Historia del Abencerraje y de la Hermosa Jarifa, Antonio de Villegas

Novela morisca incluida en la miscelánea titulada Inven­tario del poeta español Antonio de Villegas (m. después de 1551), compuesta en 1551 y publicada en Medina del Campo, en 1565. No es^ obra original de Villegas, ya que en­contró los elementos elaborados en la Cró­nica del ínclito Infante D. Fernando que ganó a Antequera, en la cual trata cómo se casaron a hurto el Abindarráez y la linda Jarifa. Muchos «romances» además demues­tran la popularidad de la historia.

Abinda­rráez, ilustre caballero moro de la noble familia de los Abencerrajes, es hecho pri­sionero por el capitán Rodrigo de Narváez, alcaide de Antequera y de Alora. El alcai­de, viendo la tristeza de su prisionero, hace que le cuente su historia, y al saber que Abindarráez había sido apresado cuando se dirigía a Coín en busca de su amada, la bella Jarifa, caballerosamente y previa promesa de honor de retornar, lo deja en libertad. El moro llega a Coín y se casa secretamente con Jarifa, quien conociendo la desgracia de Abindarráez, huye con él y lo sigue a la prisión. Rodrigo de Narváez, para premiar la lealtad del Abencerraje y la fidelidad de Jarifa, obtiene para ellos el perdón del alcaide de Coín y deja libres a los dos esposos, rehusando el precio del rescate. La narración, referida con extrema sencillez y delicada emoción, se hizo pron­to popular. Cervantes la recuerda en su Quijote (v.), Montemayor la incluyó en el libro IV de su Diana (v.), y Lope de Vega recogió el tema para su comedia El reme­dio de la desdicha, incluida en la Parte XIII de su teatro (Madrid, 1620).

Historia de la Ciudad de Roma en la Edad Media, Ferdinand Gregorovius

[Geschichte der Stadt Rom im Mittelalter]. Obra del histo­riador alemán Ferdinand Gregorovius (1821- 1891), publicada entre el 1859 y el 1873. La obra, de imponente amplitud, considera toda la historia de Roma desde la decaden­cia imperial hasta la mitad del siglo XVI: los tres primeros volúmenes alcanzan hasta el siglo XIV; los dos siguientes están de­dicados respectivamente a los siglos XIV y XV; completa la obra un último volumen sobre la primera mitad del siglo XVI.

Cuan­do Gregorovius inició sus investigaciones para llevar a cabo esta Historia, no existían sobre el tema sino monografías de valor nulo o poco menos. Su principal tarea fue, por lo tanto, desempolvar crónicas, estudiar memorias y revolver archivos en Italia y otros países. Preparó así un enorme bagaje de erudición sobre el cual tejió su obra, que es más de artista que de científico. Sus valores son indudables, sobre todo, aparte la amplitud del cuadro, por su estilo cálido e imaginativo y la extraordinaria fuerza con que hace revivir a los personajes ante los ojos del lector. Pero también adolece de graves defectos: prescindiendo de ciertos problemas ya superados o resueltos, y de la falta de interés por la historia, tan no­table, en los aspectos económicos de la Ro­ma medieval, lo que no puede ser admi­tido es el espíritu de la obra. Protestante y racionalista, Gregorovius, aunque a veces parece dispuesto a hacer algunas con­cesiones, adopta, generalmente, una posi­ción típica de condena partidista y deci­dida. Casi nunca ecuánime y objetivo en sus juicios, volcó en los cuadros y en las figuras históricas toda la pasión de sus tendencias personales.

Su visión de la vida medieval de Roma aparece totalmente de­formada por el anacronismo de las inter­pretaciones : en la agitación del pueblo se ve el intento y la aspiración de reivin­dicar «el antiquísimo derecho municipal» contra el «immobile saxum», la roca de San Pedro; en la caída del Papado y del Imperio no ve sino la descomposición de dos creaciones opresoras que debían ceder el paso a la libertad y al progreso del es­píritu humano. En suma, es la obra de un docto artista que si bien tuvo muchas do­tes de historiador, no llegó a serlo nunca en el sentido completo de la palabra. La iniciativa de una traducción italiana em­prendida en 1866 fue interrumpida apenas empezada.

