El Héroe, Menandro

Comedia griega de Menandro (343-292 a. de C.) de la que se conservan unos pocos fragmentos, descubiertos en papiros egipcios. El título parece indicar la intervención de un semidiós, de un muerto divinizado, en favor de los fa­miliares que ha dejado en la tierra. El más extenso de los fragmentos conservados pre­senta, con el nombre tradicional de Davo, una figura de esclavo abnegado y generoso, que se ha enamorado de una compañera de esclavitud, Plángone, y refiere sus peri­pecias. Un sucinto argumento que precede a la comedia, si no permite reconstruir la intriga en todos sus detalles, deja por lo menos adivinar con bastante claridad sus líneas generales, que no difieren apenas de las habituales de la comedia ática llamada nueva. Davo es esclavo de Laqués y de Mirrina: toma generosamente sobre sí la culpa involuntaria de Plángone; al fin, la inevitable escena de reconocimiento revela que Plángone y un hermano suyo, Gorgias, son hijos de Laqués y Mirrina, y la muchacha puede borrar su falta con el ma­trimonio.

A. Brambilla

Herodíás

Herodías es una de las pocas figuras que surgen del Evangelio con una aureola de pecado y de perversión en lugar de bondad y amor, por lo que ha seducido la fantasía de los artistas y poetas además de la del pueblo. Junto con su hija Salomé (v.) aparece en muchas versiones de la «caza salvaje» y en varias leyendas folk­lóricas enlazadas con la festividad de san Juan.

*    En el Renacimiento y el Barroco, como la poesía se enderezó preferentemente a la reelaboración de motivos y fuentes épico- clásicos, Herodías encontró una dramatización humana casi exclusivamente en la pin­tura que extrajo del episodio evangélico ricas sugestiones coloristas y dramáticas. Son célebres, entre otros, los cuadros de Tiziano Vecellio.

*    El Romanticismo la envolvió con pasio­nes sombrías entre las que se mueve con satánica alegría del mal. En Italia es co­nocida la tragedia Herodías [Erodiade], de Silvio Pellico (1789-1854), en cinco actos, en endecasílabos blancos, con breves ver­sículos líricos en el quinto acto, publicada en Turin en 1832. La conocida narración bíblica de la muerte de San Juan Bautista por orden del rey Herodes y por instigación de Herodías, es puesta en escena junto con una intriga en torno a los celos de Séfora, mujer de Herodes, el cual prefería a He­rodías; pero el conjunto carece de unidad y se pierde en una serie de monólogos, ra­zonamientos y altercados. M. Vinciguerra

*   Más tarde, los simbolistas la vieron co­mo una imagen de lujuria sádica fijada so­bre el fondo de un fastuoso y blando Orien­te. Es típica a este respecto Hérodiade de Gustave Flaubert (1821-1880), publicada en los Tres cuentos (v.).

*   Rasgos de su propia personalidad que­jumbrosa le prestó Algernon Charles Swin­burne (1837-1909), en uno de los Poemas y baladas (v.).

