Historia del Concilio de Trento, Sforza Pallavicino

Obra del cardenal Sforza Pallavicino (1607-1667), publicada en Roma en 1656-57. Es la historia oficial del Con­cilio, escrita para refutar la de Sarpi, con la que está en paralelo y contraposición. Como la de Sarpi, es obra de tesis; pero el autor, miembro de la Compañía de Jesús, se propone mantener la defensa en el punto en que el teólogo veneciano había llevado la acusación. Es «una historia mezclada de apología», según definió el propio autor: apología de aquel absolutismo papal que Sarpi condena y que Pallavicino considera legítimo y necesario. La Historia de Palla­vicino toma como punto de partida, como la de Sarpi, el pontificado de León X, y termina con la clausura del Concilio, en 1564. El partidismo de la apología perju­dica la obra de Pallavicino, pero también estimula la diligencia de la investigación y la severidad de la crítica, que se em­plean como armas para desmantelar la tesis adversa. Pero mientras en Sarpi el ardor polémico se traduce en un estilo inmediato, espontáneo y batallador, en Pallavicino, pa­ladín de la tradición, el estilo es el tradi­cional, con sabor literario, cuidado y ele­gante en el período y en el vocabulario. Ello acaba engendrando una impresión de frialdad y artificio que contrasta con los méritos reales de la obra. La Historia de Pallavicino se convirtió en el texto clásico de la Contrarreforma, en materia del Con­cilio. El papa Alejandro VII, en solemne reconocimiento, confirió al autor el nom­bramiento de cardenal.

F. Valsecchi

En Pallavicino se ve la vanidad de la forma con la indiferencia del contenido. (De Sanctis)

Historia del Cristianismo, Ernesto Buonaiuti

[Storia del Cristianesimo]. Obra de Ernesto Buonaiuti (1881-1946), publicada en tres volú­menes: I, Edad Antigua (Milán, 1942); II, Edad Media (id., 1943); III, Edad Moderna (1943). Es la obra más importante y com­pleta — aunque cronológicamente no es la última — de la actividad científica y espiritual de Buonaiuti, como él mismo ha señalado con emotiva fuerza en el Peregri­no de Roma (Roma, 1945); notable ejemplo de autobiografía espiritual — desde la cri­sis de su juventud, en la que, ya en plena posesión de sus ideas y perspectivas en tor­no a los orígenes del cristianismo y a la dialéctica de su desenvolvimiento en la his­toria, que debían exponerlo a tan amargas y dolorosas peripecias, fue llevado al sacer­docio católico (19 diciembre 1903)—hasta la excomunión mayor (25 enero 1925), que debía ponerlo definitivamente al margen de la Iglesia oficial, a la separación de su cá­tedra universitaria de Roma (1931) por haberse negado a prestar el juramento de fide­lidad al régimen fascista, y, finalmente, a la supresión práctica, por parte del mismo régimen, de toda posibilidad de actividad pública, al día siguiente del comienzo de la segunda Guerra mundial. Precisamente entonces — como él mismo afirma en el Pe­regrino de Roma — se dedicó a desarrollar su obra principal «para establecer el balance definitivo de la acción cristiana en la Historia, ahora que por mil indicios se podía fácil y seguramente argüir que el Cristia­nismo se avecinaba a una dramática tran­sición».

