Historias de un Abuelo, Walter Scott

[The Tales of a Grandfather]. Historia de Escocia hasta la terminación de la revolución de 1745-46, de Walter Scott (1771-1832), publicada en 1827-29. En principio el autor compuso estas narraciones para su nieto, John Hugh Lockhart; de ahí el título. Precedidas de un pre­facio en el que hace un resumen de la ocupación romana, ilustran también sobre los personajes y sucesos más importantes de la historia escocesa hasta llegar a la revolu­ción de 1745-46 y a la romántica y nove­lesca figura del Pretendiente Carlos Eduar­do Stuart, el «Bonnie Prince Charlie» de los montañeses escoceses. Constituye, toda­vía hoy, la narración más viva y digna de crédito sobre este período, en especial por la seguridad con que están descritos perso­najes y ambiente. Una serie ulterior publi­cada en el año 1831, trata de la historia de Francia.

M. Praz

Historias, Cayo Veleio Patérculo

[Historiae]. Son dos libros que Cayo Veleio Patérculo (19 a. de C.? – 31 d. de C.?) escribió sobre los hechos históricos que se extienden desde la destrucción de Cartago hasta el consulado de Vinicio, en el año 30 d. de C. Dedica la obra al mismo Vinicio, y aspira a ser una historia militar, encuadrada en una visión universal del mundo y de la cultura romana. La tradición familiar había llevado al historiador a elegir la vida de las armas; la carrera militar le permitió conocer el Oriente y la Germania; los estudios litera­rios y la ambición política le impulsaron a componer esta obra en la cual afloran mu­chos — tal vez demasiados — elementos he­terogéneos. En el conjunto equilibrado de la obra aparecen sobre todo desarrollados los acontecimientos recientes. El reino de Tiberio en particular adquiere una deci­siva importancia a la vista del historiador, también porque en muchas de aquellas empresas había tomado parte él mismo. No escasean las digresiones; son notables las concernientes a la historia literaria, en las cuales, si bien sigue una orientación rígida­mente académica, demuestra Veleio su pre­dilección y, hasta un cierto punto, su pro­grama literario, al cual perjudica la expe­riencia retórica que poseía el autor, sufrida pasivamente por el hombre de armas en el curso de sus relaciones con los hombres de letras.

F. Della Corte

Esa continua inclinación a la sentencia, es decir, a resumir y a definir el hecho sucedido como un hecho que tendrá lugar; esa arquitectura aguzada de frases y de conceptos que penetran de golpe en nuestro espíritu, si bien no siempre están destina­dos a retenerse; esa excitación continua del narrador que de cuando en cuando se transforma en declamador, insoportable en una obra extensa, dan en cambio animación a este compendio que es como un ensayo his­tórico en dos libros, como una larga confe­rencia sobre la historia de Roma. Y es una novedad, porque la historia no es conside­rada solamente como narración de aconte­cimientos políticos y guerreros, sino como exposición de toda la vida pública, com­prendida la intelectual. (C. Marchesi)

Historias, Cayo Crispo Salustio

[Historiae]. Cinco libros compuestos por Cayo Crispo Salustio (86-35 a. de C.). Comenzaban en el año 78 y terminaban en el 67, es decir, desde la muerte de Sila a la guerra contra los piratas. De los fragmentos conservados, los más im­portantes comprenden cuatro discursos y dos cartas: el discurso de M. Lèpido contra las reformas de Sila, el de M. Filipo contra Lèpido, el de C. Aurelio Cotta contra Ser- torio y Mitrídates y el de C. Licinio Macro sobre los peligros de la dictadura. De las cartas, una es de Pompeyo, quien desde Es­paña pide ayuda al Senado, y la otra es del rey Mitrídates, dirigida a Arsaces, solicitan­do su alianza contra los romanos. Las mo­nografías que de él se nos han conservado, como la Guerra de Catilina (v.) y la Guerra Yugurtina (v.), nos permiten entrever cuál fue el espíritu partidista en el que Salustio se inspiraba al componer sus historias, en las que adopta una evidente posición antisensatorial y filocesarista. De esta forma historiográfica sectaria y parcial, aunque siem­pre artística, será Tàcito el supremo émulo e imitador, con sus Historias (v.) y sus Anales (v.).