*   Stéphane Mallarmé (1842-1898) acentuó la exaltación de la figura transfiriéndola al clima abstracto de la mitología simbolista. Hérodiade es un poema inacabado en forma de fragmento de tragedia que Mallarme publicó en el volumen de las Poesías (v.). «Hérodiade, fragmento donde sólo está la parte dialogada, comporta, además del cán­tico de San Juan y de su conclusión en un último monólogo, un Preludio y un Final, que serán posteriormente publicados y se presenta como un poema», escribió el mis­mo autor. En efecto, sólo tenemos dos frag­mentos, la «Escena» y el «Cántico de San Juan», el primero de los cuales es con mu­cho el más importante, el núcleo central de la obra. Es un diálogo entre la joven- cita Herodías y su vieja nodriza, que se espanta de verla vivir en la helada atmós­fera de un sueño, y quiere, primero, besarle la mano, luego ofrecerle perfumes para su cabellera, luegtí conmoverla y le habla de su belleza y dé posibles bodas. Pero He­rodías la detiene horrorizada: su cabellera, cuando inunda su cuerpo solitario, le hiela de horror, un beso la mataría, si fuese po­sible, porque la belleza es ya la muerte; sólo ama el espejo, «agua fría helada por el tedio en su marco», porque le da la ima­gen de sí misma como una sombra lejana, sustraída a la realidad. Es bella por sí sola y ama «el horror de ser virgen». Cuan­do la nodriza se retira, ella se revela, sin embargo, a sí misma la verdad. Su desespe­rado egotismo es sólo la angustia de una fascinadora espera y del presentimiento que los puros sueños de la infancia habrán de morir. El poemita no es precisamente una alegoría; pero se adivina en Herodías el símbolo de la misma poesía de Mallarmé, ligada a una primordial pureza de la que debe separarse, sin embargo, para conseguir manifestarse en el mundo de las cosas sen­sibles. Pero el personaje vive por sí solo y se impone a la fantasía. Mallarmé, obli­gando a sus inesperadas imágenes a una línea de expresión de pureza casi raciniana, consiguió el milagro de reproducir sen­timientos casi inexpresables con absoluta claridad.

M. Bonfantini

*          La primera obra musical significativa es la Hérodiade, en cuatro actos, de Jules- Émile-Frédéric Massenet (1842-1912), libreto de Paul Millet y de H. Grémont, sacado del poema de M. Zanardini, representada en Bruselas en 1881. El episodio evangélico aparece aquí deformado; Salomé, hija de Herodías, abandonada por su madre que se ha casado con Herodes, es seguidora del Profeta y está locamente enamorada de él. Es deseada a su vez por Herodes, y de esta pasión trata de valerse Herodías, que quiere la muerte del Bautista para vengarse de los insultos proferidos contra ella; pero Juan y sus seguidores se hacen útiles a He­rodes para resistir a la dominación romana; el pueblo ha cedido sin combatir al pro­cónsul Vitelio y el tetrarca está perdido si Juan no le socorre. Juan se niega y Herodes, cuando advierte el amor de Salomé, le hace encarcelar. Salomé se le reúne en la cárcel para morir con él, y entonces Juan ya no rechaza un amor que se purifica con tanto sacrificio. Van los guardias a detenerla, pero para conducirla a la orgía de los romanos. Salomé se arroja a los pies de Herodes y de Herodías pidiendo la salva­ción y se revela a su madre. Herodías la reconoce, y se une a sus plegarias para im­petrar la salvación del profeta. Demasiado tarde: el verdugo ya le ha decapitado y Sa­lomé se mata ante la mirada de su madre. Algún crítico, como Gallet, encuentra afi­nidades entre el Massenet de Hérodiade y otros músicos como Berlioz con sus opo­siciones violentas y Verdi con su amor por la nota apasionada. Pero las mejores páginas de la partitura son aquellas en que Massenet es precisamente más perso­nal. «Triunfa absolutamente — dice Gallet — cuando se abandona a sí mismo, a esa na­turalidad, a esa juventud feliz que le in­clina a formas de una sencillez, de una riqueza y de una dulzura deliciosas y hacen de él un incomparable encantador».

E. M. Dufflocq

*   Paul Hindemith (n. 1895) extrajo de la Hérodiade de Mallarmé la homónima «reci­tación orquestal», un ballet para dos baila­rinas, realizado por Marthe Graham en el Festival Coolidge de Washington.

Hernani o El Honor Castellano, Víctor Hugo

[Herna­ni ou l’Honneur castillan]. Poema dramá­tico en cinco actos de Víctor Hugo (1802- 1885), representado por primera vez el 25 de febrero de 1830.

