La Hija Natural, Wolfgang Goethe

[Die natürliche Tochter]. Drama en verso en cinco actos de Wolfgang Goethe (1749-1832), represen­tado en 1792; fue acogido fríamente por el público, por la crítica y aun por sus ami­gos expertos, como Herder, hasta el punto de que Goethe, que en un principio había pensado escribir una trilogía, no la llevó ya a cabo. Este drama, que hubiera podido convertirse en el gran testamento político de Goethe para la Europa del siglo XIX, forma parte de las obras inspiradas por los extraordinarios acontecimientos políticosociales que se desarrollaron en Francia por aquellos años. Exceptuando a Eugenia, que resulta ser la única figura artísticamente concreta y viva de la obra, todos los per­sonajes son presentados solamente por su título, y por lo tanto más como símbolos que como personas. La acción se desenvuel­ve en la corte de un rey algo débil de ca­rácter (Goethe tomó como modelo a Luis XVI); otro personaje del reino, el Duque, obtiene del rey que una hija natural suya, Eugenia, a la que hasta entonces había tenido oculta, sea reconocida. Pero el hijo del Duque, joven sin escrúpulos, temiendo por su herencia, consigue — y en verdad no se comprende bien de qué manera — salirse con la suya en una maquinación infernal: rapta a Eugenia, y hace creer a su padre que ella ha muerto a consecuencia de una caída de caballo; por otra parte, con la amenaza de una deportación a países le­janos, obliga a Eugenia a casarse con un magistrado, burgués, que está enamorado de ella.

De esta manera ella desaparecerá en la anónima – burguesía. Eugenia se re­signa; pero pide a su novio que se resigne también él a un matrimonio plebeyo. De la continuación de la trilogía sólo conoce­mos las líneas generales. Los acontecimien­tos que alcanzan su madurez defraudan los proyectos del noble ambicioso y ávido. So­breviene la Revolución francesa, que eleva a la burguesía. Eugenia, lejos de desaparecer de la sociedad, ocupa un lugar pre­ponderante, de pacificadora e intermediaria entre la vieja sociedad en peligro y la nue­va en auge. Así conocemos lo que Goethe deseaba; después de haber sido durante diez años enemigo de la Revolución, reconoció su importancia histórica y no deseó ya un mero retorno a la antigua estructura po­lítica y social, sino una síntesis de los dos regímenes, y el importante cometido de presidir la fusión, es confiado por Goethe a una mujer, Eugenia, como ya, en tiempos anteriores, la realización del acuerdo entre el mundo bárbaro y el de los griegos había .sido confiado a una mujer, Ifigenia (v.). La figura de Eugenia, toda gentileza y sen­sibilidad, obtiene gracias a ello un vigo­roso relieve, sobre todo en el cuarto y quin­to actos, en que, con la gracia de una suplicante, en el puerto donde la espera la nave que ha de llevarla lejos, se dirige a los representantes de las diversas clases so­ciales (una abadesa, un gobernador, un monje) y finalmente al juez. La misma fi­gura del Duque, en su conjunto, aunque de escaso relieve, adquiere profunda huma­nidad en la escena en que le es anunciada la falsa noticia de la muerte de su hija. Es la única obra — aparte de sus poesías por la muerte de Schiller — en que Goethe nos hace partícipes de sus sentimientos ante la muerte. En sus palabras se halla el más doloroso de los cantos fúnebres, y se comprende que el propio poeta, oyendo una vez en el teatro esta escena, se conmoviese hasta el punto de llorar.

F. Lion