Historias Florentinas, Francesco Guicciardini

[Storie fiorentine]. Obra juvenil de Francesco Guicciardini (1483-1540), desco­nocida hasta el pasado siglo y descubierta por Giuseppe Canestrini en 1859, quien la incluyó en el tercer volumen de las Opere inedite di Francesco Guicciardini. Iniciada en 1508, antes de marchar a la legación de España, en 1512 el autor la había ya de­jado de lado, quedando así incompleta. To­mando como punto de partida la «novità» de los Ciompi, en 1378, la narración se des­arrolla en rápidas pinceladas en los prime­ros ocho capítulos, hasta la muerte de Lo­renzo el Magnífico (1492); desde este mo­mento se hace más amplia y compleja, a lo largo de veintisiete capítulos, ocupándose de los acontecimientos italianos posteriores a la Liga de Cambrai y el comienzo de las hostilidades entre Julio II y Venecia. Obra del período florentino, no presenta la ampli­tud de horizontes propia de la Historia de Italia (v.); no obstante, en este primer es­fuerzo es también evidente el sello de un talento vigoroso apoyado en un sentido po­lítico lleno de mesura y equilibrio. En esta obra se encierran algunas interesantes refe­rencias a la vida económico-social, pero falta, en cambio, la riqueza y amplitud de datos políticos que el autor adquirirá más tarde, enriqueciendo su experiencia en un observatorio político de alcance europeo, ‘ como para él lo fue la España de Femando el Católico.

G. Franceschini

Guicciardini niega todo lo que niega Ma­quiavelo y de manera aún más tajante; a la vez admite lo que Maquiavelo admite. Pero es más lógico y más consecuente. Como la base es el mundo tal como en realidad es, cree ilusorio intentar reformarlo y pretender ponerle patas de caballo cuando las tiene de asno; por ello lo acepta como es, se acomoda a él y lo convierte en su regla y su instrumento. (De Sanctis)

En la Historia Florentina, Guicciardini juzga todavía como florentino. Habla, efectivamente, sobre la influencia de los aconte­cimientos externos en la política interna de la ciudad, pero no le interesa por sí misma. Hasta más tarde no comprenderá que la historia de Florencia debía ser tratada como una parte de la de Italia, y esto lo deberá en no pequeña parte a su actividad política fuera de su patria. Tan sólo en al­gunas observaciones aisladas cabe descubrir el pesimismo de las obras posteriores. (Fueter)

Historias Extraordinarias, Edgar Allan Poe

Con este título son generalmente conocidas las narraciones del escritor norteamericano Edgar Allan Poe (1809-1849), que, publicadas originariamente en diferentes revistas, fue­ron después reunidas en dos volúmenes: Narraciones de lo grotesco y lo arabesco [Ta­les of the Grotesque and Arabesque, Filadelfia, 1840] y Narraciones [Tales, Nueva York, 1845]. Traducidas por Baudelaire después de 1848 y presentadas al público francés bajo el título de Histoires extraordinaires y Nouvelles histoires extraordinaires, muy pronto se hicieron universalmente famosas.

Pueden dividirse en varios grupos. En al­gunas— casi todas juveniles—, el autor se deja llevar por una fuerte inclinación hacia la filosofía de la ciencia, que le conduce (capricho frecuente de la época) a rela­cionar todas las situaciones de sus cuentos, incluso las menos susceptibles de ello, con los principios de las diferentes ciencias: en las «Aventuras de un tal Hans Pfaal» [«The adventures of one Hans Pfaal»] nos cuen­ta el fantástico viaje que aquel personaje realiza en un globo por él construido, con el que llega a la luna; en «La noticia sen­sacional del globo» [«The Balloon-Goasc»] describe la travesía del Atlántico efectuada en tres días de tempestad, tripulando un globo cuya estructura se detalla minuciosa­mente; en el «Descubrimiento de von Kempelen» [«Von Kempelen and his Discovery»] va siguiendo los intentos de un alquimista que persigue transformar en oro metales de escaso valor; en «Una caída en el Maelstrom» [«A descent into the Maelstrom»], un marino, cuya barca se ve envuelta por un torbellino, se salva metiéndose en un tonel y dejándose llevar, confiando en el princi­pio según el cual un cilindro que flota en un torbellino resiste más que ningún otro cuerpo la fuerza de la atracción; en «El manuscrito encontrado dentro de una bo­tella» [«MS. Found in a Bottle»] el motivo científico de la exploración de las descono­cidas tierras polares se funde con el ele­mento fantástico del buque fantasma, per­petuamente en equilibrio al borde del abis­mo; en «Revelación mesmeriana» [«Mesmeric Revelation»] y en «La verdad sobre el caso del señor Waldemar [«The Facts in the Case of Mr. Waldemar»] trata del problema del espiritismo y la posibilidad de mante­ner en vida, mediante el estado hipnótico, a seres que han muerto físicamente, rozando así el misterio del más allá.

