Los Hermanos. Tragedia de la justicia, Frederik van Eeden

[De Broeders, tragedie van het Recht]. Tragedia-misterio (1894) del holandés Frederik van Eeden (1860-1932), que en la se­gunda edición lleva el título de Broederveete y prosigue el tema del Pequeño Juan (v.).

Las siete hermanas del alma hu­mana son: Atman (el espíritu), Woord (la palabra), Gedachte (el pensamiento), Leefkracht (la energía vital), Schim (el sem­blante) y Lichaam (el cuerpo). Las tres primeras son de naturaleza divina; las tres últimas están vinculadas a la materia. En­tre las dos tríadas se encuentra Psique. Al amanecer de uno de los días en que muere Lucifer, las hermanas esperan con alboro­zados y piadosos cantos la aparición de la Luz. Pero Psique, encantada por el brillo de Lucifer, baja trastornada por los valles que llevan a la muerte, y su viaje triste es hasta que vuelve a encontrar la luz. Des­pués del primer acto, que sirve de intro­ducción, somos transportados al Cielo para presenciar el proceso entre Dios y Sata­nás. Satanás, que es Lucifer, hijo de Dios, se cree igual a Dios y se dice hermano suyo, declarando que las Tinieblas son eternas como la Luz. Para probar su derecho sobre el alma de los hombres, hace que se des­arrolle en la tierra el siguiente drama. El zar Pedro, dictador de una Rusia imagina­ria, ha desterrado a Siberia a su hermano Iván. Con ocasión de una entrada triunfal de Pedro en Moscú, Eudoxia suplica a su marido que permita el regreso de Iván, pero él le contesta con un latigazo. Iván, que ya ha regresado en secreto, se encuen­tra en medio de la multitud y, enfadado, grita a su hermano: «¡Diablo!» Estalla en Moscú la peste; Eudoxia atiende amorosa­mente a los enfermos: De esta manera en­cuentra a Iván, que considera la epidemia un castigo de Dios por la maldad de Pedro, al que el pueblo sólo tolera. Iván suplica a Eudoxia que abandone a su marido, pero ella se niega. Pedro, acompañado por Ca­talina, su amante, encuentra a su mujer cerca de una tumba; ella le informa que su amante ha organizado un complot con­tra él.

Llegan unos sicarios que lo cogen, lo atan y lo tiran a una fosa. Los sicarios se marchan y Eudoxia le salva. Pedro cree que es Iván el jefe del complot y acusa a su mujer de complicidad. Eudoxia es encarcelada y torturada, y, en la cárcel, oye las voces de Satanás y de Jesús; y pre­cisamente cuando Jesús gana en su alma, llega Iván disfrazado de guardián; y en el momento en que ella creía haber encon­trado la paz, se reanuda la lucha. Iván le aconseja que huya con él, pero ella se nie­ga. Iván amenaza entonces de muerte a Pedro si continúa torturándola. Cuando éste llega, Eudoxia, ya agotada, no halla más recurso que suicidarse, suplicando la mise­ricordia divina, y temblando ante su alta justicia. Iván se .echa contra su hermano, pero es derribado. Acto seguido es atado a un árbol para ser torturado hasta la muerte; en el último momento Pedro interviene para liberarle, pero entonces llegan unos soldados que matan al tirano. De esta ma­nera mueren los dos hermanos. Los án­geles esperan piedad para el alma de Eu­doxia, pero la Suprema Justicia la entrega a Satanás. No habiéndose resignado com­pletamente a la voluntad de Dios, es con­denada. Pero he aquí que el Hijo, que es el Divino Amor, abandona al Padre para sufrir con el hombre, enseñarle el amor y la humildad, devolver la vida a los cie­gos, fortalecerlos con su propia fuerza. Cris­to se aleja con los ángeles, el cielo se vacía y el Todopoderoso se retira envuelto en los velos del misterio. En el reino del demo­nio, donde todo es profanación, sátira y blasfemia, Eudoxia sigue esperando la sal­vación a través de Jesús; por ello soporta de buen grado los más agudos dolores y los mordiscos del fuego. Después del canto de un coro de ángeles, se oye la voz de Jesús que manda abrir la puerta. El reino del diablo es destruido. En el último acto reaparece Psique, que ha encontrado nue­vamente el camino de la Luz, y en la orilla del mar infinito ve levantarse gloriosa­mente el sol.

