Historia de los Persas, Josep- Arthur de Gobineau

[Histoire des Perses]. Obra del escritor francés Josep- Arthur de Gobineau (1816-1882), publicada en dos volúmenes en 1869. Es un pane­gírico de la raza aria y de la sociedad feu­dal, cuyos elementos el autor encuentra en la antigua Persia, y es a la vez una vigorosa refutación de las calumnias y de las mentiras de que está tejida la historia griega. Le seduce, sobre todo, y vuelve a menudo sobre este tema, considerado por él como el más precioso de los descubri­mientos, la semejanza que cree hallar entre los jefes persas y los señores feudales de la Edad Media. Ciro es para él uno de esos soberanos belicosos cuyo tipo está repre­sentado por Carlomagno rodeado de sus paladines; y no es, a sus ojos, el menor de los méritos de Ciro el haber podido y sabido fortalecer en torno a sí a los gran­des feudatarios de su imperio. Ciro es un creador de historia más grande que Ale­jandro, aunque éste uniese el mundo grie­go con el mundo asiático de manera indi­soluble; porque, al fin, aun sin Alejandro se hubiera realizado igualmente la empresa realizada por él, en tanto que sin Ciro, el mundo hubiese cambiado para siempre.

La imagen de Ciro domina toda la Historia de los persas, y las víctimas que el historiador le inmola son los historiadores griegos, co­menzando por Herodoto. La inspiración e ideas directrices de la Historia son las mis­mas que en el Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (v.); debe tomarse la obra con las debidas reservas y cautelas, hasta el punto de que los más fervientes gobinistas reconocen la audacia de su tesis, pero la Historia constituye un documento psicológico bastante curioso, en cuanto que es la expresión de un temperamento y la manifestación de un espíritu: muestra al aristocrático y feudal Gobineau obsesiona­do siempre por la idea de la decadencia que, debido al predominio de los elemen­tos negros y amarillos, llevaría a la semitización progresiva de la raza blanca y al triunfo de la democracia que él aborrecía.

L. Gigli

La Vida de los Pontífices, Bartolomeo Sacchi

Presentación cronológica de los Papas, hecha por el hu­manista Bartolomeo Sacchi, conocido por Platina (1421-1481), por orden de Sixto IV, entre 1471 y 1474, y publicada en Venecia en 1479, es la primera de las obras de este género y está impregnada del espíritu ora adulatorio, ora crítico, propio de los huma­nistas al servicio de las Cortes. Su título completo es: Libro de la vida de Cristo y de todos los pontífices, que hasta ahora han sido doscientos veinte [Liber de Vita Christi ac omnium pontificum qui hactenus ducenti fuere et viginti]. Esta gran obra, que tuvo un éxito extraordinario, señala un momento importante en la historia del Pa­pado. Apenas salido de la grave crisis del cisma de Occidente, el Papado conquistaba de nuevo, con renovado vigor, después del poco glorioso final del Concilio de Basilea, su prestigio y sus tareas de institución uni­versal. Sus decretos eran de nuevo observa­dos en toda la Europa cristiana, como pro­cedentes del único representante de la cris­tiandad, como a la única autoridad que reunía en un solo haz las fuerzas de los príncipes cristianos para detener la mar­cha victoriosa de la Media Luna en la pen­ínsula balcánica.

Bartolomeo Sacchi de Piadena, que latinizó su nombre en Platina, deseaba hacer olvidar no sólo el proceso que bajo el pontificado de Pablo II había es­tado en un tris de llevarle al patíbulo como reo de lesa majestad, sino ganarse además la benevolencia del nuevo pontífice Six­to IV; por esto le pareció oportuno dar una nueva elegancia de forma a la vieja co­lección oficial de las vidas de los pontífi­ces, el Libro Pontifical (v.), que terminaba con la vida de Martín V (1417-1431). La obra, que marca la renovada conciencia que por entonces se tuvo del carácter sobrehu­mano de la augusta institución papal, re­veló pronto sus defectos de apresurada com­pilación, y Muratori no acogió en su colec­ción más que las vidas de Calixto III y de Sixto IV. En la nueva edición de la gran colección muratoriana, las Vidas de les pontífices han visto la luz de nuevo, aun­que el original ha sufrido correcciones crí­ticas.

