Joel

[Jahvé es Dios]. Li­bro del Antiguo Testamento (v. Biblia), atribuido al profeta Joel (s. IX a. de C.), escrito en lengua hebrea.

Comprende tres capítulos y se divide en dos secciones; la primera (I—II, 17), tomando como motivo la invasión de las langostas, de la cual al­gunos Padres dieron una interpretación sólo alegórica y otros alegórica y realista, des­cribe el enojo de Dios contra su pueblo y lo invita a la penitencia. En la segunda (II. 18-IV, 21) promete los bienes mesiánicos futuros, el espíritu del Señor que se expan­dirá sobre toda carne y el Juicio Final. El valle de Josafat donde Dios purgará a los pueblos no es nombrado en ningún otro, lugar de la Biblia. Es un valle simbólico, cuyo apelativo se traduce «Jahvé juzga». El estilo clásico del libro de Joel permite la suposición de que el poeta vivió en la época de oro de la literatura hebrea o poco tiempo después. En cada versículo se revela como un verdadero maestro en el arte del hablar. Su lengua es pura; su frase robusta refleja la energía de carácter del escritor a lo largo de toda la obra, brío de elocu­ción y sublimidad de pensamiento. Isaías lo tuvo continuamente ante sus ojos. Amos también presenta algunos puntos de con­tacto con Joel, pero la preeminencia corres­ponde a este último. Su descripción de la invasión de las langostas es una viva pin­tura que podría compararse con algunas descripciones de Boccaccio. Léase además el final del libro donde el amor patrio del profeta y su espíritu de vidente hallan acen­tos inflamados y políticos para represen­tarnos el paso de Sión del colmo de la desolación al estado de prosperidad : brotará leche de las colinas, todo río de Judá estará colmado de agua límpida y, del gran tem­plo surgirá una fuente que regará el valle.

G. Boson

El libro de Job, fray Luis de León

Justamente célebre es la vulgarización española El libro de Job, que hizo fray Luis de León (1527-1591). Es una traducción lite­ral del texto hebreo, seguida, capítulo por capítulo, de un. comentario ascético efec­tuado sobre los demás libros de la Biblia, San Mateo, y las Epístolas paulinas, con ci­tas de otros autores profanos, clásicos y modernos. Cada capítulo comentado termi­na con una paráfrasis en tercetos. La obra, que quedó sin terminar, fue completada por fray Diego Tadeo González (1732-1794), también agustino, feliz imitador de fray Luis, e impresa en Madrid en 1779.

Job, Mario Rapisardi

[Giobbe] Poema de Mario Rapisardi (1844-1912), publicado en 1884. El autor ve en las desgracias del héroe bíblico el concepto de la infelicidad del hombre, que permanece en el triunfal ca­mino de su pensamiento a través de las tres fases, a las que podemos llamar, con Comte, teológica, metafísica y positiva.

En el pri­mer momento vemos abatirse sobre el pobre Job los más horribles azotes por obra de Satanás (v.) el cual ha apostado con Dios que la piedad del infeliz no resistirá a la prueba del dolor. Job levanta al cielo su gemido, eco de la humanidad entera que pide paz, justicia y perdón. Pero en las in­violables tinieblas resuena, despojada de mi­sericordia, la tremenda palabra de Dios: «¡Yo soy el que soy!». Y Job cae desma­yado. La segunda parte, que se desarrolla en forma dramática, transporta a través de los siglos el alma del infeliz para hacerle asistir como en una visión a la muerte de Cristo. Job, deslumbrado por la mística pro­mesa de una felicidad ultraterrena, renueva su acto de fe. Pero pronto, disgustado por el feroz ascetismo de los sacerdotes, tras­tornado por la voz de los sabios antiguos que afirman el soberano poder de la razón, abjura de Cristo para seguir a Venus. La tercera parte es el poema de la Naturaleza, Iris, la verdadera diosa, a quien Job, libre finalmente de toda superstición se acerca con el corazón embriagado del deseo de sa­ber, y recorre el camino de la Naturaleza; desde la creación del mundo, por la larga cadena en que se expresó la vida en la lenta ascensión de la evolución de las espe­cies, hasta la aparición del hombre; desde las primeras fatigosas conquistas de la civi­lización a las victorias de la ciencia moderna, x que bajo los auspicios de Galileo se alza en lucha contra sacerdotes y reyes, y se alegra con el espejismo de una próxima igualdad social.