H. Henny

Los Hermanos Zemganno, Edmond de Goncourt

[Les frères Zemganno]. Novela de Edmond de Goncourt (1822-1896), publicada en 1879. Es la historia de dos hermanos gimnastas, cuyo tierno afecto se prueba y se templa en la desgracia. Una caravana de payasos y artistas de variedades va recorriendo las regiones de Francia; es la compañía del italiano Tommaso Bescapé, actor aventure­ro que ha rodado hasta por los caminos de Oriente y al fin se casa con una joven y bella gitana, Stepanida. Pero el viejo no es amado por su mujer, y el nacimiento de dos hijos, Gianni y Nello, no lleva a su vida la verdadera felicidad. Muy pronto muere la mujer, y Bescapé, después de ha­ber seguido ejecutando brillantes pantomi­mas, la sigue, dejando a Gianni la direc­ción de la caravana. Las cosas van de mal en peor, y la compañía cae en manos de un organizador más afortunado. Los dos hermanos van a Inglaterra y regresan a Francia, incorporados a un circo en el que se presentan en un difícil ejercicio como «hermanos Zemganno». Pero Nello, el más joven y brillante, cae en un peligroso sal­to, rompiéndose las piernas y quedando in­válido; los «hermanos Zemganno» han muer­to y, para ganarse la vida, se dedican am­bos a hacer de violinistas callejeros. La novela está llevada con un sentimentalismo más bien débil, sobre todo en las figuras de los protagonistas. Es mucho más viva y colorista la primera parte, sobre la vida de la caravana del viejo Bescapé. El es­critor (que ha querido aludir a sí mismo y a su querido hermano Jules, en la dolorosa vida de los dos jóvenes) se interesa aquí por aspectos muy diversos de la sociedad, y trata de desmentir a cuantos afirman que la novela realista no podía ocuparse más que de los vicios del mundo contemporáneo.

C. Cordié

Los Hermanos Karamazov, Fedor Dostoievski

[Bratja Karamazovy]. Novela del gran escritor ruso Fedor Dostoievski (Fëdor Michajlovič Dostoevskij, 1821-1881), publicada entre los años 1879 y 1880. Es la obra capital del gran es­critor ruso, menos perfecta artísticamente, en cuanto encuadre, que Crimen y Castigo (v.), pero, por la intensidad de su concep­ción y de su análisis, una de las más sig­nificativas de toda la literatura europea de la segunda mitad del siglo XIX. En la ima­ginación del autor, debía ser ésta la pri­mera parte de una extensa biografía de­dicada al menor de los hermanos Karamazov, Alëša (Aliocha); habían de estar expuestas aquí, en el cuadro de su adoles­cencia, las premisas de lo que más tarde serían sus vicisitudes de adulto. Pero la Historia de un gran pecador, de la que sólo se conservan algunas notas y apuntes, y que habría dado a la concepción origi­naria una grandiosidad aún mayor, quedó incompleta. Los hermanos Karamazov se presenta así como la crónica inconclusa de una familia cualquiera en una pequeña ca­pital de provincia rusa: la historia de la violenta enemistád entre un padre y un hijo.

