Historia del Campesino Elocuente, Anónimo

Esta composición literaria, de conte­nido filosóficomoral, nos ha sido conser­vada en copias sobre papiro, atribuidas por la paleografía al Imperio Medio. Un habi­tante de Wádí en Natrün, pequeño oasis occidental del Delta, partió cierto día ha­cia el interior de Egipto con productos del lugar, que cargó sobre sus asnos. Uno de los colonos de Renses, alta autoridad del país y Primer Mayordomo de Palacio, de­cidió despojarlo de los asnos, que habían excitado su ambición, así como de la carga. Con violencia y astucia consiguió sus poco loables propósitos y el hombre del oasis, que había tratado de defender lo suyo, recibió además una paliza. Sin embargo, en espera de recobrar lo que le pertenecía, suplicó durante diez días seguidos al de­predador; por fin se dirigió al mismo Renses. Éste se divirtió mucho con la florida, garbosa y sentenciosa charla del humilde campesino e informó al rey, el cual, sin duda amante y conocedor del buen hablar, sintiendo curiosidad por el caso, dispuso que el mayordomo retrasase la reparación es­perada y escuchase con rígida y silenciosa atención cuanto dijera el campesino, con la orden de que las súplicas y lamentacio­nes fuesen copiadas por escrito y leídas al mismo faraón.

Por supuesto, la familia del campesino había de ser entretanto convenientemente asistida, al igual que él mis­mo, aunque sin él saberlo. Nuestro hombre repitió nueve veces sus lamentaciones por la injusticia sufrida, glorificando la justicia y la rectitud con imágenes cada vez nuevas, y sus palabras, cuidadosamente escritas so­bre un rollo de cuero, fueron presentadas al faraón. Por fin, se dispuso que el campe­sino recobrase la posesión de cuanto le quitaron con violencia e injusticia, aumentado con especiales donativos. Esta Historia, que ficticiamente expone el caso de un hombre modesto, tiene como finalidad la exaltación de la justicia y se revela como obra de un genial literato. El texto no es de los más fáciles, pero la dificultad de penetrar plenamente en más de un pasaje se ve grandemente compensada por el sutil placer de leer un ensayo del buen hablar egipcio.

E. Scamuzzi