Investigaciones Astronómicas, Friedrich Wilhelm Bessel

[Astronomische Untersuchungen]. Obra del astrónomo alemán Friedrich Wilhelm Bessel (1784-1846), publicada en Königsberg en 1841, en la que se recogen, en dos volúme­nes, algunas de las más importantes inves­tigaciones del autor. Éstas, y todas las demás memorias suyas, fueron impresas en los tres volúmenes de las Disertaciones (Abhandlugen von F. W. Bessel) en 1875.

En el primer volumen de las Investigaciones expone Bessel la teoría del heliómetro, esto es, un instrumento gracias al cual es posible medir pequeñas distancias angulares, como, por ejemplo, el diámetro del Sol (de aquí su nombre) y el de las estrellas. A la teoría sigue la descripción y discusión del helió­metro de Königsberg, que sirvió a Bessel, en los años 1837-38, para sus clásicas medidas de la distancia variable entre la estrella 51 de la constelación del Cisne y dos estrellitas vecinas. Estas medidas le permitieron determinar por primera vez el paralaje anual de una estrella fija, esto es, su dis­tancia de la Tierra. La memoria que habla de este descubrimiento fue reimpresa en el volumen segundo de las Disertaciones. El volumen primero de las Investigaciones continúa con la influencia de la refracción terrestre, su precesión, nutación y aberra­ción, sobre los resultados de las medidas micrométricas estelares; además de nume­rosas observaciones hechas en el grupo de las Pléyades y sobre la figura aparente de un disco planetario insuficientemente ilu­minado, que le sirvió para las observacio­nes de los satélites de Júpiter. En la última parte del volumen, se recogen observaciones de estrellas dobles, hechas con el heliómetro.

El volumen segundo contiene la determi­nación de la masa de Júpiter, un análisis detallado de los eclipses, y el modo de calcularlos para un determinado lugar de la Tierra, como también los métodos para la observación de los eclipses de Sol y las ocultaciones; además, observaciones del paso de Mercurio ante el Sol, de un eclipse casi anular de Sol observado en Königsberg, y, en fin, un nuevo método útil a los nave­gantes para la determinación de las longi­tudes por medio de distancias lunares En los tres volúmenes de las Disertaciones, además de estas memorias de Bessel están recogidas las demás publicadas por él en varios periódicos o en las publicaciones del Observatorio de Königsberg.

El primer vo­lumen comienza con breves recuerdos auto­biográficos, proseguidos por el editor, y memorias sobre movimientos de los cuerpos en el sistema solar, además de tratados de astronomía esférica. El segundo volumen contiene la teoría de los instrumentos y memorias de astronomía estelar, entre ellas la que trata de la medida de los paralajes. Además, memorias de matemáticas, a las que siguen, en el tercer volumen, las de Geo­desia y de Física. Entre éstas, su célebre triangulación de la Prusia oriental para el cómputo de los elementos del esferoide terrestre y para la determinación de la longitud del péndulo simple. En tan vasta mole de trabajo, tanto en la astronomía clásica como en las ciencias afines, tanto en el campo de la observación como en el de la experiencia y la teoría, Bessel aportó nuevos elementos, perfeccionamientos y progresos, abriendo a sus sucesores el ca­mino para nuevas investigaciones.

G. Abetti

Investigación Acerca de los Principios de la Moral, David Hume

[An Inquiry conceming the Principies of Moráis]. Estu­dio sobre los principios constitutivos del acto moral, obra de vulgarización de la se­gunda y tercera parte del famoso Tratado de la naturaleza humana (v.) del filósofo escocés David Hume (1711-1776), publicada en 1751.

El autor pone rápidamente en evi­dencia el carácter constante y específico de toda acción que sea celebrada como vir­tuosa, es decir, útil y agradable a los demás o a nosotros mismos; de donde concluye, por inducción, que el fundamento del bien es lo útil. Pero como en la mayor parte de los casos la utilidad en que hacemos con­sistir la moralidad de una acción, es no sólo la nuestra, sino también la del prójimo, la moral del egoísmo es falsa. Hume se apoya aquí en la orientación de la escuela de Shaftesbury y de Hutcheson, que hacía del bien objeto de un deseo, así como de la razón, y lo basaba, en último análisis, sobre el sentimiento. Aun cuando la razón interviene en gran medida en todas las de­cisiones morales, no por eso es ella la que produce el carácter censurable o aprobato­rio de una acción, puesto que ésta es total­mente inerte, apta sólo para distinguir lo verdadero de lo falso. No es de los uni­versales del bien y el mal, ni del examen de la realidad del hecho de donde cabrá deducir el predicado de «bueno» o «malo»; antes bien, derivan de la reacción del su­jeto o de sus ideas, es decir, del sentimiento de placer o de dolor que una acción ori­gina. Pero no todo placer es «bien» ni todo dolor es «mal»; en realidad, aceptamos como «morales» las acciones que son útiles y agradables, no para nosotros, sino para el agente que las ejecuta y para las perso­nas con las cuales se halla en relación; y, viceversa, las «malas».