El viejo Fédor Karamazov, padre de Dmitri (v.), Ivan (v.) y Alëša (v.), hijos legítimos, y de Smerdjakov, hijo ilegítimo, que vive en la casa como sirviente, es un cínico libertino, cuyo ejemplo, más aún que la herencia de la sangre, influye en la formación de sus hijos. El único que apa­rece libre del influjo paterno es Alëša, aun cuando no faltan tampoco en él algunos gérmenes de la «locura sexual» de los Ka­ramazov, a pesar de haber sido educado en una atmósfera religiosa bajo la influencia del viejo monje Zosima (v.). El mayor de los hermanos, el teniente Dmitri, es un impulsivo en el que se agitan sentimientos inconciliables y desorbitados: es orgulloso, sensual y cruel, pero también generoso y capaz de rasgos de bondad y de sacrificio. Enamorado de la bella y altanera Katerina Ivánovna, la hija de un superior suyo, al enterarse de que éste ha substraído di­nero del cuartel, para humillarla le comu­nica que está dispuesto a entregar la suma, salvando de esta forma a su padre, pero siempre que ella vaya en persona a recogerla; pero cuando la muchacha se le pre­senta, conmovido y avergonzado de su pro­pia bajeza, le entrega la cantidad dejándola marchar sin exigir nada de ella. A conti­nuación se prometen, pero Dmitri se da pronto cuenta de que Katerina ha corres­pondido a su amor solamente por piedad y por agradecimiento; por otra parte, lo trastorna un amor nuevo y sensual por la bellísima Grušenka, mujer caprichosa, en­vidiosa y testaruda, que fue amada también por el viejo Fëdor. En cambio, Ivan es un hombre refinado que ha educado su espíritu en el más desenfrenado escepticismo, ne­gando el amor al prójimo y a Dios y, no obstante, sediento de fe.

Ama, sin querer confesarlo, a Katerina, a la que se siente unido por la misma complejidad de sus caracteres, y Katerina le corresponde casi sin advertirlo; esta pasión inspira en el joven un odio secreto hacia su hermano Dmitri, que ha abandonado a la muchacha. Finalmente, Smerdjakov, tarado por la epi­lepsia, enemigo del padre, que ha hecho de él un siervo, es un ser insensible, capaz de cualquier infamia; en cierto sentido, es la realización práctica del cinismo teórico de Ivan. La novela se centra en torno a este conjunto de relaciones complejas e incon­ciliables que, sin embargo, tienen en los tres hermanos mayores Karamazov un pun­to común; el odio hacia el viejo padre, en el que Dmitri ve un rival, Ivan un ser despreciable, Smerdjakov un amo, y los tres un hombre que posee; el dinero que les falta. El parricidio que Dmitri, impul­sivo y violento, pero en el fondo sentimen­tal, no es capaz de llevar a cabo, se for­mula en cambio en lo más íntimo de la conciencia de Iván; y Smerdjakov, con su lucidez de enfermo, lo intuye. En un diá­logo entre los dos hermanos, Smerdjakov expresa obscuramente, con palabras de do­ble sentido, lo que constituye la más secre­ta idea de Ivan, y éste, casi sin reconocer en las palabras de su hermano su propio pensamiento y, no obstante, confirmándolo inconscientemente, empuja a obrar al des­dichado. Smerdjakov asesina a su propio padre, y de su muerte es acusado Dmitri, que tiene todas las circunstancias en con­tra suya; poco después del crimen, Smer­djakov se suicida y, aun cuando en el úl­timo momento Ivan, que sale por fin brus­camente de su ceguera espiritual y se da cuenta de todo lo que en realidad ha suce­dido, trata desesperadamente de salvar a su hermano cayendo después en un loco deli­rio, Dmitri.es condenado a trabajos forza­dos. En este punto se interrumpe la no­vela, que deja casi sin resolver la situación de los protagonistas.

Alëša, que en la in­tención del autor debía ser el protagonista, en realidad es, en parte, espectador y en parte comentador; al adolescente, que pa­rece afrontar la vida con luminosa buena fe y buena voluntad, le hacen sus confesio­nes los hermanos mayores y él, intuyendo su drama, no acierta a prestarles ninguna ayuda. Más feliz es su iniciativa cuando, dedicándose a obras benéficas, logra re­unir a un grupo de muchachos que ilumi­nan los últimos días de un compañero en­fermo de muerte, llamado Iljuša, y con­suelan el dolor de su desgraciada familia; con un himno de fe lanzado por estos mu­chachos unidos en fraternal solidaridad, se cierra el relato. Los hermanos Karamazov no sólo es el mayor representante de esa «novela de ideas» que, entre el declinar del naturalismo (v.) y los inicios del «fin de siglo» (v.), llega a ser el escenario sobre el que se agitan las inquietudes del espíritu europeo, sino que expresa, como ninguna otra obra suya, la idea de Dostoievski de que la literatura debe servir para revelar el mundo de problemas que el hombre lleva dentro de sí sin osar reconocerlo y resolverlo por su cuenta. En conjunto, es un vasto análisis del alma humana considerada esencialmente como una actividad ética, en cualquier dirección que se quiera, sobre la base de la afirmación de Dmitri de que «el corazón de los hombres no es más que el campo de batalla sobre el que luchan Dios y el diablo». Y, realmente, un profundo maniqueísmo domina toda la narración, en los extremos de la cual están, de un lado Alëša, criatura tocada por la gracia pero no inmune a las sensaciones turbias que penetran en él a través de la mezquindad atávica de la carne, y, del otro, Smerdjakov, sometido por completo al poder de esta mezquindad, carente de todo sentido de res­ponsabilidad moral y no obstante capaz, al final, de suprimirse, cuando parece haber llevado hasta el extremo su «no ser» mo­ral.