G. Franceschini

La Historia de los Papas desde Fines de la Edad Media, Ludwig von Pastor

[Geschichte der Pápste seit dem Ausgang des M. A.] de Ludwig von Pastor (1854-1928), erudito e historiador de origen renano, pero austríaco de adopción, publicada en su edición definitiva en 1933, «en 16 volúmenes, había sido originaria­mente concebida por el autor en seis to­mos como un paralelo a la Historia del pueblo alemán desde fines de la Edad Me­dia [Geschichte des deutschen Volkes seit dem Ausgang des Mittelalters, 1878-1888] de su maestro Janssen, y según el mismo espíritu de ésta, es decir, con el intento de arrojar plena luz sobre la vida eclesiástica entre los siglos XV y XVII, valiéndose no sólo de los estudios históricos particulares, sino también, y sobre todo, de las inmen­sas fuentes que yacían inexploradas en los archivos públicos y privados, y con la pro­funda convicción religiosa de que este trabajo redundaría en ventaja de la Iglesia y del Papado.

La idea nació en Pastor ha­cia 1878, cuando acababa de ultimar un trabajo sobre las tentativas de unión entre católicos y protestantes bajo Carlos V, con­vencido de que la Historia de los Papas de Ranke no hacía bastante justicia a la obra política, religiosa y social del Papado mo­derno, y que las fuentes consultadas por aquél eran demasiado modestas y unilate­rales frente a las que convenía utilizar. Las fuentes principales se hallaban sobre todo en Roma y particularmente en el archivo secreto vaticano: con tenacidad y con el apoyo de autorizadas personalidades ecle­siásticas obtuvo el acceso a este archivo, creando con ello un precedente que llevó más tarde a abrirlo a todos los eruditos. La Historia de Pastor es, por tanto, la pri­mera que se ha redactado sobre base documentalmente nueva, con la ambiciosa pre­tensión de ser exhaustiva por lo que toca al objeto, las fuentes y la bibliografía. En efecto, además de las fuentes vaticanas, Pastor exploró y utilizó sistemáticamente los grandes archivos principescos de Italia, y aun los de Europa entera, así como todas las colecciones de alguna importancia, sin dejar por explorar nada que tuviese refe­rencias aun secundarias con la vida y la obra de los Papas. El primer volumen apa­reció en 1886 con una amplia introducción sobre el «renacimiento literario en Italia y en la Iglesia» y una ojeada general introductiva sobre el Papado en el período aviñonense y durante el cisma, iniciando el tratado propiamente dicho sobre Martín V y retrayéndole hasta Calixto III Borgia, con un largo apéndice de documentos inéditos, tomados principalmente de los archivos va­ticanos.

La atmósfera alemana estaba to­davía cargada de las pasiones religiosas desencadenadas por el «Kulturkampf» bismarckiano, y los declarados intentos apo­logéticos del autor no permitieron a los representantes oficiales de la cultura uni­versitaria alemana apreciar debidamente la obra del joven historiador. Entre la exal­tación de los unos y las críticas de los otros, la obra se imponía como superior a la de Ranke, sobre todo por lo vasto de sus perspectivas y de su documentación. En 1889 apareció el segundo volumen (de Pío II a Sixto IV) y en 1897 el tercero (de Ino­cencio VIII a Julio II). Estos últimos — así como el siguiente, dedicado a León X, Adriano IV y Clemente VII, es decir a los papas de la casa de Médicis — fueron la prueba de que Pastor, aun manteniendo inmutable su fe religiosa en la santidad de la institución papal, no trataba, sin em­bargo, de velar ni de excusar la corrup­ción de los papas y de los cortesanos de la era renacentista, publicando documentos de­cisivos contra toda piadosa tentativa de salvar la fama del papa Alejandro VI y dé su familia. El material crecía incesan­temente entre las manos del sabio historia­dor y no resistió a la tentación de darlo a conocer aun a costa de salirse de los lí­mites de su programa inicial. Así que los volúmenes, de tamaño cada vez mayor, se sucedieron: a los papas de la Reforma y de la restauración católica siguieron los de la edad del absolutismo, llegando con Pío VI a los umbrales de la era napoleónica. Los últimos volúmenes, relativos a los papas del siglo XVIII, fueron publicados póstumos, según manuscritos dejados por el au­tor a la biblioteca vaticana, dando lugar a polémicas entre jesuitas y franciscanos con­ventuales a propósito del verdadero pen­samiento de Pastor sobre Clemente XIV, el conventual que firmó la bula de la suspen­sión de la Compañía de Jesús en 1774.