Y el enigma de que nunca la utilidad y el placer de los demás pueden resultar agradables a un espectador no directamente interesado (es decir, que el placer y el dolor «ajenos» puedan con­vertirse en placer y dolor «nuestros») queda resuelto con el hecho innegable de la «sim­patía» que permite hagamos nuestro el goce de los demás. «No puede negarse, sin caer en el máximo absurdo, que en nuestra inti­midad esté infundida un poco de benevolen­cia, por poca que sea; una chispa de amis­tad hacia la especie humana; algunas partí­culas de candor con las que está amasada nuestra naturaleza, junto con los elementos del lobo y de la serpiente» (alusión al «Homo homini lupus» de Hobbes). Sin la simpatía o benevolencia, propiedades esenciales del espíritu humano, de las que deriva el apre­cio moral, el hombre permanecería ence­rrado en sus placeres y dolores, no existi­ría un hálito de moral. «Y como toda cua­lidad que es agradable y útil, para nosotros o para los demás, en la vida cotidiana es considerada como parte del valor personal, así no se admite ningún otro criterio, cuando los hombres juzgan las cosas con su razón natural y despreocupada, sin las explicacio­nes ilusorias de la superstición y de una fal­sa religión». Siguen a la Investigación cua­tro apéndices en torno al sentimiento moral, al egoísmo, a la justicia y a «algunas dis­cusiones verbales», y la obra termina con un ataque a la ética de los filósofos modernos, tan unida a la teología. Mientras en el Tratado de la naturaleza humana la de­mostración discurre lenta y a veces fati­gosamente, en esta Investigación el autor domina el tema y la expresión literaria con una rica experiencia humana e histórica, la libra de asperezas mediante acomodamien­tos eclécticos y disimula la dificultad que el análisis de la simpatía había suscitado con el Tratado; pero respecto a éste, la Inves­tigación se mantiene en un nivel inferior en cuanto a riqueza de problemas y pro­fundidad filosófica.

G. Pioli

Invenciones Varias, Rudyard Kipling

[Many Inven­tions]. Volumen de cuentos del escritor angloindio Rudyard Kipling (1865-1936) publi­cado en 1893. Recoge historias de variado argumento que reflejan casi todas las face­tas del arte del autor. La mitad de las narra­ciones son de argumento indio: «Mi señor elefante» [«My Lord the Elephant»], «Amor femenino» [«Love-o’-Women»], están en la misma línea que los Tres soldados (v.); «In the Kukh» es semejante al Libro de la jun­gla (v.); «Una conferencia de las potencias» [«A Conference of the Powers»] es una exal­tación de la obra de los oficiales subalter­nos al mantener por la violencia la domi­nación británica en Birmania; «Un aspecto de la cuestión» [«One View of the Question»] es una carta que una especie de agen­te diplomático de un reyezuelo indio del Himalaya dirige al ministro de su señor; «La legión perdida» [«The Lost Legión»] narra la matanza de un regimiento inglés en la frontera del Afganistán y la consiguiente represalia.

De las siete restantes narraciones tres son de tema marinero: «El perturbador del tráfico» [«The Disturber of the Traffic»] narra la locura del guardián de un faro en los mares de la Sonda; «Un es­tado de hecho» [«A Matter of Fact»] habla de una serpiente de mar divisada por un grupo de periodistas durante un viaje desde el sur de África a Inglaterra; «Judson and the Empire» es una sátira política que cuen­ta la guerra que una pequeña nave hace al Imperio Británico. Otras dos narraciones son de carácter fantástico: «La más bella historia del mundo» [«The finest Story in the World»] trata de la metempsícosis; en «Los hijos del Zodíaco» [«The Children of the Zodiac»], las constelaciones del Zodíaco, en amigable diálogo, cuentan sus respecti­vas historias. De argumento londinense son las dos narraciones restantes: «Brugglesmith» narra una cómica aventura nocturna y «La historia de Badalia Herodsfoot» [«The Record of Badalia Herodsfoot»] la vida de una mujer del pueblo.

B. Cellini

Invenciones Musicales, Clément Jannequin

[Inventions]. Con este título, común a muchas clases de composiciones musicales, Clément Jannequin (n. hacia 1485-m. hacia 1560) publicó, espe­cialmente desde el año 1544 al 45, varias polifonías sobre textos profanos de carácter descriptivo y pintoresco que obtuvieron un rápido y duradero favor y que aún hoy día son justamente apreciadas por la pureza de su gusto artístico y por su ingeniosa composición. Su originalidad poética consiste sobre todo en la expresión de algunos senti­mientos que las generaciones precedentes de músicos no habían cantado: la osadía viril, la energía combativa, la victoria, la gloria y todos aquellos que, como los men­cionados, puede albergar el alma humana. Recuérdese, por analogía, el sentimiento de la exaltación bélica que Monteverdi se propuso restablecer y renovar en el arte del madrigal, y realizó en el Combate de Tan- credo y Clorinda (v.). Jannequin podía aprovecharse de la aportación y recursos de motivos, temas, ritmos e incluso de excla­maciones ya desarrolladas en la polifonía docta y nacidas de las «cazas» italianas y extranjeras del siglo XIV, o bien de las téc­nicas silábicas concordantes o salmodiadas y contrapuntísticas, cultivadas hasta sus días con el motete áulico y las canciones de carácter popular francesas e italianas. Y, de hecho, se aprovechó de todas estas experiencias; pero como convenía a los temas escogidos, prefirió una manera ágil, desen­vuelta, casi representativa y objetiva, en la que la inserción onomatopéyica hacía más evidente la imagen.

