[Das Burgtheater, Beitrag zur deutschen Theatergeschichte]. Obra del novelista, dramaturgo y crítico teatral Heinrich Laube (1800-1884). publicada en 1868. El autor, que pertenecía al movimiento políticoliterario de tendencia liberal y realista denominado «Joven Alemania», fué director, de 1849 a 1867, del Burgtheater o Teatro Municipal de Viena. En 1864 publicó Laube en la «Revista austríaca», sus Cartas dramáticas sobre el Burgtheater, que perfilaban su historia con ayuda de los materiales del archivo que tenía a su disposición y se detenían en el año de su entrada en el cargo. Al volver a la vida privada elaboró otros ensayos sobre el período de su dirección que se publicaron en el mismo año 1867 en la «Neue Freie Presse». El año siguiente recogió toda esta producción en una obra titulada Historia del Burgtheater, que apareció en Leipzig, haciéndola preceder de seis Cartas sobre el teatro alemán, ya publicadas en una revista hamburguesa en los años 1846-1847.
Las seis Cartas abordan la cuestión de la decadencia del teatro germano, atribuida a la insuficiente preparación artística de los actores, a su tendencia al virtuosismo y a la falta de escuelas dramáticas y de un repertorio adecuado. El autor plantea la exigencia de un teatro nacional, aunque no deja de ver obstáculos en las rivalidades municipales y en el concepto del Teatro de Corte, demasiado ligado a la etiqueta y a la diplomacia. Inicia entonces la historia del Burgtheater, cuyos orígenes se remontan hacia fines del siglo XVIII, cuando se disuelven los «Hanswurstspiele» y las «Haupt-und Staatsaktionen», formas dramáticas semejantes a la «Comedia del Arte» imperante en la escena alemana antes de la reforma de Gottsched. La aparición de este teatro se ve favorecida por las leyes de la emperatriz María Teresa y de José II, que en 1776 le concede el titulo de Teatro Nacional y trata de organizarlo siguiendo el modelo de la Comédie française, llamando como director a F. L. Schröder. En los años de la Revolución francesa y de la guerra, decayó el teatro mientras lo dirigía el comediógrafo A. Kotzebue, adaptándose a un repertorio inspirado por los nuevos ideales políticos; pero rápidamente se recupera bajo la guía activa e inteligente de Schreyvogel, mientras el período de paz, después de 1814 (año que marca la abolición por motivos políticos del «Nationaltheater») favorece el florecimiento de una rica producción.
Después de 1832 entra el teatro en un período de decadencia por falta de un criterio firme en su dirección» encomendada entonces a Deinhardstein y Holbein, el primero de carácter ligero, carente de formación y de una verdadera línea de conducta interna, y el segundo, de un orden y de una precisión tan- meticulosa como superficial y formal. Los desórdenes de la revolución de 1848 hicieron más evidentes estas deficiencias, que alcanzan su punto culminante en 1849, año de la elevación de Laube al puesto de director. Desde este momento, la narración se hace analítica y más actual, viva e interesante, ya que el autor utiliza su propia experiencia y mantiene un cierto tono apologético. Laube se propone un programa de trabajo asiduo, con miras a alcanzar un ideal de perfección que corresponda a la misión cultural del teatro en el desenvolvimiento del pueblo y que se base sobre una constante autoeducación en la dirección y la dramaturgia, sobre el estudio psicológico de los actores y de la sensibilidad del público, sobre la necesidad absoluta de no subordinar el teatro a las vicisitudes políticas y de analizar rigurosamente el repertorio; éste es seleccionado desde un punto de vista «teatral» y no «literario», con una inmediata preferencia hacia producciones que lleven a la escena una época no demasiado alejada de la presente, ya que el teatro es un «espejo de la vida» y no de una sociedad elegida. Aunque el público vienés, lo mismo que los actores, por el hábito de un catolicismo tradicional, se inclinan más bien a la comedia, él propugna sobre todo la variedad de un repertorio alternado de tragedias y comedias. Lleva así a la escena, además de Shakespeare, Goethe, Schiller (sobre todo en 1859, año del centenario), Molière, Lessing y Lope de Vega y también a los modernos, como Ludwig, Hebbel, Freytag, Heyse y las nuevas creaciones de Halm a Bauernfeld, así como sus dramas.
En 1867, un cambio en la dirección administrativa y las pretensiones del nuevo intendente, el dramaturgo Halm, en el sentido de atribuirse la selección del repertorio y la distribución de los papeles — no reservándose sino una dirección subordinada —, junto con la velada acusación de tendencias liberalizantes contrarias a los principios aristocráticos que presidían un teatro de Corte, ocasionaron su dimisión. Lleno de amargura y desilusión, abandonó aquel teatro que consideraba como su creación propia, al que había dedicado toda su actividad física y espiritual, y durante algunos años seguirá observando su decadencia, bajo la guía de un aficionado que dirige solamente desde su «despacho». Con este acento de pesadumbre se cierra la obra, cuya mayor parte está dedicada a la historia de actores y actrices que colaboraron en los trabajos del autor. «Dirigía como quien escribe una novela», dice Laube. Y como una novela se desenvuelve la historia del Burgtheater, desde el momento en que entra en acción el elemento biográfico. No se encuentra allí vestigio de una pretensión doctrinal y teórica ni de una pedantería de cronista; la narración brota de la activa participación del autor en los problemas y la vida del teatro, y por ello mantiene su «pathos» afectivo, que alcanza a veces efectos dramáticos, en un tono que domina la calma objetiva y la tensión dialéctica. Rica en espíritu de observación y en conocimiento real del mundo escénico, esta obra constituye una de las fuentes fundamentales de la historia del teatro alemán.
A. Cori

