Los Hermanos Karamazov, Fedor Dostoievski

[Bratja Karamazovy]. Novela del gran escritor ruso Fedor Dostoievski (Fëdor Michajlovič Dostoevskij, 1821-1881), publicada entre los años 1879 y 1880. Es la obra capital del gran es­critor ruso, menos perfecta artísticamente, en cuanto encuadre, que Crimen y Castigo (v.), pero, por la intensidad de su concep­ción y de su análisis, una de las más sig­nificativas de toda la literatura europea de la segunda mitad del siglo XIX. En la ima­ginación del autor, debía ser ésta la pri­mera parte de una extensa biografía de­dicada al menor de los hermanos Karamazov, Alëša (Aliocha); habían de estar expuestas aquí, en el cuadro de su adoles­cencia, las premisas de lo que más tarde serían sus vicisitudes de adulto. Pero la Historia de un gran pecador, de la que sólo se conservan algunas notas y apuntes, y que habría dado a la concepción origi­naria una grandiosidad aún mayor, quedó incompleta. Los hermanos Karamazov se presenta así como la crónica inconclusa de una familia cualquiera en una pequeña ca­pital de provincia rusa: la historia de la violenta enemistád entre un padre y un hijo.

El viejo Fédor Karamazov, padre de Dmitri (v.), Ivan (v.) y Alëša (v.), hijos legítimos, y de Smerdjakov, hijo ilegítimo, que vive en la casa como sirviente, es un cínico libertino, cuyo ejemplo, más aún que la herencia de la sangre, influye en la formación de sus hijos. El único que apa­rece libre del influjo paterno es Alëša, aun cuando no faltan tampoco en él algunos gérmenes de la «locura sexual» de los Ka­ramazov, a pesar de haber sido educado en una atmósfera religiosa bajo la influencia del viejo monje Zosima (v.). El mayor de los hermanos, el teniente Dmitri, es un impulsivo en el que se agitan sentimientos inconciliables y desorbitados: es orgulloso, sensual y cruel, pero también generoso y capaz de rasgos de bondad y de sacrificio. Enamorado de la bella y altanera Katerina Ivánovna, la hija de un superior suyo, al enterarse de que éste ha substraído di­nero del cuartel, para humillarla le comu­nica que está dispuesto a entregar la suma, salvando de esta forma a su padre, pero siempre que ella vaya en persona a recogerla; pero cuando la muchacha se le pre­senta, conmovido y avergonzado de su pro­pia bajeza, le entrega la cantidad dejándola marchar sin exigir nada de ella. A conti­nuación se prometen, pero Dmitri se da pronto cuenta de que Katerina ha corres­pondido a su amor solamente por piedad y por agradecimiento; por otra parte, lo trastorna un amor nuevo y sensual por la bellísima Grušenka, mujer caprichosa, en­vidiosa y testaruda, que fue amada también por el viejo Fëdor. En cambio, Ivan es un hombre refinado que ha educado su espíritu en el más desenfrenado escepticismo, ne­gando el amor al prójimo y a Dios y, no obstante, sediento de fe.

Ama, sin querer confesarlo, a Katerina, a la que se siente unido por la misma complejidad de sus caracteres, y Katerina le corresponde casi sin advertirlo; esta pasión inspira en el joven un odio secreto hacia su hermano Dmitri, que ha abandonado a la muchacha. Finalmente, Smerdjakov, tarado por la epi­lepsia, enemigo del padre, que ha hecho de él un siervo, es un ser insensible, capaz de cualquier infamia; en cierto sentido, es la realización práctica del cinismo teórico de Ivan. La novela se centra en torno a este conjunto de relaciones complejas e incon­ciliables que, sin embargo, tienen en los tres hermanos mayores Karamazov un pun­to común; el odio hacia el viejo padre, en el que Dmitri ve un rival, Ivan un ser despreciable, Smerdjakov un amo, y los tres un hombre que posee; el dinero que les falta. El parricidio que Dmitri, impul­sivo y violento, pero en el fondo sentimen­tal, no es capaz de llevar a cabo, se for­mula en cambio en lo más íntimo de la conciencia de Iván; y Smerdjakov, con su lucidez de enfermo, lo intuye. En un diá­logo entre los dos hermanos, Smerdjakov expresa obscuramente, con palabras de do­ble sentido, lo que constituye la más secre­ta idea de Ivan, y éste, casi sin reconocer en las palabras de su hermano su propio pensamiento y, no obstante, confirmándolo inconscientemente, empuja a obrar al des­dichado. Smerdjakov asesina a su propio padre, y de su muerte es acusado Dmitri, que tiene todas las circunstancias en con­tra suya; poco después del crimen, Smer­djakov se suicida y, aun cuando en el úl­timo momento Ivan, que sale por fin brus­camente de su ceguera espiritual y se da cuenta de todo lo que en realidad ha suce­dido, trata desesperadamente de salvar a su hermano cayendo después en un loco deli­rio, Dmitri.es condenado a trabajos forza­dos. En este punto se interrumpe la no­vela, que deja casi sin resolver la situación de los protagonistas.

