Historia del Concilio de Trento, Pietro Soave Polano

[Istoria del Concilio Tridentino]. Marcantonio de Dominis, obispo de Spalato, que ha­bía renegado la fe católica y se había re­fugiado en Londres, publicó, con desconocimiento del autor, en 1619, la Historia del Concilio tridentino de Pietro Soave Polano, anagrama del fraile servita Paolo Sarpi (1552-1623), veneciano. No sabemos cómo, un ejemplar de la obra, que circulaba ya manuscrita entre un limitado círculo de amigos y de sabios, fue a parar a las ma­nos de De Dominis; sin embargo, sabemos que en la carta dedicatoria a Jacobo I Estuardo, rey de Inglaterra, el editor decía «que no sabía de qué manera el autor in­terpretaría su decisión» de publicarla.

La edición, a pesar de ser muy cuidada y fiel en todo al manuscrito, que hoy se guarda en la Biblioteca Marciana de Venecia, no gustó al autor, por otros motivos; pero el gran éxito obtenido por la obra convirtió a ésta en cosa de dominio público, fuera ya del control de su autor. En pocos años se publicaron dos traducciones latinas, una inglesa, una alemana y tres francesas: la primera, de Giovanni Diodati (1685), la se­gunda de Amelot (1683) y la tercera de Courayer (1738); mientras que en el texto original la Historia era reimpresa en Lon­dres en 1629, en Ginebra en 1656 y 1660, y en Helmstat (en realidad, Verona, por Jacopo Moroni), en 1761-68, para hablar tan sólo de las ediciones más famosas. La obra, que se inicia en el «siglo XVI des­pués de la Natividad de Nuestro Señor» abraza, en ocho libros, un período de se­senta y cinco años. El primer libro expone los orígenes y los rápidos progresos de la Reforma en alemania, abarca los pontifica­dos de Julio II, León X, Adriano VI, Cle­mente VII y Paulo III, y llega hasta la Dieta de Spira (1544); el segundo se abre con la convocatoria del Concilio hecha por Pablo III, anunciado en Trento para el 15 de marzo de 1545, y concluye con el tras­lado del Concilio a Bolonia en 1547; el ter­cero va hasta la reconciliación de Carlos V con el nuevo papa Julio III y la reapertura del Concilio de Trento en 1551; el cuarto concluye con la nueva suspensión del Con­cilio, debido a la intervención armada de Mauricio de Sajonia, y la paz de Passau en 1552; el quinto expone los acontecimien­tos políticos europeos, que impidieron la reapertura del Concilio hasta 1561; los úl­timos tres libros comprenden la reapertura del Concilio y las asambleas desde 1561 a 1563 hasta su definitiva clausura, ocurrida dos años antes de que el joven Sarpi toma­ra los hábitos.

El Concilio era el gran acon­tecimiento del siglo, el tema que más apa­sionaba a los políticos, canonistas y teó­logos en los años en que se formó la men­te y la personalidad de Sarpi. A los veinte años trabó amistad en Mantua con  Girolamo Bernerio, a la sazón inquisidor y más tarde cardenal en Ascoli, y más todavía con Camillo Oliva, que había sido secretario del cardenal Ercole Gonzaga, presidente del Concilio con Pío IV. Oliva estaba informa­do detalladamente de todas las cuestiones, ocultas y públicas, del Concilio, y Sarpi no se cansaba de escucharle. Empezó en­tonces a germinar en su mente la idea de una historia de aquel gran acontecimiento, inició la recogida de los testimonios e hizo un bosquejo de los sucesos desde 1545 a 1572, año en que la Curia Romana hacía grandes esfuerzos para lograr que las pro­vincias transalpinas aceptaran el Concilio. Más tarde pudo tener en sus manos los diarios del obispo de Fabriano, Francesco Chiericato, nuncio de Adriano VI en la Dieta de Nuremberg, las actas de la lega­ción del cardenal Contarini en Ratisbona, las cartas del cardenal Del Monte, primer presidente del Concilio con Paulo III, las de Visconti, agente de Pío IV en Trento, las memorias del cardenal Amulie, los mensa­jes de los embajadores vénetos, los de los embajadores de Francia y un enorme nú­mero de relaciones, cartas, actas, discursos y memorias de prelados y teólogos que par­ticiparon en el Concilio. El asunto le ocupó durante toda su vida, y él mismo confiesa que trabajó en la Historia, aunque en me­dio de muchos otros trabajos y estudios, sin descanso durante unos cuarenta años. El principal mérito de Sarpi no fue, sin embargo, su erudición y la doctrina, que de todos modos son grandes, sino el hecho de haber visto claramente que el Concilio de Trento representaba una curva decisiva en la historia de la Iglesia. Mérito primordial de Sarpi es el haber dado sobre aquel memorable acontecimiento un juicio que se anticipa en un siglo a las Cartas del Pro­vincial (v.) de Pascal.

G. Franceschini