Horizontes, Federico Balart

Poesías del escritor mur­ciano Federico Balart (1831-1905), publica­das en 1897 con una dedicatoria a Emilio Castelar. Recoge una serie de composiciones heterogéneas sobre temas sociales, religiosos, filosóficos y onomásticos. El libro se cierra con el largo poema «El progreso» y unos poemas inéditos. Decía Gómez Baquero, en el prólogo a la edición de Balart, de 1929, que en los poetas de hoy — Lorca, Guillén, Diego — «hay mucho lirismo y menos ver­so». Realmente para el lector actual la poe­sía de muchos románticos suena a hueca y queda sólo el cascabeleo de los consonan­tes. Balart es poeta en versos sueltos y en alguna composición de aire madrigalesco, pero, en general, es un simple versificador lleno de buena intención. Perteneciendo a la escuela de Núñez de Arce, Campoamor y Bartrina, cayó también en el ripio y en los tópicos al uso. Así abunda en imágenes como «repentino rayo», «ígnea centella», «tartárea visión», «charca pestilencial», «olas turbulentas», «horrenda insensatez», etc.

A. Manent

Horas de Ocio, serie de Poesías Originales y Traducidas, George Gordon Byron

[Hours of Idleness, A Se­ries of Poems, Original and Translated]. El primer libro de versos publicado por George Gordon Byron (1788-1824) con su nombre, en 1807. Repite en gran parte el contenido de dos volúmenes anónimos publicados por él en 1806. Piezas fugitivas [Fugitive Pieces] y, en 1807, Poesías de circunstancias [Poems on Various Occasions]. Contiene versiones de clásicos (Catulo, Tibulo, Eurí­pides, etc.) y algunas composiciones origi­nales no demasiado notables. Una crítica desfavorable de la obra provocó por parte de Byron la sátira: Bardos ingleses y críticos escoceses (v.).

M. Praz

Quizás Byron no hubiese llegado a nada de no haber sido lord, rico y dotado de una belleza fatal. (Du Bos)

Horas Poéticas, Friedrich von Canitz

[Nebenstunden unterschiedner Gedichte]. Recopilación poética póstuma del escritor alemán Friedrich von Canitz (1654-1699), publicada en 1700. Son en su mayoría sátiras de sabor horaciano, diri­gidas contra la vida cortesana y sus vicios: la avaricia, la ambición y la vanidad. No son nunca personales ni punzantes, y en ellas se manifiesta más humorismo que sar­casmo.

La más célebre de estas sátiras, a la manera de Boileau, fue la escrita «Contra la poesía», o sea contra la invasión de la poe­sía de ocasión, adocenada, y la epidemia de escribir en rima. Canitz, adversario de la escuela de Silesia, figuró entre los primeros alemanes que tomaron posición contra las dulzonerías de la poesía pastoral, y proclamó la dignidad de la poesía. Su principal mérito, en relación con su tiempo, consiste en cierto buen gusto; en sus versos figura a menudo el elogio de la vida campestre y solitaria, como nostalgia en medio de la accidentada vida de diplomático que hubo de llevar. La poesía «In morte», con ocasión del falleci­miento de su primera esposa, figura entre las más emocionadas y populares. Canitz obtuvo inmediata fama, y durante unos de­cenios hasta se habló de un «gran Canitz». Bodmer le dedicó algunos versos en sus Ca­racteres de la poesía alemana, exaltándolo como el primer satírico de la vida cortesana. En la segunda mitad del siglo XVIII, su fama decayó; Federico el Grande lo volvió a valorizar, apreciándolo «por su tono de buena sociedad, la cortesía y amenidad que hacen tan placentero su estilo». Goethe, que encontró su volumen de poesías en la bi­blioteca paterna, dice que aprendió más en él que en todo lo que había leído antes.

G. F. Ajroldi

Las Horas Solitarias, Pío Baroja

Libro de Pío Baroja (1872-1956) paralelo a Juventud, ego­latría. Ambos son frutos de sendos veranos (1917 y 1918) y de los mismos propósitos: un ensayo de interpretación de las personas y de las cosas (Las horas solitarias, con me­nos elementos autobiográficos, pero con idéntica visión centrípeta del mundo). Falta ahora esa tenue unidad que el yo daba al primero de estos libros, pero, a pesar de ello, nos parece imposible separar las dos narraciones, porque si el yo no está como manifestación carnal y concreta de una per­sonalidad, aparece — y es mucho más va­lioso — en cada una de las percepciones o en cada una de las valoraciones que el novelista siente o ensaya.

El libro es muy importante para el conocimiento de la per­sonalidad del escritor: unas páginas de la introducción sirven para caracterizarle espi­ritualmente y permitir la comprensión de la arbitrariedad o personalismo de los jui­cios que luego siguen («yo me siento un poco voltario; no tengo el reposo de los grandes espíritus, ni la inmovilidad y anquilosis de las gentes torpes»); del mismo modo, esas páginas sirven para explicar y comprender su obra novelesca. Cada una de las otras partes del libro (excepción hecha de Una excursión electoral) está cobijada bajo una estación, aunque sólo muy rara­mente los temas coincidan con la época del año (aspectos del campo, labores agrícolas y muy poco más). Lo que da cierta unidad al libro es, precisamente, su heterogeneidad: ideas sobre pueblos españoles (Córdoba, Málaga, San Sebastián, Bilbao), sobre literatura, sobre filosofía, sobre religión, sobre arte… La posición del novelista ante las pequeñas y grandes miserias del mundo, su interpreta­ción de cuatro autores a los que estudia en algún aspecto de su obra (Haeckel, Feuerbach, Bergson y Menéndez Pelayo). La interpretación de la luz en el paisaje, de la chabacanería actual, de las clases sociales, del lujo… todo desorbitado por una lente que hace conocer lo que hay de esencial en las cosas y empequeñece o aniquila lo subsidiario.

