[Ideen zur Philosophie der Geschichte der Menschheit]. Obra filosófica en tres volúmenes, de Johann Gottfried Herder (1744-1803), publicada en 1784. Al contrario de Vico, que comenzó por establecer el orden de sucesión entre los varios momentos del espíritu para después trazar una historia ideal eterna, sobre la cual transcurre el ciclo de la historia fenoménica que se encuadra en ella como símbolo, Herder se eleva de las manifestaciones físico- naturales, del estudio de la tierra, de sus montañas, de sus aguas, de su atmósfera, del inmenso laboratorio en que se prepara la organización de las plantas y la vida de los animales, hasta llegar a las complicadas estructuras fisiológicas o los instintos maravillosos de los animales, y al hombre, compendio de la Creación. La cual, sin embargo, en este punto se escinde en dos mundos: el uno es el del espacio, en el cual las leyes físicas, las estaciones y los climas recitan un ritmo formado de aparente movimiento, pero de eterno reposo, y construyen la morada del hombre; el otro, que se mueve en el tiempo, como éste en continuo cambio, progreso, regreso, desviaciones y reflujos, variable hasta el infinito, aparentemente sin ley ni fin, y en realidad en continuo desenvolvimiento: el reino del hombre.
Dotado de sentidos más perfectos y de instintos más puros que los animales, está por esto organizado para la libertad de acción, para el arte y el lenguaje, para la humanidad y la religión, para las esperanzas de inmortalidad, el hombre, poseedor de facultades espirituales, es el último eslabón en la cadena de un orden superior: de donde procede la contradicción inmanente en su ser, del ciudadano de dos patrias a un tiempo. Herder hace nacer estos dos mundos uno de otro; si es verdad que las leyes físicas han construido el Universo, y las leyes de la humanidad han construido el mundo de la historia, el hombre, pues, en su múltiple naturaleza, no es más que el resumen y el punto de encuentro de todas las fuerzas orgánicas. Formado y plasmado por el ambiente físico, por el clima, por las necesidades de la vida, etc., hubiera seguido siendo naturaleza, flor de la naturaleza, pero estaría imposibilitado para desvincularse de su determinismo, obligado a marcar el paso, de generación en generación, a no ser por la revelación primitiva y fundamental, por la comunicación con Dios, quien, hallado el hombre cosa entre cosas, le proporcionó un lenguaje y una forma de religión, tradiciones de humanidad. «La religión sola introdujo entre los pueblos los primeros elementos de la civilización y de las ciencias, que no fueron en su origen sino una especie de tradición religiosa».
El autor pasa revista a las más antiguas tradiciones asiáticas y a las vicisitudes de las grandes naciones del pasado; y muestra como la evolución humana ha procedido de manera autónoma, confiada a fuerzas inmanentes. «El objetivo de la naturaleza humana es la humanidad»; y Dios, al dar a los hombres este objetivo, ha puesto su destino en manos de ellos, sobre los fundamentos de la razón y de la justicia, bajo el impulso de una bondad suprema reguladora, y cooperar con ella es nuestra suprema felicidad. El tercer libro pasa revista a la historia de las naciones europeas, especialmente en el período cristiano, en particular al Romanismo, al Germanismo y a la Iglesia, así como a las causas de su éxito parcial y de su decadencia. La vasta obra termina con la pregunta «La época de la educación universal y recíproca de los pueblos por medio de las leyes, de la instrucción de las constituciones políticas, ¿cuándo vendrá?». Típicamente «ilustracionista» en sus orígenes (de Rousseau procede su entusiasmo por la naturaleza y su odio al despotismo «innatural», por ser artificiosa la escisión del mundo de la naturaleza del mundo de la Historia) esta obra se revela como un compromiso entre la preocupación de un^ determinismo naturalista y una concepción optimistateológica de la Providencia.
Pero precisamente esa fecunda transacción, con el evidente esfuerzo de superar la transcendencia en la inmanencia, está en la raíz de todo el Romanticismo, del cual se convirtió Herder en uno de los patriarcas, y a pesar de todas sus deficiencias en cultura económica y jurídica, y la falta de examen crítico del material histórico, su obra ofrece con inspirada elocuencia un grandioso conjunto, y no carece de temas vivos y en parte originales, como la insistencia en la humanidad de la Historia y en la autonomía de todo fenómeno humano, ni de vastas perspectivas y gran nobleza de estilo. «Buscad donde queráis libro más grandioso, majestuoso y universal, que muestre como éste el orden y la sabiduría en el seno del caos de los siglos», escribió Quinet. Y esto explica su gran éxito.
G. Pioli

