La Hija Obediente, Carlo Goldoni

[La figlia obbediente]. Comedia en tres actos de Carlo Goldoni (1707-1793), representada por pri­mera vez en 1752. Abundan en esta come­dia las concesiones novelescas a los gustos del público: Florindo (v.) ama a Rosaura, pero cuando su padre le da el permiso para casarse con ella, se entera de que la muchacha ya ha sido prometida por Pantalón al estrambótico conde Octavio. Indignación de Florindo, a la que se une la triste su­misión de Rosaura (v.), el disgusto de Pantalón (v.) al ver el sacrificio de su hija, y las aventuras de Briguela (v.) enrique­cido por los éxitos como bailarina de su hija Oliveta, a la que un criado se lo ro­bará todo, aunque éste será luego prendido por el conde Octavio. Finalmente el conde renuncia a Rosaura, que puede casarse con Florindo. Más bien deslabazada en el con­junto, la comedia vuelve muy eficazmente, con Briguela, al tipo del hombre del pue­blo enriquecido, que tendrá gran éxito en el teatro italiano del siglo XIX, como en El nuevo rico de Nota, La moda y la familia de Gherardi del Testa, Nuevos ricos de Ga­llina, etc. Muy vivo es el contraste entre el grosero egoísmo de Briguela y de Oli­veta, y la delicada sensibilidad de Rosaura. Amanerado, en cambio, es el personaje del conde Octavio, aunque, de todas formas, se advierte en él el toque goldoniano y, bajo las extravagancias de su antifaz, se puede vislumbrar una cierta coherencia humana. Las aventuras de Briguela y Oliveta apare­cerán más tarde en Mi hija [Mia fia] de Gallina, e inspirarán El poeta y la baila­rina de Giacometti.

U. Dèttore

La Hija Natural, Wolfgang Goethe

[Die natürliche Tochter]. Drama en verso en cinco actos de Wolfgang Goethe (1749-1832), represen­tado en 1792; fue acogido fríamente por el público, por la crítica y aun por sus ami­gos expertos, como Herder, hasta el punto de que Goethe, que en un principio había pensado escribir una trilogía, no la llevó ya a cabo. Este drama, que hubiera podido convertirse en el gran testamento político de Goethe para la Europa del siglo XIX, forma parte de las obras inspiradas por los extraordinarios acontecimientos políticosociales que se desarrollaron en Francia por aquellos años. Exceptuando a Eugenia, que resulta ser la única figura artísticamente concreta y viva de la obra, todos los per­sonajes son presentados solamente por su título, y por lo tanto más como símbolos que como personas. La acción se desenvuel­ve en la corte de un rey algo débil de ca­rácter (Goethe tomó como modelo a Luis XVI); otro personaje del reino, el Duque, obtiene del rey que una hija natural suya, Eugenia, a la que hasta entonces había tenido oculta, sea reconocida. Pero el hijo del Duque, joven sin escrúpulos, temiendo por su herencia, consigue — y en verdad no se comprende bien de qué manera — salirse con la suya en una maquinación infernal: rapta a Eugenia, y hace creer a su padre que ella ha muerto a consecuencia de una caída de caballo; por otra parte, con la amenaza de una deportación a países le­janos, obliga a Eugenia a casarse con un magistrado, burgués, que está enamorado de ella.

De esta manera ella desaparecerá en la anónima – burguesía. Eugenia se re­signa; pero pide a su novio que se resigne también él a un matrimonio plebeyo. De la continuación de la trilogía sólo conoce­mos las líneas generales. Los acontecimien­tos que alcanzan su madurez defraudan los proyectos del noble ambicioso y ávido. So­breviene la Revolución francesa, que eleva a la burguesía. Eugenia, lejos de desaparecer de la sociedad, ocupa un lugar pre­ponderante, de pacificadora e intermediaria entre la vieja sociedad en peligro y la nue­va en auge. Así conocemos lo que Goethe deseaba; después de haber sido durante diez años enemigo de la Revolución, reconoció su importancia histórica y no deseó ya un mero retorno a la antigua estructura po­lítica y social, sino una síntesis de los dos regímenes, y el importante cometido de presidir la fusión, es confiado por Goethe a una mujer, Eugenia, como ya, en tiempos anteriores, la realización del acuerdo entre el mundo bárbaro y el de los griegos había .sido confiado a una mujer, Ifigenia (v.). La figura de Eugenia, toda gentileza y sen­sibilidad, obtiene gracias a ello un vigo­roso relieve, sobre todo en el cuarto y quin­to actos, en que, con la gracia de una suplicante, en el puerto donde la espera la nave que ha de llevarla lejos, se dirige a los representantes de las diversas clases so­ciales (una abadesa, un gobernador, un monje) y finalmente al juez. La misma fi­gura del Duque, en su conjunto, aunque de escaso relieve, adquiere profunda huma­nidad en la escena en que le es anunciada la falsa noticia de la muerte de su hija. Es la única obra — aparte de sus poesías por la muerte de Schiller — en que Goethe nos hace partícipes de sus sentimientos ante la muerte. En sus palabras se halla el más doloroso de los cantos fúnebres, y se comprende que el propio poeta, oyendo una vez en el teatro esta escena, se conmoviese hasta el punto de llorar.