C. Cipolla

Historia de la Arquitectura, François-Auguste Choisy

[Histoire de l’Architecture]. Obra de François-Auguste Choisy (1841-1909), editada en Pa­rís en 1899. Según Choisy, la arquitectura se halla profundamente ligada a la cultu­ra; por ello, su historia es una síntesis de la historia humana. Esto se aplica particu­larmente a los períodos prehistóricos, que se desenvuelven en función del clima y de la forma de vida organizada, siguiendo el progreso de la técnica y adaptándose a los primitivos impulsos hacia lo colosal y hacia las tendencias religiosas. Los elementos de­terminantes de la posición del arte no son tan sólo la técnica, sino también los gustos connaturales a cada pueblo: la forma sin­gular de la columna egipcia no deriva de la función práctica que desempeña, sino de la imitación de la naturaleza y tal- vez de los arraigados ritos religiosos. En los órdenes clásicos, el punto de partida viene dado por la forma y no por la estructura; ésta, en lugar de imponer sus exigencias, se adapta a aquélla. Igualmente, la lentitud con que se desenvuelve el arte egipcio es un testimonio del espíritu tradicionalista de este pueblo.

En la Grecia formada por la invasión dórica, la raza dominante — mon­tañeses que vivieron en Tesalia, lejos del contacto con la refinada civilización orien­tal — impone una arquitectura viril y ruda en la que el estímulo creador parece deri­var de las subdivisiones en pequeños esta­dos independientes y de sus luchas intesti­nas. En comparación con la griega, que es abstracta y armónica, la arquitectura ro­mana aparece esencialmente utilitaria y po­lítica. La arquitectura de las grandes ma­sas cubiertas con bóveda, ligada íntimamen­te al poderío político y a la organización centralista del ejército, cesa con la caída del Imperio, a cuyo sistema se hallaba vincu­lada. Estos mismos principios pueden aplicarse al arte gótico, que tiene su cuna en la Ile-de-France. En efecto, el arte gótico se halla en estrecha dependencia con la formación del poder estatal. Choisy no apa­rece excesivamente inclinado al arte gótico, inquieto y de escasa originalidad: la ojiva se encuentra ya en Armenia y el arbotante no es sino una necesidad impuesta por la audacia constructiva de la arquitectura cluniacense. Sin embargo, admira su lógica: se trata del más impresionante esfuerzo que la lógica haya expresado en el arte.

Desde el comienzo al fin de su evolución, el arte gótico no tiene más que un fin: reducir las masas. Según Choisy, la historia del arte es la historia de las ideas, y como las ideas se transmiten mediante cambios, es en el desenvolvimiento y las orientaciones del tráfico comercial y de las corrientes políticas donde debe buscarse la razón de tales relaciones. Las mismas consideraciones pue­den aplicarse también acerca de las diver­sas corrientes que actúan sobre la formación de las principales orientaciones de la ar­quitectura románica. Una vez más las vías de transmisión estarían constituidas por las mismas corrientes comerciales. La extensa obra de Choisy, de índole tecnicopositivista, está ampliamente documentada en cuanto al desarrollo de la técnica arquitectónica e ilustrada con gráficos axonométricos.

C. Baroni

Historia de la Astronomía, Jean-Christian Hoefer

[Histoire de l’Astronomie depuis ses origines jusqu’a nos jours]. Obra del quí­mico francés de origen alemán Jean-Christian Hoefer (1811-1873), publicada en París, en 1873, como parte de la Histoire Universelle en la colección Duruy.  El volumen, de 631 páginas, contiene cinco libros divi­didos de esta manera:

Lib. I. «Origen de la ciencia en tres capítulos»: 1, Función y realidad; 2, La curiosidad frente al cielo; 3, Adquisición natural de los primeros datos de la astronomía.

Lib. II: cap. 1, Chinos; 2, Hindúes; 3, Caldeos; 4, Orígenes de la Astrología; 5, Fenicios; 6, Hebreos; 7, Egip­cios.

Lib. III. «Astronomía griega»: cap. 1, Jonios; 2, Pitagóricos; 3, Eléatas; 4, Ato- mistas; 5, Calendario griego; 6, Academia de Platón; 7, Aristóteles y discípulos; 8, Alejandría; 9, Arquímedes y otros; 10, Socígenes, Calendario romano, reforma julia­na; 11, Tolomeo; 12, Astrónomos posteriores a Tolomeo; 13, Escuela de Atenas; 14, Es­cuela bizantina.

Lib. IV. «Astronomía ro­mana, árabe y occidental»: Cap. 1, Astro­nomía romana; 2, Astronomía árabe; 3, Astronomía de la Edad Media en Europa..

V. «Astronomía moderna»: Cap. 1, Copérnico; 2, Calendario gregoriano; 3, Tycho Brahe; 4, Kepler; 5, Galileo; 6, Adversarios de Copérnico, de Kepler y de Galileo; 7, Newton; 8, Progreso de la Astronomía des­de la mitad del siglo XVII a la mitad del siglo XVIII; 9, Progreso hasta nuestros días; 10, Nuestro mundo: la Tierra, la Luna, el Sol, Planetas, Cometas, etc.; 11, El mundo de los universos lejanos, estrellas nebulo­sas; 12, Cuestión de la habitabilidad de los cuerpos celestes.