Entre estos dos polos están, igualmen­te inconclusos, Dmitri, el pasional, e Ivan, el lógico: el uno esencialmente pasivo, el otro puramente ideológico, y ambos, en esencia, inactivos. Su drama, acaba por es­tar fuera de ellos; para Dmitri está en las circunstancias que, después de haberlo he­cho sufrir desesperadamente en su misma incapacidad de dominarlas, le obligan a su­frir las consecuencias de un delito que no ha cometido; para Ivan está en la abstrac­ción y en la ideología, tanto que no encuen­tran otra forma de expresarse que leyendo a Alëša un cuento escrito por él e inter­calado en la novela: la leyenda del «Gran Inquisidor», en la que imagina que Cristo vuelve entre los hombres, y un inquisidor español lo juzga y lo condena, considerando a los hombres demasiado débiles y mezqui­nos para vivir según sus mandamientos. El Salvador quiere para los hombres un amor libre, pero para la grey humana no hay ma­yor carga que la libertad. El Gran Inqui­sidor corrige la obra de Cristo: la fe en la libertad y en el amor es substituida por el poder, el milagro y la autoridad, su­jetando a los míseros rebeldes, pero asegurándoles, en compensación, una vida tranquila y saciada. Si Cristo reanuda su misión, esta tranquilidad será destruida y será condenado como hereje. Al terrible y lúcido discurso del inquisidor, Cristo no responde: «se aproxima en silencio al vie­jo y besa despacio sus exangües labios de nonagenario»; aterrado, el viejo le abre la puerta de la prisión. En esta leyenda está la esencia de Los hermanos Karamazov, porque la demostración del amor que vive en el corazón del viejo Zosima y de su discípulo Alëša, es una demostración mís­tica, pero sobre todo porque en ella se revelan los dos motivos dominantes en el alma de Dostoievski: la creencia en una bondad contenida en el fondo de la natu­raleza del hombre, bajo la forma cristiana de una infinita solidaridad humana y, a la vez, la constatación de una mezquindad humana que continuamente tiende a arras­trar al hombre hacia el abismo.

Pero en esta actitud pascaliana del escritor ruso, y particularmente de esta novela, apuntan también tonos de decadentismo (v.) en la misma compenetración de los dos valores opuestos, a veces tan necesarios el uno al otro que resulta imposible establecer sus límites. En este juego secreto en el que el bien y el mal se entremezclan, en esta continua presentación de los dos elementos de contraste, en cada movimiento anímico y en cada gesto, no tarda en revelarse la fórmula, mejor aún, la íntima complacen­cia en una fórmula tan rica en efectos dra­máticos, que hace palidecer la necesidad de superarlo. El ulterior desenvolvimiento de la novela, que había de contener la vida de Alëša, retirado en un monasterio, tenía la misión de demostrar el triunfo de una posición mística sobre la inhumana lógica de Ivan y sobre el mismo dualismo del hombre, poniendo el sello a la idea de «her­mandad universal» de la humanidad en nombre de Cristo, siempre deseada pero jamás realizada artísticamente por Dosto­ievski. Pero no llegó a esta conclusión: para el arte del escritor el problema en sí era más importante que la solución, motivo éste que lo diferencia esencialmente de Tolstoi. [Trad. española de Rafael Cansi­nos Assens en Obras completas, tomo II (Madrid, 1935), varias veces reimpresas]. U. Dèttore