Después Job asciende de la tierra a los astros, e investiga su orden maravilloso; pero su espíritu no queda satis­fecho. Su acrecentada sabiduría le da en vano la sed de otras verdades y de unas reales conquistas. El poema tiene en común con los precedentes (Palingenesis y Luci­fer) la arquitectura caótica, la extravagan­cia de los detalles, la inconsistencia psico­lógica de los personajes, la falta de línea. Con todo, un mayor decoro del conjunto, algún toque feliz en las escenas agrestes y bíblicas, en los intermedios líricos de la se­gunda parte y en el epicúreo entusiasmo por la naturaleza, atestiguan en esta especie de Fausto (v.), modernizado según los dicta­dos del positivismo, una conciencia artística más madura y prenuncian a la más íntima penetración de la vida que iluminará las Poesías religiosas (v.) de este mismo autor.

E. C. Valla

Job. Serena Concepción de Mario Balosardi, Olindo Guerrini

[Giobbe, serena concezione di M. B] Poemita satírico de Olindo Guerrini (1845-1916) y Corrado Ricci (1858-1934), publicado por la casa Somaruga (Roma, 1882), antes que la obra de Rapisardi viese la luz. Como advirtió más tarde Ricci, la obra no nació con espíritu malévolo por parte de los carduccianos contra el poeta de Catania, ni se propuso ser «expresión de la escuela boloñesa»; su objeto exclusivo no fue Rapisardi, al cual la obra alude en ciertos pasajes en forma a veces áspera e irreverente, pero sin un verdadero propósito agresivo contra él.

En efecto, el juguete es una sabrosa burla de la vida política y cultural italiana como aparecía hacia el año 1880. Se imagina, siguiendo el relato bíblico, que por un pacto entre Dios y Satanás, Job es puesto a prueba y cargado de males materiales y corporales, abandonado por los amigos, por sus familiares y su mujer ha de yacer en un estercolero, y allí lo visitan tres sabios, un político, un filósofo y un crítico, con los cuales conversa sobre la Italia contemporánea y también acerca de muchas personas entonces vivientes. En el epílogo, escrito algo después que el prólogo y los cuatro cantos, Satanás declara haber perdido la prueba, porque Job con su pa­ciencia, ha permanecido inconmovible. Pero apenas recupera la salud y las riquezas, Dios decide hacer desaparecer a todos los hombres de la tierra, y la tierra misma en una catástrofe universal que se inicia con la erupción del Etna, y la destrucción de Catania. El tono es el de la caricatura, de la burla, de la parodia, más o menos difusas y coloridas, a veces agudas, frescas, inge­niosas; se divirtieron escribiéndola sus au­tores y se rieron los lectores, que fueron muchos, de manera que el libro obtuvo un gran éxito editorial.

Se trata casi siempre de interpretaciones felices y ecuánimes pero a veces de agresiones injustas y de incom­prensión del espíritu y de la obra ajena, especialmente en el cuadro de los filósofos, de los que, entre los más maltratados se hallan Spaventa y Vera. De entre los literatos algunos se salvan: Manzoni, Prati, Carducci, Fucini, Verga. Naturalmente, más encarnizada es la burla contra la cultura clerical, contra la política de los moderados, contra la literatura timorata, zafia y acadé­mica. Pero la risa brota, libre y sonora en toda la escena, fustigando e hiriendo a amigos y enemigos; las protestas y las que­jas se alzaron con frecuencia después de su publicación. La obra, debida en gran parte a la pluma de Guerrini, tiene limitado va­lor artístico, pero muchos detalles y episo­dios son del mejor humor y de ágil y aguda expresión; se publicó primero anónima y despertó la curiosidad por conocer a sus au­tores. Algunos la atribuyeron a Carducci; sólo más tarde fue revelado el secreto.