La acción transcurre en España, a principios del siglo XVI. La hermosa doña Sol es amada con profunda pasión por el proscrito Hernani, quien, no pudiendo vivir sin ella, ha roto toda ata­dura social, vive en el monte con los ban­doleros y ve a su amada en furtivas citas nocturnas. El corazón de doña Sol late por Hernani (v.); pero un viejo tío suyo, Ruy Gomes, que quisiera casarse con ella, tra­ta de doblegarla a su voluntad; mientras Hernani tiene otro rival en el joven rey de España don Carlos (que más tarde será emperador con el nombre de Carlos V); y la situación se complica con el hecho de que también Gomes, lo mismo que Her­nani, conspira contra el rey. Hernani es sorprendido por don Carlos, por primera vez, en casa de doña Sol; pero el rey guar­da caballerosamente el secreto sobre su presencia, salvándole así la vida. En otro encuentro, Hernani tiene ocasión de co­rresponderá con idéntica generosidad, sal­vando a don Carlos del puñal de los con­jurados. Ruy Gomes, para sustraer a su sobrina de las insistencias del rey y espe­rando poder casarse con ella, la lleva a un castillo suyo. Pero también en secreto se dirige allí Hernani, y ambos enamorados son sorprendidos por el anciano pretendien­te. En este momento, aparece también el rey, que se impone por la fuerza y rapta a doña Sol. Pero Gomes se niega a entregarle Hernani. Por el contrario, entre am­bos se establece una especie de pacto: Go­mes ha salvado la vida a Hernani, le deja en libertad permitiéndole perseguir al rap­tor y se unirá a él para derribar a don Carlos; pero, en cambio, el joven bandido se compromete a matarse cuando oiga el sonido del cuerno de Gomes.

Al poco tiem­po don Carlos consigue tener en su poder a todos los conjurados; pero como en aquel momento le llega la noticia de su elección de emperador, abandonando las locas aven­turas juveniles, con superior clemencia, les perdona a todos y concede a Hernani que se case con doña Sol. Ambos jóvenes, des­pués de tantas incidencias, están ya en los umbrales de la felicidad. Pero la misma noche de las bodas oyen sonar el cuerno del vengativo don Gomes. Hernani se envenena y con él doña Sol. Gomes, horrorizado de su obra, destrozado por el remordimiento y la muerte de la amada, se suicida también. El extravagante asunto se basa por com­pleto en la fatalidad de la pasión y en el absoluto respeto a las reglas del honor ca­balleresco y a la fuerza de la palabra dada. Pero los personajes, obligados a actitudes heroicas sin suficiente justificación psico­lógica, no adquieren la menor consistencia humana. Sin embargo, el drama, claramen­te inspirado en la tradición dramático novelesca española, en el Cid (v.) de Corneille y en los Bandidos (v.) de Schiller, encierra una irresistible fuerza poética, que agita y envuelve con su curso brillante al lector, si no al espectador. Las situaciones más irreales adquieren así, por pura magia ver­bal, una fuerza de sugestión innegable; y la pasión amorosa encuentra, en los celebradísimos dúos de Hernani y doña Sol, acentos imperecederos.

Habiendo sido prohibida en 1829 su Marión Delorme (v.), el poeta, para substituirla en la Comedia Fran­cesa, escribió este drama en un mes. En la primera representación, contra las obsti­nadas desaprobaciones del cuerdo público burgués, atacado en su gusto tradicional, se desencadenó el asalto de las escuadras de los jóvenes románticos, organizadas por Théophile Gautier (que narró él mismo la legendaria velada en su Historia del Ro­manticismo, v.), y el tumulto se sucedió en las violentas polémicas impresas; de modo que el episodio quedó famoso con el nom­bre de «La batalla de Hernani»: la primera gran batalla del nuevo teatro romántico.

