Inmortalidad, Rudolph G. Binding

[Unsterblichkeit]. No­vela de guerra del escritor alemán Rudolph G. Binding (1867-1938), publicada en 1922. Cerca de un castillo de Flandes una escua­drilla alemana de cazas está preparando su campo de aterrizaje durante la guerra de 1914-1918. El comandante es un as, no sola­mente famoso entre sus compañeros, sino conocida, también entre los enemigos. La hija del propietario del castillo quiere hablar con este héroe, al que tiene casi por un monstruo, y apenas le ve, como es natural, se enamora de él; se enamora de él loca­mente, sin casi darse cuenta; sólo cuando llega la noticia de que ha desaparecido en el mar siguiendo a un avión enemigo, se hace consciente de su pasión. Después viene la paz; ella se casa, pero siente una inexpli­cable simpatía por aquel mar donde cayó tiempo atrás el héroe. Numerosos coloquios se desarrollan entre la mujer y aquella in­mensidad de agua. Un día en que ella se aventura por un pequeño muelle, una ola gigantesca desprendida súbitamente de las demás, la embiste y está a punto de ma­tarla, pero es devuelta intacta a la playa. Cuando ella tiene un hijo piensa que será el verdadero descendiente de su antiguo enamorado. La tienen por loca y consideran necesario alejarla del mar. Pero ella, con su pequeño, prefiere buscar la paz en sus olas. Aunque en ciertos puntos la trama se presta a fáciles críticas, no se puede negar que un hálito poético impele sus aconteci­mientos. Ciertos acentos recuerdan al lector la Dama del mar (v.) ibseniana. Pero aquí, en el fondo, está la guerra europea, y aunque el asunto de la obra concluye después de muchos años de paz, el relieve y la vitalidad de su trama son buscados por el autor en la atmósfera dramática de la guerra y en su tensión.

R. Paoli

De la Inmortalidad del Alma, Pietro Pomponazzi

[De immortalitate animae]. Publicada el 6 de noviembre de 1516, es la obra más famosa de Pietro Pomponazzi (1462-1525) y una de las más significativas del siglo XVI, y no sin razón comparada a menudo, por el atre­vimiento de sus ideas, con el Príncipe (v.) de Maquiavelo.

Originada por una discusión de Pomponazzi y un dominico, Girolamo Natale Raguseo, esta obra se presenta como un comentario, realizado dentro de los precisos límites de la razón, «prescindiendo de revelaciones y de milagros», de los textos aristotélicos acerca del tema. El hombre, comienza Pomponazzi, en consonancia con los platónicos de Florencia, es criatura in­termedia entre lo temporal y lo eterno, entre la tierra y el cielo, entre las criaturas celes­tes, que son puro intelecto, y las corpóreas, que son puro sentido. Y con todo, cuando se quiere precisar cuál ha de ser la función de la inteligencia humana, nos quedamos terriblemente perplejos. Separándola del cuerpo, haciendo de ella una entidad por sí misma, más que demostrar que el hombre es horizonte entre dos mundos, entre reali­dad sensible y realidad inteligible, se ha dividido en dos partes, relegando la una (el cuerpo) a la tierra, y levantando la otra (el alma) a los cielos, pero destruyendo, a fin de cuentas, aquel hombre concreto que se trataba de exaltar. De aquí la necesidad de un nuevo examen del viejo problema. Por un lado, Pomponazzi se hallaba ante la tesis de Averroes, dominante por aquel tiem­po en Padua y en Bolonia, y dada a conocer por Vernia y Achillini: el intelecto, tanto el agente como el posible, es separado y único. Los individuos, diferenciados por sus particularidades físicas, se identifican en el pensamiento y no sólo respecto al objeto universal pensado (concepto), o a la luz intelectual que ilumina la mente y el objeto (intelecto agente), sino también en cuanto a la capacidad de entender (intelecto posi­ble), que es a los conceptos lo que el ojo a las cosas visibles.