De la metempsícosis tratan «Metzengerstein», historia de un caballo que renace merced a las llamas que destruyen una pintura y hacen morir en el fuego al nuevo dueño, y «Una aven­tura en las Ragged Mountains» [«A Tale of the Ragged Mountains»], en la cual el pro­tagonista, paseando por los abruptos montes americanos, revive, en medio de una deco­ración oriental, la escena de la batalla en la que bajo otro nombre murió cien años antes. Un segundo grupo estaría compuesto por una serie de narraciones que podrían ser calificadas de «horror, pasión y terror»; a pesar de que el propio autor diga que «existen ciertos temas de interés, pero de­masiado horribles para cumplir el fin de una legítima ficción», incurre en ellos de buen grado, como en «El entierro prema­turo» [«The premature Burial»] que insiste en el terror de ser sepultado vivo, citando ejemplos y experiencias; en «El pozo y el péndulo» [«The Pit and the Pendulum»], morbosa descripción de los horrores de la Inquisición, en la que el condenado, ten­dido en el borde de un pozo, ve aproximarse, con el ritmo de un péndulo, el filo de una guadaña que le cortará el pecho; en «La máscara de la muerte roja» [«The Masque of the red Death»], alucinante vi­sión de un macabro horror, en la que, al terminar una espléndida fiesta organizada por un príncipe que se ha retirado con su séquito a un castillo para huir de la peste que se cierne sobre el país, aparece el fan­tasma de la «Muerte roja» que, con su sola presencia, mata a todos los que habían pre­tendido eludirla. «Hop-Frog», el bufón, con un espíritu diabólicamente cruel, se venga de los palaciegos que se divertían a su costa, induciéndolos, mediante una trágica burla, a espolvorearse con resina, a la que luego prende fuego; el protagonista de El barril de amontillado [v., The Cask. of Amontillado], después de haber meditado largamente su venganza, empareda al que le ofendió en la pared de su bodega, adonde le ha atraído con la excusa de hacerle sabo­rear un vino del que se dice experto cono­cedor.

«El espíritu del perverso» [«The Imp of the Perverse»] examina el espíritu para­dójico del protagonista, que, después de haber cometido un delito perfecto, sin dejar rastro alguno, se siente obsesionado hasta el punto de que acaba por confesarlo; pa­recido espíritu es el que, bajo la forma de un gato negro, persigue al asesino de una mujer («El gato negro» [«The Black Cat»]), así como en «El corazón delator» [«The Telltale Heart»], donde el asesino confiesa su de­lito al oir latir el corazón de la víctima, sepultada bajo el pavimento. En «William Winson», el verdadero «yo», obsesionado por un sentimiento de culpabilidad, incapaz de soportar por más tiempo el peso de sus pro­pios pecados y debilidades, concibe un do­blé que será, al mismo tiempo, el instigador y el autor indirecto de todos sus males: motivo romántico que hallamos en Musset, Chamisso, Hoffmann y Wilde. En «El hun­dimiento de la casa Usher» [«The Fall of the House of Usher»], el horror proviene, ante todo, del ambiente, de la atmósfera que rodea al castillo como un vapor pestí­fero, por lo que la casa parece identificarse con el destino de sus habitantes, y con ellos desaparece en las turbias aguas de la la­guna.

