Hamamatsu Chūnagon Monogatari

[Historia del Consejero de Estado de Hamamatsu]. Obra de la literatura narra­tiva japonesa antigua, de autor incierto, atribuida por algunos críticos a la hija de Sugawara-no-Takasue, y por tanto escrita hacia 1050. En su forma actual consta de cinco volúmenes, pero muchos indicios ha­cen suponer que le falta una parte inicial. El tema trata de lo sucedido a un Conseje­ro de Estado («Chūnagon »), el cual va a China y tiene relaciones amorosas con la emperatriz; ésta da a luz un hijo que el consejero se lleva a su patria. El muchacho se deshace en afecto por su madre, y acaba por abrazar el budismo. Padre e hijo trans­curren así su vida con el pensamiento siem­pre nostálgicamente clavado en China. La narración se basa probablemente en expe­riencias vividas por algún viajero, o en el relato de algún bonzo que había ido a es­tudiar a China. Con todo, la obra se re­siente mucho del influjo del Genji Monogatari (v.), pero está animada por el hálito vivo y ardiente de aquel espíritu román­tico que, vinculado a la literatura fabulística durante la dinastía Heian (794-1186), pasó a exaltar el amor al ideal o, como en la presente obra, el sentimiento religioso, para entrar luego en una fase de decadencia que preludia la literatura moderna. El tí­tulo de la obra proviene de una poesía in­serta en el primer volumen. Su estilo es clásico, y su texto, a veces obscuro, con­tiene muchas poesías, como tantas obras de su género.

Y. Kawamura

Hamartigenia, Aurelio Prudencio Clemente

[Origen del Mal]. Poemita didáctico de Aurelio Prudencio Clemente, poeta cristiano de origen español, que vivió entre fines del siglo IV y comien­zos del V. Del mismo género y de argu­mento afín al de la Apoteosis (v.), la Hamartigenia tiene más alto valor poético y revela en el autor una más sentida inspiración. Después de un prefacio de 63 trí­metros yámbicos, en el que cuenta la lu­cha entre Caín y Abel, Prudencio entra en su tema y en 966 hexámetros confuta la he­rejía de Marcioso, el cual, partiendo del dualismo de los gnósticos, entre materia y espíritu, admitía dos principios en lucha, del bien y del mal. Prudencio, volviendo a tratar un tema que Tertuliano había tra­tado ampliamente en los cinco libros Con­tra Marción (v.), afirma la unidad de Dios: «nihil summum nisi plenis viribus unum» (v. 22). Que la Trinidad no se opone en nada a esta unidad, está demostrado con el ejemplo concreto del sol, que puede a un tiempo iluminar, calentar y fecundar. El principio del mal no es una divinidad, sino un ángel, el cual, creado bueno, se corrompió después y corrompió al hombre y a la naturaleza. El hombre, dotado del libre albedrío, puede escoger entre el bien y el mal; la eterna bienaventuranza espera a los buenos; la pena eterna a los malva­dos.

El poemita se cierra con una invoca­ción del autor para que Dios sea clemente al asignarle la pena que se merece. Nada nueva en cuanto a sus conceptos, la Hamartigenia es rica en rasgos poéticos muy feli­ces, que han encontrado en la poesía pos­terior vasta resonancia; notables sobre to­do los trazos con que está descrita la co­rrupción de la naturaleza y del hombre por obra de Satanás (v. 216 y sig.) y los que describen las penas del Infierno con­trapuestas a la bienaventuranza eterna del Paraíso (v. 824 y sig.): por primera vez este tema es amplia y vivazmente tratado por un poeta cristiano. La confutación está a veces ilustrada y avivada con ejemplos tomados de las Escrituras, con parábolas, como la de las palomas a las cuales Pru­dencio compara las almas de los hombres (v. 8Ó4 y sig.), y con la descripción de he­chos y usos del tiempo del autor, intere­santes estos últimos también desde el punto de vista arqueológico. [Trad. española de José Guillén en Obras completas (Madrid, 1950)].

E. Pasini

Hamalija, Taras Ševčenko

Poema histórico del escritor ucraniano Taras Ševčenko (1814-1861), es­crito en 1843 e impreso en San Petersburgo en 1844. Su asunto es la expedición de los cosacos ucranianos, bajo el mando de Hamalija, contra Constantinopla. El persona­je imaginario de Hamalija es la personifi­cación ideal de tantos audaces jefes cosa­cos, que se arriesgaban por el Mar Negro, en pequeñas barcas («čajke»), para hacer una encarnizada guerra contra el poderoso imperio turco. Asimismo la expedición des­crita no es más que la síntesis del gran número de expediciones reales. El poema comienza con el lamento de los prisioneros ucranianos, capturados por los turcos, se­guido de la dramática descripción de la reacción provocada en el Mar Negro y en el Bósforo por aquel lamento de los cosa­cos. A lo largo del Dnieper, llega a Ucrania y provoca la expedición de Hamalija. La descripción de la toma de Escútari es im­presionante por la fuerza sintética de su lenguaje poético. El poema termina con el himno a la victoria y la glorificación de Hamalija, que domina el mar. Hamalija es considerado como la obra maestra del pri­mer período de Ševčenko; la genial plas­ticidad de las imágenes, la audacia de las personificaciones, la vertiginosa sucesión de los cuadros y de los ritmos, hacen de él uno de los principales documentos de la épica ucraniana.