La pasión alcanza aquí la más elevada potencia. Este libro presenta una docena de figuras colosales. (Bennett)

Dostoievski era uno de esos raros genios que avanzan de obra en obra, en progresión continua, hasta que la muerte, bruscamen­te, los interrumpe. Como en la de Rembrandt o la de Beethoven, a los que me gusta parangonarlo, no hay ningún replie­gue en su fogosa vejez; un seguro y vio­lento profundizar de su pensamiento. (A. Gide)

La dialéctica del hombre del subsuelo es sólo un momento inicial de la dialéctica del propio Dostoievski; empieza en ella, pero no acaba. Acaba en los Hermanos Karamazov. (N. Berdiaev)

Dostoievski era, antes que otra cosa, un prodigioso técnico de la novela, uno de los más grandes innovadores de la forma novelesca. (J. Ortega y Gasset)

Los Hermanos de Napoles, Franz Werfel

[Die Geschwister von Neapel]. Novela de tema italiano del escritor austríaco Franz Werfel (1890-1945), que la consideraba como una de sus mejores obras; publicada en 1931, tuvo un gran éxito en los países sim­patizantes con la Italia antifascista, mien­tras en Italia, la traducción, titulada Los Pascarella, fue mutilada por motivos po­líticos de algunos de sus pasajes más ca­racterísticos.

En una calle tranquila de la ruidosa Nápoles vive don Domenico, pa­triarcal cabeza de familia, con sus seis hijos, huérfanos de madre: Annunziata, el puntal de la casa, maternal y ahorrado­ra, bondadosa y prudente, particularmente vinculada a su hermano Lauro, el benjamín de su madre, muy hermoso, melancólico y enigmático; Placido, el mayor, tímido, con veleidades poéticas y filosóficas, muy ligado a su hermana y confidente, Grazia, linda y afectuosamente comprensiva; luego los dos «pequeños»: Ruggero, el Oso, grosero, aunque listo y fuerte, y su hermanita Iride, caprichosa y distraída con sus mil jue­gos. El padre reina despótico sobre sus hi­jos, que le besan la mano con una ana­crónica docilidad y sumisión, y mantiene alejado el mundo exterior como un enemi­go de la familia Pascarella, en un tiempo muy rica, ahora al borde de la ruina; la única diversión concedida es una velada cada año, en la inauguración de la tempo­rada lírica del teatro San Cario, en un pal­co; y, de vez en cuando, el domingo, con puertas y ventanas cerradas, don Domenico canta con su bella voz los aires favoritos de la Gioconda, entre la viva emoción de sus hijos. Pintoresca y humorística es la figura del anciano criado Giuseppe, tipo de esbirro borbónico, muy hábil en espiar las travesuras de los muchachos para referirlas a Su Excelencia. Un acto de increíble audacia es la conjura de los hermanos para enviar a Lauro y a Grazia, a escondidas del padre, a un baile que se da en el fa­moso hotel Bertolini; todo el mundo con­tribuye con su parte de sacrificio en la empresa.