En otro grupo de narraciones vuelve con insistencia en el motivo del vampirismo femenino; la pasión es, para Poe, un senti­miento morboso, una necesidad de pose­sión que termina en el aniquilamiento y la muerte; en «Ligeia», símbolo de una volun­tad exaltada sobre los límites del poder humano, los ojos de la mujer muerta revi­ven en los ojos de otra mujer; en «Berenice», la facultad de atención, anormal y morbosa, se concentra íntegramente en los dientes, hasta inspirar un macabro delito; en «Morella», una mujer se reencarna en el cuerpo de su propia hija. En «El retrato oval» [«The Oval Portrait»], un pintor mata inconscientemente a la mujer que adora, mientras le hace un retrato, sin advertir que para dar vida al cuadro la roba al original. «La cita» [«The Assignation»] es, con el romántico fondo de una noche veneciana, la historia de dos infelices amantes que, a pesar de vivir alejados, se envenenan a la misma hora. «La caja ovalada» [«The Oblong Box»] es el medio que emplea un marido enamorado para llevar consigo, a través de los mares, el cadáver de su es­posa, hundiéndose con ella durante una tempestad. En «Leonora», el vampirismo ini­cial queda atenuado por un vivo sentido de la belleza de la naturaleza; parecido sentido es el que da origen a algunas narraciones en las que la obsesión parece mitigarse con la reposada descripción del paisaje, como en «La isla del hada» [«The Island of the Fay»], el «Castillo de Arnheim» [«The Domain of Arnheim»] y «La casa de Landor» [«Landor’s Cottage»].

Otras narraciones po­drían calificarse de «grotescas», como «La noche mil dos de Scherezade» [«The Thousand and Second Tale of Scherezade»], en la que se demuestra que la verdad es más extraña que la ficción y que los modernos inventos y algunos fenómenos raros de la naturaleza pueden parecer inverosímiles a un espíritu ignorante, o «El sistema del doc­tor Alquitrán y del profesor Pluma» [«The System of Doctor Tar and Professor Feather»], en que nos describe, no sin un sabor de melancólica ironía, un manicomio en el que los locos hacen de médicos y los mé­dicos son tratados como locos.

De tono bur­lesco son, a su vez, «Los anteojos» [«The Spectacles»], historia de un miope que, no queriendo pasar por tal, está a punto de casarse con su propia bisabuela; «El duque de l’Omelette», donde el protagonista, des­pués de muerto, discute y acomete al dia­blo, terminando por volver a la tierra; «El diablo en el campanario» [«The Devil in the Belfry»], narración de un incidente insólito en una tranquila aldea de Holanda; «Tres domingos en una semana» [«Three Sundays in a Week»], narración que extrae su comi­cidad de la diferencia de latitudes.

En un último grupo de narraciones, la acción está vinculada a un ejercicio particularmente agudo y excepcional de la facultad analí­tica: en El escarabajo de oro [v., The gold Bug], la interpretación de un criptograma trazado sobre un trozo de pergamino per­mite descubrir un tesoro escondido. En tres de estas narraciones (las más célebres) aparece el policía aficionado Augusto Dupin (v.), quien con su aguda perspicacia logra resolver problemas aparentemente in- solubles: «Los asesinatos de la calle Mor­gue» [«The Murders in the Rué Morgue»] narra el asesinato de dos mujeres, que no consigue descubrir la policía, ya que han sido cometidos por un gorila; El misterio de Marie Roget [v., The Mystery of Marie Roget], historia de una muchacha miste­riosamente desaparecida, y «La carta roba­da» [«The purloined Letter»], en la que, basándose en la paradoja, logra ocultar una carta poniéndola de manifiesto.

Poe perte­nece, con Hawthorne y Melville, a aquel período de la literatura norteamericana, si­tuado entre 1840 y la guerra de Secesión, en el que el espíritu del país buscaba e intentaba abrirse paso y transformar la experiencia en expresión, mediante la eva­sión, el dolor y la inquietud. De los tres, Poe es el que posee indudablemente un temperamento más turbulento y morboso: soñador y extraño a las pasiones corrientes, consigue crearse un mundo irreal en el que el horror fantástico no excluye la lucidez, que expresa perfectamente con su admira­ble estilo, puro y atrevido, «apretado — dice Baudelaire — como las mallas de una ar­madura». Una facultad de análisis, vigorosa y minuciosa, se une en él a una imagina­ción maravillosamente fecunda; y en sus narraciones, oscilando entre la sombra del misterio y el análisis de los detalles, se muestra su capacidad de dar vida y expre­sión a aquellas oscuras regiones que se ex­tienden desde los extremos límites de lo probable a los misteriosos confines de la superstición y de la irrealidad. [Trad. espa­ñola anónima (Madrid, 1859); de M. Cano y Cueto (Sevilla, 1871); de Enrique Leo­poldo de Verneuil (Barcelona, 1887) siempre con el título de Historias extraordinarias. Trad. de J. B. Ballester con el título Na­rraciones extraordinarias (Barcelona, 1906). Trad. catalana de Caries Riba (Barcelo­na, 1914, y reimpresa posteriormente mu­chas veces)].