E. Onatskyi

Halle y Jerusalén, Ludwig Achim von Arnim

[Halle und Jerusalem]. «Comedia estudiantil y aventurera de peregrinos», de Ludwig Achim von Arnim (1781-1831), escrita en 1811 y publicada, póstuma, en 1846. Se trata de una refun­dición de Qardenio y Celinda (v.), donde, como dice Wilhelm Grimm, «las antiguas murallas desaparecen entre los rosales». Cardenio resume en sí las mudables for­mas que adquirió en el transcurso de los siglos la leyenda de Fausto, en una especie de indistinta personalidad que representa el tipo del estudiante ambientado, más que en una época remota, en una ciudad uni­versitaria alemana del tiempo de Arnim. Dos son los idilios que se entrelazan en los tres actos de la primera parte.

En la ciudad de Halle, Lisandro está enamorado de Olim­pia, que, a su vez, está enamorada de Cardenio, jactancioso, espadachín y muje­riego, el cual, además, tiene por amante a una prostituta, Celinda. Olimpia, en un mo­mento dado, reacciona y se casa con Lisan­dro, al que juzga fiel y honesto. En casa de Nathán el Hebreo, adonde va Lisandro a pedir prestado algo de dinero para su boda, se presenta Ahasvero (v. El judío errante), que es el verdadero protagonista del drama. Ahasvero convierte a Cardenio, y lo aleja de Olimpia revelándole que es su hermana, mientras la víspera de las bo­das intentaba robársela todavía a su rival. Pero esto no basta: consigue incluso conver­tir en casto idilio el sensualísimo amor de Celinda. Espíritus, fantasmas, muertes im­provisadas concurren a la obra purificadora de Ahasvero. La segunda parte, «Jerusalén», renuncia a la forma y a la unidad propiamente dramática y se presenta como una sucesión de cuadros. En una nave que va con rumbo a Tierra Santa, volvemos a encontrar a Ahasvero, Celinda y Cardenio, que son arrojados al mar durante una tem­pestad por la tripulación, que los acusa de «embrujar el tiempo». Por otra parte, en el cuadro siguiente, Lisandro y Olimpia bau­tizan en un barco inglés a su primer hijo.

Se describe después el asedio de Acre con viva admiración hacia los ingleses, co­mo conviene a un alemán en vísperas de la guerra de liberación. Todos los habitan­tes de Halle, antiguos compañeros de fran­cachela, se encuentran después como pe­regrinos piadosos y ascetas. En el cuadro «A la vista de Jerusalén» el poema dra­mático se eleva al nivel de verdadero arte: las tropas mahometanas y cristianas entre­chocan pintorescamente en una fantasma­goría escénica de gran efecto. Lisandro, he­rido, muere a la vista de la ciudad santa. Cardenio y Celinda, después de haber vivi­do como ermitaños en el desierto para ex­piar sus culpas de amor, caen agotados el día de Pascua en medio del tumulto de la muchedumbre. Olimpia muere en el con­vento y Ahasvero reanuda su lamentable camino por el mundo. Esta figura del ju­dío errante, después del antiguo y ya popularísimo Volksbuch de 1602, aparece por primera vez en la moderna literatura ale­mana: el poemita El judío errante de Ch. F. Schubart no tuvo resonancias durables, y el fragmento de Goethe, del mismo título, no fue publicado, póstumo, hasta 1836. Ar­nim fue, pues, el primero que envolvió aquella figura en una luz romántica: su ac­titud religiosa y su misión altamente huma­na le imprimen una fisonomía particular. G. F. Ajroldi

Todo lo que él imagina lleva la señal de lo arbitrario. Trabaja casi sin plan; interca­la anécdotas y episodios, que le interesan momentáneamente, pero sin cuidar del con­junto. Juega con las cosas y toda su poesía parece de este modo obra del capricho. (Tieck)

La Hamadríade, Walter Savage Landor

[The Hamadryad]. Poema breve del inglés Walter Savage Landor (1775-1864), publicado en el volumen Hellenics en 1846-1847. Es una de las me­jores obras de Landor; a la sobria naturalidad y a la imitación voluntaria de los griegos, añade una novedad substancial. La versificación es magistral, con versos rutilantes y pictóricos, con descripciones natu­rales, enérgicas y ligeras a un tiempo, con un compás de idilio digno de los grandes modelos.

El poema tiene, en parte, forma de diálogo entre Raico, enviado por su pa­dre a cortar una encina en el bosque, y la Hamadríade que mora en aquel árbol y se le revela; al principio le ruega que no corte la encina, que es suya, y luego le explica su vida en el bosque. Raico se enamora de la Hamadríade («Si la felicidad es inmor­talidad… también yo soy inmortal»); es co­rrespondido por ella y se cuentan sus sencillas vidas. El diálogo abunda en felices toques naturales y está lleno de una volun­taria dulzura con la que se conjugan los versos, sencillos y eficazmente sonoros con los más graciosamente idílicos que jamás escribiera Landor. La Hamadríade ruega a Raico que, de enamorarse de alguna mujer, no se lo revele nunca. Tiene una abeja que conoce todos sus pensamientos y hace cuan­to ella desea: la enviará a su lado como mensajera, y si Raico le es infiel bastará que ahuyente a la abeja para que la Ha­madríade sepa que la ha abandonado. Un día de otoño Raico está en su casa y juega con su padre. Distraído, al escuchar un zumbido, ahuyenta a la abeja, casi sin darse cuenta y sin pensar que es la abeja de la Hamadríade. Por la mañana la abeja vuel­ve al bosque; y la Hamadríade, que la ve con un ala rota, cree comprender y lanza un grito que sólo Raico puede oír. Corre al bosque: la Hamadríade ha desaparecido. Desesperado, después de un año de llanto y de lamentos, muere en el bosque solitario, al pie de la encina que fue refugio de su amada.

A. Camerino