M. Bonfantini

*    Del drama de Víctor Hugo, Piave obtuvo el libreto para la quinta ópera de Giuseppe Verdi (1813-1901), Ernani, estrenada en la Fenice de Venecia en 1844. Clasificada co­mo «drama lírico», consta de un preludio y de quince fragmentos en cuatro partes, tituladas «Il bandito», «L’ospite», «La clemenza» y «La maschera». El mismo Verdi dispuso la trama del libro, abreviando el drama francés y cambiando algún suceso. La reducción dañó a la lógica escénica. Por ejemplo, los episodios políticos de la se­gunda parte se producen completamente sin preparación. El músico estaba entusiasma­do con el argumento, presagiaba «el inmen­so interés y la solemnidad escénica», pre­sentía el éxito. En realidad, dejó intacta la substancia del drama de Víctor Hugo, captó los temas abstractos, misterio, de­lito, amor y los recursos escénicos, conju­ras, sorpresas, disfraces, e incluyó débil­mente tonos y desarrollos psicológicos. Los personajes son los mismos, con algún cam­bio de nombres: doña Sol se convierte en Elvira; Ruy Gomes, en Silva. La música de esta obra reúne todas las formas, los estilos y las características aparecidos en las pre­cedentes de Verdi y acentuadas aquí, tanto en sus cualidades positivas como negativas. Por todo ello, Ernani tuvo en poco tiempo un enorme éxito popular, en toda Italia y fuera de ella, y el adjetivo popular resulta por otra parte apropiadísimo al arte de Ver- di, que respondía de la mejor manera a la mentalidad y al ánimo de las generaciones italianas, incluso europeas, hacia 1848.

Los personajes no tienen caracteres substanciales, ni pasiones propias. ¿Dónde y cuándo se advierte la profunda melancolía, junto con el natural ardor, por lo que el «viejo Silva» sufre, se atormenta y obra tan du­ramente? ¿O es, en cambio, un malvado, un envidioso, un vengativo? Falta toda deter­minación. ¿Dónde y cuándo sentimos el carácter íntimo de Hernani, gentilhombre, rebelde, dispuesto a dar la vida? No hay, pues, caracteres, sino arrebatos. Don Car­los, en la III parte, es el único que se re­vela plenamente, oprimido entre conjuras y ‘ambiciones, con un fondo de nobleza y clemencia. Pero sólo en los monólogos pa­rece coherente. Cuando se muestra galante («Vieni meco, sol di rose»), es ya convencional. Elvira, por la que tres hombres lu­chan, es impersonal, nunca expresa un ver­dadero amor por Hernani. Los coros son mediocres y amanerados o grandilocuentes, no sin un impulso interno. En conjunto, es el melodrama de Verdi en el que quizás abundan más las fealdades con que se hizo hermoso el romanticismo. Al final de la audición, restan siempre melodías pegadizas, incluso inolvidables, lo que no quiere de­cir que sean hermosas, junto con el re­cuerdo de algún episodio hermoso porque es dramático; se conserva la complacen­cia de una cantidad de música, no la im­presión de una pasión poetizada, de un drama profundamente sentido.

A. Della Corte

*    También Vincenzo Bellini (1801-183Í?), compuso algunos fragmentos para una ópe­ra, Ernani (1832), sobre libro de Felice Romani; pero como la censura prohibió la representación de la obra, el autor transfirió las arias ya escritas a la Sonámbula (v.). El mismo título llevan una ópera de Alberto Mazzucato (1813-1877) y una «ober­tura» de Víctor Duvernoy (1820-1906).

Hernán Cortés, Esmenard

[Fernando Cortez ou la conquête du Mexique], ópera en tres actos, escrita por encargo de Napoleón I, por el poeta Esmenard y el libretista Étienne de Jouy, musicada por Gaspare Spontini (1774-1851). Se estrenó en París, el 28 de noviembre de 1809 y, completamente modi­ficada, se volvió a representar el 8 de mayo de 1817. Hernán Cortés, el conquis­tador español, está con sus soldados a las puertas de México. El Gran Sacerdote y Telasco invocan la maldición divina sobre Amazily, princesa mexicana hermana de Te- lasco, que por amor ha seguido a Cortés, en tanto Moctezuma, rey de México, vacila entre el sentimiento patrio que le inclina a promover la guerra contra los invasores y la convicción secreta de que Cortés es un héroe generoso y que justamente Ama­zily ha visto en él al vengador de una ofensa que le ha inferido el Gran Sacer­dote. Telasco viene a traer presentes y a pedir a Cortés que se aleje de México y devuelva Amazily a los suyos; pero Cortés lo hace prisionero, suscitando el entusias­mo de sus batalladores compañeros. Telas­co, liberado luego por Cortés, al que le ha sido falsamente anunciada la vuelta de su hermano Álvaro, prisionero de Moctezuma, agita a la ciudad de México y con el Gran Sacerdote decide que si Amazily no vuelve inmediatamente a los suyos, hará que Ál­varo muera.