Como nuestro Eugène Delacroix, que supo elevar su arte a la altura de la gran poesía, Edgar Allan Poe gusta agitar sus figuras sobre fondos violáceos y verdosos, que de­notan la fosforescencia de la putrefacción y el presentimiento de la tempestad. (Baudelaire)

Poe es un científico, más que un artista; analiza su «yo» como un científico descom­pone una sal. Es el suyo casi un análisis químico del alma y la conciencia, mientras el verdadero arte se mueve siempre sobre el doble ritmo de la creación y la destruc­ción. Por ello Poe llama a sus cosas, que son una concatenación de causa y efecto, «narraciones». Pero sus fragmentos mejores no son narraciones, sino algo más: terribles historias del alma en curso de desintegra­ción. (D. H. Lawrence)

Todo ello no será sino decadentismo, pero de calidad atrevida. Y si en la inestable y vaga región de este llamado «decadentis­mo» existe una jerarquía, podemos asegu­rar que, por la excelencia de parte de la obra y su vertiginosa calidad de inventiva, así como también por esa alucinante cohe­sión vivida, que es por añadidura un ele­mento artístico, corresponde a Poe el título de altísimo y envidiable, de príncipe de to­dos los buenos decadentes. (E. Cecchi)

Extraño a los afectos y las pasiones hu­manas, no compartiendo ninguno de los ins­tintos fundamentales, de los afanes y espe­ranzas del espíritu del hombre, ¿qué le queda sino la excitante atención que se le puede conceder en una hora de insomnio? (L. Lewisohn)

Tuvo razón Paul Valéry en reconocerle el genio de las matemáticas, sin que por ello se le deba comparar a un Henri Poincaré o a un Einstein. Las matemáticas de Poe son mixtificadoras y ocultas. Son las que hacen ganar partidas de ajedrez con los ojos vendados o descubrir tesoros por vía demostrativa. En Francia se le pone dema­siado en oposición a su país. Poe es muy americano. Tiene todas las características del ingeniero, del «detective», del inventor de máquinas… Su obsesión por el cálculo, su afición a la mixtificación, su humor ácido son americanos: Bamum y Edison en una pieza… Posee, a fondo, el arte del «bluff» y de la «rédame». Se lanza al asalto de lo fantástico, como un día lo hizo el doctor Cook a la conquista del Polo. Para contar su empresa no necesita haber llegado a la meta. La ha visto antes de alcanzarla. Hacerla ver a los demás es sólo cuestión de habilidad demostrativa. (R. Michaud)

Historias Florentinas, Nicolás Maquiavelo

[Istorie fiorentine]. Por voluntad del cardenal Julio de Médicis (más tarde papa con el nombre de Clemente VII), el 8 de noviembre de 1520 los oficiales del Estudio florentino y pisano confiaron a Nicolás Maquiavelo (1469-1527) la tarea de escribir la historia de Florencia «desde la época que a él le parezca más conveniente y en la lengua que crea opor­tuna, toscana o latina». Plazo: dos años. Sueldo anual: 100 florines.

Los dos años no bastaron; mejor dicho, fue especialmente desde 1523 cuando Maquiavelo, retirándose a su villa de San Casciano, empezó a escri­bir la obra, cuyos primeros ocho libros presentó al papa Clemente VII en 1525. El trabajo se detuvo aquí, quedando inacabado. Según los propósitos de Maquiavelo, ex­puestos en el prólogo, debía empezar con cuatro libros a modo de introducción: el primero había de ser un breve resumen de «todos los sucesos de Italia acaecidos des­de la caída del Imperio romano hasta 1434; los otros tres tenían que tratar de la his­toria interna de Florencia desde sus oríge­nes hasta 1434, año del regreso de Cosme de Médicis a Florencia. Desde 1434 en ade­lante, es decir, a partir del quinto libro, la narración tenía que ser más amplia y detallada, entrelazando la narración de los acontecimientos internos de Florencia con la de los exteriores. Tal como quedó el primer libro, llega, en lo relativo a los su­cesos generales de Italia, hasta 1424; el segundo, relativo a los acontecimientos de Florencia, hasta 1353; el tercero hasta 1422. Con el cuarto libro empieza ya la narración más amplia y detallada, que llega, con el libro VIII, hasta 1492.