F. Lion

La Hija de Slava, Jan Kollár

[Slávy deera]. Poema del poeta checo Jan Kollár (1793- 1852), publicado en 1832. Está compuesto por ciento cincuenta sonetos, divididos en tres partes y precedidos por un prólogo en dísticos. En el prólogo, el poeta deplora la decadencia de los eslavos septentrionales y augura su futuro resurgimiento gracias al trabajo. En la primera parte, Slava se la­menta a los dioses de ser vilipendiada, y los dioses le dan una hija, Mina, que se presenta al poeta, quien se enamora de ella. Pero el poeta debe partir y separarse de ella. Después de terminado un largo viaje que le da ocasión de recordar, en éste o en aquel lugar, glorias y desventuras de los eslavos, y de haber desarrollado en va­rios lugares actividades patrióticas, tiene nuevamente una visión de Mina, que le dice encontrarse en los campos celestes. El poeta le ruega que proteja a los eslavos. Mina describe el cielo de los eslavos y promete descender al infierno para señalar a aquellos que han hecho daño a la co­munidad de los eslavos y ahora expían su culpa. El poema falla en su conjunto, y si algunos sonetos, recordando a la criatura terrena a la que el poeta ha dado el nom­bre de Mina, poseen un soplo de inspiración, en otros no sólo es evidente el esfuerzo sino también la falta de una concepción inicial. No obstante esta debilidad artís­tica, el poema tiene grandísima importan­cia por el elemento patriótico y paneslavo que contiene. Además de la influencia byroniana, se advierte claramente la de Pe­trarca y de Dante.

E. Lo Gatto

La Hija de Rappacini, Nathaniel Hawthorne

[Rappacini’s Daughter]. Obra del escritor norteamerica­no Nathaniel Hawthorne (1804-1864), pu­blicada en 1846.

Un estudiante de la uni­versidad de Padua, Giovanni Guasconti, admira desde la ventana de su habitación un magnífico jardín, cerrado por un alto muro, lleno de extrañas flores de violento perfume. De repente entra en el paseo un viejo de aspecto enfermizo que se acerca a las flores con una máscara y unos guan­tes, confiándose a los cuidados de una maravillosa muchacha, de rostro y manos descubiertos, la flor más hermosa. Un vie­jo profesor, amigo de Giovanni, al interrogarle éste al día siguiente, afirma tratarse de un sabio inteligente y peligroso que se sirve del veneno de las flores para sus ex­periencias, y que está tan metido en ellas que no retrocedería ni siquiera ante un crimen; al mismo tiempo le pone en guar­dia ante el poder de fascinación de su hija, Beatrice. El estudiante, en parte por cu­riosidad y en parte atraído por los encan­tos de la muchacha, se asoma más de una vez a la ventana, y se da cuenta de que las lagartijas y mariposas mueren por el aliento y el contacto de ella. El misterio le atrae y como su casa comunica con el extraño jardín, penetra en él y traba una afectuosa amistad con Beatrice que, sin embargo, le mantiene siempre alejado de ella y de las flores.

Un día el estudiante se entera, horrorizado, de que ha adquiri­do, al igual que la muchacha, el poder de envenenar con su contacto, y la riñe ás­peramente; pero ella defiende su inocencia. Su padre la crió entre los venenos llegan­do a convertirla en causa de muerte, pero ha mantenido siempre al joven alejado para no perjudicarle, y se alegra mucho cuando el joven le ofrece la posibilidad de beber un antídoto, que hará desaparecer toda virtud maléfica, antídoto que su amigo el profesor le había entregado para defenderle contra las artes funestas del sabio. Sin embargo, Beatrice no resiste la violencia de la bebida y muere. Al igual que en las otras novelas de Hawthorne, la culpa lleva consigo la expiación, derramándose incluso sobre los inocentes. El poder sobrenatural que aísla a la bella muchacha, crea en ella un poderoso contraste entre la bondad sen­cilla e ingenua de su alma, que ha vivido en el apartamiento de un ambiente extraño, y el poder terrible y mortal de su aliento y de su contacto. Beatrice es al mismo tiem­po dulce y trágica, humana por su bondad, irreal en su cualidad de instrumento de expiación de la culpa. Toda la obra se con­centra sobre esta figura, en cuya represen­tación el autor ha sabido encontrar acen­tos de verdadera pasión, manteniéndola con exquisita proporción en el enigmático lími­te entre lo humano y lo sobrenatural.

G. Lupi

La Hija de Madame Angot, A. Charles Lecocq

[La filie de Madame Angot]. Opereta de A. Charles Lecocq (1832-1918) con texto de Clairville, Siraudin y Koning, estrenada en Bruselas en 1872. Es la más popular de las numerosas operetas compuestas por uno de los más geniales continuadores de Offenbach. Después de haber alcanzado la pri­mera representación en Bruselas un éxito extraordinario, la opereta se representó en París (Folies-Dramatiques, 1873) y recorrió toda Europa por espacio de varios años. También en Italia se representó repetidas veces durante la postguerra (1918-1920).

La hija de Madame Angot es Clairette, bonita florista a la que algunos señores han to­mado bajo su protección y quieren casar con el peluquero Pomponnet; pero la mu­chacha está enamorada del canzonetista Ange Pitou, un libertino que, después de haber ilusionado a Clairette, se abandona en brazos de Mademoiselle Lange, célebre actriz. La pobre florista se desespera y va al encuentro de una serie de contratiempos, llegando al extremo de ser detenida y en­carcelada por haber cantado una tremenda canción satírica contra su infiel amante. Pero al fin se consuela y acepta al bueno y honrado Pomponnet. El público estimó mucho en esta obra la frescura del tema y el brío de las canciones. Además, Lecocq, el músico más refinado y culto entre los compositores de opereta de este período, cuidó la forma y la instrumentación con gran sensibilidad y conciencia. En poco tiempo, la Hija de Madame Angot tuvo, so­lamente en París, más de dos mil repre­sentaciones. Los trozos mejores de la ope­reta son: «Très jolie, peu jolie», el coro «Quand on conspire», el vais «Tournez, tournez» y la escena final del tercer acto.

L. Rognoni