El Hombre Invisible, Géza Gárdonyi

[A láthatatlan ember). Novela histórica del escritor húngaro Géza Gárdonyi (1863-1922), publicada en 1902. El hombre invisible es Atila (v.), detrás de cuyo rostro cerrado e impenetrable se oculta el misterio de una rica humanidad. Protagonista de la novela es Zeta, un esclavo griego que acompaña al historiógrafo Prisco Retore en una embajada ante los hunos y se queda entre ellos, porque se ha enamorado de Emoke, hija de un jefe huno. Pero la muchacha ama en secreto al rey Atila, y la ciencia de Zeta es tenida tan en poco por los hunos que no puede permanecer junto a Emoke como preceptor, como él había esperado, sino como escudero del padre de ella. Cruza media Europa siguiendo a su señor, y toma parte en varias guerras, hasta que es herido gravemente en la batalla de los Campos Cataláunicos. Con todo, logra restablecerse y es agregado a la corte del rey. No mucho después Atila muere, y Zeta ha de formar parte de los esclavos que van a ser sacrificados sobre la tumba del rey; pero Emoke se sacrifica en su lugar, y Zeta se salva contra su propia voluntad. Más tarde, apaciguado su dolor, se casa con una humilde joven, cuyo amor no había adver­tido al principio, y vuelve con ella a Bizancio. El mayor mérito de esta novela con­siste en la descripción del carácter de Atila y de la vida de los hunos vista por un ex­tranjero culto que siempre queda en segun­do término. Más tarde el autor convirtió la novela en un drama, Zeta, estrenado en 1905 con escaso éxito.

M. Benedek

El Hombre Eterno, Gilbert-Keith Chesterton

[The Everlasting Man]. Ensayo de polémica religiosa del escritor inglés Gilbert-Keith Chesterton (1874-1936), publicado en 1925. Consta de dos partes: Sobre la criatura llamada hombre [On the Creature Called Man] y Sobre el hombre llamado Cristo [On the Man called Christ]. Se trata de una vasta síntesis «extraída de la historia universal», de una novela de la humanidad, dividida en dos grandes episodios: el hombre des­terrado antes de Cristo, y el hombre re­conciliado, perfecto. Chesterton se propone hacernos adquirir conciencia de la nove­dad radical de Cristo y la Iglesia en com­paración con las otras religiones; trata de provocar de nuevo el sentido de extrañeza radical de la criatura humana. También, con humor acerbo, Chesterton se opone a todas las teorías evolucionistas sobre el origen del hombre. Por muy lejos que queramos remontarnos en la historia del hombre, éste aparece siempre en plena posesión de su naturaleza. El «hombre de las cavernas», transición incierta del animal al hombre, a la criatura racional, es un mito: el hom­bre de las cavernas dibuja y pinta sobre los muros. «Sería preciso, dice Chesterton, ir muy lejos para encontrar una caverna donde un hombre haya sido esculpido por un reno».

La aparición del hombre es un hecho absoluto en la cadena de las criaturas; con él aparece un ser que es capaz de percibir y representar el mundo, «la novedad inau­dita de un espíritu que es a la vez un es­pejo». De este modo puede descubrirse la filiación propia del hombre: es, ciertamente, la creación directa de Dios, a su imagen, puesto que él es un mundo en potencia, mundo que, por el conocimiento, puede lle­gar a ser un verdadero microcosmos. El hombre es criatura de Dios, a su imagen, y le recuerda. Es este recuerdo lo que Ches­terton descubre en toda la Antigüedad. No precisamente la presencia de Dios, sino la presencia de su ausencia. No se podría defi­nir la sensibilidad religiosa del mundo anti­guo si no es por la imagen terrible del «An­tiguo Testamento» de un Dios que no ofrece al hombre otra cosa que su espalda, como si huyera de la vista de los hombres: imagen de infinita tristeza, expresada en las leyen­das de la «Edad de Oro» de los griegos, en la inquietud de los poemas antiguos y tam­bién en este sentido de la sumisión última de los dioses a un impenetrable Destino, que representa este Dios cuyos caminos ha per­dido la humanidad. Ya la Antigüedad ha­bía descubierto los dos grandes aspectos hu­manos de Dios: soledad e impenetrabilidad divinas entre los judíos y los filósofos. Pero también Dios con formas, humanizado, lo­calizado en las leyendas mitológicas.