Bastaría esta precisa afirmación para comprender que la historia se sitúa progra­máticamente en un terreno más apologé­tico (su pensamiento acude a la Ciudad de Dios (v.) de San Agustín; por lo demás, es obvia la inspiración agustiniana de la His­toria del Cristianismo de Buonaiuti) que histórico, según el plan habitual en obras de este género, de las cuales se separa la de Buonaiuti por su absoluta originalidad, tanto en la concepción como en la ejecu­ción. Como en ella confluyen en una sínte­sis ceñidísima — si bien definida por la no­toria y, a veces, enfática tendencia oratoria, característica del estilo de Buonaiuti — los resultados más significativos de sus investigaciones historicocríticas sobre la historia del hecho cristiano, así sus estudios sobre la Iglesia paulina (cfr. Las experiencias fundamentales de San Pablo, en la rev. «Religio», julio-septiembre 1920; El mensaje de San Pablo, Roma, 1933), sobre el gnosti­cismo (El gnosticismo, Roma, 1907; Frag­mentos gnósticos, Roma 1923); sobre el cris­tianismo en el África romana (El Cristia­nismo en el África romana, Bari, 1928), sobre las características de la crisis político– religiosa del siglo IV (consúltese ante todo los Ensayos sobre el cristianismo primitivo, Città di Castello, 1923), sobre la soteriologia cristiana, en particular sobre la doctrina agustiniana del pecado y de la gracia (La génesis de la doctrina agustiniana del pe­cado y de la gracia, Roma, 1916, y en «Richerche religiose», II, 1926; Pelagio y el Ambrosiastro, en «Investigaciones religio­sas», IV, 1928, y El dogma central del cris­tianismo histórico, en la misma publicación, XV, 1939), sobre la importancia de la Edad Media, sobre Joaquín da Fiore y los movi­mientos mendicantes (cfr. San Francisco de Asís, Roma, 1926; Joaquín da Fiore, Los tiempos, la vida, el mensaje, Roma, 1931; El misticismo medieval, Pinerolo, 1928; y todos los artículos publicados en «Richerche religiose», entre 1928 y 1933), sobre la re­forma luterana (cfr. Lutero y la reforma religiosa en alemania, Bolonia, 1926), aunque todos aquellos resultados entran en rela­ción con una apasionada, inspirada y profética defensa de la interpretación personal dada por Buonaiuti al mensaje cristiano y de sus ideas sobre la función ejercida por éste en el pasado, como sobre la que po­dría ejercer en el mundo actual.

Para Buo­naiuti (Historia del Cristianismo, I, págs. 15 y ss.) las «religiones superiores no han sido nunca, ni habrían podido serlo por princi­pio, visiones especulativas del mundo ni esquematizaciones racionales de la realidad. Han sido más bien, uniformemente y por esencia, indicaciones normativas de dispo­siciones sacramentales, es decir, prerracionales y espirituales, con vista a la vida social y sus hechos elementales: el amor, el dolor, el remordimiento y la muerte. Las transcripciones conceptuales de esta dis­posición en fórmulas dogmáticas, como la sistematización jerárquica de la disciplina de los grupos constituidos sobre la base de los nuevos valores, vinieron posteriormen­te». Tampoco el Cristianismo pudo sustraerse a esta ley. «Nacido como anuncio de pa­lingenesia y de salvación colectiva e inmi­nente, como regla austera y solemne con­fiada a una minoría elegida en el mundo, 4 todo ello llevaba íntimamente tendencias ecuménico-católicas y un vastísimo progra­ma social»; tendencias y programa que «im­ponían un progresivo enriquecimiento ideo­lógico y un encuadramiento disciplinario cada vez más rígido». La Historia del Cris­tianismo está construida y desarrollada en torno a esta idea central del carácter mís­tico y moral del mensaje cristiano; la transformación del Cristianismo en un sistema filosoficoteológico y en una organización burocrática es seguida paso a paso con la paralela ilustración de la supervivencia, tanto en movimientos colectivos como en los individuos aislados, del ideal espiritual cristiano. La historia institucional de la Iglesia y la de sus vicisitudes externas no interesan, como tales a Buonaiuti, sino en tanto intervienen como elementos en el des­arrollo de su visión histórica.

M. Niccoli

Historia del Campesino Elocuente, Anónimo

Esta composición literaria, de conte­nido filosóficomoral, nos ha sido conser­vada en copias sobre papiro, atribuidas por la paleografía al Imperio Medio. Un habi­tante de Wádí en Natrün, pequeño oasis occidental del Delta, partió cierto día ha­cia el interior de Egipto con productos del lugar, que cargó sobre sus asnos. Uno de los colonos de Renses, alta autoridad del país y Primer Mayordomo de Palacio, de­cidió despojarlo de los asnos, que habían excitado su ambición, así como de la carga. Con violencia y astucia consiguió sus poco loables propósitos y el hombre del oasis, que había tratado de defender lo suyo, recibió además una paliza. Sin embargo, en espera de recobrar lo que le pertenecía, suplicó durante diez días seguidos al de­predador; por fin se dirigió al mismo Renses. Éste se divirtió mucho con la florida, garbosa y sentenciosa charla del humilde campesino e informó al rey, el cual, sin duda amante y conocedor del buen hablar, sintiendo curiosidad por el caso, dispuso que el mayordomo retrasase la reparación es­perada y escuchase con rígida y silenciosa atención cuanto dijera el campesino, con la orden de que las súplicas y lamentacio­nes fuesen copiadas por escrito y leídas al mismo faraón.