En el libro I critica Hoefer la hipótesis absurda de Bailly, ya re­futada por Delambre, del origen de la as­tronomía a partir de una civilización le­gendaria como la de la Atlántida, y en cam­bio sostiene que ese origen se remonta a las observaciones rudimentarias de los pueblos primitivos, los cuales enlazan tradicional e históricamente en el curso de los siglos con la civilización actual: «poner a un salvaje — dice Hoefer — en presencia del Cielo . y de la Tierra e interrogarle sobre lo que piensa sobre ellos, y buscar el origen de la ciencia». He aquí el punto luminoso que nos servirá de guía; y de este modo Hoefer llega a la adquisición natural de los pri­meros datos astronómicos.

En el libro II, en sólo 32 páginas (pocas realmente), resume la astronomía prehelénica; en cuanto a la China, resume: «A no ser por la llegada de los jesuitas a la China, los astrónomos de aquel país hubieran seguido siendo menos instruidos que el último de nuestros niños de la escuela. ¿Podían ser más instruidos 3.700 años atrás, bajo el reinado de Tehon- Kong? Se puede no adelantar o quedar es­tacionario en una ciencia, pero retroceder una vez que se le ha dado el impulso para seguir adelante, es imposible»; Hoefer con­futa una vez más la opinión optimista de Bailly acerca de la astronomía hindú y pre­fiere las conclusiones negativas de Delam­bre. Más positivo y seguro es el conoci­miento de los caldeos (asirios, babilonios), a los cuales Hoefer hace remontar los orí­genes de la astronomía de observación y medida. Casi no dice nada de la contribu­ción de los fenicios y de los hebreos; y lo que dice de los egipcios es muy discutible.

El libro III, de la astronomía griega, co­mienza con la escuela jónica y los nom­bres de Tales, Anaximandro, Anaximenes, Ferácides, Jenófanes, Anaxágoras, esto es, con aquella escuela de la cosmogonía, y de la física, que constituye un período de pre­paración que se desarrolla en los capítulos 2, 3, 4, 5 y se cierra en los capítulos 6 y 7 con la Academia y con Aristóteles. La historia de la verdadera astronomía de ob­servación y posición, con métodos e ins­trumentos que preludian el período moder­no, se abre con la escuela alejandrina y los nombres de Arístilo, Timocaris, Aris­tarco, Eratóstenes, Hiparco, y se cierra con Tolomeo. Es éste un período al cual Hoefer dedica 147 páginas, y termina con los pos­teriores a Tolomeo, hasta la escuela bizan­tina. También a este libro se le puede ob­jetar una exposición demasiado sucinta, pero dada la extensión de toda la obra, el resumen está claramente desarrollado.

En el libro IV, después de breve atención a la astronomía romana, pasa a la astronomía, mucho más importante, de los árabes, y en unas veinte páginas recuerda las escue­las de Bagdad, de El Cairo y marroquí (y de Toledo), la persa y la mongólica; ter­minan con Oloug-Bey los trabajos astro­nómicos del mundo islámico oriental. La escuela de Occidente es rápidamente reco­rrida por toda la Edad Media, hasta Regio- montano.

En el libro V, el más largo (167 páginas), termina con la producción mo­derna, a la cual han contribuido los más grandes nombres de la ciencia. En con­junto, a pesar de su pequeño volumen, esta obra es una reseña bien coordinada de la evolución de la astronomía. Son frecuentes las referencias a los descubrimientos y a los trabajos más importantes, a los métodos y a los instrumentos de investigación, a los resultados de las observaciones y al pro­greso en la determinación de las varias constantes astronómicas, con una suficiente bibliografía sobre los diversos temas. En comparación con la historia de la astrono­mía de Bailly, ésta de Hoefer señala un progreso por lo racional de la exposición, sin descuidar la claridad del texto, asequi­ble para el lector medio.

P. Pagnini

Historia de la Astronomía, Jean – Baptiste – Josep Delambre

[Histoire de l’Astronomie]. Obra de Jean – Baptiste – Josep Delambre (1749- 1822), en cinco volúmenes, dividida en tres partes: Histoire de l’Astronomie ancienne (1817, en dos volúmenes); Histoire de l’Astronomie du Moyen Age (1819, en un volu­men); Histoire de l’Astronomie moderna (1821).

