El Interventor de Coches Cama, Alexandre Bisson

[Le contrôleur des wagons-lits]. Comedia en tres actos de Alexandre Bisson (1848-1912), representada en París en 1898. Jorge Godefroid, marido de Luciana Monpépin, ha de­cidido para sus adentros divorciarse, porque está enamorado de una muchacha que vive en provincias. Para procurarse dos o tres días libres por semana, hace creer que ha sido nombrado interventor de los coches * cama; pero la severísima suegra, poco con­vencida, trata de inquirir la verdad, cosa muy fácil para el celo del suegro, que en­cargado de las informaciones en la direc­ción de la compañía, las obtiene óptimas: Godefroid es un interventor excelente. Lo malo es que se trata de un homónimo (Al­fredo) que va a protestar a casa de Jorge porque se han entrometido en sus asuntos. Conoce así la superchería de Jorge y trata de aprovecharse, ya cortejando a su mujer, ya haciéndole toda suerte de jugarretas, fin­giéndose su amigo. La última jugarreta es quitarle a su amada y obligarle así a volver arrepentido al lado de su mujer. La farsa, aunque urdida con arreglo al modelo tradi­cional de las bufonadas, ofrece en el diá­logo y en las situaciones una vena de óp­tima comedia, además de un espíritu ágil, propio de las mejores obras de Bisson.

M. Ferigni

Interpretaciones de Poesía y Religión, Jorge Santayana

[Interpretations of poetry and religión]. Jorge Santayana (1863-1952), filósofo norteamericano de origen español, publicó en 1900, reuniéndolos bajo este título, diez ensayos escritos en su juventud en circuns­tancias diversas y publicados antes en va­rias revistas literarias y filosóficas de Har­vard. En la introducción el mismo autor nos informa de haber procedido a esta compi­lación porque cada artículo aspiraba a la demostración de la identidad, en esencia, de las diversas manifestaciones del ser, que, puestas en contacto con las necesidades prácticas de la vida, adquieren después di­recciones diversas. Así, religión y poesía, aun identificándose en su origen («la poesía surgió como mito religioso») se distinguen más tarde porque la religión asume una esfera totalmente superior a la humana. La poesía, por lo tanto, vendría a ser una reli­gión purificada de todo deber y necesidad de orden práctico, una forma típica del arte por el arte, resultante de un equilibrio ín­timo entre mente y espíritu, no roto todavía por angustias o conflictos. También en. Gre­cia, donde el arte había alcanzado su má­xima perfección posible, se produjo la esci­sión entre poesía y religión, causa primera^ de la decadencia que se ha acentuado parti­cularmente en nuestros días — de aquí la crítica despiadada a la poesía de Whitman y de Browning porque el ritmo vertiginoso de la vida ha arrancado al hombre de la contemplación, y le ha llevado a no com­prender los valores más verdaderos de la existencia. Estos ensayos si bien hacen pre­sentir en este pensador, entonces joven, una organización sistemática todavía no alcan­zada, adquieren sin embargo un elevado va­lor poético tanto por la inspiración que los anima, como por el estilo particularmente reductor de Santayana.

G. Borsa

Santayana ha expresado su visión de una manera creadora, y en un estilo de primer orden en nuestro tiempo, pobre de prosa noble y depurada. (L. Lewishon)

Interpretaciones Virgilianas de la «Eneida», Tiberio Claudio Donato

[Interpretaciones Virgiliana Aneados]. Así se titula el comentario que Tiberio Claudio Donato (s. V d. de C.), que no debe ser confundido con el gramático Elio Donato, compuso como libro escolar para uso de su hijo. El supuesto del comen­tario es el valor oratorio de Virgilio, de modo que hay que estudiar la Eneida (v.) porque de ella se derivan las mejores nor­mas retóricas. Esta idea impide a menudo al comentarista juzgar puramente el valor poético de Virgilio, al cual, con todo, pro­fesa admiración y culto. Hacia el final del comentario se encuentra un repertorio de todas las cosas y nombres más notables del poema, de útil consulta.

