Idilio en la «Maremma», Giosuè Carducci

[Idillio Maremmano]. Poema lírico en veinte tercetos endecasílabos, de Giosuè Carducci (1835- 1907). Forma parte de las Rimas Nuevas (v.) que señalan el final de la experiencia bata­lladora de los Yambos y Epodos (v.). «Con el rayo del abril nuevo» [«Col raggio de l’april nuovo»], vuelve de pronto a sonreír en el corazón del poeta la «rubia María» de Maremma, su primer amor. Ahora la ve en su aldea nativa «alegre madre y esposa» [«lieta madre e sposa»]; la ve salir de nue­vo, bella y joven, «tra l’ondeggiar dei lunghi solchi» [«entre el ondear de los largos surcos»], con una guirnalda de flores, en el verano llameante, imagen de lo que hubiera sido su vida si, en lugar de consumirse so­bre los libros y papeles, se hubiera casado con la bella campesina. Mejor goce, conclu­ye el poeta, hubiera sido poder narrar a los hijos atentos «le forti prove e le sudate cacce» [«las fuertes pruebas y las sudorosas ca­cerías»], que perseguir con «fábulas rimadas a los bellacos de Italia y Trissottino». Este Idilio es una de las más típicas expresiones de la poesía y de la concepción carducciana del amor, sentimiento estrictamente ligado al sentido pánico de la unidad vital. Por esto destacan por encima de todo otro mo­tivo la figura de la rubia María, delineada en su función de madre y trabajadora, el tema de una sensualidad sana y valiente, y en fin, el airoso y sano aire del campo. Y como la figura de María de Maremma se enlaza con la de la «Madre», el tema panicoagreste, aquí concretado en precisas lí­neas paisajistas, preludia de lejos la vibrante embriaguez de las Odas Bárbaras (v.), en las que quedarán completamente anulados los sombríos motivos románticos que toda­vía subsistían.

D. Mattalìa

El amor de Carducci es un ejercicio ver­bal de origen literario, una emoción, no sin un poco de confesada vergüenza por lo frí­volo del asunto. (Thovez)

Identidad y Realidad, Émile Meyerson

[Identité et Réalité]. Obra fundamental de Émile Meyerson (1859-1933), filósofo polaco que vivió en Francia y está espiritualmente ligado a la tradición filosófica francesa. Esta obra, publicada en 1908, sostiene una teoría de la ciencia que se funda en la negación de la epistemología positivista. Positivismo está tomado aquí en dos significados funda­mentales según la epistemología de Auguste Comte: en su carácter antimetafísico y en su carácter pragmático.

En general supone la concepción «legal» de la ciencia y puede por consiguiente extenderse a corrientes epistemológicas más recientes que no deri­van directamente de la doctrina comtiana, como son los distintos movimientos de reac­ción contra la visión cientificofilosófica del siglo XIX, por ejemplo, el idealismo epis­temológico contemporáneo. El autor, lle­vando su análisis al campo mismo de la experiencia científica «que se hace», demuestra que el positivismo no tiene nada que ver con la ciencia. Ésta sigue siendo ontológica y dogmática: cree con el «sentido común» en la independencia del ser frente a la con­ciencia y si destruye la realidad de la visión ingenua, es para sustituirla por otra reali­dad menos cualitativa, pero por esto más en sí. Contra el dominio de la «legalidad» afirmado por los positivistas, Meyerson sos­tiene la intervención, en la construcción del saber científico, de la «causalidad». La cau­salidad es el «principio de identidad» apli­cado a los fenómenos en el tiempo, para los cuales la causalización de lo real o expli­cación científica se resuelve en una tenta­tiva de deducción del ser, de derivación ne­cesaria del efecto de la causa y por lo tanto de identificación.

Procediendo de identidad en identidad, anulando el «devenir» pri­mero y luego la diversidad cualitativa, la ciencia tiende en realidad a la disolución de lo real en el espacio vacío, al acosmismo: es la esfera de Parménides. Des­cartes tenía razón. Pero el principio de identidad, cuyo significado activo, dinámico y sintético, Meyerson precisara mejor en trabajos sucesivos, como proceso de identi­ficación, no es más que una condición de la ciencia; aprioristico, trascendental en sentido kantiano, expresa la esencia de la razón y en esto indica iónicamente una exi­gencia y una dirección. Una ciencia pura, un saber aprioristico, no son pues posibles. Es la ciencia misma la que reintegra la realidad en sus derechos. El principio de Camot es la expresión de la resistencia que la naturaleza opone a la acción reductora de la causalidad. La tesis principal de la obra es esta tensión entre razón y realidad, racional e irracional, «idéntico» y «diverso», tensión que no supone un dualismo metafísico, sino que sostiene la «polaridad» del pensamiento. Nos conduce así a una forma de racionalismo crítico que se inspira en Descartes y en Kant y en el cual se tiende a defender el aspecto tradicional de la cien­cia a través de un sistema original y a re­descubrir en la unidad de lo «racional» (identidad) el sentido y el valor del pro­greso científico.