Establecido esto, mien­tras el intelecto común a la humanidad permanece eterno en su unicidad, los individuos particulares, Sócrates y Platón, pere­cen sin dejar rastro. Opuesta a la tesis de la separación total, se encuentra, en cambio, la interpretación que de Aristóteles había dado Alejandro de Afrodisia, cuyo comentario, ya conocido en la Edad Media, se había vuelto a traer a colación, en buen latín, por el humanista del siglo XIV Girolamo Do­nato. Más aproximado al espíritu del aristotelismo, Alejandro, a pesar de separar del hombre el intelecto agente identificado con Dios, había entendido el intelecto posible como forma del cuerpo, y que, como tal, perece con él. Pomponazzi se inspira en el naturalismo de Alejandro: como el hombre no puede entender sino reelaborando los datos que los sentidos le proporcionan, es evidente que su intelecto está ligado al cuerpo respecto al objeto, aunque se pueda sostener cierta independencia funcional de la mente respecto al órgano corpóreo. Sen­tado esto, el alma será en sentido propio «simpliciter» mortal aun habiendo en ella, en cierto sentido «secundum quid», un ansia y como un perfume de inmortalidad, y con­tra esta conclusión no se puede invocar la objeción práctica: ¿a qué se reducirá la moral si los hombres no esperan ya un premio celestial y no temen un castigo in­fernal? Lo verdadero, en realidad, es lo con­trario; la virtud consiste en la íntima ar­monía espiritual, que es, por sí misma, gozo y premio esencial. Todo ulterior disfrute y remuneración accidental son superfluos. «Él premio esencial de la virtud es la virtud misma, que hace feliz al hombre», repite Pomponazzi con los estoicos.

El premio y el castigo accidentales son, a lo más, válidos para los que de hombre no tienen más que el aspecto, insiste Pomponazzi, quien en todos sus escritos acentúa ásperamente la antítesis entre el sabio, que es el único hombre verdadero, y la muchedumbre, que tiene más de bestia que de humana. Eliminadas así las razones naturales en favor de la inmortalidad, queda la fe, respecto a la cual Pomponazzi afirma que «los que proceden por su camino permanecen fieles e íntegros». ¿Tienen razón o no? Una res­puesta franca él no sabe o no quiere darla, afirmando que el problema permanece «neu­tro»; y aunque otras obras suyas hacen pensar que la apelación final a la «doble verdad» averroísta (de razón y de fe) es un expediente, también vuelven a nuestra memoria sus páginas acerca de la ambigüe­dad del hombre, encadenado como Prometeo a la peña dolorosa de su finitud, y ten­diendo con ansiedad tormentosa hacia lo infinito. ¿Por qué negar absolutamente lo que a nosotros, encerrados en el límite, nos está vedado? A pesar de su cauta conclu­sión, esta obra desencadenó polémicas y violentísimas oposiciones. Entre sus nume­rosos críticos sobresalen, sin duda, Contarmi y Nifo. El primero insiste en la tesis, admi­tida por Aristóteles, de que el intelecto, para poder entenderlo todo, debe ser pura potencia y, por lo tanto, del todo inmaterial; y que, además, cuando entiende los primeros principios y los universales en sí, no tiene necesidad de ninguna imagen. El segundo, valiéndose de una concesión de Pomponazzi, observa que siendo las inteligencias motoras de los cielos distintas y separadas de ellos, nada impide que esa misma separación pueda admitirse también para un alma humana. El 3 de febrero de 1518 terminó la impresión de la Apología que Pomponazzi escribió contra Contarmi, Plaudino y el agustino Vincenzo Colze da Vicenza. El Defensorium contra Nifo es de 1519; y en ambos escritos Pomponazzi remacha sus conceptos, es más, los exaspera, si esto es posible, como lo hará más francamente aún en el comentario al De anima (1520) y en el De nutritione (1521).