Por supuesto, la familia del campesino había de ser entretanto convenientemente asistida, al igual que él mis­mo, aunque sin él saberlo. Nuestro hombre repitió nueve veces sus lamentaciones por la injusticia sufrida, glorificando la justicia y la rectitud con imágenes cada vez nuevas, y sus palabras, cuidadosamente escritas so­bre un rollo de cuero, fueron presentadas al faraón. Por fin, se dispuso que el campe­sino recobrase la posesión de cuanto le quitaron con violencia e injusticia, aumentado con especiales donativos. Esta Historia, que ficticiamente expone el caso de un hombre modesto, tiene como finalidad la exaltación de la justicia y se revela como obra de un genial literato. El texto no es de los más fáciles, pero la dificultad de penetrar plenamente en más de un pasaje se ve grandemente compensada por el sutil placer de leer un ensayo del buen hablar egipcio.

E. Scamuzzi

Historia del Concilio de Trento, Pietro Soave Polano

[Istoria del Concilio Tridentino]. Marcantonio de Dominis, obispo de Spalato, que ha­bía renegado la fe católica y se había re­fugiado en Londres, publicó, con desconocimiento del autor, en 1619, la Historia del Concilio tridentino de Pietro Soave Polano, anagrama del fraile servita Paolo Sarpi (1552-1623), veneciano. No sabemos cómo, un ejemplar de la obra, que circulaba ya manuscrita entre un limitado círculo de amigos y de sabios, fue a parar a las ma­nos de De Dominis; sin embargo, sabemos que en la carta dedicatoria a Jacobo I Estuardo, rey de Inglaterra, el editor decía «que no sabía de qué manera el autor in­terpretaría su decisión» de publicarla.

La edición, a pesar de ser muy cuidada y fiel en todo al manuscrito, que hoy se guarda en la Biblioteca Marciana de Venecia, no gustó al autor, por otros motivos; pero el gran éxito obtenido por la obra convirtió a ésta en cosa de dominio público, fuera ya del control de su autor. En pocos años se publicaron dos traducciones latinas, una inglesa, una alemana y tres francesas: la primera, de Giovanni Diodati (1685), la se­gunda de Amelot (1683) y la tercera de Courayer (1738); mientras que en el texto original la Historia era reimpresa en Lon­dres en 1629, en Ginebra en 1656 y 1660, y en Helmstat (en realidad, Verona, por Jacopo Moroni), en 1761-68, para hablar tan sólo de las ediciones más famosas. La obra, que se inicia en el «siglo XVI des­pués de la Natividad de Nuestro Señor» abraza, en ocho libros, un período de se­senta y cinco años. El primer libro expone los orígenes y los rápidos progresos de la Reforma en alemania, abarca los pontifica­dos de Julio II, León X, Adriano VI, Cle­mente VII y Paulo III, y llega hasta la Dieta de Spira (1544); el segundo se abre con la convocatoria del Concilio hecha por Pablo III, anunciado en Trento para el 15 de marzo de 1545, y concluye con el tras­lado del Concilio a Bolonia en 1547; el ter­cero va hasta la reconciliación de Carlos V con el nuevo papa Julio III y la reapertura del Concilio de Trento en 1551; el cuarto concluye con la nueva suspensión del Con­cilio, debido a la intervención armada de Mauricio de Sajonia, y la paz de Passau en 1552; el quinto expone los acontecimien­tos políticos europeos, que impidieron la reapertura del Concilio hasta 1561; los úl­timos tres libros comprenden la reapertura del Concilio y las asambleas desde 1561 a 1563 hasta su definitiva clausura, ocurrida dos años antes de que el joven Sarpi toma­ra los hábitos.