El procedimiento de Pastor al tratar de cada papa en particular se mantiene constante, aun tratando de ampliar el cuadro para recoger todas las noticias reunidas por su erudición. Examina la elección de cada papa, deteniéndose ampliamente sobre los manejos del cónclave, sobre su vida ante­rior, sus relaciones de parentesco, su vida privada como pontífice, su acción religiosa y propiamente eclesiástica a través de los oficios de la Curia, las órdenes religiosas, el episcopado, sus relaciones políticas con las diversas naciones, el gobierno del estado pontificio, el mecenazgo en el campo de las ciencias y de las artes. La narración avanza con agilidad, ya que las considera­ciones eruditas y las polémicas se tratan en amplias notas marginales, y los documentos inéditos se reproducen en apéndices. Espe­cialmente en los últimos volúmenes, Roma ocupa un puesto bastante notable en la narración de Pastor, que hace revivir toda la vida de la ciudad, llena de contrastes, a la vez disipada y austera, mundana y espiritual. Las innumerables figuras de hombres de Iglesia y de Estado, de doctores y de artistas, de soldados y de agitadores, de ascetas y de misioneros, que como una inmensa galería literaria desfilan ante el lector, están tratados con viveza, vigor, precisión, sobre el fondo de su tiempo y en el cuadro ambiental que les es propio; por eso son también frecuentes las páginas de valor literario (los retratos de los cam­peones de la restauración católica han sido también publicados aparte). El defecto fun­damental de Pastor consiste en un exce­sivo abandono a las fuentes que caen en sus manos, hasta el punto de hacer suyo el punto de vista particular de cada una: esto, naturalmente, le impide aquella inde­pendencia de juicio que sólo permiten la distancia y la perspectiva.

Por otra parte, la multiplicidad de los temas y su preocupa­ción por investigarlo todo, fuentes y biblio­grafía, le obligaron a valerse de colabora­dores, en gran parte jesuitas, que fatal­mente han dejado en las partes, que si no redactaron, prepararon al menos, la marca de su personalidad y de sus preferencias. Pastor fue, sobre todo, un erudito y un recolector; su obra permanece fiel desde el principio hasta el fin a su programa y a su método, combinando la libertad de la documentación y del juicio particular con su declarada finalidad apologética de exal­tar al Papado. Toda la vida de la Iglesia se refleja en sus volúmenes, aunque en ellos queda más testimoniado lo externo que lo que obra en silencioso recogimiento. Preci­samente ésta es la característica negativa de toda la Historia de Pastor: que en ella se refleja más la historia exterior de la Igle­sia que la interior, la historia diplomática de la acción papal que la progresiva ex­pansión del fermento evangélico en las almas. Sin embargo, ningún otro libro ex­presa mejor el sentido del elemento huma­no en relación con el divino en el Papado desde el Renacimiento en adelante; ningún libro testimonia como éste el esfuerzo gigantesco de la Iglesia para resistir a las crisis interiores del siglo XVI, para restaurarse como doctrina, como organización y como expansión en los siglos sucesivos, en un mundo desconfiado y hostil como fue el de la Restauración católica y el del Abso­lutismo. [Trad. por el P. Ramón Ruiz Ama­do y por los PP. José Montserrat y Manuel Almarcha (Barcelona, 1910-1950)].