Inmortalidad, Hermann Keyserling

[Unsterblichkeit]. Co­lección de pensamientos filosóficos del pen­sador alemán conde Hermann Keyserling (1880-1946), publicada en 1907 en Darms­tadt. Keyserling intenta conciliar, al igual que en La estructura del Mundo, el dualis­mo platónico de los dos mundos, de las ideas y de los fenómenos, bajo una visión moderna, justificando algunos valores uni­versales inmutables frente al devenir feno­ménico, por cuanto el sentido profundo de la vida y sus manifestaciones incomprensi­bles pueden ser entendidas como un univer­sal que la razón refuta pero que el espíritu acepta. Sobre este presupuesto, que por otra parte no demuestra, Keyserling admite una perenne inmortalidad de la humanidad que se perpetúa en un continuo presente, en la búsqueda de aquel valor universal postulado. Éste está en lo íntimo de la vida espiritual, más allá de la razón y crea la verdadera sabiduría. La búsqueda y los caminos segui­dos son las piedras miliares de la historia, que olvida fácilmente las obras y los hom­bres hijos del tiempo, pero que, en cambio, se fortifica con su experiencia entendida sólo como fuerza hacia nuevas direcciones. La obra, absolutamente insuficiente por su ex­posición , falta de sistema, peca también por un abierto dogmatismo sin justificación. Forma parte de los escritos menores de Keyserling y no tuvo el éxito de otras obras suyas, ni, como aquéllas, fue traducida a otros idiomas.

F. Re

In Memoriam, Gabriele D’Annunzio

Poemas, en su mayor parte sonetos, dedicados por Gabriele D’An­nunzio (1863-1938) a la muerte de su abuela y publicados en 1880, entre la primera y segunda edición de Primo vere (v.). El in­flujo carducciano de las Odas bárbaras (v.), ya importante en Primo vere, cede aquí al gusto por los Postuma (v.) de Guerrini. Ya sea por efecto del escaso rigor del nuevo modelo, ya por la escasa profundidad, en D’Annunzio, del tema afectivo, los resulta­dos son poéticamente pobres, incluso en comparación con Primo vere.

E. de Michelis

 

El Inmoralista, André Gide

[L’immoraliste]. Re­lato de André Gide (1869-1951), publicado en 1902. El protagonista es el joven investigador Michel, educado en el seno de una familia puritana, que ha vivido hasta en­tonces aprisionado por toda clase de reglas y prohibiciones. Aquejado por una grave enfermedad, se ha curado gracias a un viaje al África; pero allí ha penetrado en lo más íntimo de su alma un gusto más directo y violento por la vida y por los goces que puede ofrecer a quien se sumerge en ella libre de prejuicios. Al volver con su esposa Marcelline a aquella tierra africana que estimula y exaspera su sensualidad, aprovecha las menores ocasiones para liberarse de todo residuo de conformismo: ex­perimenta un perverso placer en convertirse en protector y amigo de un muchacho ára­be, Mokir, en quien ha descubierto gozo­samente la inclinación al hurto. Michel se ha dado cuenta de que carece por completo de todo sentido moral, y se dedica con orgullosa vanidad a desarrollar esta cuali­dad «insustituible» de su naturaleza, persua­dido de realizar así una afirmación de su fuerza y de su independencia. Esta peligro­sa mística del Superhombre le lleva final-^ mente a un auténtico delito: advierte que el clima africano es perjudicial a la salud de su esposa, pero no hace nada para salvarla, sino que la deja conscientemente en el error hasta la muerte, librándose así, a la vez, de este lazo «de afectos continuos, de fidelidades amorosas».

El libro, que tuvo un éxito creciente en los años anteriores a la guerra, aunque recuerda los Alimentos terrestres (v.), ofrece, sin embargo, una mayor complejidad significativa: muchas de sus páginas, sobre todo las que evocan el viaje al África, vibran de un sincero soplo lírico, y refinan y componen en un orden poético más riguroso la materia de las «Nourritures». Pero, celebrando la embriaguez de ciertos momentos, nos indica, al mismo tiempo, los límites de una ideología que pretende basarse sobre estos simples datos sensuales, y se inclina suavemente a la sá­tira. Gide ironiza aquí sobre su mismo entusiasmo, que había encontrado irrefrenable desahogo en la obra precedente y gemela: es como si hiciera un inventario y un ba­lance de su experiencia y ofrece de ella una proyección artística que es, al mismo tiempo, una invitación a la discusión, como se ve claramente en la voluntaria insisten­cia .sobre cierta mezquindad del protago­nista. El relato se puede enlazar idealmente con otros dos que le siguieron a largos in­tervalos en el tiempo: La puerta estrecha (v.) y la Sinfonía pastoral (v.). Aunque no alcanza la perfección artística del segundo ni la magia poética del tercero, se distingue con todo en la obra de Gide porque por primera vez se afirma plenamente en él la pureza clásica de su estilo.

M. Bonfantini