El Concilio era el gran acon­tecimiento del siglo, el tema que más apa­sionaba a los políticos, canonistas y teó­logos en los años en que se formó la men­te y la personalidad de Sarpi. A los veinte años trabó amistad en Mantua con  Girolamo Bernerio, a la sazón inquisidor y más tarde cardenal en Ascoli, y más todavía con Camillo Oliva, que había sido secretario del cardenal Ercole Gonzaga, presidente del Concilio con Pío IV. Oliva estaba informa­do detalladamente de todas las cuestiones, ocultas y públicas, del Concilio, y Sarpi no se cansaba de escucharle. Empezó en­tonces a germinar en su mente la idea de una historia de aquel gran acontecimiento, inició la recogida de los testimonios e hizo un bosquejo de los sucesos desde 1545 a 1572, año en que la Curia Romana hacía grandes esfuerzos para lograr que las pro­vincias transalpinas aceptaran el Concilio. Más tarde pudo tener en sus manos los diarios del obispo de Fabriano, Francesco Chiericato, nuncio de Adriano VI en la Dieta de Nuremberg, las actas de la lega­ción del cardenal Contarini en Ratisbona, las cartas del cardenal Del Monte, primer presidente del Concilio con Paulo III, las de Visconti, agente de Pío IV en Trento, las memorias del cardenal Amulie, los mensa­jes de los embajadores vénetos, los de los embajadores de Francia y un enorme nú­mero de relaciones, cartas, actas, discursos y memorias de prelados y teólogos que par­ticiparon en el Concilio. El asunto le ocupó durante toda su vida, y él mismo confiesa que trabajó en la Historia, aunque en me­dio de muchos otros trabajos y estudios, sin descanso durante unos cuarenta años. El principal mérito de Sarpi no fue, sin embargo, su erudición y la doctrina, que de todos modos son grandes, sino el hecho de haber visto claramente que el Concilio de Trento representaba una curva decisiva en la historia de la Iglesia. Mérito primordial de Sarpi es el haber dado sobre aquel memorable acontecimiento un juicio que se anticipa en un siglo a las Cartas del Pro­vincial (v.) de Pascal.

G. Franceschini

Historia del Burgtheater, Heinrich Laube

[Das Burgtheater, Beitrag zur deutschen Theatergeschichte]. Obra del novelista, dramaturgo y crítico teatral Heinrich Laube (1800-1884). publicada en 1868. El autor, que pertenecía al movimiento políticoliterario de tendencia liberal y realista denominado «Joven Ale­mania», fué director, de 1849 a 1867, del Burgtheater o Teatro Municipal de Viena. En 1864 publicó Laube en la «Revista aus­tríaca», sus Cartas dramáticas sobre el Burgtheater, que perfilaban su historia con ayu­da de los materiales del archivo que tenía a su disposición y se detenían en el año de su entrada en el cargo. Al volver a la vida privada elaboró otros ensayos sobre el período de su dirección que se publi­caron en el mismo año 1867 en la «Neue Freie Presse». El año siguiente recogió toda esta producción en una obra titulada His­toria del Burgtheater, que apareció en Leip­zig, haciéndola preceder de seis Cartas sobre el teatro alemán, ya publicadas en una re­vista hamburguesa en los años 1846-1847.