La fiesta es un triunfo para la belleza de Grazia, que encuentra allí a un anciano inglés, Arthur Campbell, al que ya ha conocido en el San Cario, que la si­gue como hipnotizado y decide su destino, aunque de momento no le dé más que su dirección, no queriendo atarle a su perso­na, puesto que está a punto de partir para África. La travesura del baile pasa inad­vertida, pues aquella noche don Domenico no regresa a su casa: el socio de su peque­ño banco, después de estafarle durante mu­chos años seguidos, se ha largado con la caja. Entonces toda la familia colabora enérgicamente para evitar la bancarrota; pero entra en la casa un abogado, Gnolli, individuo sospechoso que lleva a cabo cier­tas operaciones poco claras. Mientras, los hijos varones convencen a su padre para que los deje emigrar al Brasil para probar fortuna, en tanto que las hermanas se que­dan en la triste casa, quitándose el pan de la boca para que a su padre no le falte nada; cada una de ellas vive espiritualmen­te en una especie de unión mística con el hermano favorito: Annunziata, rezando por Lauro; Grazia, copiando las poesías de Pla­cido, mientras Iride, en su crecimiento pre­coz, es afectada por una leucemia. En Bra­sil, solamente Ruggero consigue hacer for­tuna en una gran hacienda de un napoli­tano, y manda dinero a su casa; a Placido le cuesta penas y fatigas salir del paso co­mo corresponsal mal pagado, y Lauro, em­pleado en un instituto para la cría de ser­pientes venenosas, es mordido por una de ellas y’ muere. Cuando la noticia llega a Nápoles, la familia está completamente arruinada; don Domenico grita con elemen­tal violencia su dolor paternal, llama a sus hijos de América y echa de su casa al des­honesto abogado; Iride está gravemente en­ferma en el hospital, Annunziata se refu­gia en un convento, Grazia, que no se ha olvidado nunca de su inglés y que le ha enviado una vez una tarjeta con la direc­ción, está a punto de suicidarse, cuando vuelve a encontrar al hombre amado, que tampoco se ha olvidado de ella y que, en cuanto recibió la tarjeta, ha corrido a su lado.

El padre, enterándose de la aventura de su hija, quiere echarla de casa, cuando por una falsa denuncia de su socio, es arres­tado por antifascista y masón, después de defenderse disparando contra los agentes. Pero Campbell, el inglés, salva la situación tratando hábilmente con las autoridades fascistas, que le toman por el gran político inglés de su mismo nombre y hacen’ todo lo necesario para liberar a Pascarella. Éste regresa a su casa cambiado: cansado y con­descendiente, consiente en el matrimonio de Grazia y permite que su yerno trans­forme su firma en una agencia de viajes; luego permite que, de los dos hijos que han vuelto, Ruggero parta de nuevo para Brasil como futuro heredero de su jefe, junto con Iride, que ha curado tras una transfusión de sangre, donada por Annunziata. El domingo antes de la boda y de la partida, la familia reunida insiste para que don Domenico cante una vez más los queridos aires de la Gioconda, acompañado al piano por Annunziata; pero las vibracio­nes del piano hacen saltar una cuerda del contrabajo de Lauro, que había quedado apoyado allí, en su antiguo estuche: es como un quejido del hermano muerto, que corta bruscamente la música, una amones­tación del mundo del más allá de que la época del canto y de la ley ha acabado. Pero, ¿qué época ha comenzado? Así con­cluye la novela, con el melancólico presa­gio de un triste porvenir para el país en que se ha desarrollado la acción. Magistral es la pintura del ambiente napolitano en sus varios tipos, de la vida pública y pri­vada.

C. Baseggio-E. Rosenfeld

Los Hermanos de San Serapión, Ernst Amadeus Theodor Hoffmann

[Die Serapionsbrüder]. Colección de cuen­tos de Ernst Amadeus Theodor Hoffmann (1776-1822), publicada en cuatro volúmenes entre 1813 y 1821. Partiendo de un motivo autobiográfico, Hoffmann hace narrar suce­sivamente cada una de sus novelas a uno de sus seis amigos que se reúnen de cuando en cuando para este objeto, y que han adop­tado como patrono a San Serapión, por haberse reunido por vez primera el día de su fiesta.

Los caracteres de los seis amigos están netamente diferenciados, y mientras en tres de ellos (Ottomar, Vincenz y Sylvester) se puede reconocer a tres amigos del poeta, en el apasionado melómano Theo­dor, en el caprichoso e incontenible Lothar, creador de fábulas fantásticas, y en el ex­traño Cyprian, que colecciona curiosamen­te casos de locura o que se salgan de lo normal, tenemos tres aspectos diversos de la tan compleja personalidad de Hoffmann. Precisamente en boca de estos tres, Hoff­mann pone la mayor parte de sus narracio­nes. Valiéndose de la técnica del «marco ge­neral», prefijada por la narrativa alemana, Hoffmann presenta de este modo, en forma orgánica, muchos de sus mejores cuentos, antes publicados separadamente en revis­tas. Estos cuentos (unos treinta en conjun­to) son de tono muy diverso, y están sabia­mente alternados; la única condición esta­blecida es que traten de acontecimientos realmente ocurridos al narrador o que, a lo menos, tengan para él una indudable realidad poética. Ésta no falta, realmente, ni siquiera la descripción de los numerosos fenómenos sobrenaturales que tan a menu­do forman el argumento de los cuentos.

