El Inocente, de Gabriele d’Annunzio

[L’Innocente]. Es la se­gunda de las tres Novelas de la Rosa [Romanzi della Rosa] de Gabriele d’Annunzio (1863-1938), publicada en 1892 pocos meses después de Giovanni Episcopo (v.). La «rosa» alude a la sensualidad, tema común de las tres novelas.

El protagonista Tullio Hermel (v.) es una nueva encarnación de Andrea Sperelli (v.) de El placer (v.), dotado de una lucidísima conciencia de su propio egoísmo sensual, pero puesto en una situa­ción en la que cuanto le queda de morali­dad (aunque sólo sea como sufrimiento de no tenerla) es lo que dará el sentido y el tono a la novela. Infinitas veces culpable para con su esposa, Giuliana, que siempre lo ha perdonado, cuando finalmente vuelve a ella con el amor de antaño, descubre que ella, entretanto, por un engaño momentá­neo de los sentidos, le ha sido infiel; ahora la encuentra desesperada y más que nunca devota de su marido, pero llevando en su seno, inevitablemente, el fruto de su culpa. Y, aunque moralmente obligado a perdonar a Giuliana que tantas veces le perdonó, Tullio no soporta sin odio al inocente niño, obstáculo para olvidar, hasta que lo mata. Es auténtico en esta novela el sentido desesperado y mortal que se halla en el fondo de la sensualidad, y que da origen a la vicisitud; auténtico especialmente en los últimos capítulos, donde la situación está expresada en un tono sordo y sombrío. Me­nos auténtico, en cambio, es el empeño, mayor que en el Placer y en Giovanni Epis­copo, para centrar la inspiración en la bon­dad, en las luchas morales.

El sentimiento regenerador por el que Tullio se siente atraído hacia su esposa, hasta el punto de particularizarse en los pensamientos que lo componen, no es más que deseo sexual; igualmente la supuesta espiritualidad de Giuliana (como la de María Ferres en el Piacere) es un tono extremadamente lán­guido y voluptuoso de pena de amor. D’An­nunzio continúa» en suma, en el Inocente, y más o menos con los mismos resultados, el esfuerzo que había comenzado en el In­termezzo de rimas (v.), para construirse una interioridad de sentimientos y pensa­mientos por encima del módulo de todo el arte romántico; la inadecuada experiencia de la «bondad», sugerida en el Giovanni Episcopo por el ejemplo de Dostoievski, aquí está inspirada en Tolstoi, del que se hallan en este libro muchas citas, especial­mente de Guerra y Paz (v.): una bondad que en D’Annunzio tiene un sonido falso y pegajoso, aunque de una falsedad siem­pre exquisitamente compuesta y siempre auténtica en la voluptuosidad que yace en su fondo. Es notable a este respecto el uso frecuentísimo de las cursivas, y las repeti­ciones de página a página de frases enteras; maneras, en los modelos de que han sido sacadas, de profundizar la introspección psicológica que se resuelven en una musica­lidad más expuesta que en el Giovanni Episcopo, pero en compensación tanto más ex­plícita en volver a una melodía de género lánguido y suntuoso, paralelo al alejamien­to de Ios motivos psicológicos autobiográ­ficos, que el Placer había rozado muy de cerca, es en el Inocente el uso de la narra­ción en primera persona (como en el Gio­vanni Episcopo), por el que D’Annunzio intenta personificarse en casos, cuanto más pecaminosos tanto menos autobiográficos; con ello se corresponde la fluidez, casi po­dría decirse la desenvoltura, de la máquina narrativa que nace, como se ha dicho, den­tro del acostumbrado círculo de los pensa­mientos tanto más sombríos cuanto más voluptuosos, pero acto seguido los resuelve en una casuística de sentimientos de amor, para la cual, mejor que a Tolstoi, puede citarse a Bourget.

Por esto le falta al Ino­cente la frecuencia de descripciones volup­tuosas que en el Placer interrumpen conti­nuamente el relato; pero las páginas son en cambio más ricas en poesía; las que halla­mos aquí, cuando más se adaptan a los esta­dos psicológicos que acompañan, tanto más ceden a la muelle y algo falsa música del resto; esto se aplica al famoso canto del ruiseñor (cap. IX), que, más extenso que cualquier otra descripción, resulta casi una obra aparte, y para aquella mayor extensión se sirve harto mecánicamente de algunos recursos tomados de un cuento de la Casa Tellier (v.) de Maupassant. En suma, El Inocente sigue siendo la más legible de las novelas de D’Annunzio; pero la más legible en el plano de las novelas llamadas ame­nas, lo cual no quiere decir la más bella. [Trad. española por Augusto Riera (Barce­lona, 1900) y de N. Hernández Luquero (Madrid, 1926)].

E. de Michelis