El Hijo de la Viuda, Vilis Plüdons

[Atraitnes dëis]. Poema compuesto en 1900 por el poeta letón Vilis Plüdons (V. Lejenieks, 1874-1940). Es el drama de la juventud es­tudiosa que, en lucha con las dificultades y las incomodidades, sucumbe a una muerte prematura. En el diálogo entre el protago­nista y su madre, con el que se inicia el poema, la impaciencia del joven por em­prender un viaje a la metrópoli, y su ar­diente confianza en un porvenir mejor, con­trasta con la tristeza de la anciana madre, desilusionada de la vida. Viene después la veloz marcha del tren en competencia con los precipitados pensamientos del joven, que sueña con entrar triunfante en el Pa­lacio de la Ciencia, al tiempo que lo turban pavorosas pesadillas, anunciándole un trágico destino. La gran ciudad, con sus pla­ceres y su fasto, sirve de fondo a las no­ches que el joven pasa estudiando en el frío cuartucho, luchando con la miseria. Y, entre sueños y esperanzas, triunfa la secreta enfermedad que ha de llevar al agotado joven a la cama de un hospital. Una ma­ñana de primavera, la fastuosa ciudad ve pasar por sus calles un féretro negro, mien­tras lejos, entre los bosques, en el cuartito donde trabaja la anciana madre, se apaga para siempre toda ilusión, cuando un ve­cino da a la mujer la fatal noticia. El hijo de la viuda es considerada como una de las obras más notables de la lírica letona.

M. Rasupe

El Hijo de Don Juan, José Echegaray

Drama en tres actos, estrenado en 1892, de José Echegaray (1832-1916), jefe de la escuela neorromántica.

Inspirado en los Espectros (v.) de Ibsen, este drama, que trata del problema de la locura hereditaria y de la ley de la herencia, se puede decir que carece casi de acción, consistiendo en esencia en el drama subjetivo de Lázaro, hijo de un calavera borrachín que, como el célebre Tenorio, se llamaba don Juan. Éste y su esposa, Dolo­res, como por otro lado todos los amigos de la familia, ven en Lázaro un joven de talento destinado a alcanzar la gloria en la literatura, un genio excepcional; Car­men, su novia, débil criatura enfermiza, lo considera un ser superior, un gran artista del cual, en su frágil feminidad, está con­vencida de ser indigna. En realidad, Lázaro no es más que un pobre joven vicioso, al­coholizado y visionario, candidato seguro a la locura. Un diálogo excesivamente en­fático y retórico juega monótonamente so­bre el contraste entre la gran estima de que el joven está rodeado y su verdadera per­sonalidad, digna tan sólo de compasión. Gracias a un equívoco, el mismo Lázaro co­noce su destino de labios del alienista Bermúdez.

En la última escena, cuando los familiares deciden separarlo de Carmen y recluirlo en un manicomio, Lázaro, ebrio y delirante, tiene una visión alucinada de su infancia, en la que el subconsciente hace aflorar en su desequilibrado cerebro, en forma de recuerdos nebulosos, algunos por­menores de la mala vida del vividor don Juan; Lázaro adquiere en el pensamiento del autor el valor de un simple símbolo. «¡Madre, dame el sol!», son las últimas pa­labras, como las de Osvaldo (v.), en Es­pectros, y esta simple frase, infantil, casi cómica — dice el mismo Echegaray —, en­cierra un mundo de ideas, un océano de sentimientos, un infierno de dolores, una cruel lección, un supremo aviso para la sociedad y la familia. El grito de Lázaro es el último crepúsculo de una razón que se hunde en la eterna obscuridad de la lo­cura, mientras la naturaleza se despierta y despunta el sol. Esta obra fue objeto, en su tiempo, de muchas discusiones y críticas, no todas desapasionadas, pero parece indu­dable que el progresivo naufragio espiritual del pobre joven que expía con la locura los pecados de una generación devorada por el vicio, en lugar de disolverse en con­tinuos discursos retóricos, habría podido, con mayor provecho, emerger indirecta­mente de una acción dramática más varia y completa.

A. Manganiello

El Hijo de Austerlitz, Paul Adam

[L’enfant d’Austerlitz]. Novela francesa de Paul Adam (1862-1920), publicada en 1901, como continuación de La Fuerza (v.), empapada de historia de la época napoleónica y de con­sideraciones filosóficas sobre un fondo de movimientos de tropas, batallas, victorias y retiradas, aun cuando Napoleón, apenas en­trevisto en la acción, aparece, a través de los juicios de los personajes y por lo tanto a través del pensamiento del autor, bajo una luz negativa.

Durante este período nace y crece en París el pequeño Homero — hijo del coronel Héricourt, heroicamente caído en Presburgo —, entre su madre, su abuelo, sus tíos, personas que viven una íntima y dinámica existencia en la atmósfera agitada que caracteriza el decenio 1805-1815. En esta familia, el muchacho, profundamente im­presionado como por una injusticia, por la muerte de su padre al que nunca ha visto, y demasiado independiente para su edad, recibe las impresiones más contradictorias por el ambiente vario y multicolor que le rodea, absorbiendo de esta manera los más dispares principios éticos y políticos que fermentan en su cerebro de niño y luego de adolescente, y que crean en su pensamiento un desconcierto del que sólo le sal­varán la meditación y el recogimiento in­terior. Por eso, tras una juventud alboro­tada y después de haber juzgado con mente ahora ya madura a hombres, cosas y acon­tecimientos, y de haber también intuido, a pesar de la belleza y del heroísmo mani­fiestos, las fealdades de la vida, acaba mofándose amargamente del mundo y — con­vencido de no poder contribuir al triunfo de la bondad y de la verdad — acogiéndose a Dios y tomando los hábitos.