La obra fue publicada póstumamente, en 1532, en dos ediciones: en Roma, por Antonio Blado, y en Floren­cia, por Bernardo Giunta. El método de tra­bajo del Maquiavelo historiador fue bastan­te rápido: tomó, para los diversos períodos, una o varias crónicas, y se sirvió sin reparos de ellas sin verificación crítica alguna. Ninguna preocupación para cerciorarse de si era cierto lo que contaban sus predeceso­res; ningún cuidado al consultar documen­tos de archivo. Además, a menudo el mismo Maquiavelo altera de hecho y adrede los datos; así ocurre con todas las descripciones de batallas del siglo XV. en que habla de batallas sin muertos (Anghiari y Molinella), falseando completamente la verdad históri­ca. El motivo de semejante descuido, mejor dicho, de tan grave y premeditada alteración de los datos, está en el hecho de que Maquiavelo sigue escribiendo historia con alma de político y se sirve del pasado para demostrar el valor de sus ideas políticas. En el Príncipe (v.), en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio (v.), en el Arte de la guerra (v.), ha afirmado la inuti­lidad dé las tropas mercenarias; ahora, en las Historias Florentinas, cuando precisa­mente da con los capitanes y las compañías de aventureros, aprovecha en seguida la ocasión para justificar con ejemplos histó­ricos sus afirmaciones teóricas, e inventa las batallas sin muertos.

A las Historias Floren­tinas no hay que pedirles, por lo tanto, exac­titud de datos concretos. Obra polémica, tiene su valor precisamente en el hecho de que Maquiavelo, levantándose por encima de la mera narración de los hechos históri­cos, traza los grandes rasgos del desarrollo político de los Estados, rasgos que en la mayoría de los casos son vistos y dibujados con mano maestra. La parte más viva e im­portante es, en suma, la constituida por temas polémicos, es decir políticos, como ocurre cuando el escritor analiza las luchas de partido en Florencia, siempre teniendo ante su vista la imagen de Roma y la de las luchas entre patricios y plebeyos, es decir, pensando siempre en lo que ya había escrito en el primer libro de sus Discursos. La mis­ma polémica contra las milicias mercenarias, que por un lado le conduce a afirma­ciones completamente falsas, por el otro, por la profunda verdad que encierra en sí (es­tricta conexión entre la política y la fuerza militar de un Estado), le permite ver con plena seguridad los estrechos vínculos que ligan la política exterior a la interior, y abrir con esto nuevos caminos a la historio­grafía italiana y europea. [Trad. en «Obras históricas». Luis Navarro (Madrid, 1892, Buenos Aires, 1943)].

F. Chabod

Ejemplo perfecto de claro estilo. (Giordani).

Historias Filípicas, Teopompo de Quío

Esta es la obra más importante de Teopompo de Quío (378-304 a. de C. aprox.), que en las Historias Helénicas había escri­to ya una continuación de Tucídides que abarca de 411 a 394. Los primeros triunfos de Filipo II de Macedonia, que permitían esperar la unificación de Grecia bajo la hegemonía macedónica, indujeron a Teo- pompo a escribir una historia de los tiem­pos más recientes centrada alrededor de la figura del gran rey; en 58 libros el histo­riador abarcaba desde su advenimiento al trono (360-359) hasta 336. De este modo se hacía intérprete de las corrientes panhelénicas, muy difundidas, representadas tam­bién por su maestro Isócrates.

Saca de la filosofía contemporánea su interés por la personalidad humana y su tendencia mora­lizante, que le llevaba a escudriñar la vida privada de sus personajes, distribuyendo elogios y, más frecuentemente, censuras. El interés propiamente político quedaba así restringido, a lo cual contribuía la circunstancia de que Teopompo, inexperto en polí­tica y arte militar, estaba en cambio muy versado en los preceptos de la retórica isocrática: en vez de hacer una obra científica y didáctica (a no ser en el sentido más tri­vial) él procuraba deleitar. De ello nacen varias incongruencias, como las calumnio­sas críticas a los vicios de Filipo junto a la celebración de sus triunfos; la afición por lo maravilloso, ampliamente representada en toda la obra y en una particular sec­ción de la misma; la carencia de crítica que le hacía aceptar invenciones fantásticas de todo género; la superficialidad sorprendente al explicar los grandes acontecimientos de la historia. Debe añadirse también la abun­dancia de las digresiones, a veces excesiva­mente desarrolladas, en las que su historia, que no procede cronológicamente, sino por temas, se acerca exteriormente a las obras históricas del primer período, llamado jó­nico, tomando el aspecto de una historia universal. Teopompo alcanzó gran notorie­dad, porque su lectura era mucho más fácil y distraída que la del austero Tucídides; más, a juzgar por los fragmentos conser­vados (unos 400, número respetable y tes­timonio del favor logrado), mereció verda­deramente las críticas que le dirigió Polibio. Con él la historiografía griega, habien­do llegado a una gran altura especulativa con Tucídides, se prepara para convertirse en mera fuente de distracción y de vacuas declamaciones.