A. Denti

Un Idilio Invernal, Karl Stieler

[Ein Winteridyll]. Poesías de Karl Stieler (1843-1885), publicadas póstumamente en 1885. Es una de las pocas colecciones que no escribió en lengua vernácula el gran poeta dialectal bávaro. El autor tenía la intención de aña­dir otras poesías, pero la muerte interrum­pió su designio. Son evocaciones delicadas, sentimentales, impregnadas de una serena nostalgia de su vida y de todas las perso­nas que le han proporcionado alguna ale­gría. Stieler finge haber rehusado la invi­tación que le ha hecho una señorita para asistir a una fiesta, y haberse quedado en casa, preso de los recuerdos. Cada una de las poesías de Winteridyll está dedicada a un familiar, cuya imagen acude a su me­moria: a su esposa, a sus hijas, a su madre y a su padre. Y cada una es una acción de gracias por la felicidad recibida; pero la obra no resulta monótona y la melodía ver­bal es sencilla pero viva y espontánea.

C. Gundolf

Ideas y Creencias, José Ortega y Gasset

Volumen del filó­sofo español José Ortega y Gasset (1883- 1955), publicado en 1940 y compuesto del ensayo que le da el título y de otros cinco: «En el centenario de Hegel», «Miseria y es­plendor de la traducción», «Defensa del teó­logo frente al místico», «En el centenario de una Universidad» (Granada) y «Memorias de Mestanza».

Ideas y creencias es un primer capítulo del libro que Ortega anunció hace ya muchos años, Aurora de la razón histórica. El nervio de este estudio consiste en la distinción de dos clases de «ideas», de función muy diferente en nuestra vida: las ideas en sentido estricto y las creen­cias. Las ideas son algo que yo pienso, que yo tengo, que se me ocurren; ahora bien, hay ciertas «ideas» básicas o interpre­taciones que no surgen un día en mi vida, que no adopto, sino en las cuales me en­cuentro ya; son ideas que somos, ideas que nos tienen y sostienen; éstas son las creen­cias; vivimos de ellas, funcionan para nos­otros como la realidad misma; son, pues, mucho más profundas e importantes que las ideas. Las ideas tienen precisamente la función de suplir las creencias cuando éstas fallan, de llenar sus huecos, de apuntalarlas en ocasiones. Y las ideas son asunto de fan­tasía, de imaginación. La realidad auténtica y primaria no tiene por sí figura, no se la puede llamar mundo; la imaginación pro­yecta interpretaciones sobre la realidad; en este sentido, Ortega aproxima la ciencia a la poesía: el triángulo y Hamlet son dos criaturas imaginarias. Los mundos interiores, imaginativos, son nuestra intimidad; a ellos nos vamos para entender el mundo real y poder movernos en él (v. Ensimismamiento y alteración).

Las creencias constituyen el estrato básico de nuestra vida, aquel en que nos apoyamos para vivir; por eso, de las creencias no suele tenerse conciencia aparte, son difíciles de descubrir; y de ahí la difi­cultad de la historia, o de la biografía, por­que lo decisivo en la vida humana, indi­vidual o colectiva, son las creencias, de las que rara vez se habla y en las que muy po­cas veces se piensa. Este escrito está fecha­do en diciembre de 1934, y por tanto perte­nece al mismo nivel que Ensimismamiento y alteración, Goethe desde dentro, Histo­ria como sistema y Guillermo Dilthey y la idea de la vida.