F. Della Corte

Libertino, impúdico, vicioso y monstruoso, tanto en su vida como en sus escritos, además de ladrón ignorantísimo de las viejas palabras de Catón. (Leneo, liberto de Pompeyo)

Primus romana Crispus in historia. (Marcial)

La concisión del inmortal Salustio… a cuyo lado nada puede ser más perfecto para el oído atento y experto. (Quintiliano)

Rerum romanarum fiorentissimus auctor. (Tácito)

Escritor majestuoso y proporcionado a la grandeza romana, si hubiese abrazado todas las memorias romanas, y si las que abrazó no se hubieran perdido. (Gravina)

Salustio sintió en la historia el drama con­tinuo de la vida y quiso manifestarlo y ha­cer visible, no sólo las acciones, sino también los pensamientos de los hombres; escribió de las cosas pretéritas de forma que apare­cieran siempre presentes a nuestro espíritu. (C. Marchesi)

Historias, Teofilacto Simocata

Es el título de la obra de Teofilacto Simocata, egipcio de nacimiento y que vivió en la Corte de Bizancio, en la que ocupó altos cargos durante el reinado de Heraclio (610- 640). La obra, en ocho libros, narra los acontecimientos registrados en el reinado de Mauricio (582-602). Teofilacto es el más eminente de los sucesores de Procopio. y sus Historias figuran entre las fuentes más autorizadas de su tiempo, siendo como tales usadas por muchos cronistas posteriores. El estilo de este escritor es increíblemente pre­ciosista.

R. Cantarella

Historias, Cornelio Tácito

[Historiae]. Es la primera de las grandes obras de Cornelio Tácito (55-primer cuarto del siglo II d. de C.), escrita cuando el reinado de Nerva había logrado, como señala Tácito, armonizar las dos cosas hasta entonces inconciliables, la libertad y la monarquía. Hasta entonces Tácito no había objetivado su vocación de historiador: incapaz de disimular sus sen­timientos, había renunciado a escribir mientras persistiese la tiranía de Domiciano, enemiga del espíritu de libertad. Esto lo cuenta él mismo en el prefacio a las His­torias, indicando también los límites de su obra, que comprendía el reinado de los Flavios.

La obra constaba de 14 libros (12 se­gún algunos, que atribuyen 18 a los Ana­les, v.), pero solamente se han conservado los cuatro primeros y parte del quinto. Como Tácito adopta la distribución de la materia propia de los analistas, la narración comienza el primero de enero del año 69, es decir, a mediados del reinado de Galba. Ya en estos momentos amenaza la catás­trofe, no conjurada por la designación de Pisón Liciniano como sucesor, presagio de la feliz adopción de Trajano por parte de Nerva. El asesinato de Galba ocurre durante el reinado de Otón, contra el que se subleva Vitelio, que es proclamado emperador por las legiones germánicas. También esta pro­clamación, la preparación de la marcha a Italia, el paso de los Alpes, son aconteci­mientos que se desarrollan bajo el imperio de la violencia y de la discordia, no menos que los hechos de la capital, donde Otón, juguete de sus vicios y de su pavor, entre odios y sospechas, acuciado por ambiciosos, intrigantes y malos consejeros, prepara la resistencia (Libro I).

El choque (mientras, por otra parte, en Oriente, la suerte de Roma prepara nuevas empresas, felices o desgraciadas, coronando de gloria a Vespasiano y Tito, empeñados en la guerra contra los judíos) ocurre en Italia, junto a Cremona. La lucha fratricida entre los ejércitos de Otón y de Vitelio da la victoria a este último; Otón, digno de Roma sólo por la muerte, se suicida. Entra Vitelio en la ca­pital como triunfador, y para aplacar las ansias de sus ministros y soldados causa estragos en la hacienda pública. Pero llega entonces la noticia de que en Oriente las legiones han elevado al trono a Vespasiano, y que el ejército del Danubio, tomando par­tido por él, desciende ya hacia Italia (Li­bro II).

