Historias Florentinas, Nicolás Maquiavelo

[Istorie fiorentine]. Por voluntad del cardenal Julio de Médicis (más tarde papa con el nombre de Clemente VII), el 8 de noviembre de 1520 los oficiales del Estudio florentino y pisano confiaron a Nicolás Maquiavelo (1469-1527) la tarea de escribir la historia de Florencia «desde la época que a él le parezca más conveniente y en la lengua que crea opor­tuna, toscana o latina». Plazo: dos años. Sueldo anual: 100 florines.

Los dos años no bastaron; mejor dicho, fue especialmente desde 1523 cuando Maquiavelo, retirándose a su villa de San Casciano, empezó a escri­bir la obra, cuyos primeros ocho libros presentó al papa Clemente VII en 1525. El trabajo se detuvo aquí, quedando inacabado. Según los propósitos de Maquiavelo, ex­puestos en el prólogo, debía empezar con cuatro libros a modo de introducción: el primero había de ser un breve resumen de «todos los sucesos de Italia acaecidos des­de la caída del Imperio romano hasta 1434; los otros tres tenían que tratar de la his­toria interna de Florencia desde sus oríge­nes hasta 1434, año del regreso de Cosme de Médicis a Florencia. Desde 1434 en ade­lante, es decir, a partir del quinto libro, la narración tenía que ser más amplia y detallada, entrelazando la narración de los acontecimientos internos de Florencia con la de los exteriores. Tal como quedó el primer libro, llega, en lo relativo a los su­cesos generales de Italia, hasta 1424; el segundo, relativo a los acontecimientos de Florencia, hasta 1353; el tercero hasta 1422. Con el cuarto libro empieza ya la narración más amplia y detallada, que llega, con el libro VIII, hasta 1492.

La obra fue publicada póstumamente, en 1532, en dos ediciones: en Roma, por Antonio Blado, y en Floren­cia, por Bernardo Giunta. El método de tra­bajo del Maquiavelo historiador fue bastan­te rápido: tomó, para los diversos períodos, una o varias crónicas, y se sirvió sin reparos de ellas sin verificación crítica alguna. Ninguna preocupación para cerciorarse de si era cierto lo que contaban sus predeceso­res; ningún cuidado al consultar documen­tos de archivo. Además, a menudo el mismo Maquiavelo altera de hecho y adrede los datos; así ocurre con todas las descripciones de batallas del siglo XV. en que habla de batallas sin muertos (Anghiari y Molinella), falseando completamente la verdad históri­ca. El motivo de semejante descuido, mejor dicho, de tan grave y premeditada alteración de los datos, está en el hecho de que Maquiavelo sigue escribiendo historia con alma de político y se sirve del pasado para demostrar el valor de sus ideas políticas. En el Príncipe (v.), en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio (v.), en el Arte de la guerra (v.), ha afirmado la inuti­lidad dé las tropas mercenarias; ahora, en las Historias Florentinas, cuando precisa­mente da con los capitanes y las compañías de aventureros, aprovecha en seguida la ocasión para justificar con ejemplos histó­ricos sus afirmaciones teóricas, e inventa las batallas sin muertos.

A las Historias Floren­tinas no hay que pedirles, por lo tanto, exac­titud de datos concretos. Obra polémica, tiene su valor precisamente en el hecho de que Maquiavelo, levantándose por encima de la mera narración de los hechos históri­cos, traza los grandes rasgos del desarrollo político de los Estados, rasgos que en la mayoría de los casos son vistos y dibujados con mano maestra. La parte más viva e im­portante es, en suma, la constituida por temas polémicos, es decir políticos, como ocurre cuando el escritor analiza las luchas de partido en Florencia, siempre teniendo ante su vista la imagen de Roma y la de las luchas entre patricios y plebeyos, es decir, pensando siempre en lo que ya había escrito en el primer libro de sus Discursos. La mis­ma polémica contra las milicias mercenarias, que por un lado le conduce a afirma­ciones completamente falsas, por el otro, por la profunda verdad que encierra en sí (es­tricta conexión entre la política y la fuerza militar de un Estado), le permite ver con plena seguridad los estrechos vínculos que ligan la política exterior a la interior, y abrir con esto nuevos caminos a la historio­grafía italiana y europea. [Trad. en «Obras históricas». Luis Navarro (Madrid, 1892, Buenos Aires, 1943)].

F. Chabod

Ejemplo perfecto de claro estilo. (Giordani).