F. Della Corte

La Interpretación de los Sueños, Sigmund Freud

[Die Traumdeutung]. Obra del psicoana­lista austríaco Sigmund Freud (1856-1939), publicada en 1900. Es la primera tentativa de estudiar el sueño como hecho psíquico relacionado con la vida psíquica que se desarrolla durante la vida diurna, y hallar en él un significado capaz de demostrar la continuidad de la actividad espiritual a tra­vés del sueño y la vigilia. En esto consiste el valor efectivo dé la obra, que viene así a rescatar nuestra vida nocturna de la ce­guera del mero fenómeno físico; los extre­mos a que llega, ya en el terreno de la psicología, ya en el de la psicoterapia, deben, en cambio, considerarse hoy como superados tanto por las exigencias de una es­peculación filosófica como por las compro­baciones de la ciencia médica.

La obra comprende un «estudio sobre la historia del problema del sueño, que sigue siendo una de sus partes más importantes, un análisis de los elementos constitutivos del sueño, en sus formas más elementales como en sus formas más complejas, un estudio de la elaboración de las causas que lo determinan y de los significados que llega a asumir. Según Freud, el sueño es, esencialmente, la representa­ción de la realización de un deseo: el que tiene hambre y sed sueña con comer y be­ber; los niños sueñan que obtienen los ju­guetes que desean, y así sucesivamente. Al pasar de los deseos más sencillos a los más complejos, el mecanismo de los sueños nece­sita efectuar una traducción de valores; en efecto, el sueño puede ser considerado como un pensamiento que se desarrolla por imá­genes y, como no todos los elementos que constituyen un deseo tienen una forma vi­sual, es menester que estos elementos sean traducidos en formas representables. Se ob­tiene así una primera elaboración del contenido del sueño. Una segunda y más impor­tante elaboración nos viene dada por la constante presencia de nuestra vida moral: cuando nuestro deseo es tal que nuestro sen­tido ético lo condena, es rechazado por una rigurosa censura de nuestra actividad cons­ciente: pero no por ello queda anulado; por el contrario, consigue igualmente expresarse, pero como por subterfugio, adquiriendo una forma alegórica que, en apariencia, es del todo inocente. Así, en el sueño hay que dis­tinguir un «contenido manifiesto» y un «con­tenido latente»; el primero nos es dado por los elementos visuales que se relacionan con imágenes y sensaciones recientes, material en bruto que forma la sustancia represen­tativa del sueño, y sirve para la traducción de los valores no representables.

El segundo está constituido por su significado profundo y secreto. Pero Freud quiere unificar este significado y hallarle un sustrato origina­rio y común para todos los sueños: el deseo sexual. Como las imágenes recientes, o «res­tos diurnos», son el medio por el cual el sueño consigue representar un deseo nuestro cualquiera, así este deseo no es sino el medio por el cual consigue expresarse un instinto sexual nuestro más profundo. El sueño, pues, se presenta estratificado. A me­nudo, para llegar a su fundamento real, es menester superar varias estratificaciones, porque la representación de un deseo se convierte en símbolo de otro deseo, el cual es, a su vez, símbolo de un tercer deseo, al que siguen un cuarto, un quinto, etc., hasta llegar al deseo que está escondido detrás de la representación de todos los demás: el deseo sexual. Esto sucede particularmente cuando el espíritu se rebela contra la nece­sidad de reconocer este instinto y, por con­siguiente, censura con rigor todas aquellas representaciones que pudieran revelarlo. En este caso se tiene la «represión» («réfoule-ment», «Zurückprángung»), o sea el recha­zar violentamente la sensualidad hasta el fondo ciego de nuestra inconsciencia. For­mas extremas de este fenómeno son las psi­cosis en las cuales el hombre actúa, como en el sueño trasladando sobre objetos simbóli­cos y secretamente alusivos su sensualidad hasta hacerla aparentemente irreconocible.

Estas últimas conclusiones, en las que Freud veía la esencia de su teoría, son las que se han revelado más débiles; la reducción de toda la vida secreta de nuestro espíritu a una sensualidad elemental enlaza el pensa­miento freudiano con un positivismo que el propio Freud se proponía superar, y las relaciones que el autor ve entre el sueño y la producción artística y el mito, aunque deslumbradoras, confirma el carácter cientificista de la teoría.  En su esfuerzo para remontar el curso de aquel proceso por medio del cual, partiendo de las sensaciones y de los impulsos más elementales, se forma el pensamiento, Freud se detuvo en este primer instinto que, hallándose en el ori­gen de la misma generación, podría parecer rigurosamente inicial. Pero, a su vez, la sexualidad presupone una vida moral del espíritu, evidentemente anterior, si es capaz de juzgarla éticamente. Se forma de este modo un dualismo entre vida psíquica y vida moral, el segundo término del cual es presupuesto pero, no estudiado en sus orígenes; y nada nos autoriza de este modo para afirmar que no resida en él el motivo primero del sueño. [Trad. de Luis López- Ballesteros y de Torres, en Obras completas, tomos VI y VII (Madrid, 1948)].