Esta Historia, posterior a la de Billy, la supera con mucho por la riqueza de ma­terial, por su contenido analítico y rigor científico, siéndole inferior por el estilo, menos atractivo, y por un exceso de des­arrollo de fórmulas, las cuales, aunque es­trictamente conexas con el problema astro­nómico, sobrepasan el criterio neta y rigu­rosamente histórico. El primer volumen de la astronomía antigua comienza con un dis­curso preliminar, con un índice alfabético de materias y nombres y con un índice de los capítulos. Está dividido en dos libros: en el primero, el más importante, el autor ofre­ce la historia de la astronomía griega desde los primeros filósofos hasta los tiempos pos­teriores a Tolomeo, acerca del cual se tra­tará con mayor extensión en el segundo vo­lumen, insistiendo más en el desarrollo de los más importantes problemas astronómi­cos. En el segundo libro del primer volu­men, se hallan las observaciones astronó­micas de los chinos y de los hindúes. La astronomía de la Edad Media está subdividida en tres libros. El primero, después del discurso preliminar, el índice alfabético y el de los capítulos, comprende los trabajos de los árabes y de los persas; el segundo, los de los europeos con los nombres de Al­fonso el Sabio, de Regiomontano y otros; se pasa de este modo el límite comúnmente asignado a la Edad Media, pero con criterio más científico se llega a la época de los grandes iniciadores de la astronomía mo­derna.

Ésta se halla dividida en dos volú­menes. El primero, después del discurso preliminar y el índice alfabético, comprende la reforma del calendario, los trabajos de Copérnico, de Tycho Brahe, de Kepler, de Galileo y de otros menos importantes; en el segundo volumen son examinados Clavio, Bonilliand, Descartes, Riccioli, Hevelius, Huygens, Picard, Roemer, La Hire, Cassini y otros. Aquí termina la obra. Quedan de este modo excluidos Newton y sus suce­sores hasta Laplace, contemporáneo de Delambre; es decir, no es estudiada la parte que trata de los problemas fundamentales de toda la mecánica celeste, y que hubiera requerido una mole de trabajo que enton­ces no era posible llevar a cabo. En el dis­curso que precede a la historia antigua, Delambre, aun reconociendo los méritos de la historia de Bailly, la combate en aquella hipótesis, en realidad arbitraria, de la exis­tencia de una civilización muy anterior a los caldeos y de la cual se han perdido las huellas, pero que había proporcionado a éstos elementos muy desarrollados y co­rrectos de una astronomía de posición. Los discursos preliminares resumen a grandes rasgos el programa de toda la obra, po­niendo de relieve los argumentos princi­pales, el valor y la importancia de las ob­servaciones que han señalado un progreso, mediante una crítica casi siempre justa y serena, pero a veces no muy objetiva sobre el astrónomo discutido.

Tiene razón Delambre cuando hace notar: «C’est done par Copernic que le mouvement de la Terre a été réellemente introduit dans l’Astronomie, et non seulement dans les disputes de l’école», porque al confrontar la obra po­sitiva de Copérnico con la vaga e indeter­minada de sus presuntos precursores grie­gos, añade: «L’idée du mouvement de la Terre n’avait rien produit chez les anciens, parce que jamais elle n’avait été prise sérieusement en considération par leurs astronomes… Les Grecs étaient grands métaphysiciens et grands discourreurs… Il suffisait qu’une école professât une doctrine, pour que l’école voisine embrassât l’opinion contraire». De Tycho Brahe, el reformador de la astronomía de posición, afirma: «Comme observateur, Tycho s’éleva fort au-dessus de tous ceux qui l’avaient précédé. A ce titre, joignez ses recherches théoriques sur la Lune et les comètes, et son nom vous paraîtra digne d’etre placé à la suite de ceux d’Hipparque., Ptolémée et Copernic». Entu­siasta de Kepler, añade: «Il est peu de vies aussi remplies que celle de Képler; il en est peu qui aient été signalées par des découvertes aussi importantes et aussi inattendues». Recordando en particular la ab­juración de Galileo, la justifica con razones ponderadísimas.

Admite que Descartes no era astrónomo, pero concede demasiada im­portancia a ciertas especulaciones de aquel ilustre físico y matemático, y le acusa de no haber producido en el campo de la as­tronomía más que quimeras. Pero cuando se trata de hipótesis constitucionales o fun­cionales, que no han recibido la sanción de una aplicación métrica, una hipótesis puede valer tanto como otra; y la hipótesis de la acción a distancia implícita en la mecánica celeste de Newton, si no se reforzase con la ley métrica de la gravitación universal seguiría siendo una quimera, como la de los torbellinos cartesianos. Pero aparte de cier­tas críticas no siempre justificadas, cierta inconexión en el conjunto de la obra y cierta desproporción en algunos temas, no hay duda de que la Histoire de l’Astronomié no ha sido todavía superada.

P. Pagnini