Estos dos caminos paralelos de la razón y de la imaginación, de la mitología y de la filoso­fía, no pudieron unirse jamás en el mundo antiguo… Sólo Dios podía unir lo que de tal modo estaba separado; de esta manera el Cristianismo no es en modo alguno una re­ligión como las demás de la Antigüedad: sólo él puede fundir en una sola cosa la Filosofía (el Pensamiento) y la Mitología (la Poesía). En la segunda parte, Chesterton dice que Cristianismo no es una teoría del mundo, es un suceso de una novedad absoluta. El Evangelio se propone, en efecto, como un libro de enigmas, y uno de los más misteriosos es, sin duda; el largo camino secreto de Cristo hasta los treinta años. Nada hay que se oponga de modo más absoluto a la imaginación popular, y si Jesús no hu­biera sido más que una invención de esa imaginación, no cabe duda que nos habría sido presentado, como es presentado en los Evangelios apócrifos, como un semidiós rea­lizando desde la cuna milagros prodigiosos. El silencio y la soledad del héroe contradi­cen todas las tradiciones de la fantasía hu­mana: es, pues, un enigma que es difícil no reconocer al instante como propio de un Dios. Nada hay más complejo, y a la par más equilibrado, que la personalidad de Jesús.

Jesús se llama a sí mismo Hijo de Dios, y también Hijo del Hombre, y todos sus actos dan testimonio de este dualismo. Sabio, lo fue: aquellos mismos que le ne­gaban la divinidad admitieron su sabiduría. Pero es precisamente este sabio, el único, que haya jamás osado llamarse Dios: antes de él y después de él, estas pretensiones han estado reservadas para los locos. La Iglesia es una novedad como Cristo. Largamente, con extraordinaria agilidad, a menudo iró­nica, Chesterton argumenta contra las obje­ciones liberales a propósito de la divinidad de la Iglesia católica. Algunas de estas ob­jeciones afirman que el cristianismo de los orígenes no era nada más que una fe sim­ple, primitiva, «ingenua», complicada más tarde por la Iglesia. Por el contrario, es evi­dente que el medio ambiente del siglo I no era ni mucho menos primitivo ni «ingenuo», y sí, en cambio, el testimonio de una civi­lización extremadamente complicada. En cuanto a la «deformación» llevada a cabo por la Iglesia, del mensaje primitivo, los exégetas protestantes se han visto obligados a hacer retroceder las primeras señales de la misma hasta fechas cada vez más próximas a la muerte de Cristo. ¿Entonces? Hay otros exégetas que pretenden, oponiéndose a los primeros, que el cristianismo no fue otra cosa que uno de los innumerables fenómenos de la decadencia de la civilización an­tigua; pero aquellos cultos orientales que invadieron el Imperio fueron, más que apar­tados, arrancados de Roma. Aquellas supers­ticiones que no conocieron más que el brillo accidental conseguido al socaire de los des­órdenes del Imperio desaparecieron con el Imperio.

Tan sólo el Cristianismo perdura, probando así que fueron otras las causas que contribuyeron a su éxito, y no la sola debilidad del Imperio, que murió sin arrastrarle en su caída. El destino del Cristianis­mo, de la Iglesia, que es el Cuerpo histórico de la Pasión y la Resurrección de Cristo, es, en efecto, el de morir y volver a nacer sin cesar; Chesterton lo subraya en el último capítulo, probablemente el más bello del libro. Cada vez que, después de dos mil años, desaparece una sociedad, el Cristia­nismo, que parecía unido a ella para la eternidad, parece estar a punto de desapa­recer: sucedió así con el Imperio, con el Feudalismo, con el Renacimiento, con la Revolución. Cada vez, a despecho de los pro­fetas excesivamente apresurados, no fue la muerte lo que llegó, sino una resurrección en una nueva carne, en una nueva expre­sión histórica. Chesterton reanima la apolo­gética. No es de aquellos que creen que, para convencer, valen más las largas parra­fadas enfáticas que el descubrimiento del contenido de la fe con la simplicidad de la buena fe y del amor que renuevan las ver­dades eternas. De este modo, a lo largo de toda su demostración, logra proponernos el hecho de Cristo como una sorpresa, como una verdadera «buena nueva» [Trad. caste­llana de Fernando de la Milla (Madrid- Buenos Aires, 1930); y al catalán, con el título de L’home perdurable, por Mariá Manent. (Barcelona, 1927)].