Con éste criterio com­puso, probablemente hacia 1520, aquella Batalla de Marignan (v.), a 4 voces, que tanto gustó y entusiasmó, y en la cual, ade­más del naturalismo y de la trabajada re­producción del redoble de los tambores, de la marcha tocada por los pífanos para esti­mular a los soldados, de los toques de trom­peta, de las órdenes de los jefes, del rugir de los cañones, de los disparos de fusil, del relampaguear de los aceros, además de los excitados gritos de los suizos y franceses («Victoire, victoire au noble roi des Fran­çois»), es decir, además de los recursos materiales, se percibe una palpitación sincera y el canto de los sentimientos. Todo esto está íntimamente ligado, naturalmente, a la mentalidad estética del siglo XVI. El mismo Jannequin reelaboró la Bataille de Marignan en una misa a la cual dio el mismo título, y en la cual entonó, por ejem­plo, «Et ascendit» con un tema de charanga y cosas por el estilo. A esta Guerre, que también fue instrumentada, siguieron pie­zas análogas, como Le siège de Metz, La bataille de Renty, La prise de Boulogne, La réduction de Boulogne. Pasando a otro género, Jannequin probó la delicadeza de su pincelada, su vena humorística, su briosa fantasía en cuadritos placenteros, algo pri­marios unas veces, coloreados por las más recientes conquistas cromáticas de otras, y por esto se recuerdan aún Les cris de Paris, Les cris des oiseaux, Le caquet des femmes, La jalousie, La chasse du cerf, Le chant de l’alouette, Le rossignol y tantas otras com­posiciones cuyo conceptismo hay que acha­car al gusto intelectualista francés, que sus imitadores cultivaron, y que se encuentra objetivado también en los clavecinistas. A. Della Corte

De la Invención Dialéctica, Rodolfo Agrícola

[De inventione dialéctica]. Publicada en 1480, es la obra más conocida del humanista holan­dés Rodolfo Agrícola (Roelof Huysman, 1442-1485). El autor, que estuvo en Italia, donde estudió en Ferrara, al entrar en con­tacto con los ambientes humanistas italia­nos, se convirtió en difusor de la nueva retórica. Y, en efecto, se propone ofrecer un tratado del arte oratorio donde sea pues­ta en primer plano la preocupación, no por la investigación de la verdad, sino por la eficacia persuasiva del discurso. Distingui­das las artes lógicas en gramática, dialéc­tica y retórica, a la dialéctica corresponde construir un discurso que enseñe, pero tam­bién que conmueva y deleite; la obra, pues, insiste sobre todo en estos aspectos más propiamente retóricos. Refiriéndose a los Tópicos (v.) de Aristóteles, pero más aún a Cicerón, y, entre los modernos, a las Disputaciones dialécticas (y.) de Valla, Agrí­cola hace consistir el problema lógico en la construcción de discursos que demuestren de modo persuasivo, reduciendo en el fondo la invención dialéctica a una técnica del decir, a un arte suasorio. La obra está dividida en tres partes: en la primera, con notable espíritu de independencia respecto a Aris­tóteles, se trata de los «lugares».

Como el cazador y el pescador no proceden al acaso sino que van a ejercitar su pericia en luga­res determinados donde hallen más fácil­mente la presa, así el dialéctico necesita de una sistemática distribución de los concep­tos y de sus conexiones para poder sacar de ellos fácilmente las argumentaciones ne­cesarias. En realidad, no se puede hacer corresponder a cada término otro término cualquiera, ni a cada exigencia cada dis­curso; es menester, pues, distribuir la infi­nita riqueza de los términos en clases, que son precisamente los lugares de los que es menester tomar, como en cofres, el material de las demostraciones. El libro segundo tra­ta, en particular, de la dialéctica propia y verdadera como arte de argumentar, con inspiración más ciceroniana que aristoté­lica, mirando el autor de precisar el uso de los términos en el discurso. Como las bue­nas armas no sirven a quien no sabe mane­jarlas, así el disponer de muchos términos no sirve a quien no posee el arte de enca­denarlos al discurrir. El tercer libro, en fin, muestra como para nada sirve el hablar que no excite los sentimientos y no domine la voluntad de los oyentes. El escrito de Agrí­cola, que fue muy alabado hasta por Melanchton, es característica expresión de la tendencia retórica del movimiento huma­nístico, destinado a degenerar en la pedantería, tendiendo a reducir la lógica al puro arte del decir, y siguiendo el ejemplo dado por los literatos y los gramáticos.

E. Garin