El Hijo de Don Juan, José Echegaray

Drama en tres actos, estrenado en 1892, de José Echegaray (1832-1916), jefe de la escuela neorromántica.

Inspirado en los Espectros (v.) de Ibsen, este drama, que trata del problema de la locura hereditaria y de la ley de la herencia, se puede decir que carece casi de acción, consistiendo en esencia en el drama subjetivo de Lázaro, hijo de un calavera borrachín que, como el célebre Tenorio, se llamaba don Juan. Éste y su esposa, Dolo­res, como por otro lado todos los amigos de la familia, ven en Lázaro un joven de talento destinado a alcanzar la gloria en la literatura, un genio excepcional; Car­men, su novia, débil criatura enfermiza, lo considera un ser superior, un gran artista del cual, en su frágil feminidad, está con­vencida de ser indigna. En realidad, Lázaro no es más que un pobre joven vicioso, al­coholizado y visionario, candidato seguro a la locura. Un diálogo excesivamente en­fático y retórico juega monótonamente so­bre el contraste entre la gran estima de que el joven está rodeado y su verdadera per­sonalidad, digna tan sólo de compasión. Gracias a un equívoco, el mismo Lázaro co­noce su destino de labios del alienista Bermúdez.

En la última escena, cuando los familiares deciden separarlo de Carmen y recluirlo en un manicomio, Lázaro, ebrio y delirante, tiene una visión alucinada de su infancia, en la que el subconsciente hace aflorar en su desequilibrado cerebro, en forma de recuerdos nebulosos, algunos por­menores de la mala vida del vividor don Juan; Lázaro adquiere en el pensamiento del autor el valor de un simple símbolo. «¡Madre, dame el sol!», son las últimas pa­labras, como las de Osvaldo (v.), en Es­pectros, y esta simple frase, infantil, casi cómica — dice el mismo Echegaray —, en­cierra un mundo de ideas, un océano de sentimientos, un infierno de dolores, una cruel lección, un supremo aviso para la sociedad y la familia. El grito de Lázaro es el último crepúsculo de una razón que se hunde en la eterna obscuridad de la lo­cura, mientras la naturaleza se despierta y despunta el sol. Esta obra fue objeto, en su tiempo, de muchas discusiones y críticas, no todas desapasionadas, pero parece indu­dable que el progresivo naufragio espiritual del pobre joven que expía con la locura los pecados de una generación devorada por el vicio, en lugar de disolverse en con­tinuos discursos retóricos, habría podido, con mayor provecho, emerger indirecta­mente de una acción dramática más varia y completa.

A. Manganiello