Libro que responde con perfecta adecuación a las ideas fundamentales de Ba­roja: su visión impresionista del paisaje, su cuadro de «España negra» en todo lo que rodea a la excursión electoral por tierras de Huesca (candidatura no llegada a presen­tar por Fraga), su pesimismo ante la vida. Libro necesario para conocer muchas de las ideas de Baroja y la génesis de alguna de sus novelas y, como fondo (en las tres últi­mas partes), Vera, pueblo al que se dedican muchas páginas y al que llegamos a conocer hasta en sus más menudos detalles.

M. Alvar

La Hora de Todos y la Fortuna con Seso, Francisco de Quevedo y Villegas

«Fantasía moral» del gran es­critor español don Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645). En la dedicatoria a don Álvado de Monsalve, canónigo de la santa Iglesia de Toledo, el autor especifica el ca­rácter de su obra: «El tratadillo, burla bur­lando, es de veras. Tiene cosas de las cos­quillas, pues hace reír con enfado y desesperación. Extravagante reloj, que dando una hora sola, no hay cosa que no señale con la mano. Bien sé que le han de leer unos para otros, y nadie para sí. Hagan lo que mandaren, y reciban unos y otros mi buena voluntad. Si no agradare lo que digo, bien se le puede perdonar a un hombre ser ne­cio una hora, cuando hay tantos que no lo dejan de ser una hora en toda su vida». Estas palabras muestran claramente su con­tenido irónico y satírico, tan peculiar del genio de Quevedo.

«Júpiter, hecho de hie­les, se desgañitaba poniendo los gritos en la tierra; porque ponerlos en el cielo, donde asiste, no era encarecimiento a propósito». Así empieza la obra. Júpiter — que el autor nos lo ha descrito ya de una forma cómi­ca — convoca a los otros dioses, y ordena- a Mercurio, «el chisme del Olimpo», que traiga a su presencia a la Fortuna «asida de los arrapiezos». La aparición de la Fortuna es todo un retrato: «que con un bordón en la mano venía tentando, y de la otra tiraba de la cuerda que servía de freno a un pe­rrillo. Traía por chapines una bola, sobre que venía de puntillas, y hecha pepita de una rueda, que la cercaba como a centro, encordelada de hilos y trenzas y cintas y cordeles y sogas, que con sus vueltas se tejían y destejían». Detrás de ella venía su fregona, la Ocasión, «gallega de coram vobis, muy gótica de facciones, cabeza <de contramoño, cholla bañada de calva de es­pejuelo, y en la cumbre de la frente un solo mechón, en que apenas había pelo para un bigote». Con estas presentaciones, los grandes mitos de la tradición literaria de la Edad Media son objeto de una caricatura que se convierte en una crítica definitiva.

Si los autores del Renacimiento podían aún usar el tópico de la Fortuna, esta obra de Quevedo le ha dado el traste definitivo, tras presentarnos a esta Fortuna y a su compa­ñera, la Ocasión, cuyas manos «echábasele de ver… que vivía de fregar y barrer». Jú­piter acusa a la Fortuna de cometer locuras con los hombres, a lo que ella contesta que los hombres ya la desprecian, que es una hembra que se ofrece a todos, pero que pocos la gozan. Pero Júpiter objeta que los hombres no tienen lo que merecen y que por lo menos deben tenerlo durante una hora de un día. Entonces la Fortuna empieza a «un­tar el eje de su rueda, y encajar manijas, mudar clavos, enredar cuerdas, aflojar unas y estirar otras» de su rueda desvencijada. El Sol da la hora con un grito: las cuatro. Y «la Fortuna, como quien toca sinfonía, empezó a desatar su rueda, que arrebatada en huracanes y vueltas, mezcló en nunca vista confusión todas las cosas del mundo; y dando un grande aullido, dijo: Ande la rueda, y coz con ella. Así, un médico se ve convertido de pronto en verdugo; la casa del ministro ladrón se deshace, y las vigas, paredes, muebles, etc., van todos vo­lando hacia su propietario; un orador se vuelve tartamudo; unos jueces se conde­nan a sí mismos; a un poeta culterano le «coge la hora» en el momento de la lectura de la cuarta estrofa y debido a la oscuridad de la pieza acuden lechuzas y murciélagos y los oyentes tienen que encender linternas; una dama que se está poniendo afeites, los mezcla todos, etc.

Así el autor va sorpren­diendo a los grandes señores, a las grandes damas, a los potentados, a los codiciosos, a los arbitristas, a las alcahuetas, a los le­trados, a los taberneros, a los pretendientes, a los que piden prestado. A todos les coge la hora y quedan reducidos a su verdadera condición. Abundan también las sátiras po­líticas (los capítulos y las alusiones a he­chos históricos, a pueblos, etc.: «La imperial Italia», «El Gran Duque de Moscovia y los tributos», «Los holandeses», «El Gran Du­que de Florencia», «Los tres franceses y el español», «La Serenísima República de Ve- necia», «El Dux y el Senado de Génova», los alemanes, los turcos, los ingleses, etc.). Pasa la hora y todo vuelve a sus cauces anteriores. La hora de todos y la fortuna con seso debe colocarse dentro de la mejor galería de obras satíricas.