A. M. Speckel

El Hijo de Giboyer, Émile Augier

[Le fils de Giboyer]. Comedia en cinco actos de Émile Augier (1820-1889), representada en 1862. Comedia fuerte, de fondo social, suscitó grandes polémicas, pues se la supuso diri­gida contra el partido clerical; pero proba­blemente su autor no aspiraba a tanto, contentándose, en su programa artístico, con señalar y poner en la picota los vicios de la sociedad contemporánea Encontramos en ella a dos personajes de los Descarados (v.): Giboyer (v.) y el marqués de Auberive.

Giboyer es padre: pero su hijo Maximiliano ha sido criado lejos del turbio ambiente en que él siempre ha vivido, y ni siquiera sabe que se llama Giboyer. Terminados sus estudios, hace de secretario de un nuevo rico, Maréchal, que intenta por todos los medios hacerse un nombre en la política, y se apoya en cierta baronesa Pfeffer, da­ma de reputación más bien discutible. Se presenta ocasión de hacer un discurso en defensa del partido clerical; al principio confían el encargo a Maréchal, y Giboyer le escribe uno magnífico, pero luego cam­bian de idea, pues la baronesa desea hacer surgir una discordia entre Maréchal y el marqués de Auberive, una de las persona­lidades del partido. Maréchal, indignado, manda escribir a Maximiliano, el hijo de Giboyer, un discurso anticlerical, lo pro­nuncia entre grandes aplausos e ingresa en la Cámara. Giboyer, horrorizado al ver que su hijo ha heredado su genio libelista, quie­re llevárselo consigo a América, para sacarle de la corrupción del ambiente polí­tico parisiense. Maréchal se opone: « ¿Quién escribirá mis discursos?»; y para detener a Maximiliano le hace casarse con su hija. Al resguardo de la miseria, el joven podrá emplear noblemente su talento. Giboyer se marcha solo a América para rehacer su reputación.

Sarcey, por aquel entonces jefe de la crítica teatral oficial, afirmó sin más que el Hijo de Giboyer tenía casi tanta importancia como las Bodas de Fígaro (v.) de Beaumarchais; hoy, desaparecido el interés de actualidad al que la comedia debió su éxito de escándalo, vemos en el drama de Giboyer un motivo nuevo y emo­cionado de la comedia francesa. No es que fuera original la figura del hombre arro­llado por la vida, que sueña para su hijo una honradez que él nunca alcanzó, en cambio es sinceramente dramática la angus­tia del padre que ve aflorar en su hijo sus talentos negativos, a pesar de haberle edu­cado lejos de ellos. Y esta angustia redime la figura del equívoco periodista.

G. Alloisio

De la idea y trama de esta comedia, que, al igual que todas las comedias políticas, tiene el defecto de no ser más que un li­belo de ocasión, pertenecen a Augier sola­mente sus personajes. Es una amalgama como las que se forman en la memoria de los loros. (Barbey D’Aurevilly)

Las Hijas del Comandante, Jonas Lie

[Kommandörens döttre]. Novela del escritor no­ruego Jonas Lie (1833-1908), publicada en 1886, en un período en que las discusiones sobre las costumbres y la moral social do­minaban la vida noruega. Con Las hijas del comandante, Jonas Lie quiso salir enérgica­mente en defensa de la vida «verdadera», contra la bochornosa red de las convenien­cias impuestas por la vida «falsa» de la sociedad. Bajo el peso de los convenciona­lismos el corazón se ahoga; Lie sufre por ello y reacciona. Pero el mérito del autor es el de no haber dado un tono polémico a su narración: en efecto, deja que la mis­ma vida hable y polemice. Las protago­nistas son Marta y Cecilia, las hijas del afectuoso comandante Witt. Cecilia es seria y valiente, pero no sabe ser ella misma, por una esclavitud hacia las «formas» conse­cuencia de la educación materna, y no es capaz de retener junto a sí al hombre que ama. Marta, libre y abierta, no puede casarse con su primo Jan, por no ser el mu­chacho bastante distinguido para ella.

Ello crea entre los dos una violenta tensión, resuelta súbitamente con la muerte de Jan en un naufragio. Marta no puede ser la madre de su hijo, puesto que las con­veniencias se lo prohíben, y su hijo no puede acercársele hasta que ella está a punto de morir de dolor y nostalgia. Su hermana Cecilia — vencida la resistencia materna — se queda con el muchacho, casi como un premio por su vida destruida. Con cerrada y afectuosa precisión psicológica y dramática cuenta Lie la historia de las dos desgraciadas hermanas, consiguiendo, sin cubrir nunca con su pensamiento los sen­timientos y los hechos narrados, enseñar una noble lección a los lectores de buena voluntad: la vida depende de las intencio­nes y de las acciones de los hombres fuer­tes e independientes que no han de olvidar nunca que las fuentes más esenciales de la vida son las naturales relaciones de amor entre el hombre y la mujer, entre la madre y el hijo.

G. Puccini