La nueva batalla se decide una vez más cerca de Cremona, donde son derro­tados los partidarios de Vitelio; pero los odios, recrudecidos, envuelven también a la antigua y opulenta ciudad, que es pasto de las llamas. Vitelio, que se ha quedado en Roma, se entrega a una política llena de contradicciones, preparándose unas veces para la resistencia y esperando otras llegar a un arreglo imposible. Pero cuando los enemigos rebasan los Apeninos y sus pro­pios soldados inician la. lucha contra los que en Roma son partidarios de Vespasiano, se ve obligado a refugiarse en el Capitolio, donde queda sitiado. Muy pronto la roca sagrada es presa de las llamas; Vitelio, eternamente vacilante, es abandonado por todos, hasta que, descubierto en el palacio, perece víctima del furor del pueblo (Libro III).

Mientras tanto, la capital es toda con­fusión; en las Galias y en la Germania se desata la revuelta: un bátavo, Julio Civilis, desbarata a las legiones romanas y las in­duce a la traición; un lingón, Sabino, se proclama emperador de las Galias. Pero un gran ejército enviado por los flavianos a las órdenes de Petilio Cerealis consigue res­tablecer la paz, no sin grandes y doloro­sos sacrificios de sangre; mientras tanto, en Egipto, admirables hazañas hacían destacar a Vespasiano, inclinándole a salir para Ro­ma, por designio divino (Libro IV).

Queda en Oriente Tito, que se prepara para do­meñar la obstinada resistencia de los judíos (en este pasaje, Tácito ofrece una aguda descripción de las cualidades de este pue­blo); en Occidente, Cerealis continúa hasta la victoria su guerra contra los bátavos (Libro V).

Como se ve, se ha perdido un parte demasiado extensa de la obra para que se pueda imaginar cómo trataba Tácito de exponer e interpretar la figura y las obras de los emperadores Flavios. Pero lo que se conserva es suficiente para comprender las características de la técnica y del pensa­miento historiográfico de Tácito en esta pri­mera obra de vasto aliento. La materia ele­gida era inmensa por la amplitud y la com­plicación de los casos — guerras externas e internas, triunfos y derrotas, escándalos y discordias —, delicada por los residuos de odios no extintos, labor ardua para quien se propusiese captar el secreto histórico de un imperio que a la vez rozaba el pináculo de una potencia jamás concedida a un es­tado y la abyección de la servidumbre a un déspota loco. Tácito sentía el tormento de este problema, y en sus páginas ale­tea de manera misteriosa la fuerza de un hado inescrutable que impera sobre los de­signios de los hombres y llena de contradic­ciones la historia de Roma.

Tácito, aunque enamorado de la libertad, tiene que reco­nocer que para la paz es necesaria la obediencia; enemigo de la tiranía, pide para la grandeza del imperio un gobierno fuerte; convencido creyente en una fuerza sobre­natural que gobierna a los hombres y en una fortuna que protege a Roma, con gran amargura ve trocarse en ira la protección divina, y reconoce que los dioses no se preocupan de los bienes de los hombres, sino de su propia venganza, es decir, son inexorables ejecutores de la justicia. Ser­pentea así a través de toda la obra la in­quietud de una contradicción no resuelta, que se acentúa con el juicio pesimista que da sobre los hombres. No ignora Tácito el bien que a veces los anima, pero con mayor frecuencia conoce el mal que en ellos se en­cierra; y esto le atrae tanto más cuanto que es en el espíritu humano donde busca prin­cipalmente los motivos de la historia. Aun­que la materia está externamente dispuesta a la manera de los analistas, agrupando los acontecimientos año por año, los hechos quedan íntimamente vinculados en cuadros o escenas de dramas alrededor de las per­sonalidades más vigorosas, aunque la inves­tigación psicológica no sea todavía tan in­tensa como en los Anales.

