». El orgullo de Elena se eleva así a la conciencia de una dignidad y res­ponsabilidad, que casi tiene valor moral. El suegro siente la responsabilidad de esta fuerza que lo domina y se reconcilia con la «Bäuerin» de Sternstein. Los siguientes hechos — hasta la misma partida de Toni para la guerra y su probable muerte en ba­talla— pierden importancia ante el resurgir de esta nueva Elena, de esta «vigorosa mu­jer» («Kernweib») que ha nacido de la antigua muchacha frívola, de la infiel mu­jer de Muckeri. Anzengruber sabe narrar siguiendo un rumbo cada vez mejor defi­nido; persuadido de que «la limitada es­fera de acción de la vida pueblerina ejerce menor influjo sobre la naturaleza y la es­pontaneidad de los caracteres», se complace en retratar la humanidad de estas gentes primitivas. Sugestionado por los cánones del naturalismo en boga, se aplica a narrar con objetividad «Wie es im Leben zugeht» [«como ocurren las cosas en la vida»].

De aquí el procedimiento analítico de la na­rración, a menudo recargada con detalles que no son indispensables para los fines artísticos. Además de esto, siguiendo los dictámenes de la nueva escuela, de desta­car en la narración los fuertes instintos y las profundas pasiones, Anzengruber se de­tiene voluntariamente en la baja esfera don­de domina todavía la barbarie del sentido; de ello resultan a menudo páginas vigoro­sas, pero con frecuencia también monótonas y fatigosas por falta de la luz interior del arte que anima e idealiza. Anzengruber tie­ne una personalidad demasiado fuerte para no alterar y deformar fantásticamente la realidad. Lo confirma la acusación que le hace Rosegger de que sus campesinos ca­recen de verdadera naturalidad, de que son «Anzengruberseelen in Lederhosen» [«Almas anzengrubianas con calzones de cuero»]. Pero esta deformación acentúa el elemento más realista y las tendencias más hondas del «hombre excesivamente humano». Esca­sean demasiado en la novela figuras como Muckeri y Meisser, en las cuales la bondad y el candor redimen la feroz amoralidad del instinto; demasiado raros son los pasa­jes, como la descripción de la muerte de Muckeri, en los que la elevación del relato secunda un impulso de elevación hacia es­feras superiores, por encima de este bajo mundo. Sin embargo, la plasticidad de la narración es tan potente, que a menudo se traduce en un verdadero realismo poético.

G. Necco

¡Hacia El Oeste!, Charles Kingsley

[Westward Ho!]. No­vela del escritor inglés Charles Kingsley (1819-1875), publicada en 1855. El argumento se desarrolla en torno a la figura de Amyas Leigh, joven de extraordinaria fuerza física, personificación de los ideales éticos ochocentistas de Kingsley. Amyas se embarca, muy joven todavía, en la nave con la cual Drake (1577) dio la vuelta al mundo, y, educado en esta escuela, llega a ser un excelente capitán y un perfecto marino. Parte después para la guerra de Irlanda, donde hace prisionero a don Guz- mán Sotomayor de Soto, el cual, enviado en espera de su rescate a Bidefort a casa del padrino de Amyas, huye en compañía de la más bella muchacha del lugar, Rosa, hija del rico comerciante Sálteme y secre­tamente amada por Amyas y por su her­mano Frank. El anciano padre ofrece a Amyas todos sus bienes con tal de que el honor de Rosa sea vengado. El joven arma una nave y zarpa junto con Frank hacia Venezuela, donde encuentra al español. Después de muchas aventuras, desembarcan de noche en La Guayra y llegan a casa de don Guzmán con la esperanza de po­derse informar acerca de la suerte de Rosa. Sólo que un primo de ellos, el católico Eustaquio, les ha precedido con la espe­ranza de convertir a Rosa al catolicismo y ha delatado su plan a don Guzmán, el cual se había casado con la muchacha respetando sus creencias religiosas.

Los ingleses son, pues, descubiertos y obligados a huir, de­jando sobre el terreno algunos heridos, en­tre los cuales está Frank. Amyas quema la nave y se refugia con los supervivientes en el interior del país, donde el pequeño gru­po de héroes vivirá más de tres años pe­regrinando en busca de fabulosas riquezas e inexistentes ciudades. Se une a ellos una jovencita bellísima, Ayacanoro, hallada en­tre los salvajes de una tribu indígena, la cual se enamora de Amyas y se niega a dejarle. Por fin, después de haber conse­guido apoderarse de una gran cantidad de oro y de una nave española, vuelven a su patria, no antes de haberse enterado de que Frank y Rosa han sido quemados vi­vos por herejes por orden de la Inquisi­ción, mientras Eustaquio, torturado por los remordimientos, se ha hecho jesuíta. El odio de Amyas contra los católicos y los españoles er general y contra don Guzmán en particular, se convierte en frenesí que sólo se aplacará después que, en la famosa batalla naval del Canal de la Mancha con­tra la «Armada» (1588), ha visto, en el fulgor de un rayo que le quita para siem­pre la vista, irse a pique la nave del es­pañol.

El ardoroso ánimo de Kingsley re­bosaba de prejuicios, de manera que este libro (escrito en tiempo de la guerra de Crimea para reavivar la llama del patrio­tismo en sus conciudadanos) se propone ser también una ardiente denuncia contra los métodos y las creencias de la Iglesia de Roma. Prejuicios aparte, el libro es rico en fantasía y su entusiasmo es comunicativo, cualidades que lo colocan en primer tér­mino entre las obras del mismo género y que justifican las muchas traducciones y reimpresiones que se hicieron de él.

L. Krasnik

En ¡Hacia el Oeste! hay una verdadera aunque juvenil poesía, y si bien esta na­rración, históricamente considerada, es en gran parte una mentira, es una mentira extraordinariamente honrada. (Chesterton)