Hernani o El Honor Castellano, Víctor Hugo

[Herna­ni ou l’Honneur castillan]. Poema dramá­tico en cinco actos de Víctor Hugo (1802- 1885), representado por primera vez el 25 de febrero de 1830.

La acción transcurre en España, a principios del siglo XVI. La hermosa doña Sol es amada con profunda pasión por el proscrito Hernani, quien, no pudiendo vivir sin ella, ha roto toda ata­dura social, vive en el monte con los ban­doleros y ve a su amada en furtivas citas nocturnas. El corazón de doña Sol late por Hernani (v.); pero un viejo tío suyo, Ruy Gomes, que quisiera casarse con ella, tra­ta de doblegarla a su voluntad; mientras Hernani tiene otro rival en el joven rey de España don Carlos (que más tarde será emperador con el nombre de Carlos V); y la situación se complica con el hecho de que también Gomes, lo mismo que Her­nani, conspira contra el rey. Hernani es sorprendido por don Carlos, por primera vez, en casa de doña Sol; pero el rey guar­da caballerosamente el secreto sobre su presencia, salvándole así la vida. En otro encuentro, Hernani tiene ocasión de co­rresponderá con idéntica generosidad, sal­vando a don Carlos del puñal de los con­jurados. Ruy Gomes, para sustraer a su sobrina de las insistencias del rey y espe­rando poder casarse con ella, la lleva a un castillo suyo. Pero también en secreto se dirige allí Hernani, y ambos enamorados son sorprendidos por el anciano pretendien­te. En este momento, aparece también el rey, que se impone por la fuerza y rapta a doña Sol. Pero Gomes se niega a entregarle Hernani. Por el contrario, entre am­bos se establece una especie de pacto: Go­mes ha salvado la vida a Hernani, le deja en libertad permitiéndole perseguir al rap­tor y se unirá a él para derribar a don Carlos; pero, en cambio, el joven bandido se compromete a matarse cuando oiga el sonido del cuerno de Gomes.

Al poco tiem­po don Carlos consigue tener en su poder a todos los conjurados; pero como en aquel momento le llega la noticia de su elección de emperador, abandonando las locas aven­turas juveniles, con superior clemencia, les perdona a todos y concede a Hernani que se case con doña Sol. Ambos jóvenes, des­pués de tantas incidencias, están ya en los umbrales de la felicidad. Pero la misma noche de las bodas oyen sonar el cuerno del vengativo don Gomes. Hernani se envenena y con él doña Sol. Gomes, horrorizado de su obra, destrozado por el remordimiento y la muerte de la amada, se suicida también. El extravagante asunto se basa por com­pleto en la fatalidad de la pasión y en el absoluto respeto a las reglas del honor ca­balleresco y a la fuerza de la palabra dada. Pero los personajes, obligados a actitudes heroicas sin suficiente justificación psico­lógica, no adquieren la menor consistencia humana. Sin embargo, el drama, claramen­te inspirado en la tradición dramático novelesca española, en el Cid (v.) de Corneille y en los Bandidos (v.) de Schiller, encierra una irresistible fuerza poética, que agita y envuelve con su curso brillante al lector, si no al espectador. Las situaciones más irreales adquieren así, por pura magia ver­bal, una fuerza de sugestión innegable; y la pasión amorosa encuentra, en los celebradísimos dúos de Hernani y doña Sol, acentos imperecederos.

Habiendo sido prohibida en 1829 su Marión Delorme (v.), el poeta, para substituirla en la Comedia Fran­cesa, escribió este drama en un mes. En la primera representación, contra las obsti­nadas desaprobaciones del cuerdo público burgués, atacado en su gusto tradicional, se desencadenó el asalto de las escuadras de los jóvenes románticos, organizadas por Théophile Gautier (que narró él mismo la legendaria velada en su Historia del Ro­manticismo, v.), y el tumulto se sucedió en las violentas polémicas impresas; de modo que el episodio quedó famoso con el nom­bre de «La batalla de Hernani»: la primera gran batalla del nuevo teatro romántico.

M. Bonfantini

*    Del drama de Víctor Hugo, Piave obtuvo el libreto para la quinta ópera de Giuseppe Verdi (1813-1901), Ernani, estrenada en la Fenice de Venecia en 1844. Clasificada co­mo «drama lírico», consta de un preludio y de quince fragmentos en cuatro partes, tituladas «Il bandito», «L’ospite», «La clemenza» y «La maschera». El mismo Verdi dispuso la trama del libro, abreviando el drama francés y cambiando algún suceso. La reducción dañó a la lógica escénica. Por ejemplo, los episodios políticos de la se­gunda parte se producen completamente sin preparación. El músico estaba entusiasma­do con el argumento, presagiaba «el inmen­so interés y la solemnidad escénica», pre­sentía el éxito. En realidad, dejó intacta la substancia del drama de Víctor Hugo, captó los temas abstractos, misterio, de­lito, amor y los recursos escénicos, conju­ras, sorpresas, disfraces, e incluyó débil­mente tonos y desarrollos psicológicos. Los personajes son los mismos, con algún cam­bio de nombres: doña Sol se convierte en Elvira; Ruy Gomes, en Silva. La música de esta obra reúne todas las formas, los estilos y las características aparecidos en las pre­cedentes de Verdi y acentuadas aquí, tanto en sus cualidades positivas como negativas. Por todo ello, Ernani tuvo en poco tiempo un enorme éxito popular, en toda Italia y fuera de ella, y el adjetivo popular resulta por otra parte apropiadísimo al arte de Ver- di, que respondía de la mejor manera a la mentalidad y al ánimo de las generaciones italianas, incluso europeas, hacia 1848.

Los personajes no tienen caracteres substanciales, ni pasiones propias. ¿Dónde y cuándo se advierte la profunda melancolía, junto con el natural ardor, por lo que el «viejo Silva» sufre, se atormenta y obra tan du­ramente? ¿O es, en cambio, un malvado, un envidioso, un vengativo? Falta toda deter­minación. ¿Dónde y cuándo sentimos el carácter íntimo de Hernani, gentilhombre, rebelde, dispuesto a dar la vida? No hay, pues, caracteres, sino arrebatos. Don Car­los, en la III parte, es el único que se re­vela plenamente, oprimido entre conjuras y ‘ambiciones, con un fondo de nobleza y clemencia. Pero sólo en los monólogos pa­rece coherente. Cuando se muestra galante («Vieni meco, sol di rose»), es ya convencional. Elvira, por la que tres hombres lu­chan, es impersonal, nunca expresa un ver­dadero amor por Hernani. Los coros son mediocres y amanerados o grandilocuentes, no sin un impulso interno. En conjunto, es el melodrama de Verdi en el que quizás abundan más las fealdades con que se hizo hermoso el romanticismo. Al final de la audición, restan siempre melodías pegadizas, incluso inolvidables, lo que no quiere de­cir que sean hermosas, junto con el re­cuerdo de algún episodio hermoso porque es dramático; se conserva la complacen­cia de una cantidad de música, no la im­presión de una pasión poetizada, de un drama profundamente sentido.

A. Della Corte

*    También Vincenzo Bellini (1801-183Í?), compuso algunos fragmentos para una ópe­ra, Ernani (1832), sobre libro de Felice Romani; pero como la censura prohibió la representación de la obra, el autor transfirió las arias ya escritas a la Sonámbula (v.). El mismo título llevan una ópera de Alberto Mazzucato (1813-1877) y una «ober­tura» de Víctor Duvernoy (1820-1906).