Un Hermoso Día, Henry Céard

[Une belle journée]. Novela del escritor francés Henry Céard (1851-1924), publicada en 1881. Los esposos Ernestine y Adrien Duhamain están consi­derados por sus vecinos como un dechado de virtudes familiares: él es arquitecto, ella una buena ama de casa. Pequeños bur­gueses, viven de rutina, sin impulsos ni idealismos. Sin embargo, la mujer, como tantas, ha tenido su novelita. De joven, cansada de la vida plúmbea de familia, que transcurría entre la indiferencia y las cos­tumbres monótonas del marido, demasiado ocupado por sus negocios, había entrevisto, en un baile, la posibilidad de una vida feliz. Por ello había aceptado la cita que Trudon, un viajante de comercio, le había dado. Pero, llegado el esperado día, todo había transcurrido de un modo igualmente monótono: en el hotel, mientras Ernestine creía que pronto tendría que ceder a Tru­don, la conversación transcurría, en cam­bio, de trivialidad en trivialidad. Muy pron­to la mujer advirtió que el hombre, algo preocupado por la aventura, había esperado encontrar en ella una mujer más avispada e inclinada al placer. De vuelta a casa, como si realmente regresara de encontrar a una amiga, sola y sin afectos, se había ido a la cama mientras el marido continua­ba leyendo el diario. Así había terminado aquel «hermoso día».

Ernestine, mujer ejem­plar, vive ahora de dicho recuerdo, única tentativa de evadirse de la monotonía familiar: ya vieja, sabe que la vida no pre­senta nada nuevo y que es inútil rebelarse contra la mediocridad. La novela expresa hasta la exageración más programática el postulado de la escuela naturalista: «foto­grafiar» la realidad con pequeños sucesos verdaderos, sin la menor intromisión, patética o satírica, del narrador. Céard, que había participado en las famosas Veladas de Médan (v.) con la novelita «La sangría», pudo así oponerse polémicamente a la obra, considerada insuficientemente fiel a la rea­lidad, de Zola, especialmente a propósito de Lo que hierve en la olla (v. Rougon-Macquart), aparecida por entregas aquel mismo año: remachando, junto con el Huysmans de la primera época y con Edmond de Goncourt, la necesidad de permanecer absoluta­mente adherido a lo verdadero.

C. Cordié