No sabemos qué juicio le merecían a Tácito las figuras de Vespasiano y Tito, y apenas podemos adivinar a Domiciano; pero los defectos y vi­cios de Galba, de Otón, de Vitelio y los pecados de su tiempo están ya vigorosa­mente perfilados; ellos preparan el terreno para los grandes acontecimientos, a los que después la casualidad, o la fuerza de las cir­cunstancias o la oscura voluntad divina, traerán el desenlace más inesperado. Así, el pragmatismo declarado de Tácito, que no se satisface con los hechos, sino que quiere penetrar en los motivos, le lleva, después de analizar las circunstancias, a explorar el espíritu del hombre y a detenerse ante un misterioso poder que todo lo determina: el destino. El estilo está ajustado al esfuer­zo del pensamiento y a la austeridad de la visión histórica: originalísimo, fragmenta­rio, todo hecho de elipsis, asimetrías, con metáforas imprevistas y un vocabulario lleno de ecos poéticos o de solemnes arcaísmos, no trata ya de acariciar el oído del lector, sino que sorprende el ánimo, domina la atención y le obliga a meditar. Si por la elegancia recuerda a Tucídides y por el tono sentencioso a Polibio, si con razón se ha dicho que el historiador y el artista que más se le parece es Salustio, es también cierto que su estilo no halló imitadores porque estaba demasiado íntimamente ligado a la forma de pensar y a la visión histórica que constituyeron su gloria y su tormento.

[La primera traducción clásica de las Historias de Tácito es la de Emanuel Sveyro publi­cada en el volumen de Las Obras (Amberes, 1613), varias veces reimpresa. Del año siguiente es la versión de don Baltasar Alamos de Barrientos en el volumen Tácito español (Madrid, 1615). La mejor traducción clásica es la de don Carlos Coloma, publi­cada por vez primera en el volumen de las Obras (Duay, 1626), reimpresa en el si­glo XVIII (Madrid, 1794) y a principios del presente siglo en la Biblioteca Clásica Her­nando (Madrid, 1909)].

A. Passerini

Tengo el presentimiento, y el presenti­miento no me engaña, de que tus historias serán inmortales. (Plinio el Joven)

Tácito posee demasiado espíritu, es dema­siado sutilizador y atribuye a los más suti­les acontecimientos políticos lo que con fre­cuencia deriva de un descontento, de una extravagancia, de un capricho. (Fenelon)

Un fanático rebosante de ingenio: a veces se vengaba con la pluma de las usurpacio­nes del imperador. (Voltaire)

[Tático] pinta con colores bastante vera­ces todo lo que la bajeza y la esclavitud tienen de más desagradable. Representa la posteridad y la venganza, y no conozco lec­tura más terrible para la conciencia de los malvados. (La Harpe)

Exagera su sutileza al hallar fines políti­cos ocultos y misterios en los acontecimien­tos, y con frecuencia los móviles ocultos no están más que en la imaginación del histo­riador, al que le gusta aparecer como inves­tigador profundo. (Tiraboschi)

Falsificó la historia para pintarla elocuen­temente. Calumnia el imperio, acoge todos los rumores. Muestra a la vez rencores de aristócrata y de filósofo; sutiliza con mal­humor y no comprende la gran unidad del imperio. (Napoleón)

Historiador de severa dignidad, considera los grandes acontecimientos y personajes, y descarta lo que es fútil, desagradable o grosero. Su obra no pretende ser un estí­mulo para la curiosidad o una colección complaciente de episodios minuciosos. Es historia estrictamente política en la que el hombre se presenta sólo como actor o como instrumento de la vida política: excluyendo cuanto existe de actividad individual, más allá de este límite. (C. Marchesi)