M. Bendiscioli

*  El jesuita H. Grisar (1845-1932) empren­dió la tarea de componer una Historia de Roma y de los Papas en la Edad Media [Geschichte Roma und Pápste im Mittelalter], publicada en Friburgo en 1901, en competencia con la Historia de la ciudad de Roma en la Edad Media (v.) de Gregorovius, para servir de comienzo a la de Pas­tor. No pasó, sin embargo, de los dos pri­meros siglos.

M. Bendiscioli

*  Otro discípulo de Pastor, J. Schmidlin, intentó continuar la historia de su maestro desde 1800 hasta el presente, con el título de Historia de los Papas de la época con­temporánea (1933-40), pero quedó muy por debajo del modelo, y sustancialmente falló en su intento. Por ello, la obra de Pastor continúa siendo única en su género y en su extensión.

M. Bendiscioli

La Historia de los Papas Romanos en los Siglos XVI y XVII, Leopold von Ranke

[Die Römischen Päpste. ihre Kirche und ihr Staat im XVI und XVII Jahrhundert], en tres volúmenes, pu­blicada entre 1834-1836, obra del alemán Leopold von Ranke (1795-1886), historiador oficial de Prusia, de formación idealista hegeliana, pero creyente en la objetividad histórica. De origen y formación protestan­te, el autor no podía sentir interés religioso por la historia de los papas, que él debía considerar como algo extraño al Cristia­nismo evangélico.

En realidad, la incor­poró, debido en especial a un interés historicopolítico, en el cuadro de una vasta his­toria de los príncipes y de los pueblos de la Europa meridional en los siglos XVI y XVII, iniciada en 1827. Ante su público protestante, justificó de este modo su obra: «Los hechos eclesiásticos y puramente dog­máticos, no tienen interés para nosotros… En lugar de éstos, existen otros elementos particularmente históricos. No puede hablarse de su influencia sobre nosotros, ya que ella no se deja sentir sobre nuestros destinos espirituales. Sólo tenemos que ocuparnos del poder temporal del Papado y de su desenvolvimiento». Por tanto, nada de historia eclesiástica, sino historia política e historia espiritual, de ideas y de senti­mientos difusos, y no especial ni exclusiva­mente de la organización. Se puede decir que Ranke inició el interés por las fuentes venecianas para la historia de los siglos XVI y XVII, esto es, la valorización de los re­latos de los embajadores venecianos a la Señoría, en los que se describen los hombres, las cosas, los proyectes, las pasiones de las Cortes en las que se hallaban acre­ditados. Y, junto a estas fuentes, valoriza las romanas de carácter análogo, los docu­mentos del estado retenidos como propie­dad privada por las grandes familias papa­les (Corsini, Albani, Chigi, Barberini, etc.), así como las correspondencias diplomáticas de todas las procedencias. En esta pers­pectiva y con tales documentos, la actividad del Papado se le presentó al historiador, casi con sorpresa por su parte, como algo imponente, sugestivo, rico. «En los si­glos XVI-XVII el Papado se siente sacu­dido y en evidente peligro; sin embargo, se mantiene y se consolida, reconquista de nuevo su autonomía y hasta consigue ex­tender su autoridad: por fin se detiene y parece decaer.

En estos dos grandes siglos, en los que el espíritu de las naciones occi­dentales converge preferentemente hacia las cuestiones religiosas, vemos al Papado, ata­cado y abandonado por unos y sostenido y difundido por otros, alcanzar un puesto eminente en la historia del mundo». Desde este punto de vista quiere Ranke contemplarlo con la imparcialidad que él creía posible a un historiador como él, exento de las pasiones confesionales de sus ante­pasados, y más que nunca desembarazado del temor de la tiranía papal. De ello re­sulta una reconstrucción muy viva y pe­netrante, no sólo de la política papal, sino también de los movimientos religiosos del Catolicismo en los siglos XVI y XVII: los retratos pintados al vivo, el gran número de personalidades de la Contrarreforma, el intenso juego de los partidos y de los in­tereses en las comisiones de la Curia y en los tratados diplomáticos, el fervor de la vida religiosa en las nuevas órdenes y en las nuevas Congregaciones, la tenacidad y ductilidad de las fuerzas que propugnaban el concilio que más tarde había de reunirse en Trento, entre tantos impedimentos de dentro y de fuera, la vasta obra doctrinal y disciplinaria del propio concilio, la in­dómita energía que supo mostrar frente al movimiento de la Reforma en alemania. Polonia, Francia, Inglaterra, o al menos tenerle a raya pasando en seguida a la contraofensiva, los vivos conflictos entre los intereses religiosos y políticos en los diver­sos estados: todo esto impresiona e impresionó a los lectores, ganando su simpatía para los puntos de vista del historiador.