G. Marzot

Jīvānandana, Ānandarāyamakhin

[La felicidad del alma]. Drama alegórico indio en siete actos, com­puesto por Ānandarāyamakhin hacia 1700. Pertenece a la corriente de dramas alegó­ricos de la India, de los cuales el ejemplo más famoso es el Prabodhacandrodaya (v.).

Pero en el Jīvānandana se da amplio ac­ceso, además de a la alegoría, a la parte didascalicodoctrinal, que en este drama, más que raro único, concierne a la medicina. El alma individual, encarnada, está representada como un rey el cual, en su resi­dencia — que es el cuerpo humano — es asaltado por un ejército de desgracias y mi­serias. Pero el rey, después de algún mo­mentáneo titubeo, se lanza a fondo a la lucha necesaria y consigue, por medio de sus batallones de refuerzo, derrotar y ani­quilar a los funestos enemigos. La idea fun­damental del Jīvānandana es que la vida tiene un círculo de deberes — terrenales y ulteriores — y para cumplirlos es preciso ante todo que el organismo se mantenga sano e inmune de enfermedades. En estas favorables condiciones, el viviente puede aspirar a la consecución de los tres fines de la existencia, que son el mérito moral y religiosa («dharma»), la riqueza y el saber («artha») y el goce de los sentidos y el amor sexual («kâma»), y obtener, al final de su vida, el cuarto fin que es la liberación del alma del ciclo de las exis­tencias («moksa»). El Jīvānandana reúne, con una bien construida y previsora armo­nía, lo que es espiritual y eterno con lo que es material y terrenal, y representa la vida humana misma — cargada de deberes actuales y contingentes — en función de su fase temporal, grávida de destino para las ulteriores existencias. Son particularmente significativas ciertas estrofas que resumen, como la poesía hindú sabe hacerlo, los más importantes de los conceptos expuestos.

La estrofa inaugural, al comienzo del drama, dice así: «La naturaleza humana es pro­pia de los seres poseedores de cuerpo, así como determinada por el fruto de los merecimientos inherentes a las vidas pre­cedentes; y a aquel que la ha obtenido ¿qué puede convenirle mejor que obtener los tres fines de la existencia? Pero causa eficiente de la consecución de éstos es, en primer lugar, un cuerpo exento de enfer­medades; y por lo tanto que el dios Siva os conceda la salud deseada». Otra estrofa declara el inseparable vínculo que une el alma con la materia en el organismo: «El amor hacia el cuerpo no es inútil: sin su fortaleza ¿cómo puede tenerse bienestar espiritual?, y sin éste, ¿cómo podría ser firme la fe en Siva?».

Una tercera se inspi­ra en una sabia y provechosa armonía en­tre las finalidades terrenales con las ultraterrenas: «Sin desviarte de la ciencia eter­na, con todo, procura dar la debida im­portancia al intelecto práctico: haciéndolo así pueden venir a tus manos la felici­dad terrenal y la salvación». No exento de delicada poesía en algunas escenas, de brío y de intención satírica y burlesca en otras, mientras el diálogo dramático toca en muchos momentos cuestiones filosóficas y religiosas, el Jīvānandana en su conjunto ensalza la nobleza del arte de la medicina, el cual en la India no tiene su finalidad en sí mismo, sino que aspira a más elevadas finalidades que sobrepasan la habitual ta­rea inmediata y se encuadran en el conjunto de concepciones y creencias referentes a la naturaleza de los seres vivos y a su invisi­ble destino después de la muerte. Trad. ita­liana de M. Vallauri (Lanciano, 1929).

M. Vallauri