U. Déttore

Hallar la clave, la cifra reveladora capaz de traducir la enigmática lengua de los sue­ños en la de la vigilia, parece que sólo sea posible a la magia, a una intuición de veras clarividente. Pero Freud posee en su taller psicológico una ganzúa que le abre todas las puertas, y se vale de un método casi infa­lible: cada vez que se propone alcanzar un fin más complejo, parte del punto de vista más primitivo. Siempre aproxima la forma primigenia a la forma definitiva; siempre y por doquier, para comprender las flores, descubre las raíces. (Zweig)

Intermezzo, Jean Giraudoux

Comedia en tres actos de Jean Giraudoux (1882-1944), representada por vez primera en París el 1 de marzo de 1933.

Un espectro se aparece en una pequeña villa del Limousin. Un estado de delirio poé­tico se ha apoderado de todos sus habitantes, y de entre ellos la más turbada por el hecho es la institutriz Isabel. Cada atardecer, en el instante del toque de oración del cuartel, Isabel se dirige a un rosal al encuentro de su fantasma, que le exhorta a que marche con él al reino de los muertos. El trato fre­cuente del más allá llega a afectar a la vida cotidiana de la institutriz, quien paulatina­mente ha transformado el sistema de educación de sus alumnos, realiza sus clases en pleno campo, al aire libre, y sustituye sus lecciones de moral por himnos a la be­lleza de la Naturaleza. Es en este momento cuando la administración superior se rebela: envía la Razón a la pequeña villa, bajo el aspecto de un grueso inspector de Academia, naturalmente anticlerical, convencido del Progreso y enemigo de los espíritus. El alcalde le informa de que la situación es grave: en la villa «se escuchan todas las voces favorablemente… todas las divagacio­nes se admiten como justas».

El orden ha sido truncado por las apariciones del fan­tasma: los niños apaleados por sus padres abandonan la casa paterna; los perros mal­tratados muerden a sus verdugos, y hasta en la lotería «ha ganado la motocicleta el joven campeón y no la Superiora de las monjas» como sucedía cada año. ¡Es preciso actuar!, ¡es preciso matar al fantasma! El inspector de la Academia confía la ejecución a dos verdugos jubilados, que disparan sobre el espectro…-, no obstante, aquél renace de nuevo. Pero allí donde fracasaron la Razón y el Inspector triunfa el amor. Ayudado por un droguero, el inspector de pesas y medi­das, enamorado de Isabel, desencanta a la institutriz: hace volver a la joven sobre la realidad de la tierra, arrancando de ella la poesía del más allá, no por medio de la ra­zón y los manuales, sino enseñándole a amar la vida y, sobre todo, aquello que en ella hay de más humilde: los animales, el viento, el perfume de las flores… El fan­tasma, vencido, abandonado por Isabel, se va: «El distrito vuelve al orden.

El dinero de nuevo va a los ricos; la felicidad, a los dichosos; la mujer al seductor… ¡Y con­cluye el sainete!». Se encuentra aquí el tema familiar de Giraudoux: la aceptación de la vida, el encanto del acuerdo entre los humanos y la naturaleza. Esa naturaleza que Giraudoux entiende en verdad, y sobre todo aquí, como algo pleno del sentimiento más exquisito, nos la hace sentir en el encanto mismo de la alianza entre las pa­labras y las ideas, que hacen de Intermezzo un auténtico divertimiento en el que se encuentra a Giraudoux en un personal esta­do de pureza que le permite dar libre rienda al curso de su fantasía y su palabra. Para pintar la turbación de los sueños del alma de una joven provinciana — pues ¿qué es el espectro sino la proyección del alma apa­sionada de Isabel? —, Giraudoux mezcla sin cesar la ironía y la fantasía más delicadas. Si bien el personaje del Inspector resulta un tanto convencional, su carácter cómico aparece claramente cuando se opone su figu­ra a la de Isabel. De este divertimiento se desprende una dulce filosofía, resignada, pero de ningún modo pesimista.