Amazily querría sacrificarse, pero Cortés se dirige con sus soldados con­tra México ; se porta tan generosamente que Moctezuma renuncia a la idea de quemar la ciudad y acoge amistosamente a los espa­ñoles. El drama termina con el triunfo de Cortés y Amazily. El argumento, sugerido por Napoleón, que acababa de declarar la guerra a España, trataba de atraer con una obra de arte la atención popular sobre la nueva empresa, y trajo consecuencias opues­tas a las deseadas por el emperador, por­que el pueblo, conmovido por la fuerza del arte de Spontini, admiró la heroica resis­tencia opuesta por los españoles a los in­vasores franceses: la obra se suspendió por orden superior, justamente en el momento de su mayor éxito. Obra grandiosa, im­pregnada de lo que podríamos llamar estilo «imperio» en música, creado justamente por Spontini, por su fuerza expresiva y por la riqueza de sus efectos dramáticos, fue ad­mirada por Meyerbeer y por Berlioz. Aun sin estar a la altura de la Vestal (v.), con­tiene páginas de notable belleza: la ober­tura, el final del primer acto, las dos arias de Amazily y la escena de la revuelta en el campo español, en el segundo acto.

L. Fuá

Un Hermoso Día, Henry Céard

[Une belle journée]. Novela del escritor francés Henry Céard (1851-1924), publicada en 1881. Los esposos Ernestine y Adrien Duhamain están consi­derados por sus vecinos como un dechado de virtudes familiares: él es arquitecto, ella una buena ama de casa. Pequeños bur­gueses, viven de rutina, sin impulsos ni idealismos. Sin embargo, la mujer, como tantas, ha tenido su novelita. De joven, cansada de la vida plúmbea de familia, que transcurría entre la indiferencia y las cos­tumbres monótonas del marido, demasiado ocupado por sus negocios, había entrevisto, en un baile, la posibilidad de una vida feliz. Por ello había aceptado la cita que Trudon, un viajante de comercio, le había dado. Pero, llegado el esperado día, todo había transcurrido de un modo igualmente monótono: en el hotel, mientras Ernestine creía que pronto tendría que ceder a Tru­don, la conversación transcurría, en cam­bio, de trivialidad en trivialidad. Muy pron­to la mujer advirtió que el hombre, algo preocupado por la aventura, había esperado encontrar en ella una mujer más avispada e inclinada al placer. De vuelta a casa, como si realmente regresara de encontrar a una amiga, sola y sin afectos, se había ido a la cama mientras el marido continua­ba leyendo el diario. Así había terminado aquel «hermoso día».

Ernestine, mujer ejem­plar, vive ahora de dicho recuerdo, única tentativa de evadirse de la monotonía familiar: ya vieja, sabe que la vida no pre­senta nada nuevo y que es inútil rebelarse contra la mediocridad. La novela expresa hasta la exageración más programática el postulado de la escuela naturalista: «foto­grafiar» la realidad con pequeños sucesos verdaderos, sin la menor intromisión, patética o satírica, del narrador. Céard, que había participado en las famosas Veladas de Médan (v.) con la novelita «La sangría», pudo así oponerse polémicamente a la obra, considerada insuficientemente fiel a la rea­lidad, de Zola, especialmente a propósito de Lo que hierve en la olla (v. Rougon-Macquart), aparecida por entregas aquel mismo año: remachando, junto con el Huysmans de la primera época y con Edmond de Goncourt, la necesidad de permanecer absoluta­mente adherido a lo verdadero.

C. Cordié