Las seis Cartas abordan la cuestión de la decadencia del teatro germano, atribuida a la insuficiente preparación artística de los actores, a su tendencia al virtuosismo y a la falta de escuelas dramáticas y de un repertorio adecuado. El autor plantea la exigencia de un teatro nacional, aunque no deja de ver obstáculos en las rivalidades municipales y en el concepto del Teatro de Corte, demasiado ligado a la etiqueta y a la diplomacia. Inicia entonces la his­toria del Burgtheater, cuyos orígenes se remontan hacia fines del siglo XVIII, cuando se disuelven los «Hanswurstspiele» y las «Haupt-und Staatsaktionen», formas dra­máticas semejantes a la «Comedia del Arte» imperante en la escena alemana antes de la reforma de Gottsched. La aparición de este teatro se ve favorecida por las leyes de la emperatriz María Teresa y de José II, que en 1776 le concede el titulo de Teatro Nacional y trata de organizarlo siguiendo el modelo de la Comédie française, llaman­do como director a F. L. Schröder. En los años de la Revolución francesa y de la guerra, decayó el teatro mientras lo dirigía el comediógrafo A. Kotzebue, adaptándose a un repertorio inspirado por los nuevos ideales políticos; pero rápidamente se recu­pera bajo la guía activa e inteligente de Schreyvogel, mientras el período de paz, después de 1814 (año que marca la aboli­ción por motivos políticos del «Nationaltheater») favorece el florecimiento de una rica producción.

Después de 1832 entra el teatro en un período de decadencia por falta de un criterio firme en su dirección» encomendada entonces a Deinhardstein y Holbein, el primero de carácter ligero, ca­rente de formación y de una verdadera lí­nea de conducta interna, y el segundo, de un orden y de una precisión tan- meticulosa como superficial y formal. Los desórdenes de la revolución de 1848 hicieron más evi­dentes estas deficiencias, que alcanzan su punto culminante en 1849, año de la elevación de Laube al puesto de director. Desde este momento, la narración se hace analítica y más actual, viva e interesante, ya que el autor utiliza su propia experien­cia y mantiene un cierto tono apologético. Laube se propone un programa de trabajo asiduo, con miras a alcanzar un ideal de perfección que corresponda a la misión cul­tural del teatro en el desenvolvimiento del pueblo y que se base sobre una constante autoeducación en la dirección y la drama­turgia, sobre el estudio psicológico de los actores y de la sensibilidad del público, sobre la necesidad absoluta de no subordinar el teatro a las vicisitudes políticas y de analizar rigurosamente el repertorio; éste es seleccionado desde un punto de vista «teatral» y no «literario», con una inmediata preferencia hacia producciones que lleven a la escena una época no de­masiado alejada de la presente, ya que el teatro es un «espejo de la vida» y no de una sociedad elegida. Aunque el público vienés, lo mismo que los actores, por el hábito de un catolicismo tradicional, se inclinan más bien a la comedia, él pro­pugna sobre todo la variedad de un reper­torio alternado de tragedias y comedias. Lleva así a la escena, además de Shakes­peare, Goethe, Schiller (sobre todo en 1859, año del centenario), Molière, Lessing y Lope de Vega y también a los modernos, como Ludwig, Hebbel, Freytag, Heyse y las nue­vas creaciones de Halm a Bauernfeld, así como sus dramas.

En 1867, un cambio en la dirección administrativa y las pretensiones del nuevo intendente, el dramaturgo Halm, en el sentido de atribuirse la selección del repertorio y la distribución de los papeles — no reservándose sino una dirección sub­ordinada —, junto con la velada acusación de tendencias liberalizantes contrarias a los principios aristocráticos que presidían un teatro de Corte, ocasionaron su dimisión. Lleno de amargura y desilusión, abandonó aquel teatro que consideraba como su crea­ción propia, al que había dedicado toda su actividad física y espiritual, y durante algunos años seguirá observando su deca­dencia, bajo la guía de un aficionado que dirige solamente desde su «despacho». Con este acento de pesadumbre se cierra la obra, cuya mayor parte está dedicada a la historia de actores y actrices que colabo­raron en los trabajos del autor. «Dirigía como quien escribe una novela», dice Lau­be. Y como una novela se desenvuelve la historia del Burgtheater, desde el momento en que entra en acción el elemento bio­gráfico. No se encuentra allí vestigio de una pretensión doctrinal y teórica ni de una pedantería de cronista; la narración brota de la activa participación del autor en los problemas y la vida del teatro, y por ello mantiene su «pathos» afectivo, que al­canza a veces efectos dramáticos, en un tono que domina la calma objetiva y la tensión dialéctica. Rica en espíritu de ob­servación y en conocimiento real del mundo escénico, esta obra constituye una de las fuentes fundamentales de la historia del teatro alemán.

A. Cori