Alguna vez, el Papado está visto exagera­damente como una fuerza política, sin mos­trar suficientemente su fondo religioso y moral. Algunas formulaciones doctrinales del Catolicismo están hechas sin precisión o bien sin pleno conocimiento de lo que en verdad significan. Pero en conjunto, la obra de Ranke hubo de ser reconocida como ecuánime y objetiva. Nacida como historia del estado pontificio en los siglos XVI y XVII, la obra se amplió en ediciones su­cesivas: fue arreglada, para uso del gran público, en un primer libro sobre el origen del Papado y su historia hasta fines del siglo XVI, y en un segundo libro que ex­pone brevemente los acontecimientos si­guientes al siglo XVII. [Trad. española de Eugenio Imaz bajo el título Historia de los Papas en la época moderna (México, 1951)].

M. Bendiscioli

… cosechó laureles que otros no pudieron conseguir, hasta el punto de que él, siendo luterano y habiéndolo seguido siendo toda su vida, escribió una historia de los papas del período de la Contrarreforma, favora­blemente acogida en todos los países católicos. (B. Croce)

Historia de los Orígenes de los Rumanos en Dacia, Petru Maior

[Istoria pentru inceptul Românilor în Dacia]. Obra histórica de Petru Maior (1754-1821), publicada en Buda en 1812. Más que de la narración se ocupa en probar el fundamento histórico de dos afirmaciones que inspiran toda su obra: el origen latino de los rumanos y la continuidad de los rumanos en territorio dacio. Maior afirma que los romanos des­truyeron por completo a los dacios, por lo que el origen de los rumanos es absoluta­mente latino. Además sostiene, contra la afirmación de algunos historiadores como Engel, Eder y Sulzer, que la Dacia trajana no pudo ser abandonada por todo el pueblo, en tiempos de Aureliano, porque los campesinos no tenían ningún interés en abandonar las fértiles tierras que habían cultivado, y sólo se podían retirar del país los militares, los funcionarios y los merca­deres ricos. Después de haber sentado estos principios, Maior pasa a narrar los acontecimientos históricos desde Aureliano has­ta la invasión de Panonia por los húngaros.

Trata primero del imperio de Constantino, luego de las incursiones de los hunos, de los gépidos, de los ávaros, y trata de de­mostrar que los rumanos no han estado nunca dominados por los búlgaros. Exami­nando la crónica latina del anónimo canci­ller del rey Bela, afirma, contra él y con­tra Engel, que los sequos no son descen­dientes de los hunos ni siquiera de los húngaros, sino de los eslavos del reino de Gelu, y que los sajones vinieron de Flandes en el siglo XII. Después de haber citado las poblaciones rumanas dél sur del Da­nubio, habla de los hermanos válacos aromenos Petru, Asan e Ionita, llamado Calciani, fundadores y dominadores del se­gundo Imperio búlgaro, y luego continúa su historia hasta la caída del Imperio roma­no de Oriente por obra de los turcos (1453). Maior, en esta obra, no trata sólo de los rumanos que habitaban el antiguo territorio dacio, sino también de los de Croacia y de Dalmacia y de los aromenos de Macedonia; además, atenúa la influencia ejercida por los eslavos sobre los rumanos, cuya pura latinidad sostiene. Con esta Historia, Maior se afirmó como el más notable representante de la escuela latinista transilvana.

G. Lupi