Alëša, que en la in­tención del autor debía ser el protagonista, en realidad es, en parte, espectador y en parte comentador; al adolescente, que pa­rece afrontar la vida con luminosa buena fe y buena voluntad, le hacen sus confesio­nes los hermanos mayores y él, intuyendo su drama, no acierta a prestarles ninguna ayuda. Más feliz es su iniciativa cuando, dedicándose a obras benéficas, logra re­unir a un grupo de muchachos que ilumi­nan los últimos días de un compañero en­fermo de muerte, llamado Iljuša, y con­suelan el dolor de su desgraciada familia; con un himno de fe lanzado por estos mu­chachos unidos en fraternal solidaridad, se cierra el relato. Los hermanos Karamazov no sólo es el mayor representante de esa «novela de ideas» que, entre el declinar del naturalismo (v.) y los inicios del «fin de siglo» (v.), llega a ser el escenario sobre el que se agitan las inquietudes del espíritu europeo, sino que expresa, como ninguna otra obra suya, la idea de Dostoievski de que la literatura debe servir para revelar el mundo de problemas que el hombre lleva dentro de sí sin osar reconocerlo y resolverlo por su cuenta. En conjunto, es un vasto análisis del alma humana considerada esencialmente como una actividad ética, en cualquier dirección que se quiera, sobre la base de la afirmación de Dmitri de que «el corazón de los hombres no es más que el campo de batalla sobre el que luchan Dios y el diablo». Y, realmente, un profundo maniqueísmo domina toda la narración, en los extremos de la cual están, de un lado Alëša, criatura tocada por la gracia pero no inmune a las sensaciones turbias que penetran en él a través de la mezquindad atávica de la carne, y, del otro, Smerdjakov, sometido por completo al poder de esta mezquindad, carente de todo sentido de res­ponsabilidad moral y no obstante capaz, al final, de suprimirse, cuando parece haber llevado hasta el extremo su «no ser» mo­ral.

Entre estos dos polos están, igualmen­te inconclusos, Dmitri, el pasional, e Ivan, el lógico: el uno esencialmente pasivo, el otro puramente ideológico, y ambos, en esencia, inactivos. Su drama, acaba por es­tar fuera de ellos; para Dmitri está en las circunstancias que, después de haberlo he­cho sufrir desesperadamente en su misma incapacidad de dominarlas, le obligan a su­frir las consecuencias de un delito que no ha cometido; para Ivan está en la abstrac­ción y en la ideología, tanto que no encuen­tran otra forma de expresarse que leyendo a Alëša un cuento escrito por él e inter­calado en la novela: la leyenda del «Gran Inquisidor», en la que imagina que Cristo vuelve entre los hombres, y un inquisidor español lo juzga y lo condena, considerando a los hombres demasiado débiles y mezqui­nos para vivir según sus mandamientos. El Salvador quiere para los hombres un amor libre, pero para la grey humana no hay ma­yor carga que la libertad. El Gran Inqui­sidor corrige la obra de Cristo: la fe en la libertad y en el amor es substituida por el poder, el milagro y la autoridad, su­jetando a los míseros rebeldes, pero asegurándoles, en compensación, una vida tranquila y saciada. Si Cristo reanuda su misión, esta tranquilidad será destruida y será condenado como hereje. Al terrible y lúcido discurso del inquisidor, Cristo no responde: «se aproxima en silencio al vie­jo y besa despacio sus exangües labios de nonagenario»; aterrado, el viejo le abre la puerta de la prisión. En esta leyenda está la esencia de Los hermanos Karamazov, porque la demostración del amor que vive en el corazón del viejo Zosima y de su discípulo Alëša, es una demostración mís­tica, pero sobre todo porque en ella se revelan los dos motivos dominantes en el alma de Dostoievski: la creencia en una bondad contenida en el fondo de la natu­raleza del hombre, bajo la forma cristiana de una infinita solidaridad humana y, a la vez, la constatación de una mezquindad humana que continuamente tiende a arras­trar al hombre hacia el abismo.

Pero en esta actitud pascaliana del escritor ruso, y particularmente de esta novela, apuntan también tonos de decadentismo (v.) en la misma compenetración de los dos valores opuestos, a veces tan necesarios el uno al otro que resulta imposible establecer sus límites. En este juego secreto en el que el bien y el mal se entremezclan, en esta continua presentación de los dos elementos de contraste, en cada movimiento anímico y en cada gesto, no tarda en revelarse la fórmula, mejor aún, la íntima complacen­cia en una fórmula tan rica en efectos dra­máticos, que hace palidecer la necesidad de superarlo. El ulterior desenvolvimiento de la novela, que había de contener la vida de Alëša, retirado en un monasterio, tenía la misión de demostrar el triunfo de una posición mística sobre la inhumana lógica de Ivan y sobre el mismo dualismo del hombre, poniendo el sello a la idea de «her­mandad universal» de la humanidad en nombre de Cristo, siempre deseada pero jamás realizada artísticamente por Dosto­ievski. Pero no llegó a esta conclusión: para el arte del escritor el problema en sí era más importante que la solución, motivo éste que lo diferencia esencialmente de Tolstoi. [Trad. española de Rafael Cansi­nos Assens en Obras completas, tomo II (Madrid, 1935), varias veces reimpresas]. U. Dèttore

La pasión alcanza aquí la más elevada potencia. Este libro presenta una docena de figuras colosales. (Bennett)

Dostoievski era uno de esos raros genios que avanzan de obra en obra, en progresión continua, hasta que la muerte, bruscamen­te, los interrumpe. Como en la de Rembrandt o la de Beethoven, a los que me gusta parangonarlo, no hay ningún replie­gue en su fogosa vejez; un seguro y vio­lento profundizar de su pensamiento. (A. Gide)

La dialéctica del hombre del subsuelo es sólo un momento inicial de la dialéctica del propio Dostoievski; empieza en ella, pero no acaba. Acaba en los Hermanos Karamazov. (N. Berdiaev)

Dostoievski era, antes que otra cosa, un prodigioso técnico de la novela, uno de los más grandes innovadores de la forma novelesca. (J. Ortega y Gasset)