Historias Filípicas, Teopompo de Quío

Esta es la obra más importante de Teopompo de Quío (378-304 a. de C. aprox.), que en las Historias Helénicas había escri­to ya una continuación de Tucídides que abarca de 411 a 394. Los primeros triunfos de Filipo II de Macedonia, que permitían esperar la unificación de Grecia bajo la hegemonía macedónica, indujeron a Teo- pompo a escribir una historia de los tiem­pos más recientes centrada alrededor de la figura del gran rey; en 58 libros el histo­riador abarcaba desde su advenimiento al trono (360-359) hasta 336. De este modo se hacía intérprete de las corrientes panhelénicas, muy difundidas, representadas tam­bién por su maestro Isócrates.

Saca de la filosofía contemporánea su interés por la personalidad humana y su tendencia mora­lizante, que le llevaba a escudriñar la vida privada de sus personajes, distribuyendo elogios y, más frecuentemente, censuras. El interés propiamente político quedaba así restringido, a lo cual contribuía la circunstancia de que Teopompo, inexperto en polí­tica y arte militar, estaba en cambio muy versado en los preceptos de la retórica isocrática: en vez de hacer una obra científica y didáctica (a no ser en el sentido más tri­vial) él procuraba deleitar. De ello nacen varias incongruencias, como las calumnio­sas críticas a los vicios de Filipo junto a la celebración de sus triunfos; la afición por lo maravilloso, ampliamente representada en toda la obra y en una particular sec­ción de la misma; la carencia de crítica que le hacía aceptar invenciones fantásticas de todo género; la superficialidad sorprendente al explicar los grandes acontecimientos de la historia. Debe añadirse también la abun­dancia de las digresiones, a veces excesiva­mente desarrolladas, en las que su historia, que no procede cronológicamente, sino por temas, se acerca exteriormente a las obras históricas del primer período, llamado jó­nico, tomando el aspecto de una historia universal. Teopompo alcanzó gran notorie­dad, porque su lectura era mucho más fácil y distraída que la del austero Tucídides; más, a juzgar por los fragmentos conser­vados (unos 400, número respetable y tes­timonio del favor logrado), mereció verda­deramente las críticas que le dirigió Polibio. Con él la historiografía griega, habien­do llegado a una gran altura especulativa con Tucídides, se prepara para convertirse en mera fuente de distracción y de vacuas declamaciones.

A. Passerini

*  Una imitación de las Historias de Teo­pompo fue escrita hacia el año 9 d. de C. por el historiador romano Pompeyo Trogo, que vivió en tiempo de Augusto: las Historiae Philippicae, en XLIV libros, y conocidas sólo a través del compendio realizado en el siglo II por Jusiano Justino. Este epítome, que por sí solo no tiene valor alguno, nos ha conservado un resumen general y algu­nas partes del original de Trogo; la obra de éste era una historia del Imperio macedó­nico: comenzaba con los asirios, medas, persas, escitas y griegos (libros I-VI), se­guía el reinado de Filipo y sus predecesores (libros VII-XL), para alcanzar el comienzo del poder de los partos (XLI-XLIV). En él se incluyen descripciones y noticias sobre las regiones, orígenes, antigüedad y costum­bres de los diversos pueblos, imitando a Teopompo. Trogo dio a su obra el nombre de Filipo, fundador del poder macedónico considerado como estado hegemónico en la teoría cíclica de la historia. En efecto, la primitiva Macedonia, dominadora del mun­do oriental, y más tarde Roma, dominadora de Oriente y de Occidente, son los dos grandes pueblos en torno a los cuales se des­arrollan las vicisitudes de todos los demás. Pero en Trogo, galo de origen, existe una reacción contra la exaltación romana de las Historias (v. De la fundación de Roma) de Livio, o de la Eneida (v.) de Virgilio. Es­cribió una historia de las gentes extranjeras y, frente a Roma, exalta la gloria de Alejan­dro, contraponiendo etolios y partos a los romanos, y glorificando al propio Mitridates.

F. Della Corte