A. Passerini

*  Una imitación de las Historias de Teo­pompo fue escrita hacia el año 9 d. de C. por el historiador romano Pompeyo Trogo, que vivió en tiempo de Augusto: las Historiae Philippicae, en XLIV libros, y conocidas sólo a través del compendio realizado en el siglo II por Jusiano Justino. Este epítome, que por sí solo no tiene valor alguno, nos ha conservado un resumen general y algu­nas partes del original de Trogo; la obra de éste era una historia del Imperio macedó­nico: comenzaba con los asirios, medas, persas, escitas y griegos (libros I-VI), se­guía el reinado de Filipo y sus predecesores (libros VII-XL), para alcanzar el comienzo del poder de los partos (XLI-XLIV). En él se incluyen descripciones y noticias sobre las regiones, orígenes, antigüedad y costum­bres de los diversos pueblos, imitando a Teopompo. Trogo dio a su obra el nombre de Filipo, fundador del poder macedónico considerado como estado hegemónico en la teoría cíclica de la historia. En efecto, la primitiva Macedonia, dominadora del mun­do oriental, y más tarde Roma, dominadora de Oriente y de Occidente, son los dos grandes pueblos en torno a los cuales se des­arrollan las vicisitudes de todos los demás. Pero en Trogo, galo de origen, existe una reacción contra la exaltación romana de las Historias (v. De la fundación de Roma) de Livio, o de la Eneida (v.) de Virgilio. Es­cribió una historia de las gentes extranjeras y, frente a Roma, exalta la gloria de Alejan­dro, contraponiendo etolios y partos a los romanos, y glorificando al propio Mitridates.

F. Della Corte

Historias de un Pilluelo, Ludwig Thoma

[Lausbubengeschichten]. Comprenden dos series, la primera, de 1905, con este título y el sub­título De mi juventud [Aus meiner Jugendzeit], la segunda, de 1907, titulada La tía FridaNuevas historias, etc. [Tante FriedaNeue Lausbubengeschichten]. El pilluelo es el propio autor, Ludwig Thoma (1867-1921), el gran satírico bávaro, que ha escogido esta máscara para poder mos­trar al desnudo con la ingenua e incorrup­tible sinceridad de la observación infantil todos los aspectos ridículos y vanos de la pequeña burguesía de aquella época, con sus métodos anticuados de educación y con sus estúpidos y afectados pudores. Thoma escribe como piensa y habla un pilluelo de la Alta Baviera, y el efecto es de una comicidad irresistible, todavía más hoy que en su tiempo, porque bajo la vestidura satírica y divertida nos ofrece un cuadro completo de la cultura y de las costumbres del fin de siglo.

Alrededor del pequeño Ludwig se mueven personas y se desarrollan acontecimientos con una vivacidad multicolor: allí están las dos her­manas mayores con sus cómicos preten­dientes y prometidos; la primita que viene de la India, una de las figuras más gracio­sas, que por su naturaleza escandaliza a to­dos los parientes de la pequeña ciudad y, sin saberlo, causa estragos en los corazones juveniles: los fatuos caballeros llenos de afectación, el joven y modesto cervecero, con su adoración tímida y conmovedora. Es incomparable por su grotesca comicidad y falta de tacto la tía Frida: sus visitas son el espanto de los sobrinos y el pilluelo consigue abreviarlas molestando a su papa­gayo predilecto. Dulce, humana, justa en su sencilla bondad, es en cambio la madre, a quien una temprana viudez ha expuesto a mil amarguras, aparte de las críticas de los parientes, pero que sabe conservar su cora­zón cálido y sereno para sus hijos. Contra los maestros y los educadores, a los que el autor no perdona la vaciedad y la hipocre­sía de sus agrios sistemas pedagógicos, la sátira es mucho más cruda. Por otra parte, las dos series de las Historia de un pilluelo constituyen un conjunto de bocetos y esce­nas que rebosan una espontánea fragancia; especialmente en Baviera, patria del autor, gozan de una extraordinaria y merecida popularidad.

C. Baseggio-E. Rosenfeld