Herodíás

Herodías es una de las pocas figuras que surgen del Evangelio con una aureola de pecado y de perversión en lugar de bondad y amor, por lo que ha seducido la fantasía de los artistas y poetas además de la del pueblo. Junto con su hija Salomé (v.) aparece en muchas versiones de la «caza salvaje» y en varias leyendas folk­lóricas enlazadas con la festividad de san Juan.

*    En el Renacimiento y el Barroco, como la poesía se enderezó preferentemente a la reelaboración de motivos y fuentes épico- clásicos, Herodías encontró una dramatización humana casi exclusivamente en la pin­tura que extrajo del episodio evangélico ricas sugestiones coloristas y dramáticas. Son célebres, entre otros, los cuadros de Tiziano Vecellio.

*    El Romanticismo la envolvió con pasio­nes sombrías entre las que se mueve con satánica alegría del mal. En Italia es co­nocida la tragedia Herodías [Erodiade], de Silvio Pellico (1789-1854), en cinco actos, en endecasílabos blancos, con breves ver­sículos líricos en el quinto acto, publicada en Turin en 1832. La conocida narración bíblica de la muerte de San Juan Bautista por orden del rey Herodes y por instigación de Herodías, es puesta en escena junto con una intriga en torno a los celos de Séfora, mujer de Herodes, el cual prefería a He­rodías; pero el conjunto carece de unidad y se pierde en una serie de monólogos, ra­zonamientos y altercados. M. Vinciguerra

*   Más tarde, los simbolistas la vieron co­mo una imagen de lujuria sádica fijada so­bre el fondo de un fastuoso y blando Orien­te. Es típica a este respecto Hérodiade de Gustave Flaubert (1821-1880), publicada en los Tres cuentos (v.).

*   Rasgos de su propia personalidad que­jumbrosa le prestó Algernon Charles Swin­burne (1837-1909), en uno de los Poemas y baladas (v.).

*   Stéphane Mallarmé (1842-1898) acentuó la exaltación de la figura transfiriéndola al clima abstracto de la mitología simbolista. Hérodiade es un poema inacabado en forma de fragmento de tragedia que Mallarme publicó en el volumen de las Poesías (v.). «Hérodiade, fragmento donde sólo está la parte dialogada, comporta, además del cán­tico de San Juan y de su conclusión en un último monólogo, un Preludio y un Final, que serán posteriormente publicados y se presenta como un poema», escribió el mis­mo autor. En efecto, sólo tenemos dos frag­mentos, la «Escena» y el «Cántico de San Juan», el primero de los cuales es con mu­cho el más importante, el núcleo central de la obra. Es un diálogo entre la joven- cita Herodías y su vieja nodriza, que se espanta de verla vivir en la helada atmós­fera de un sueño, y quiere, primero, besarle la mano, luego ofrecerle perfumes para su cabellera, luegtí conmoverla y le habla de su belleza y dé posibles bodas. Pero He­rodías la detiene horrorizada: su cabellera, cuando inunda su cuerpo solitario, le hiela de horror, un beso la mataría, si fuese po­sible, porque la belleza es ya la muerte; sólo ama el espejo, «agua fría helada por el tedio en su marco», porque le da la ima­gen de sí misma como una sombra lejana, sustraída a la realidad. Es bella por sí sola y ama «el horror de ser virgen». Cuan­do la nodriza se retira, ella se revela, sin embargo, a sí misma la verdad. Su desespe­rado egotismo es sólo la angustia de una fascinadora espera y del presentimiento que los puros sueños de la infancia habrán de morir. El poemita no es precisamente una alegoría; pero se adivina en Herodías el símbolo de la misma poesía de Mallarmé, ligada a una primordial pureza de la que debe separarse, sin embargo, para conseguir manifestarse en el mundo de las cosas sen­sibles. Pero el personaje vive por sí solo y se impone a la fantasía. Mallarmé, obli­gando a sus inesperadas imágenes a una línea de expresión de pureza casi raciniana, consiguió el milagro de reproducir sen­timientos casi inexpresables con absoluta claridad.

M. Bonfantini

*          La primera obra musical significativa es la Hérodiade, en cuatro actos, de Jules- Émile-Frédéric Massenet (1842-1912), libreto de Paul Millet y de H. Grémont, sacado del poema de M. Zanardini, representada en Bruselas en 1881. El episodio evangélico aparece aquí deformado; Salomé, hija de Herodías, abandonada por su madre que se ha casado con Herodes, es seguidora del Profeta y está locamente enamorada de él. Es deseada a su vez por Herodes, y de esta pasión trata de valerse Herodías, que quiere la muerte del Bautista para vengarse de los insultos proferidos contra ella; pero Juan y sus seguidores se hacen útiles a He­rodes para resistir a la dominación romana; el pueblo ha cedido sin combatir al pro­cónsul Vitelio y el tetrarca está perdido si Juan no le socorre. Juan se niega y Herodes, cuando advierte el amor de Salomé, le hace encarcelar. Salomé se le reúne en la cárcel para morir con él, y entonces Juan ya no rechaza un amor que se purifica con tanto sacrificio. Van los guardias a detenerla, pero para conducirla a la orgía de los romanos. Salomé se arroja a los pies de Herodes y de Herodías pidiendo la salva­ción y se revela a su madre. Herodías la reconoce, y se une a sus plegarias para im­petrar la salvación del profeta. Demasiado tarde: el verdugo ya le ha decapitado y Sa­lomé se mata ante la mirada de su madre. Algún crítico, como Gallet, encuentra afi­nidades entre el Massenet de Hérodiade y otros músicos como Berlioz con sus opo­siciones violentas y Verdi con su amor por la nota apasionada. Pero las mejores páginas de la partitura son aquellas en que Massenet es precisamente más perso­nal. «Triunfa absolutamente — dice Gallet — cuando se abandona a sí mismo, a esa na­turalidad, a esa juventud feliz que le in­clina a formas de una sencillez, de una riqueza y de una dulzura deliciosas y hacen de él un incomparable encantador».

E. M. Dufflocq

*   Paul Hindemith (n. 1895) extrajo de la Hérodiade de Mallarmé la homónima «reci­tación orquestal», un ballet para dos baila­rinas, realizado por Marthe Graham en el Festival Coolidge de Washington.