J. Marías

Ideas Sobre la Filosofía de la Historia de la Humanidad, Johann Gottfried Herder

[Ideen zur Philosophie der Geschichte der Menschheit]. Obra filosófica en tres volúmenes, de Johann Gottfried Herder (1744-1803), publicada en 1784. Al contrario de Vico, que comenzó por establecer el orden de sucesión entre los varios momentos del espíritu para después trazar una historia ideal eterna, sobre la cual transcurre el ciclo de la historia fenoménica que se encuadra en ella como símbolo, Herder se eleva de las manifestaciones físico- naturales, del estudio de la tierra, de sus montañas, de sus aguas, de su atmósfera, del inmenso laboratorio en que se prepara la organización de las plantas y la vida de los animales, hasta llegar a las complicadas estructuras fisiológicas o los instintos mara­villosos de los animales, y al hombre, com­pendio de la Creación. La cual, sin embargo, en este punto se escinde en dos mundos: el uno es el del espacio, en el cual las leyes físicas, las estaciones y los climas recitan un ritmo formado de aparente mo­vimiento, pero de eterno reposo, y cons­truyen la morada del hombre; el otro, que se mueve en el tiempo, como éste en conti­nuo cambio, progreso, regreso, desviaciones y reflujos, variable hasta el infinito, apa­rentemente sin ley ni fin, y en realidad en continuo desenvolvimiento: el reino del hombre.

Dotado de sentidos más perfectos y de instintos más puros que los animales, está por esto organizado para la libertad de acción, para el arte y el lenguaje, para la humanidad y la religión, para las espe­ranzas de inmortalidad, el hombre, poseedor de facultades espirituales, es el último esla­bón en la cadena de un orden superior: de donde procede la contradicción inmanente en su ser, del ciudadano de dos patrias a un tiempo. Herder hace nacer estos dos mundos uno de otro; si es verdad que las leyes físi­cas han construido el Universo, y las leyes de la humanidad han construido el mundo de la historia, el hombre, pues, en su múl­tiple naturaleza, no es más que el resumen y el punto de encuentro de todas las fuer­zas orgánicas. Formado y plasmado por el ambiente físico, por el clima, por las nece­sidades de la vida, etc., hubiera seguido siendo naturaleza, flor de la naturaleza, pero estaría imposibilitado para desvincularse de su determinismo, obligado a marcar el paso, de generación en generación, a no ser por la revelación primitiva y fundamental, por la comunicación con Dios, quien, hallado el hombre cosa entre cosas, le proporcionó un lenguaje y una forma de religión, tradicio­nes de humanidad. «La religión sola intro­dujo entre los pueblos los primeros elemen­tos de la civilización y de las ciencias, que no fueron en su origen sino una especie de tradición religiosa».

El autor pasa revista a las más antiguas tradiciones asiáticas y a las vicisitudes de las grandes naciones del pasado; y muestra como la evolución hu­mana ha procedido de manera autónoma, confiada a fuerzas inmanentes. «El objetivo de la naturaleza humana es la humanidad»; y Dios, al dar a los hombres este objetivo, ha puesto su destino en manos de ellos, so­bre los fundamentos de la razón y de la justicia, bajo el impulso de una bondad su­prema reguladora, y cooperar con ella es nuestra suprema felicidad. El tercer libro pasa revista a la historia de las naciones europeas, especialmente en el período cris­tiano, en particular al Romanismo, al Ger­manismo y a la Iglesia, así como a las cau­sas de su éxito parcial y de su decadencia. La vasta obra termina con la pregunta «La época de la educación universal y recípro­ca de los pueblos por medio de las leyes, de la instrucción de las constituciones polí­ticas, ¿cuándo vendrá?». Típicamente «ilustracionista» en sus orígenes (de Rousseau procede su entusiasmo por la naturaleza y su odio al despotismo «innatural», por ser artificiosa la escisión del mundo de la natu­raleza del mundo de la Historia) esta obra se revela como un compromiso entre la preocupación de un^ determinismo natura­lista y una concepción optimistateológica de la Providencia.

Pero precisamente esa fe­cunda transacción, con el evidente esfuerzo de superar la transcendencia en la inma­nencia, está en la raíz de todo el Roman­ticismo, del cual se convirtió Herder en uno de los patriarcas, y a pesar de todas sus deficiencias en cultura económica y jurí­dica, y la falta de examen crítico del mate­rial histórico, su obra ofrece con inspirada elocuencia un grandioso conjunto, y no ca­rece de temas vivos y en parte originales, como la insistencia en la humanidad de la Historia y en la autonomía de todo fenómeno humano, ni de vastas perspectivas y gran nobleza de estilo. «Buscad donde queráis libro más grandioso, majestuoso y uni­versal, que muestre como éste el orden y la sabiduría en el seno del caos de los siglos», escribió Quinet. Y esto explica su gran éxito.

G. Pioli