Bastará recordar, entre otros, Las minas de Falún (v.), fantástica y espectral, re­fundición de una conocida leyenda. En to­dos los cuentos, además, la realidad es des­crita con gran inmediatez e interés huma­no, incluso cuando se toca en el límite, no sólo de lo real, sino también de lo imagina­tivo, como en «Los autómatas» [«Die Automaten»] y en la grotesca historia «La elección de esposa» [«Die Brautwahl»], en la que los más locos absurdos se suceden en una casa burguesa del Berlín contemporáneo. Pero es necesario advertir que nun­ca falta un elemento fantástico o sobrena­tural, importante, incidental o secundario, en las narraciones más realistas, aunque a veces, como en el divertido cuento «La corte del rey Artús» [«Der Artushof»], el mis­terio creado queda luego destruido con romántica ironía por el propio poeta. El interés de éste se siente especialmente atraí­do por las curiosas preocupaciones y ma­nías de los hombres, que él nos describe en tono ora cómico (por ejemplo, el consejero Krespel, que no procede a abrir puertas y ventanas en su casa hasta después de haber construido los muros hasta arriba), ora irónicamente conmovido («El discípulo de Tartini» [«Der Schüler Tartinis»]), o tam­bién trágico, como en la célebre novelita La señorita de Scudéri (v.), en que se narra, dentro del marco del París de Luis XIV, la triste pasión del joyero René Cardillac por las joyas que él crea, que le impulsa hasta el asesinato de sus propie­tarios para recuperarlas.

Diversas narracio­nes, claramente localizadas en el tiempo y en el espacio, alcanzan una especial perfección que no es frecuente en las obras de Hoffmann, y que es debida a una ins­piración figurativa, que hace necesario un mayor equilibrio en la distribución de sus partes. Así, por ejemplo, «Doge und Dogaresse», romántica historia de amor entre los sombríos esplendores de la república de Venecia y «Maestro Martín el tonelero y sus aprendices» [«Meister Martin der Kufner und seine Gesellen»], vivo cuadro del Núremberg del siglo XVI, visto a través de la tienda de Martín, en la cual trabajan (como aprendices toneleros por afición) los tres pretendientes de la hermosa hija del maestro tonelero. El color local no falta tampoco en el Señor Hormiga (v.) en que asistimos, en una atmósfera de ópera bufa, a las singulares burlas y a la vida romana de Salvador Rosa. Menos logrado, desde este punto de vista, es el famoso cuento «El concurso de los cantores» [«Der Kampfder Sánger»], origen del Tannlnauser (v.) wagneriano. La desenfrenada fantasía del autor se complace también en fábulas fantásticas para personas mayores y meno­res, como el Cascanueces y el rey de los ratones (v.) y la sencilla y profunda fábula El niño extranjero (v.), aunque sea de comprensión menos inmediata y menos apta para los niños, por la ligereza de su trama. En estas dos fábulas, como también en la tercera, «La novia del rey» [«Die Konigsbraut»], los elementos más realistas están ligados a los más fantásticos con des­concertante inconsecuencia en la que pre­cisamente radica su encanto.

Estas narra­ciones están separadas entre sí muy diver­samente por discusiones acerca de la mú­sica o de la literatura, de las cuales se puede deducir la estética del autor, y anéc­dotas más inmediatamente referentes a la vida de los seis amigos. Es interesante el retrato de Zacharias Werner, el autor de la Cruz en el Báltico (v.), trazado por Theodor, el cual, impelido por una de aque­llas discusiones, cuenta su vida. [Trad. es­pañola por D. A. M. en Obras completas, Cuentos fantásticos (Barcelona, 1847) y por Carmen Gallardo de Mesa en Cuentos (Ma­drid, 1922-1924, 9 vols.)].

A. Manghi