El Hombre de Sentimiento, Henry Mackenzie

[The Man of Feeling]. Novela de Henry Mackenzie (1745-1831), publicada en 1815. Escrita en el estilo afectado de la época inmediata­mente anterior al Romanticismo (v.), el libro contiene los fragmentos de un diario que el autor imagina haber sido escrito por «un hombre de sentimiento», Harley; tene­mos así la narración de sus variadas expe­riencias, en Londres y otras ciudades; los consabidos encuentros con los picaros, las mujeres de mala vida, muchachas seducidas por jóvenes elegantes y abandonadas lue­go, etc., etc. Las lágrimas corren a cada momento, las mujeres tiemblan patética­mente, las desventuras más inverosímiles se van sucediendo. Por fin el protagonista muere a causa de una lenta fiebre infeccio­sa, agravada por una desilusión de amor. El sentimiento es el motivo dominante, vertido a manos llenas, al que acompaña un vago humanitarismo, una entonación moral a la vez que patética, numerosas reflexiones sobre la vanidad de los goces humanos. El librito únicamente tiene valor por representar el paso del realismo de Fielding al moralismo y la religiosidad de Dickens, y contiene al­gunos comentarios interesantes sobre la política inglesa de aquellos tiempos en la India. Mackenzie había ya dado sobre Hamlet (en «The Mirror» del 18 de abril de 1780) una interpretación que Goethe repitió a me­nudo con las mismas frases en el Wilhelm Meister.

M. L. Giartosio

El Hombre en la Luna o el Impulso del Corazón y la voz del Destino, Wilhelm Hauff

[Der Mann im Mond oder: De Zug des Herzens ist die Schicksalsstimme]. Novela humorís­tica del poeta alemán Wilhelm Hauff (1802- 1827), publicada en Stuttgart en 1826, bajo el nombre de H. Clauren, anagrama del es­critor Carl Heun, el cual, por este abuso llevó a Hauff ante los tribunales.

El Hom­bre en la luna es una parodia de las novelas sentimentales de Clauren, en que se amon­tonan los más gastados desechos del roman­ticismo extravagante y arbitrario. El joven conde polaco Emil von Martiniz, víctima de una serie de desgracias (ha matado injus­tamente a Antonio, novio de su hermana, considerándolo culpable; ha visto morir de dolor a su propia hermana y a su madre), recorre Europa acompañado de un fiel servi­dor, con la vana esperanza de distraerse y, sobre todo, de liberarse de una terrible pe­sadilla: cada noche le parece ver el espectro de Antonio, que le reprocha el homicidio. Uno de los médicos por él consultados le dice que sólo el amor podrá curar su tristeza. Más angustiado que nunca Emil vuelve a vagar por Europa hasta que llega a la pequeña ciu­dad de Freilingen, al Hotel de la Luna (de aquí el título de la novela). Allí, durante una fiesta en honor del soberano, conoce a la joven Ida, de quien se enamora y es amado. La joven consigue librarlo de la pesadilla y con ayuda del amigo de su pa­dre, Bernez, logra casarse con él, a pesar de las intrigas de algunas amigas de ella, y de una rica viuda.

Esta novela suscitó muchas discusiones porque algunos la con­sideraron como una burla contra Clauren, y otros precisamente como una imitación di­recta y voluntaria. Hoy se cree que, mien­tras primero Hauff había tenido intención de crear una novela a la manera de Clau­ren, con el mismo estilo y con los mismos frívolos atractivos, la convirtió después en sátira para no ser tachado de ligereza y co­rruptor de las costumbres, pero su novela sale perjudicada por esta incertidumbre en­tre el humorismo y la seriedad.

A. Musa

Un Hombre de Negocios, Honoré de Balzac

[Un homme d’affaires]. Novela de Honoré de Balzac (1799-1850), publicada en 1845. En el salón de una «lorette», la bella y simpática Mar­garita Turquet, a la que llaman Málaga, se hallan conversando varias personas que apa­recen con frecuencia en la obra de Balzac: el notario Cardot, protector de la muchacha; el caricaturista Bixiou, el periodista Lousteau, el novelista Nathan y el abogado Desroches. Este último, viendo que la conversa­ción ha degenerado en una pugna entre deudores y acreedores, que constituye uno de los aspectos más característicos de la vida mundana parisiense, cuenta un típico episo­dio que hace referencia a dicho tema. Los protagonistas son el famoso conde Máximo de Trailles, «príncipe de los libertinos» de la capital, y un turbio negociante llamado Cérizet; ésta ha concedido a De Trailles, en ruines condiciones, un crédito de unos miles de francos; intenta hacerse pagar y logra su fin acudiendo a un rocambolesco juego de añagazas. La historia, desarrollada con suma rapidez, no ofrece un interés excepcio­nal, y la obra puede considerarse, ante todo, como un pasatiempo del gran novelista. No obstante, figura en ella el episodio de la bella Antonia, favorita del conde Máximo y a la vez cortejada por dos viejos burgue­ses, en cuya figura se aprecia la impronta del genio, ya que Balzac supo prodigar con pluma fácil las minucias pintorescas de esa especie de realismo mágico, del que sigue siendo el maestro insuperado.

M. Bonfantini